domingo, 26 de octubre de 2014

Amor Nefando.


La calle está desierta a aquella hora tan temprana. El hombre, enfundado en un guardapolvo, salió de una de las casas. El sonido de unos cascos sobre el empedrado se oyen hacia el final de la cuesta, pero aún no se ve a nadie. Empujó el forcaz sobre el que llevaba sus utensilios y, con paso decidido, enfiló calle adelante. A poco apareció un peón sobre un burro con sendas alforjas, seguramente camino de la milpa. Al cruzarse se dieron los buenos días. Al final de la calle también se acaba el empedrado, el camino se estrecha y el piso es puro polvo bordeado de abrojos. Al fondo, la ciudad que va despertando, espera.

Un trecho adelante, una encrucijada y gentes que como él se dirigen a sus chambas, se le unen. Llegan a la terminal de la línea de autobuses. El hombre se quitó el guardapolvo que fue a parar al carruco. Media hora de viaje le dejó en la Plaza Mayor; Ayuntamiento, Juzgados, negocios, gente y bullicio que pronto comenzaría a ser trepidante.

Nuestro hombre, joven, de traje gris, camisa banca, corbata negra y zapatos del mismo color, a los que sacó lustre en el bus, se colocó en el lugar que desde siempre venía ocupando; bajo los soportales, a la puerta del juzgado. Del carro sacó un tríptico de cartón que desplegó rodeándolo a modo de parapeto, luego, dos sillas plegables y una máquina de escribir que colocó sobre la tapa dura del bolsón. Una de las partes del tríptico, estaba orlada con una estrecha bandera tricolor, en el centro podía leerse: "Horacio Fernández, taquimecanógrafo diplomado por la Academia Buenaventura". Remataba la composición un dibujo de una máquina de escribir, una pluma de ave y un tintero. En las otras dos partes, la propaganda de sus trabajos; Cartas de amor, familiares y de trabajo. Rellenado de impresos e instancias, caligrafías especiales y otras labores.

Y se sentó a esperar.

Aquél día era jueves, cosa a tener en cuenta, pues a partir de ese mismo día, todos los jueves venideros, a la misma hora, durante un tiempo, tendría la misma clienta. La joven, no más de dieciocho años, se acercó temerosa.

- ¿Favor de escribir una carta?

- Con sumo gusto, cinco pesos el primer pliego y a tres los siguientes. ¿De acuerdo?

- Sí, de acuerdo.

- Necesito saber a quién quiere escribir, el motivo, y si tiene pensadas las palabras, o si quiere que yo interprete sus sentimientos y ponga las mías. Usted me dice, yo escribo, leo, si le gusta se deja, y si no lo cambiamos. ¿Agarró la onda?

- Sí, de acuerdo.

- Pues dígame.

- Yo le explico.

Pero a ella le costaba empezar; una mano cogía a la otra y la otra a la una en un nervioso movimiento de rotación, mientras su cara denotaba cierta angustia.

- Siéntese por favor, y no se preocupe, todo es empezar. Sus secretos estarán bien guardados, pues los echaré al olvido en el momento en que la carta se acabe.

- Yo hago las habitaciones en el hotel de mi tío, donde se hospedó por una semana, un señor con su criado de nombre Manuel Mendoza. Él es un guapo mozo, muy hablador y simpático. En el tiempo que tenía libre, me buscaba, hablábamos y nos hicimos novios. Me prometió que volvería en dos meses y que entre tanto me escribiría. Pero temo le haya sucedido algo, ya han pasado tres, y ni una carta he recibido. Quisiera preguntar por él. Aquí tengo su dirección que saqué del registro.

- Bien, no ha sido tan difícil, ¿verdad?

- Gracias, me dio usted confianza.

- Empecemos: "Querido Manuel" ¿Le parece bien comenzar así? Aunque estén enamorados, para ser la primera vez que le escribe, creo que no debe de ir más allá.

- Sí, me parece bien.

  "Querido Manuel, quisiera ante todo saber si estás bien. Me preocupa que hayas tenido un accidente o que quizá estés enfermo. Aunque va en el remite, te envío la dirección por si acaso la hubieras perdido; Juanita Olmedo Márquez, Hotel Regente, calle Veracruz 67".
"Recuerdo con alegría los momentos que pasamos juntos, y lo mucho que me hiciste reír. No sabes cuánto desearía platicar contigo, disfrutar de aquellas historias que me contabas y pasear por la alameda al atardecer. Añoro también otras cosas que solo tú y yo sabemos. En espera de un pronto regreso,  o al menos una carta, te envío un abrazo".

- ¿Cree usted que así bastará?

- Bueno, me parece correcta, está bien.

- Una pregunta personal; ¿Cómo es que una joven como usted, no sabe escribir?

