jueves, 13 de marzo de 2014

Un tal Antón de Benamexir. (Parte I de II)

Un tal Antón de Banamexír, tomó en arriendo unas tierras a un judío de Córdoba llamado Abraham Sonsel que era prestamista y con cargo en la aljama,  allá por el 1380. 
Un día, trabajando un liego que nunca había dado más que abrojos, el arado dio en mover una losa semienterrada. Maldiciendo, arreó Antón las mulas a la par que hundió más el arado por ver si había algo bajo ella. La pesada piedra apenas si se movió, pero fue lo suficiente para que la tierra se colara por una rendija. 
Corrió nervioso a por el azadón para retirar el material circundante, puesto que las caballerías no lograban arrastrarla por más que las fustigara. Expedita la zona, enganchó el tiro y consiguió mover la losa de unos dos metros por uno, y gruesa como de veinte centímetros.
El corazón le palpitaba, no muy lejos de allí, al otro lado del Genil, se levantaba el castillo de Bani Bashir con sus tres torres, y mirando al noroeste, la del homenaje donde pendones y gallardetes ondeaban al viento. Ya en tiempos pasados, y a la falda del cerro donde se asentaba el castillo, se había encontrado algo de cacharrería y decían, que una olla de terracota con monedas de oro. Era pues fácil conjeturar, que algo bueno iba a salir de aquel profundo agujero, que no era una tumba, aunque lo pareciera por el tamaño. Varios escalones se adentraban en la tierra, y las paredes, recubiertas de piedra verde que parecía serpentina, parecían atestiguarlo.

Antón bajo diez o doce peldaños hasta un descansillo donde la escalera doblaba en ángulo recto, para continuar la bajada. Como quiera que la penumbra daba paso a la oscuridad más absoluta, subió a buscar algo con que alumbrarse. Recogió unos resecos cardos borriqueros con los que hizo un haz para prenderlo a modo de antorcha y volvió a bajar. En el descansillo, preparó las brácteas de yesca para provocar el fuego con el pedernal y acto seguido prendió la rudimentaria antorcha. Al final de la escalera, encontró una habitación vacía y de la que partía un largo pasadizo. Nada más logró ver, pues los cardos se quemaron con gran llamarada demasiado pronto.
Volvió sobre sus pasos, recogió, y dando por terminada su labor, se fue no sin tapar la fosa con algo de ramaje.

En los días posteriores, con gran sigilo, y a escondidas de su esposa, preparó media docena de antorchas, un farol con vela de sebo de carnero y herramientas de cantería; martillo piquero, cincel y palanca. Así pertrechado, al alba, aparejó las mulas y partió hacia el liego, distante como a media hora de camino.

El lugar estaba tal cual él lo dejara, pues por aquél páramo nadie se aventuraba, nada había que pudiera llamar la atención, ni siquiera a las culebras. Bajó las escaleras, y al igual que la última vez, encendió la yesca y dio fuego a una de las antorchas que dejó en un soporte de la pared. La estancia era rectangular, de seis codos por siete, las paredes revestidas al igual que las escaleras de serpentina hasta el techo que era de roca granítica y cinco codos de alto. Nada había allí salvo algo de tierra que el agua de lluvia pudo arrastrar hacia adentro por alguna ranura.

Encendió la vela del farol, y con él en una mano y en la diestra una hoz a modo de defensa, se internó por el largo pasadizo. Era éste, como de tres codos de ancho y tallado en la misma roca. Al final, otro aposento, de medidas aproximadas al anterior, y también recubierto de lanchas. En tres de las paredes, y cuan largas eran, había adosados unos poyos muy bajos, mientras que en el centro de la restante, había un escaño de alto respaldo, junto a él, otro hueco se abría. Dudó si internarse dejando atrás las sombras, la impaciencia le consumía, pero la oscuridad le inquietaba. Decidió volver a por el resto de las antorchas.
Iluminada la estancia, se adentro con precaución. El nuevo recinto parecía no tener salida y también estaba vacío, sin embargo, a la pared más larga estaban adosadas dos columnas de bronce sobre basamento cúbico, Rematadas con sendos capiteles en forma de cáliz, y que sostenían una viga con una inscripción. En el centro de la pared, y a la altura de los ojos, dos triángulos equiláteros enlazados y apuntando el uno hacia arriba y el otro hacia abajo, estaban tallados en la piedra. Bajo ella, otra leyenda que a Antón se le antojó hebrea; qué la letra de los moros, no le era desconocida, y tampoco la de su arrendador.

Tal vez se pueda sacar provecho de esto, pensó, ¿pero cómo?. Lo único que parecía de valor era el bronce de las columnas... a no ser que haya algo más que yo no veo. Si se trataba de una antigua sinagoga como intuía, quizá Sonsel le pudiera recompensar por el hallazgo. Si así fuera,  me encontraría con algo de dinero sin mucho esfuerzo. También cabe la posibilidad, de que el viejo avaro lo reclame para sí, puesto que está en sus tierras, continuaba cavilando.
Más, no teniendo a nadie que pudiera descifrar aquellos letrajos, se afianzó en él la idea de contárselo. Otra cosa sería, que el judío tomara tanto interés como para desplazarse las veinte leguas que separaban Benamexir de Córdoba.

A Abraham, aquél descubrimiento le importaba mucho más de lo que daba a entender y se hacía el remolón. Visto que nada iba a conseguir, Antón amenazó con buscar a un tal alguien, a quien ni siquiera conocía, y ante eso, mostrándose condescendiente, Sonsel accedió a ir.

Abraham se percató de inmediato de la valía del descubrimiento, aunque no llegaba a comprender el motivo de que estuviera bajo tierra. Apenas echó un vistazo a las estancias anteriores, tampoco Antón le pudo señalar nada digno de mención, pero se quedó de una pieza al contemplar las columnas fiel reproducción de las del templo de Salomón. Sobre basamentos cúbicos torneadas en dos sentidos; la columna llamada Boaz, con giro hacia la izquierda, y la llamada Jaquín hacia la derecha. Por si alguna duda quedara, los ábacos de los capiteles estaban adornados con cuatro lirios y redes, el tambor y el trágalo por cien granadas cada uno.

Bien, pensó el judío, siendo éstas, a semejanza de las columnas del templo, en vez de una pared aquí tendría que haber una puerta chapeada en oro. Entonces se fijó en la estrella y la leyenda al pie: "Yo soy de mi amado, y mi amado es mío".

Fin parte I.

2 comentarios:

Alfredo dijo...

Estos días he estado con unos primos de Chile; Antonio vino primero y cuando se marchó, llegó Julio al que enseñamos algo de Asturias. Ese es el motivo de mi escasas apariciones.
El cuento de hoy, mañana lo acabo, es bastante más corto que el anterior, aunque ya sé que sigue siendo largo. Pero cada cual escribe a su gusto, y para gustos hay colores.
Veremos a ver si entretiene a alguien.
Salu2.

Elda dijo...

Hola Alfredo, muy interesante el cuento y aparte de eso me encanta como lo relatas así que ahora mismo voy a por la segunda parte.