jueves, 31 de julio de 2014

El viaje de Hermelinda. Parte 2ª.


Parte2ª.
Vuelven al hotel en taxi. Por el camino Aurora trata de calmar los nervios de Hermelinda. Le dice que es posible que la policía las busque para aclarar lo sucedido y aunque ellas nada han tenido que ver, la justicia en todos los lugares es lenta y los días de vacaciones cortos. Por eso la arrastró de allí, al día siguiente estarán río arriba, lejos de aquel lío que no les atañe.

Hermelinda entra en la habitación y arroja el bolso sobre uno de los sillones que esta junto al balcón, con tan mal tino, que ha ido a caer tras este. Va hasta allí para recogerlo, pero el sol que comienza a ocultarse la atrae profundamente. Es un semicírculo de oro viejo contra el que se recortan las palmeras que bordean el río. Unas falúas navegan arriba y abajo conformando todo ello una estampa bucólica. Allá a lo lejos, se divisan las luces de uno de los barcos hotel anclado en espera de los turistas que navegarán hasta Asuán o Luxor, quizá en el que ella iba navegar. Dio media vuelta y se dirigió al baño, abrió el grifo y se metió en la bañera cuan larga era. 
Solo tenía fuera del agua la nariz y la boca y hasta sus oídos sumergidos llegaban ruidos que desde fuera no podía percibir. Con los ojos cerrados comenzó a pensar en lo sucedido. Recordó al vendedor, su fino bigote, las regordetas manos de piel como el tabaco americano, el anillo de plata que llevaba en el dedo meñique... Se extrañó de que siendo egipcio llevara un fez, tal vez no fuera oriundo de allí. Quizá fuera turco, aunque el fez se empezó a utilizar en Marruecos y la escolta del general los llevaba...
Eliminó aquellas divagaciones y continuó con las imágenes que su mente deseaba fabricar. Aquellas imágenes la llevaron a la calle, vio la gente moviéndose a cámara lenta; aquellas señoras inglesas con sus vestidos de pequeñas flores, los calcetines blancos de hilo bajo las sandalias, sus sombreros de paja adornados con flores grandes, los pequeños bolsos que asían con las manos enguantadas. Parecía que ambos, guantes y calcetines habían sido tejidos a mano por ellas mismas. No podían negar su procedencia. El porteador de alfombras, alto, fornido y de piel negra como el betún. Tal vez fuera nubio. Todas las imágenes quedaron paradas un instante, todas menos la de aquel hombre. Él continua corriendo, las voces le abrían camino; zapatos de color marrón con  rejilla blanca, traje blanco, no, blanca es la camisa y corbata negra y estrecha, pero el traje es más bien beis muy claro. El pelo parece rubio, pero lo tapa un sombrero que tiene un cerquillo de sudor sobre la cinta. Los ojos, sus ojos, dicen de su miedo y su boca está abierta, queriendo atrapar un aire que le falta. Lleva algo en la mano y mira hacia atrás. ¿A quien mira? Solo ve por encima del hombre, multitud de cabezas y un turbante, un turbante blanco que cada vez está más cerca. El rostro negro ocre, negro de café con leche cargado, del perseguidor aparece. Ojos grandes, redondos y negros como la noche, barba corta, rala y cana, boca grande y de labios finos que dejan ver unos dientes grandes, amarillos y separados. Su mano derecha se alza, en ella brilla un objeto que parte raudo. Es el arma asesina.
Abrió los ojos de sopetón. Ha sentido el golpe del puñal en la espalda del que cayendo, la arrastra, y olido el fétido aliento del asesino que cachea al individuo en su último estertor. Un nuevo ruido se produce y ese no es en su mente, parece en la habitación. Se envuelve en una toalla y abre la puerta del baño. El asesino está allí. El grito fue instintivo y tan fuerte que el hombre quedo paralizado. Cuando tornó a coger aire para continuar chillando, el individuo salió de su breve letargo, de cuatro zancadas se allegó hasta la puerta y abriéndola, huyó. No fue muy lejos, de una de las habitaciones salió un joven que lo persiguió por el pasillo. Allí mismo se traba una lucha y el hombre del turbante, menos ducho en el arte de los puños que del cuchillo, viéndose perdido, se arroja por una ventana. Todo lo tenía calculado no obstante, la altura no era mucha y el salto queda amortiguado por las ramas de un sauce. Aunque renqueante, baja hasta el río donde le espera un bote a motor que parte raudo.

