martes, 15 de julio de 2014

El Mirón que Tarareaba Palarmi D´amore Mariú.



El Chafardero Nacional. Diario de noticias.

"Despiden a una secretaria tras salvar la vida de un hombre"


Nadie diría que eran las cuatro de la tarde de un día de primavera, rayano ya en el verano. Cual si fuera el comienzo de una película de terror, el cielo estaba poblado de gruesos y negros nubarrones. Allá en lo alto, se oían los truenos precedidos por invisibles rayos, que no obstante, aclaraban fantasmagóricamente las nubes. Tal parecía que se estuviese librando una batalla nocturna. No había viento, tampoco lluvia, pero parecía a punto de hacerlo en cualquier momento. Los sensores que hacen encender el alumbrado público, entraron en funcionamiento para mitigar aquella oscuridad semejante a un eclipse.

El hombre, tras los cristales de su apartamento en el cuarto piso, atisbaba la calle. Pocos coches y menos gentes, que con andar presuroso, se afanaban por llegar a sus destinos.

Frente al piso, una marquesina acristalada anunciaba un perfume con el reclamo de una pareja en biquini y actitud sensual. Y el hombre, al contemplarla, tatareaba aquella bella canción "Parlami d´amore Mariú"  a la par que rememoraba las escenas protagonizadas por Vittorio De Sica, en la  cinta donde se echaba un baile al son de la canción. ¡Qué diferencia tan abismal!

Una joven caminaba por la acera; esbelta figura, zapato de tacón, gabardina que ceñía el delicado talle con el cinturón, y, colgada del hombro, una cartera grande de cuero, a semejanza de aquellas que llevan los carteros.

Por el lado contrario, un hombre presumiendo de su fortaleza; camisa manga corta y botonadura abierta enseñando el pelo en pecho como si fuese un legionario. Casi verano, sí, pero la temperatura andaba por los catorce.

Del cielo cayeron unas gruesas gotas espaciadas y calientes. Un segundo después, las gotas se convirtieron en chorro continuo, como si cien millones de botijos descargaran a la vez. Mujer y hombre corrieron a guarecerse bajo la marquesina. El agua formaba regatos por la calle, buscando los sumideros que a duras penas tragaban lo que les llegaba. Cesó el chubasco de forma tan repentina como había empezado, pero apenas fue un instante. Lo peor estaba por llegar; el agua se trocó por granizo, unos granizos tan gruesos que parecían huevos de paloma.

La joven, asustada, se refugió en una de las esquinas, bien pegadita a los cristales, mientras el individuo sonreía burlonamente. El repiqueteo ensordecía de forma tan sobrecogedora, que temiendo lo peor, ella se colocó el bolso sobre la cabeza. Y lo que temía, sucedió; el cristal del techo, a pesar de ser convexo, lo que le confería mayor resistencia, se rompió. El hombre dio un instintivo salto hacia atrás, tropezó con los asientos y cayó cuan largo era. Los fragmentos caídos y el granizo lo asaetearon y golpeaban sin misericordia. Por encima de una de las rodillas, un cristal parecía haber cortado una arteria. El pantalón comenzó a empaparse de sangre, bajaba por la pernera y se escurría bajo los redondos guijarros de hielo. El tipo lanzaba imprecaciones y gritos de dolor mientras trataba de contener la hemorragia apretando el muslo con sus manos.

La joven, parapetada en aquella esquina, y resguardada en parte por un trozo de la techumbre, se dio cuenta de la gravedad del incidente. Se quitó el cinto de la gabardina y fue a prestar ayuda tratando de colocar un torniquete. El granizo golpeaba su cabeza, abrió la cartera, sacó un legajo de papeles que dejó en uno de los asientos y se la puso a modo de montera. Apretó con fuerza, pero no era suficiente. Entonces, el hombre quiso quitarse el cinto y entrambos ataron un nuevo torniquete. Acto seguido, llamó por teléfono, pero ya la sirena de ambulancia sonaba cerca: el mirón también había llamado.
Las nubes fueron desapareciendo y el sol a brillar. Del manuscrito apenas si quedaban unas hojas emborronadas.


"El editor y representante del famoso escritor Manuel Montemayor, despidió ayer a su secretaria, la joven que perdió el manuscrito de la última novela que Montemayor había estado preparando durante tres años.

4 comentarios:

Marcos dijo...

Alfredo, no sea así. Casala con el cachas y cuenta que fueron muy felices

Elda dijo...

Ay pobre chica!!... Claro que al editor le importaría un pepino la buena acción que había realizado ella y que con los pedruscos de granizo no se le abriera la cabeza gracias a la cartera...
Oye, el herido no sería el escritor??, podría ser ¿no?, jajaja.
Un gusto pasar por tu cuento.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Marcos.
En la vida no todo es color de rosa.
Normalmente suelo ser de cuentos amables, pero a veces...
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
El editor un mentecato, por no decir otra cosa. El escritor... creo que si la pilla se la come con trapos y todo.
Espero que al menos el herido le diera las gracias.
Salu2.