- Mi mamá murió. Aún era yo una escuincle, me recogió mi tía que por entonces tenía mucho trabajo en la fonda, yo la ayudaba todo el día.

- Y ahora, ¿ no puede acudir a una escuela?

- Me da vergüenza, entre los niños... tan mayor...

- Las hay para adultos, pero si quiere y tiene tiempo, yo la puedo enseñar.

- Lo pensaré. Aquí tiene sus pesos.

Vio alejarse aquella grácil figura, coletas con lazos del mismo paño que la falda y blusa bordada al estilo china poblana, y no dejó de pensar cuan villano fue el que la sedujo. Pero un nuevo cliente reclamaba sus servicios.

Ha llegado el jueves, y la mocita llega nuevamente hasta donde Horacio atiende a alguien. Pasea nerviosa mientras él la mira de reojo y está a punto de equivocarse por dos veces. ¡Es idéntica a María Félix! Piensa, mientras ella mueve una carta cual si fuera un abanico. La lleva a sus labios, se acaricia la mejilla.

- Su turno Juanita.

- ¿Recordó mi nombre?  Y su cara denota extrañeza y complacencia.

- Jamás olvido una cara, sobre todo si es bonita.

- Gracia que usted me hace. Me escribió Manuel. Quisiera que me leyera la carta para contestarle.

Horacio toma el sobre que abre delicada y parsimoniosamente con un pequeño estilete en forma de alfanje. Ella se sienta. Están muy cerca; las confidencias no deben trascender  más allá de aquella barda de cartón. La niña huele a jazmín. Ojos negros, cejas que arquea no se sabe si entre interrogación o picardía. El labio; lo justo, un poco más gordezuelo el inferior. De vez en cuando los aprieta hacia adentro, para humedecerlos. Y se ven más rojos, más carnosos y apetecibles. Horacio, se da cuenta que no aparta sus ojos de esos labios, que está haciendo muecas cual si quisiera chupetearlos.

- Señor... la carta ya está abierta...

- Sí, lo sé, pero es un momento transcendental que requiere de una pequeña pausa. ¡Quién sabe lo que la misiva contendrá!

Él lee ávidamente y en silencio. Un momento de duda; mentir o no mentir.

-Podía haber leído:

"Apreciable Juanita:

Perdone el tratamiento y que haya tenido que acudir a un intermediario para que escribiera esta carta. Me dicen, que hace unos meses me caí del caballo, como consecuencia de ello, he perdido la memoria además de otras secuelas. Siento no recordarla, pero comprenderá, que si a familia y amigos soy incapaz de reconocer, difícilmente pudiera hacerlo con usted.
Le ruego, no obstante, continúe escribiéndome, lo que posiblemente pueda redundar en beneficio de ambos.
Un saludo Manuel".

Pero optó por:

"Desconocida señora, no se haga ilusiones. Soy la mujer de Manuel y estoy cansada de que este pendejo ande tras cualquier escoba con faldas. Le agradecería que no volviera a escribir, mi hombre es mío a pesar de todo: Tenemos cuatro hijos.
No sé cómo ha conseguido esta dirección, pero sepa que si hubo algo entre ustedes, él ya lo olvidó. Siempre sucede así, va de macho, pero vuelve a mí.
Siento que se lleve un disgusto, pero eso la enseñará a medir sus actos de aquí en adelante".

Juanita ha encajado el golpe, ha erguido la espalda con determinación, e incrédula, tiende la mano para recuperar la carta.

- Señor, he decidido que quiero aprender a leer y escribir. Si le parece, todos los jueves a esta hora vendré para que me enseñe.

Y a Horacio se le abre el cielo al que da gracias por no haber caído en la tentación de mentir. El roce hace el cariño, el cariño puede dar paso al amor. Él sabrá buscar la forma de que Juanita olvide aquél amor nefando.



2 comentarios:

Elda dijo...

No me lo puedo creer Alfredo!, si el otro día vine a leer esta historia y yo juraría que la había comentado, lo mismo no pinché en publicar y cambié de página...
Bueno es igual porque la he vuelto a leer y me ha encantado. El final genial, un buen muchacho el escribiente que con esa buena actitud es de suponer que surgirá el amor entre lección y lección.
Una pena no saber escribir ni leer y tener que confiar en el que se dedicara a tales funciones.
Muy entretenido esta historia.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
A veces se cuentan intimidades a un extraño. Pienso en la confesión de los pecados, por ejemplo. Al fin y al cabo, el que cree lo hace sin recato, mientras que el analfabeto, supongo que debe hacerlo con miedo a que le engañen, con más pudor del que quisiera.. quién sabe cuantas cosas.
Me alegra que te entretuviera.
Salu2.