lunes, 25 de agosto de 2014

La Señora del Cuarto Cuarta.

 Fue a comienzos del primer curso cuando mi padre me compro la scooter. A mi madre no le gustaba la idea, pero comprendía tenía que caminar un gran trecho y estar sujeto a los horarios del autocar. Con la moto ganaría en tiempo y en comodidad.
Cuando terminé aquel curso, convencí a ambos para cambiar la Vespa por una MV de cuatro tiempos de las que hacían en el Natahoyo. Las ruedas eran más grandes y por tanto mejor de manejar por los caminos que transitaba hasta llegar a la carretera general. Sin embargo, lo que no me había sucedido con la Vespa, me iba a acaecer con la flamante y potente MV.

Me dirigía temprano a matricularme del nuevo curso, cuando surgió el accidente.  La carretera estaba casi desierta, algún camión iba hacia Avilés y solo yo hacia Gijón. Entré en aquella curva trazándola perfectamente. Después de un año ya las conocía todas tan bien, que hubiera podido tomarlas con los ojos vendados. Pero en aquella ocasión el piso no estaba igual que siempre; una mancha de aceite y gasoil hicieron derrapar la rueda trasera. Caí al suelo y fui arrastrado por la máquina que aprisionaba mi pierna derecha contra el asfalto. En milésimas de segundo cruzamos la carretera y salimos al arcén donde la moto dio un salto y prosiguiendo su camino, fue a caer por un terraplén hasta el pequeño riachuelo. Aquél desnivel entre la carretera y el arcén donde la moto había pegado el bote, fue lo suficiente para quedar yo libre de su peso, y mas frenado, seguir con una trayectoria distinta. No sé lo que hubiera ocurrido de ir a para el río, lo que sé es que un árbol se interpuso en mi camino. Mi ya maltrecha pierna derecha chocó con él. Me rompí un par de huesos por lo que me escayolaron para una temporada.

Como no era cuestión de perder el curso, mi padre, después de ver unas cuantas pensiones, me alquiló un piso cerca de la Escuela de Industrias. Lógicamente con ascensor. Hablo del ascensor, por que tanto en lo que dimanaba de él, como del patio a modo de corrala, eran la vida misma. El patio era cuadrangular, en una de sus esquinas estaba el ascensor y en la opuesta  la escalera. Desde ambos se accedía a los corredores de cada planta y desde estos a las puertas de las viviendas. En cada tramo del corredor había dos puertas numeradas del uno al ocho con una ventana a cada lado. Los números comenzaban a la derecha de la escalera y finalizaban a la izquierda de la misma, así, el uno tenía enfrente al seis, el dos al cinco, el tres al ocho y el cuatro al siete. Yo tenía alquilado el siete.




      Aunque pueda parecer lo contrario, las dos estancias más luminosas de la casa eran las que daban al patio y que correspondían a la cocina y un cuarto que yo habilite como estudio. Coloque la mesa cerca de la ventana y sobre ella mis trastos de dibujo y mis libros. A causa de la pata tiesa como decía mi padre, debía colocarme de lado, apoyando la escayola sobre un taburete. No era postura muy cómoda, pero al mirar por la ventana me dije que aquel sitio era perfecto. Tal vez influyera en ello el que hacía poco había visto “La Ventana Indiscreta” y me sentía casi como el protagonista. Desde aquella atalaya pronto pude conocer a mis vecinos: Enfrente, en el cuarto cuarta puerta, un matrimonio con dos hijos, en el cuarto tercera y sexta dos matrimonios mayores, en el cuarto segunda una solterona con su madre, en el cuarto primera un cincuentón que siempre estaba de viaje, en el cuarto quinta una pareja joven y el piso de la puerta octava estaba vacío. De los pisos superiores e inferiores, aunque tropecé a sus moradores sin duda en el ascensor, no llegué ni a conocerlos ni siquiera a ubicarlos.

Mi madre siempre solícita, se encargaba del avituallamiento y todos los viernes que yo no iba a casa por tener demasiado trabajo, se presentaba con mi padre y una cesta de mimbre donde traía más comida de la que yo pudiera acabar en un mes. Metía la ropa sucia en un macuto, colocaba la lavada en el armario y me hacía la limpieza de la casa. Mi padre, siempre con prisa, rezongaba y decía que mejor sería que cogiera una asistenta un par de horas diarias, pero la medida iba posponiéndose un día tras otro.

