jueves, 16 de octubre de 2014

La Casa Vacía.


       La casa estaba vacía de gente. Los que en ella habitaron, murieron. Los vivos, los que les continuaron, están en otros lugares y solamente de tarde en tarde aparecen por allí.

Al principio, en los primeros días tras su muerte, notaban los hijos la presencia de sus padres. Era como un aura, que les envolvía, como un hálito apacible, y sin embargo, lóbrego, donde la  tristeza  se adueñaba de ellos.

Ahora, un tiempo después, les parece que ésta presencia se va debilitando hasta el punto de llegar a establecer un dilema; ir, o no ir. Por un lado desean que ésa aura intangible no desaparezca, y quieren ir a buscarla. Por otro, dudan en encontrarla, tienen miedo y prefieren no ir.

Cuando van, tocan los muebles en la creencia de que tocarán sus manos, y solo el polvo dejado por el tiempo tocan. Que importa la casa, que importa lo material que en ella hay y a lo que se aferran, lo que verdaderamente importa son los momentos, la huella que esas personas han dejado en cada uno de nosotros. Es cierto que todos mostramos el reloj del abuelo o del padre con orgullo, con una complacencia fuera de lo común. Aunque no es menos cierto, que a nadie les importa.

Yo creo que aferrarse a cosas materiales que pertenecieron a esos nuestros queridos fantasmas, no significa más que el miedo que tenemos a perderlos. Y eso es malo. Eso significa que no estamos seguros del cariño que les profesábamos. Que era poco lo que los amábamos.

Al principio, siempre sucede lo mismo al principio, vamos a menudo al cementerio. Les ponemos la más suntuosa lapida que nuestros bolsillos pueden, o, que incluso no pueden. Llevamos flores y competimos con los de al lado para ver quien tiene mejor y más cuidado aquél trozo de tierra o aquél agujero. ¿Para qué tal competicia? Nuestros fantasmas saben que el verdadero templo de nuestra consideración, de nuestro cariño, está dentro de nosotros mismos. ¿Acaso no vale más una oración, que unas flores llevadas por rutina? ¿Es que quizá, por apurarte a llevar el ramo, crees que a sus ojos quedas mejor? ¿No te das cuenta de que otros llevan esa rosa en su corazón y que no hace falta que la gente lo vea?

No lo haces inconscientemente. ¡Quieres que tanto tus fantasmas, como los demás, vean que te acuerdas de ellos! Así, pronto esas flores se convertirán en rutina, y esa rutina matará el amor. Dejará de ser un querido fantasma para convertirse en un simple recuerdo, un recuerdo que quizá el tiempo borrará también.

6 comentarios:

Elda dijo...

Cuando una persona muere, el cuerpo ya no es nada, por lo cual para mi, los cementerios está de más el visitar, allí ya no se encuentra el familiar que has amado, es algo más espiritual que permanece para siempre en el recuerdo.
Buena entrada Alfredo.
Un abrazo.

Jose Moroño Hernandez dijo...

Totalmente de acuerdo con el anterior comentario, no soy partidario de visitar cementerios, prefiero visitar el alma. Muy buen trabajo, felicidades.

alp dijo...

Pues para no ser menos, comparto a los de arriba...un saludo desde Murcia...

Alfredo dijo...

Elda.
Tampoco voy mucho, pero cuando lo hago me entretengo en mirar aquellos nichos a los que adosan fotos de los familiares difuntos. A veces reconozco gentes que conocía y que ni sabía de ellos. También es una forma de recuerdo y, sobre todo, me doy cuenta de lo poco que somos. A veces se nos olvida.
Salu2.

Alfredo dijo...

Jose Moroño.
Tu visitas el alma en aquellas fotos que haces, pero no olvides que allí puede haber muy buenas instantáneas.
Salu2,

Alfredo dijo...

alp.
Gracias por dejar un comentario, murciano.
A mucha gente le dan yuyu los cementerios, hay quienes los visitan por rutina, otros, incluso hacen visitas turísticas. Ni Tanto ni tan calvo.
Salu2.