Unos instantes después del jaleo, el detective del hotel y hasta el mismo director se personan en la habitación de Hermelinda. El segundo se deshace en excusas y manda subir una cesta de frutos y dulces como desagravio, mientras que el primero, trata de averiguar qué es lo que ha sucedido realmente. El joven que mantuvo la pelea, vecino de habitación, hace de interprete y al parecer de Hermelinda, añade bastante de su cosecha particular. Ha llegado la policía y enterada del asunto, da un veredicto de acuerdo con el joven y con el detective; ha sido un intento de robo.
¿Por qué han llegado a esta conclusión? Algunos cajones están abiertos y la ropa de las dos maletas revuelta. Hermelinda no se había preocupado de abrir más que una, puesto que solo pernoctaría aquella noche, no obstante, a la chica no le falta ninguna de sus pertenencias. Hermelinda, de acuerdo con Aurora que llegó a la habitación en el primer momento, tampoco hizo mención de conocer al ladrón por lo que, aun siendo un caso extraño, no había para la policía otra explicación. Cuando todos menos Aurora y el joven se hubieron ido, y Hermelinda vestido, el hombre, que ya se había presentado a Aurora, lo hizo nuevamente:
- Me llamo Malek el Bahari, soy cairota, me dedico a negocios de arte y me hospedo en este hotel como pueden suponer.
- Muchas gracias por acudir en mi ayuda señor, me llamo Hermelinda. Para haber llegado esta mañana, he tenido más emociones de las que pensaba iba a tener antes de venir.
- Señorita, ahora que estamos solos le diré que es muy extraño lo que ha sucedido. No es habitual que en un hotel como este sucedan cosas de este tipo. No quisiera inquietarla, pero ¿no le parece raro, que un ladrón entre en una habitación que está casi al final pasillo? Podía haber entrado en cualquiera de las que están frente a los ascensores o a las escaleras, ¿no le parece más verosímil?.
- Tal vez, quien sabe lo que pasa por la mente de un ladrón...
- ¿Me permite una pregunta que tal vez sea indiscreta?
- Hágala y veré si puedo responderla.
- ¿Ha comprado algún objeto de valor?
- Hemos llegado esta mañana, ¿cómo o cuando podía haberlo comprado? La respuesta es no.
- Perdone que insista, ¿ningún papiro, figurilla o algo semejante? Algo comprado en un zoco y que pueda llevar a casa como regalo o recuerdo.
- Solo he comprado un bolso, que por cierto, está tras aquella butaca.
Hermelinda se dirige hasta allí, mueve la butaca y recoge el bolso que enseña en alto.
- Esto es lo que compré, aún está vacío.
- Muy buen gusto, señorita, pero para estar vacío, abulta lo suyo...
- Parece usted desconfiado. Los bolsos de señora siempre los rellenan con papeles, ve usted.
             Ella da vuelta al bolso sobre la cama donde caen varias bolas de papel, pero algo más pesado cae antes que ellas.
- ¿Qué es esto?¿Cómo usted podía intuir... ? Ahora soy yo la que desconfía, ¿quién es usted y que hace aquí? ¿Acaso está en complot con el asesino?
- ¿Asesino?
- ¡Herme, por Dios!
- Señorita, me voy a confiar a usted. No la he mentido, me llamo Malek el Bahari, he nacido en esta ciudad y soy el jefe de seguridad del Museo Arqueológico de El Cairo. Paso cortas estancias en los hoteles de la ciudad, donde investigo expolios a nuestro patrimonio. Por eso le dije que me dedicaba al comercio de arte, en cierto modo así es. Le enseñaré mis credenciales y si lo desea, podemos llamar al director para que lo corrobore.
- Le creo y le contaré lo sucedido, por ello, y porque a alguien me he de confiar; tengo miedo.
Las dos mujeres contaron lo sucedido en el mercado, luego Hermelinda hizo una descripción detallada del hombre del turbante blanco, cuando hubo acabado, el joven hizo ademan de dirigirse al teléfono, con una seña de cabeza pidió permiso. Del mismo modo asintió la joven que, recogiendo de manos de Aurora el objeto hallado, pasó a examinarlo. Cuando Bahari acabo su alocución telefónica se unió a ellas.
- Señorita, ha sido muy precisa en la descripción del hombre, de un hombre que solo durante unos instantes ha visto.
- ¿Acaso duda de mí?
- ¡No!  Al contrario, lo he dicho con admiración. Siempre se ha dicho que para un blanco, todos los negros son iguales y viceversa. Yo no soy capaz de distinguir un chino de un japonés y mucho menos de un coreano.
- Mire Bahari, el detective del hotel pesa sobre ochenta kilos, lleva un traje de color gris con una finísima raya roja. La camisa es blanca, de manga corta y en su corbata azul se pueden contar ocho pequeños camellos. Los zapatos son negros con suela de goma y lleva una cadena desde la segunda trabilla del pantalón hasta el bolsillo izquierdo. Tendrá entre cincuenta y cincuenta y cinco años y se tiñe las patillas.
- ¡No me diga! ¿De verdad se tiñe?
- Usted viste moda italiana, aunque los zapatos es muy posible que sean hechos en España. Creo que además del inglés en el que nos expresamos, usted habla su idioma nativo junto con algún dialecto, y quizá el italiano. Lleva grabadas sus iníciales en la hebilla del cinturón y aunque no quiere que se sepa, usa lentes para leer. La pieza que aquél hombre debió de meter en mi bolso, es una tablilla cerámica de seis por quince, más o menos, está escrita en sumerio y consta de dieciocho líneas. Si es autentica, y lo parece, ya que están dispuestos a matar, debe de valer una fortuna.
- ¡Me ha dejado impresionado!
- ¡Hermelinda! ¿Cómo puedes saber tantas cosas?
- ¿Lo de la retentiva? es fácil, estoy acostumbrada. Lo de la tablilla, da la curiosísima casualidad de que estoy preparando un trabajo sobre los sumerios.
- Aprieta, pero no ahogues.
- ¿Cómo dice?
- La leyenda de la hebilla dice “Aprieta pero no ahogues”. Es en lo único que ha fallado. ¿Cómo lo hace?
-En el bolsillo superior de la americana se percibe el bulto de sus gafas, que si fueran de sol, probablemente abultaran algo más. Cualquier español puede apreciar el deje italiano al pronunciar, lo de la ropa es demasiado evidente para una mujer, que además, ha estado varias veces en Italia. Quizá sea usted descendiente de aquellos romanos que vinieron con Marco Antonio. Tiene usted la tez clara y los ojos entre azules y verdes.
- Es posible que tenga razón, pero, la realidad es que desciendo de la reina Hatshepsut, que lo fue de la XVIII Dinastía. Era hija de Tutmosis I y casada con su medio hermano, Tutmosis II. Con él, gobernó conjuntamente Egipto hasta su muerte, en el mil quinientos cuatro antes de la era cristiana. Yo me llamo Bahari por el lugar del que procede mi familia y que es donde ella construyó el templo que lleva su nombre. Pero, volviendo a este mundo, ¿no sabría descifrar la tablilla?
- No podría entender más que alguna palabra patrón y algún nombre, que esté haciendo un trabajo no significa que pueda leer la tablilla.
- Bueno, no tiene importancia, yo si sé quién la puede descifrar. Mañana lo haremos.
- Mi querido señor Malek, mañana al atardecer nosotras estaremos río arriba, camino de Luxor. Hemos venido a conocer las maravillas de este país, y lo vamos a hacer, dijo Aurora sin poder ocultar una sombra de duda al observar a Hermelinda.
El hombre, también pudo apreciar la actitud vacilante de la chica por lo que insistió mirándola a los ojos dulcemente, con voz persuasiva:
- ¿No le interesa lo que pueda tener escrito? Yo le compensaré por el tiempo que pueda perder, le mostrare todos los tesoros del museo y seré su mejor guía de los lugares a los que quiera ir. No tenga miedo, una vez que la tabla esté a salvo en el museo, nadie la perseguirá, y si lo hiciese, se las verá conmigo.
- Pero perderé el barco, insistió ella débilmente.
- Sea mi invitada, no se preocupe por nada hasta el día en que deba de tomar el avión de regreso. ¡Quién sabe lo que estas líneas puedan ocultar!.
-Déjeme discutirlo con mi amiga durante la cena, por favor.
-Perdón, conste que hago extensiva la invitación a usted, Aurora.

