viernes, 10 de octubre de 2014

Las dos Mozuelas.

                                             Luis Garay. La taberna del barrio de San Juan.

Devolví la mirada a aquél tipo que lo hacía desde unos ojos, donde la pupila dilatada apenas dejaba apreciar el iris. Una mirada que parecía asustadiza, vacía de los recuerdos más próximos, donde la senilidad campaba sin duda a sus anchas. Porque vamos a ver, ¿qué fue lo que  cenaste anoche? No sé. ¿Albóndigas? ¿Un filete de pollo? No, tal vez fue un huevo frito con patatas. Sí, fue eso, sabía que era algo relacionado con el pollo. El pollo... Para que digas que todo se me olvida... Cuando era un pollo casi imberbe, comencé a coger la navaja de mi padre para quitarme el bozo. Desde entonces, y han pasado casi setenta años, vengo utilizando la brocha, el jabón y la navaja. Por aquél entonces estaba enamoriscado de dos mujeres a la vez; Andrea y Enriqueta. Las dos tenían seis u ocho años más que yo, y mira cómo eran las cosas, a Andrea todos la tenían por casta y a Enriqueta por todo lo contrario. Sin embargo, recuerdo bien cómo se depilaba Andrea el entrecejo, los sábados a la hora de la siesta. Se sentaba a la solanera en la acera de casa, con espejo y pinzas, y, uno a uno, los iba eliminando. Yo me tumbaba frente a ella, los codos apoyados en el piso, las palmas bajo la barbilla, agarrándome los mofletes y esperando a que ella comenzara con las piernas. Entonces era cuando las abría y cerraba mientras miraba de reojo el efecto que me causaba el ver sus partes más intimas. Un día la miré de frente, a aquellos ojos grises y fríos, y le dije que se quitara las bragas. Entró en la casa y apoco salió volviendo a su faena, pudiendo contemplar yo en toda su magnificencia, aquel mi primer pubis de moreno vello. Enséñame las tetas, ordené más que pedí, envalentonado por haber conseguido lo que creía imposible. Y ella dijo que allí no podía, que podría pasar alguien o asomarse a un balcón. Entonces, al ver mi cara de disgusto, tuvo una idea; vamos dentro, todos duermen, en el zaguán las verás. Para que continuar, ella salió con su novio como siempre, a eso de las siete, y como siempre se fueron por el camino del río, con otras parejas, pero sin cogerse de la mano siquiera, aplacada su libido.

Decían en el barrio, que las monjas del hospicio, endosaron a Enriqueta a la señora Obdulia, viuda reciente y sin hijos. Es una niña dócil, muy mañosa y qué está falta de cariño - le dijeron-  tiene doce años y te puede ayudar en la casa y en la taberna. Y Obdulia aceptó, para ver crecer a la niña y convertirse en una mocita a la que los clientes, medio en broma medio en serio, pellizcaban el culo. La taberna, como el barrio entero, era misérrima. Frecuentada por trabajadores un tanto hoscos, que mataban sus penas a base de porrones de vino pellejero, y hablando continuamente unos con otros, del trabajo "peonil" al que se dedicaban. Sus vestimentas y el olor que despedían, hablaban bien a las claras de su pobreza. y algo más. A mí se me antojaban tipos siniestros con aquella pinta de judíos, que vi en carteles de propaganda nazi, tal vez por los tonos oscuros, las gorras esas tipo andaluz y las barbas que solo rapaban una vez a la semana. Los que trabajaban en la tejera, olían a barro, los albañiles a cemento o cal, y alguno había que olía a humo y carbón de la fragua. Con todo, no eran estos los olores predominantes, que lo eran el sudor rancio, a montuno, el ajo y la cebolla. Mi padre, que también paraba en el bar al salir del trabajo, daba un tufillo a grasa y gasolina; era mecánico de coches, y mi madre siempre lo obligaba a meterse en la ducha antes de ir a la taberna. No era ésta  mas que una rejilla de tablas sobre la placa turca que tenía por retrete en el taller, y una cebolleta en lo alto, que en verano gustaba de utilizar, pero que en invierno, con aquellas nevadas, procuraba rehuir al menos hasta el sábado. Yo lo iba a buscar a la taberna con la disculpa de que ya estaba la cena, pero era por ver a Enriqueta, de piernas finas y torneadas, culo prieto y teta menuda y puntiaguda, al contrario que Andrea que las tenía calderonas. La moza consentía los pellizcos que desde niña le propinaban, pero que a nadie se le ocurriese poner la mano abierta y acariciadora sobre sus nalgas, la bofetada era sonora y la bronca mayúscula. No obstante su proceder, para las mujeres del barrio era una perdida ¡quién sabe lo que sus maridos les contaban al llegar a casa! Como quiera que fuera, la pobre chica siempre cargó con el sambenito, y los que quisieron ser sus novios, iban a lo que iban y decían lo que decían, sobre todo, cuando apercibida ella de sus intenciones, cortaba toda relación. Pero ¡hay! tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe. Cuando me fui al servicio militar -donde se ha visto a uno de Zamora, ir voluntario a marinería al Ferrol- la Enriqueta tiraba más que una escopeta de feria. Mientras Andrea, que continuaba aquél largo noviazgo, dejó mojar a su novio. ¿Verdad que sabes el motivo, viejo zonzo? Ella te apremiaba, sí, a ti, y tanto, que por dos veces te dijo que estaba preñada. El casorio fue tan rápido como tu fuga, y el resultado apareció a los siete meses. ¿Te das cuenta de que ahí van pelos y señales? ¿De qué te lo he contado todo al dedillo? Si, majadero, eso es lo que tiene la senilidad; recuerdas el pasado, pero no lo acontecido ayer, antes de ayer, la semana pasada. Déjate ya de cuentos chinos, de amoldar el pasado a tu conveniencia y acaba de afeitarte. ¿Acaso no estás harto de ver tu careto en el espejo?

2 comentarios:

Elda dijo...

Un relato realmente entretenido, llamándole a las cosas por su nombre nombre me ha parecido de lo más gracioso.
Ahora mismo he mirado a la tele a ver que película estaban anunciando y mira que casualidad, se titula: Entre las piernas, jajaja.
Ha sido un placer pasar por tus letras.
Un abrazo y buen domingo.

Alfredo dijo...

Elda.
¿Será el relato de una parte de mi vida?
No, pero pudiera darse el caso, uno ya vea entrando en años.
Gracias por el amble comentario.