martes, 3 de junio de 2014

La Levedad del Ser; Insoportablemente Breve.

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Ya sé que este no es el título de la novela, pero a mí me gusta jugar con las palabras, lo que me permite trastocarlas para describir otras sensaciones, otras percepciones, que poco o nada tienen que ver con Kundera.

Uno se va haciendo mayor, aparecen signos inequívocos que los demás perciben, pero que no son capaces de admitir en sí mismos. Y es que, hay gentes, a las que les resulta insoportable el breve instante de su paso por este mundo. Un mundo de levedad, es decir; de poca importancia, ya que todo se repite continuamente, pero donde ellos se creen únicos. ¿Lo son? ¿Lo somos?

Ayer pude contemplar una escena, creo que nunca vivida en la realidad, que me llenó de emoción. El sol calentaba al medio día, con esa pujanza de la primavera, pero sin el rigor del verano. Un pueblo pequeño, de esos antiguos y con historia, ya que por aquellos lares nació y se crió doña Gontrodo. Una mujer fascinante, madre de la reina de doña Urraca, "la asturiana", que sería reina de Pamplona por matrimonio. 
Nació doña Urraca, de unos amoríos en concubinato, de Gontrodo con el rey Alfonso VII, que se había prendado de ella por su belleza, belleza que radicaba a decir de algunos - ya se sabe lo dispar que puede ser la Historia- en que era albina.  Prosigo, que sí no se me va el santo al cielo. Un pueblo de calles estrechas, casas de piedra, hórreos y paneras.

En mi deambular haciendo fotos, y con intención de acercarme al río, por ver si veía algo de las hoces del Pino, oí que alguien leía en voz alta. Era voz de mujer. Leer tranquilo, haciendo sus pausas en las comas, algo más largas en los puntos, marcando las interrogaciones y admiraciones todas. Voz clara y perfecta pronunciación, como la de aquella que ha leído lo suyo y algo más, me atrajo como la Piedra que Come, a decir de Tales de Mileto, atrae al hierro, y hacia allí me encaminé.

Un pequeño seto, dos nogales que acariciaban un viejo hórreo, una figar, la casa minúscula y olor a fabada con buen compango. El jardín, entre el seto y los árboles; unas macetas de geranios en flor y dos rosales en tierra, un paisano como de ochenta y cinco sentado en un banco y apoyado en el cayado, escuchaba. Al otro lado de la mesa redonda, de esas de bar con propaganda de una bebida, la mujer algo más joven, continuó leyendo a pesar de percibir al intruso que llegaba a perturbar aquella paz.

- ¡Buenos días! Saludé. Y entonces sí, volvieron sonrientes sus caras hacia mí con ese brillo en los ojos del que intuye va a salir de lo cotidiano, respondiendo al saludo.

- ¡Muchos horros hay en este pueblo! Aseveré, en un afán por congraciarme y sabiendo cómo son los aldeanos. Pero éstos eran de otra pasta.

- Y muchos más que ya cayeron - respondió el hombre- este era un pueblo rico.

- Ya veo, ya. Hay varias casonas...

Y no me dejaron continuar. Quisieron explicarme la raigambre y prosapia de sus ancestros, pero sin afectación, como la de aquellos que les es propia por naturaleza.

Tras un rato de conversación, y maldiciendo mis achaques prostáticos que me impedían continuar escuchando, metí baza para poder salir pitando.

- ¡Buena costumbre esa de leer en alto! Desde mis tiempos de escolar que no lo veía.

- ¿Y qué vamos a hacer, sino matar el tiempo?

Aquél conformismo me confundió. Yo esperaba que me dijeran, no sé, que en la lectura vivían otras vidas, otras circunstancias, que les llenaba de paz, o de intranquilidad, que les encantaban las intrigas o los amoríos, que aún siendo mayores, tenían cabeza para seguir aprendiendo, entreteniéndose...


Y es que hay personas, a las que no les importa la levedad del mundo, porque en su breve paso por la vida, llena sin duda de afanes y esperanzas,  llega el momento en que están de vuelta de todo y ya nada se les hace insoportable. Han aceptado la ley de la vida, disfrutando a su modo del día a día, y matando el tiempo con el placer del que lee, y del que escucha.

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