Aquella mañana solo había tenido dos clases y no queriendo ir con los compañeros a los billares, me fui a casa para acabar una lamina que tenía empezada. Limpiaba el tiralíneas y la bigotera mientras tarareaba la canción que la vecina de enfrente hacia sonar en una gramola. Ella se dedicaba a sus quehaceres como todas las mañanas y como todas las mañanas repetía incansable los mismos discos con las mismas canciones. Me di cuenta que poco había de alegre en las letras; casi todas eran desgarradas rancheras, tristes boleros o dolientes coplas, y comencé a observarla discretamente. Mantenía siempre la  ventana de la cocina abierta y siendo pequeña la distancia que nos separaba, podía verla perfectamente aunque se hallara al fondo. Por la ropa que colgaba intuí que su marido era mecánico y que apenas si paraba en casa para cenar y dormir. Los hijos de entre diez y doce años, estaban prácticamente todo el día en el colegio o en la calle. Ella fumaba bastante, a lo que pude observar “Bisonte”, y también parecía beber más de la cuenta. Alguna pena la embargaba, estaba cierto de ello, y creo que las canciones eran eso; un desgarrado llamamiento lanzado a los cuatro vientos, para que el mundo se enterase de que era desgraciada. 

Tenía que haber sido muy guapa, aún lo era, y seguro que con buena figura, pero aquellos trasiegos continuos de la botella al vaso y de este a la boca, la estaban volviendo un tanto gorda, quizá flácida. ¿Cual podría ser la causa de esa actitud? Quizá el marido se ocupaba poco de ella: En realidad solo alguna tarde de domingo los había visto de paseo por el muelle. Pero, ¿yo que sabía? Los hijos no parecía que le diesen disgustos; nunca la oías reñirlos. ¿Qué sería? Me preguntaba olvidando la tecnología o la física.
Coincidimos alguna vez en el ascensor, pero ella simplemente se limitaba a dar los buenos días o al clásico “hasta luego”. Yo, que me quería hacer el simpático, pronto le conté mi vida... “Si... fue en un accidente de moto”. “Estoy estudiando segundo de peritos y tengo el piso alquilado hasta fin de curso” y cosas semejantes. Pero ella no se abría; escuchaba y callaba. También coincidí con la solterona del cuarto segunda, que al ver la cartera con los libros que yo llevaba en bandolera me dice...
-¿Así que eres estudiante?
Pero ni siquiera me dejó hablar...
-Pues yo hace unos años estudie la carrera de comercio, bueno no llegué a terminarla por que se murió mi padre, pero hice dos cursos. Ahora soy vocalista de una orquesta y es que cuando mi padre vivía -era maestro armero con el grado de subteniente- también daba clases de declamación. Hice giras con una compañía de zarzuela, pero mi representante me obligaba a hacerme la cirugía estética y lo deje. ¿No te parece que mi personalidad emana de mi nariz?. Eso fue lo que le dije... ¡Antes lo dejo, que ponerme en manos de alguien que me deje chata!. ¡Y vaya si lo hice!
- Me quedo aquí -dije un tanto acobardado e introduciendo el llavín en la cerradura de mi puerta.
-Bueno, si necesitas alguna clase de calculo -me decía melifluamente mientras me miraba de arriba abajo- yo he dado cálculo de interés simple, cálculo de interés compuesto... o sea, que calculo bastante bien...
Mi manifiesta cobardía se tuvo que notar a la legua; estaba rojo hasta la raíz del pelo, por lo que queriendo cortar aquello, dije mientras me introducía aprisa en casa...
-Doy tecnología, resistencia de materiales aplicada y cosas semejantes, el cálculo  es de estructuras, puentes, grúas y cosas de esas.
Mas tarde pensé que había estado un tanto grosero, al fin y al cabo ella, por acompañarme, anduvo tres pasillos para llegar a su casa cuando de haber ido por el otro lado, solo hubiera andado uno. En fin, me parecía que lo mejor era no darle mucha confianza, al fin y al cabo yo tenía diecinueve años y ella seguro que había pasado los treinta y cinco.