4 comentarios:

Alfredo dijo...

Por más vueltas que he dado al escrito, no he sido capaz de arreglar el tamaño de la letra. Notaréis que a partir de la mitad el tamaño disminuye. No sé el motivo.
Normalmente escribo en Word y luego lo pego. Todo estaba bien, la letra en el borrador era toda del mismo tamaño, pero...
En fin, no creo que tenga demasiada importancia, pido disculpas.
Salu2. y que entretenga.

Marcos dijo...

Eres una gran novelista. El unico problema de esta entrada em episodios es que te quedas intrigado a la espera del siguiente. Muy bueno, esperaremos.

Alfredo dijo...

Marcos.
Precisamente ese es el inconveniente que yo le pongo a las series de televisión; que te ponen un capítulo hoy y hay que esperar a la semana siguiente. Por eso no las veo. Pero, si pusiera este relato de una sola vez ¿quién lo leería?
Gracias por tan amable comentario.
Salu2.


Elda dijo...

¡Pero Alfredo!, me he quedado fascinada por los detalles de esta estupenda historia que sin ninguna duda despierta mucho interés para seguir leyendo.
Me encanta como lo haces, sin dejar de contar todo lo que unos ojos expertos y una memoria esplendida pueden captar.
¿Has sido detective privado?, jajaja.
Me he descuidado en venir, y ya veo que has escrito casi una novela.
Vendré pronto a seguir leyendo, pues sino luego se me olvida.
Me ha encantado.