martes, 23 de septiembre de 2014

El Cazador Agradecido.


    
                           

Estar imposibilitado, y más cuando llevas una vida demasiado ajetreada, puede ser un alivio dentro de la desgracia. Tienes tiempo para cosas que habitualmente no haces, sobre todo, para observar.

Me rompí ambos talones al desgajarse una rama desde donde cogía cerezas. Aquella traidora parecía tan robusta, que había pensado en instalar un columpio para cuando a los nietos les dieran las vacaciones; no me dio tiempo.

Se dice por aquí, que, "para la Ascensión, cerezas en Oviedo y trigo en León" más, éste árbol nunca las da hasta finales de junio. Recogí las de las ramas bajas con una cuerda  y un contrapeso, echándola por encima y obligándola a bajar. Las ramas son flexibles, el árbol frondoso, la cosecha buena. Había que aprovechar antes de que cuervos, palomos, y ñarvatos las devorasen, así que me subí para tratar de alcanzar las que no podía por el mencionado medio.

Aquella gruesa rama, sana en apariencia como un coral, resulto que estaba hueca por dentro, y que solamente se mantenía por la corteza. La rama que se va, yo que trato de agarrarme a algo que no encuentro, y un salto para evitar lo inevitable. El resultado ya lo sabéis. Me llevan al hospital de donde salgo en silla de ruedas para una larga temporada. Inimaginable lo que me espera sin poder poner los pies en el suelo.

Desde la terraza a donde salgo a tomar el sol, veo la hierba crecer sin pausa, la mujer va quitando lo que puede con el cortacésped, y deja lo complicado. En uno de los linderos, allá donde comienzan los castaños, la hierba tiene casi dos palmos. No es mucho comparado con los helechos que crecen bajo ellos. Hoy, en ese lugar, algo me ha llamado la atención; he visto dos orejas puntiagudas y negras, sin duda de un gato. Está sentado sobre sus cuartos traseros, observando, estático, con un casi imperceptible movimiento de los pabellones auriculares para detectar cualquier ruido por leve que sea.

Un topo se ha instalado en el prado, aunque yo creo que es una familia entera por las numerosas topineras que va dejando. Dicen, que el topo es señal de que la tierra está en buenas condiciones; humedad, lombrices y otros invertebrados que la airean y mullen. Pero los montículos que forma, atrancan la máquina, embotan la cuchilla,  y hay que afilar a menudo.

Hoy la mujer ha cogido la azada y espera paciente para ver si lo coge. El topo comienza a escarbar  tratando de arreglar uno de los agujeros donde nuestro perro había hecho lo propio el día anterior; retirada de la tierra, ahondado el agujero, y cómo nada consiguió, levantó la pata y dejó una meada.

El montón aumenta de tamaño, sin respirar siquiera, ella levanta la azada. Si tiene puntería y hay suerte, la pala entrará en la madriguera y con un movimiento rápido hacia atrás, saldrá con el pequeño mamífero que irá a parar lejos, al monte donde empezará una nueva vida.  Pero sus vibrisas han captado algo, y marcha atrás ha huido a toda velocidad. Otra vez será.

Al caer la tarde, maúlla el gato. Tal vez tiene hambre, quizá se perdió perseguido por otro gato o por el raposo y no acierta con el camino de vuelta a su casa. La mujer lo ve por la ventana sentado frente a la puerta, un poco distante, sin saber cómo será recibido. Ella corta un filete empanado que le sobró de medio día y se lo va a dar. Abre la puerta  y se lleva un susto; el topo yace en el quicio, muerto.

Durante unos días, el gato ha ido depositando en el mismo lugar distintos animalillos que ha cazado en espera de su recompensa. Sin duda, y a pesar de ser macho, su madre le enseñó bien; para recibir, primero hay que dar.

Un día, saciada su hambre, el gato se va. Ha encontrado el rastro de vuelta y nada mejor que la propia casa donde naciste. Volverá alguna vez a visitar  a aquella que mitigó su hambre, y siempre traerá un regalo.

Ahora luce bien el prado, se acabaron los hoyos y los montoncitos de tierra que estropeaban la cuchilla, pero yo siento pena por aquel gordezuelo que yace enterrado en su propia madriguera.

7 comentarios:

Alfredo dijo...

Semana prodiga en acontecimientos: Me nació una nieta, la tercera, festejamos a la Virgen de los Remedios patrona del barrio... y me dieron un trastazo en el coche aunque sin consecuencias personales.
Llegó el otoño y hoy he comenzado a escribir el final del Viaje de Hermelinda que mi nieta insistió en que lo terminara, veremos a ver como sale.
Salu2.

Humberto Dib dijo...

Me encantan los gatos, son los animales doméstico que más conservan su instinto.
La historia me entretuvo, la disfruté mucho.
Y felicidades por la nueva "abuelidad", creo que te lo dije por otro medio, pero que valga aquí también.
Un fuerte abrazo.
HD

Maria do Sol dijo...

Há semanas assim.É um gosto ler-te Alfredo, ainda que eu esteja muito cansada.

Abraço

Alfredo dijo...

Humberto.
Gracias Humberto por lo de la "abuelidad"
¿Te las dí por el otro medio? Si, eso creo.
Salu2.

Alfredo dijo...

Maria.
Te escribo por el correo.
Salu2.

Elda dijo...

Vaya, que caída más mala con la que comienzas este gran relato que he disfrutado mucho. Me ha parecido encantador y muy tierno con la historia del gato.
Yo tengo en mi casa del pueblo también un prado, y está hecho una pena de montículos...
Me ha encantado pasar por tus letras Alfredo.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Sí, me puse un poco trágico... para compensar. Ya que iba a matar al topo, que no fuera él solamente el que sufriera.
Salu2.