Un día a eso de las siete, apuré el paso al ver que Araceli se introducía en el portal con sus dos niños. Me desilusioné un tanto al ver que desde dentro Carmen sujetaba la puerta. Quise dar una disculpa para no subir con ambas en el ascensor, pero la solterona muy risueña no quiso que yo esperase un segundo viaje...
-Pasa, pasa, que entramos todos.
Y allí nos metimos, señora con capazo, niños, soltera que se creía en edad de merecer y yo.
-Arrímate, arrímate para acá –me decía haciéndome sitio junto a ella.
 Me coloque con la espalda pegada a la pared y con la escayola y las muletas haciendo de parapeto, no fuera que aquel cuerpo que intuía lascivo se fuera a chocar conmigo. No es que aquella joven fuera fea o no tuviera buena figura, en realidad estaba muy bien a pesar de su nariz aguileña, es que a mi siempre me acobardó el que las mujeres llevaran la iniciativa. Queriendo desviar la atención de mis pensamientos pregunte sin mucha convicción...
-¿No sabrán de alguien que quiera hacerme la limpieza del piso?
-Yo te puedo limpiar...  lo que haga falta –me dijo insinuante.
-¿No has hablado últimamente con tu padre? terció Araceli.
Me quedé un instante sorprendido, pero me agarré enseguida al salvavidas que se me lanzaba.
-Esta semana no ¿por qué?
-Es que hace poco coincidimos también en el ascensor y surgió el mismo comentario, Yo me ofrecí. Solo falta acordar el precio.
Llegamos arriba y la solterona se despidió con una mirada furibunda hacia la competencia.
-¡Bueno, ahí os quedáis!
-Mira, me dijo Araceli una vez Carmen se hubo marchado, lo cierto es que tu padre me preguntó lo mismo que acabas de hacer y yo le dije que si me enteraba de alguien se lo diría. La verdad es que no me gustaría que “esa” se metiera en tu casa.
-A mi tampoco me gustaría pero ¿qué puedo hacer?
-No te preocupes, yo te haré la casa hasta que encuentres la persona adecuada y por el precio no tengas reparo, ya preguntaré a cuanto cobran por ahí. No necesito el dinero, pero tampoco es cosa de que haya malos entendidos. ¿Me comprendes?
Así Araceli y yo comenzamos una relación de amistad muy fructífera, espero que para ambos.

Como las matemáticas siempre han sido mi fuerte, hice un trueque con mi vecina; ella me limpiaba la casa y yo, sacando tiempo de donde podía, daba diariamente una hora de clase a su dos hijos.
Al principio, pocas veces coincidimos en el piso a pesar de que le había entregado una llave para que entrase cuando mejor le conviniera. Solía ir de mañana, cuando yo tenía el grueso de las clases, pero pasados un par de meses, se presentó a la hora de la clase de sus hijos.
-Quiero agradecerte lo que haces por los chicos, han adelantado mucho y además, vienen muy a gusto. Te he hecho este bizcocho para compensar un poco tus desvelos.
-Soy yo el que sale ganando con el trueque, ellos aprenden sin apenas molestarme y encima tengo la casa como un jaspe. Mi madre también te está muy agradecida.
Fue a la semana siguiente cuando nos volvimos a encontrar. Ella estaba haciendo la cama cuando llegué, y que, como no podía hacer gimnasia ni deporte alguno, tenía aquella hora libre. Al verme entrar quiso dejar lo que hacía para volver en otro momento en que no me molestase, pero yo se lo impedí.
-No por favor, no te vayas. De tener algo que hacer me hubiera quedado en la biblioteca, solamente he venido a comer algo; tenía hambre.
-Ya veo que a pesar de que tu madre te trae comida preparada, a ti te gustan más los mejillones; en la bolsa de la basura todos los días encuentro una lata.
-Si, me chiflan. ¿Y a ti, que es lo que te gusta?
-Yo como de todo.
-¿Pero nunca sales con tu marido a comer o a merendar fuera?
-A veces.
-Pues los compañeros me dicen que los merenderos de la Guía y Somió están llenos los domingos. ¡Y con baile y todo!
-Si, es cierto.
-¿Tu no bailas?
-Antes sí bailaba.
-¿Y por qué lo dejaste? Sé que te gusta mucho la música, todos los días oigo Tatuaje cuando lo pones en el tocadiscos.
-Son manías mías, no hagas caso.
-Yo creo que te pasa lo mismo que a mí; somos muy melancólicos.
-¿Melancólico tú con la edad que tienes? Me tengo que marchar.
-Oye, tu no eres muy mayor tampoco. ¿Cuántos años tienes, treinta?
-Anda, déjalo ya, me tengo que ir.
-Perdona si te he ofendido... no se calcular muy bien eso de la edad...
-No, ¿por qué me habría de ofender? Me has quitado seis años, es solamente que no me gusta mucho el derrotero que toma esta conversación. Nosotros mantenemos una relación...  mejor dicho, un compromiso de trabajo; esto a cambio de aquello, y únicamente eso, lo personal ha de quedar fuera del trato.
Se marchó dejándome parado como un pasmarote, pero a la semana siguiente, y la hora en que debiera de haber dado la clase, de estar en plenas facultades...
-¡Hola Araceli, que casualidad que estés aquí!
-¿Casualidad? Ninguna, todos los días vengo a la misma hora. Eres tú el que falla.
-Bueno, los martes de diez a once hay deporte y ya ves que no lo puedo hacer. Es cierto que a veces me quedo en la cancha viendo como juegan los compañeros al baloncesto, pero lo normal es que venga a casa. Como casi no desayuno, me hago un bocadillo y así aguanto mejor hasta las dos.
-Ya. De mejillones ¿no?.
-Que buena memoria tienes.
-Bueno, pues me marcho.
-Mujer, ¿por qué no te quedas un poco?
-Está bien, te haré el bocadillo y luego me voy.
-Oye, ¿acaso tienes miedo al qué dirán?
-Verás, aunque puede que haya alguien, que pudiera decir esto o aquello, y seguramente sin razón, la verdad es que me importaría relativamente. Me explico: Es posible que la lengua maldiciente de alguna vieja sacabera, envidiosa y sin otra cosa que hacer que espiar a los demás, pudiera inventar cualquier chisme. Si así fuera, no me importaría lo más mínimo; él, ella, ellas o ellos, saben que es mentira, yo sé que es mentira y tengo absoluta confianza en que mi marido sabría que es mentira. Otra cosa son mis hijos. Los niños son influenciables muchas veces, más en lo negativo que en lo positivo, y eso si me importaría. Toma el bocadillo.
-Gracias Araceli y perdona...
-Nada te tengo que perdonar. ¿Sabes que para ser un crío eres muy maduro? Me gusta hablar contigo, me comprendes muy bien.
-No todo lo comprendo, ¿qué placer obtienes al fumar tanto?
-¿Te canto el cuplé?
-¿Tanto te hace sufrir tu hombre?
- Mi hombre es un bendito de dios que se mata a trabajar para sacar adelante a su familia, y con bastante buena mano.
- Eso ya lo aprecio, lo que pregunto es otra cosa...
-¿De dónde sacas el sufrimiento? La canción habla de placer, pasión, besos... amor. No sé exactamente qué es lo que preguntas... pero tampoco quiero saberlo. En cuanto a lo de fumar... es cierto, fumo demasiado. Me voy.
-Espera mujer, ¿qué es lo que temes?
Temo que hayas malinterpretado mis palabras y que pienses que el vicio del tabaco -poquito matapenas sería- se debe a que espero por alguien distinto a mí marido. Nada más lejos de la realidad; le quiero, me quiere... y somos felices.
-¿Y el alcohol?
-¿Acaso me espías? Esta conversación se ha terminado, adiós.

