viernes, 3 de octubre de 2014

El Viaje de Hermelinda. Cap.II parte 7ª


El supuesto hombre de Amir, hizo lo que se le ordenó. Se abrió la puerta por la que comenzó a salir una procesión; Abría la misma, un sacerdote rapado hasta las cejas como signo de pureza. Vestido con túnica de lino blanco sobre la que portaba piel de guepardo, calzaba sandalias de papiro, y portaba en  sus manos los atributos para la ceremonia; el jerep y la hedj - el cetro y la maza- símbolo de poder. Otro de semejante guisa, le seguía perfumando el camino con incienso, luego, cuatro porteadores llevaban  unas angarillas y sobre ellas un escuálido difunto. Diez mujeres que portaban ofrendas cerraban la comitiva, que, a paso lento y en silencio, se dirigieron a la mastaba.

Al ver la comitiva, los que estaban dentro se arrimaron a las paredes dejando espacio. La única luz que penetraba en el recinto era la que la puerta dejaba pasar. Cuando el Sumo Sacerdote se paró frente al piramidión, el que le seguía dio fuego a varios pebeteros y unas antorchas cerrando las puertas. Los porteadores se mantuvieron estáticos y posicionados para, en un momento dado, elevar las angarillas hasta los soportes.

Los que no participaban de la ceremonia, pudieron ver ahora a un difunto sobriamente vestido; un shenti o faldilla atada con cinturón de cuero, y el nemes en la cabeza. Como joyas, un sencillo pectoral sobre el pecho descubierto y un brazalete.

Hermelinda comparó el flaco rostro del difunto con el de la reproducción del papiro de Hunefer; el difunto era el que allí estaba pintado. Él era, quien acompañado por el dios portador del Anj con cabeza de chacal; Anubis, iba de su mano hacia la balanza.

Hermelinda recordó lo que Malek le contara sobre el juicio de Osiris, y en el mismo instante comprendió que el hombre, el Señor, el difunto, había escenificado su propio juicio.

El sacerdote levantó el cetro. Las caras de la pirámide se iluminaron; de añil, las casas norte y sur, de bermellón, las  casas este y oeste, proyectando la pulimentada piedra, cual si de un espejo se tratara, los haces hacia el techo de forma que los colores formaron una pirámide invertida tocándose los vértices de ambas.

El sacerdote levantó ahora la maza, y los porteadores izaron la camilla hasta los soportes retirándose dos pasos. Entonces, comenzó a dar vueltas en torno a la camilla recitando una perícopa monótona y adormecedora.

 El humo de las antorchas, el olor del incienso y el calor del lugar sin ventilación alguna, iba cargando la atmósfera de tal modo que Hermelinda estaba algo mareada. Le pareció que el mural cobraba vida, que Anubis tomaba el corazón del difunto colocándolo en la balanza ante la vigilante mirada de Ammit, ansiosa su boca de cocodrilo por devorar al muerto. Thot, el dios escriba con cabeza de ibis, anotaba los resultados del pesaje de las acciones del difunto comparándolas con el peso de la pluma de Maat.



Hermelinda parecía escuchar la voz del muerto tratando de superar  la prueba:

¡Salve a ti, gran dios, señor de la Justicia! He venido a ti, mi señor, para que me lleves de forma que pueda ver tu belleza, porque yo te conozco y conozco tu nombre; y conozco los nombres de los 42 dioses que están contigo en esta Sala de Justicia, que viven de aquellos que aman el mal y que se tragan su sangre en este día de considerar los caracteres en presencia de Unnefer.

"Mira, yo he llegado a ti; te he traído la armonía, he rechazado la falsedad por ti. Yo no cometí falsedad alguna contra los hombres. No empobrecí a mis socios. No hice daño en el Lugar de la Verdad. No he aprendido lo que no es. No hice mal. No hice diariamente que fuera excesivo el trabajo que debía hacerse para mí. Mi nombre no alcanzó los despachos de aquellos que controlan a los siervos. No he desposeído al huérfano de su propiedad. No he hecho lo que los dioses detestan. No he calumniado a un sirviente ante su señor. No he causado dolor. No he provocado hambre. No hice llorar. No he matado ni he mandado matar. No hice sufrir a nadie. No disminuí las ofrendas de alimentos en los templos. No he destruido los panes de los dioses. No he arrebatado la comida de los espíritus. No he copulado. No me he comportado mal. No disminuí los suministros de alimento. No he disminuido la arara. No he invadido los campos. No añadí nada a los pesos de la balanza.. No rebajé nada de la plomada de la balanza. No arrebaté la leche de las bocas de los niños. No privé a los rebaños de sus pastos... "
... "Mi único pecado, ha sido forzar el préstamo de la pirámide, pues yo, como Amenemhat, deseo marchar hacia Orión"


El oficiante ha dado por terminada la salmodia, se ha detenido y Hermelinda parece despertar del encantamiento; ya no hay movimiento, ya  no oye la palabra. El sacerdote levanta una vez más el cetro, los haces de luz bicolor desaparecen, mientras que bajo el muerto, en el vértice de la pirámide, durante un segundo, una estrella de blanquísima luz parece haber estallado.

La ceremonia ha concluido, llevan al difunto a la capilla donde lo depositan en un sencillo ataúd de madera, las mujeres dejan las ofrendas, y la puerta se cierra con los sacerdotes dentro.

Omar abre la puerta de la mastaba para que entre más luz, también acciona el mecanismo para abrir la tapa superior por donde entró el piramidión, y Malek ordena a sus hombres que lo retiren.

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