Una vez más traté de disculparme, en esta ocasión con verdadero arrepentimiento. No había sido capaz de entrar en el asunto de una manera suave, convincente, es decir; con mano izquierda. Era un patán que se metía donde no le importaba y que ofendía a la mujer que teóricamente trataba de ayudar. ¿Para qué quería hacer de Quijote, si apenas a las abarcas de Sancho llegaba?

Aquel asunto, si es que asunto había, ya que todo parecían ser imaginaciones mías, cambió poco. Araceli continuó atendiendo mí casa, eso sí, a otra hora, pues no la volví a encontrar entre las diez y las once. En su ventana, aunque abierta, lucía ahora una cortina que nada dejaba traslucir. Una cosa más noté, no era para menos; aquel tango, incluso la del que llegó en un barco de nombre extranjero, desaparecieron del repertorio. Las cambió por la chica ye-ye, que ponía sin tregua en cuanto yo llegaba a casa.
  

5 comentarios:

Marcos dijo...


Con la "solterona" estuviste en el filo de la navaja.

Araceli se quedó con su secreto. Creo que por honestidad con ella misma.

Alfredo dijo...

Marcos.
No estoy muy seguro de lo uno ni de lo otro. Me he quedado con las ganas de darle otro final. Luego lo escribo.
Gracias por el comentario Marcos.

Marcos dijo...

Tu tienes el poder ...

Elda dijo...

Genial esta historia, entretenida, amena y con ese puntito de picardía aunque el protagonista no lo quisiera...

Y digo yo: ¿Por qué no te hacías las cosas de la casa tú?, ¿eras un niño pera?, jajaja.

Me ha encantado volver a leerte, y volveré por la siguiente entrega que estoy en ascuas, pero ahora mismo no puedo entretenerme más.
Un abrazo Alfredo.

Alfredo dijo...

Elda.
Así que niño pera, vaya vaya. El niño, por muy ye-ye que fuera, no dejaba de ser un pobrecito inválido de los años 70?, que estaba estudiando. Entonces, los hombres, aún hoy, en cuestiones de la casa no daban palo al agua y seguro que ni sabía freír un huevo.
Gracias por leerlo.