martes, 11 de noviembre de 2014

Divagaciones entre Somnolencias.


Me llamó la atención no hace mucho, alguien que en el centro comercial silbaba una canción, bajito y con gusto. Pensé en un reponedor, y me fui tras la musiquilla. Un tipo con una cesta estaba leyendo los ingredientes de una lata de tomate frito, cosa para mí imposible, pues aparte de no saber silbar, considero muy difícil hacer ambas cosas a la vez. Creo, que aunque  yo supiera, olvidaría el tema de la canción para silbar con esta letra... ochenta por ciento de tomate trituraaaaooo; ¡ye, ye!, aceite de oliva virgeeen, ¡ea ea! sofrito de ajo, perejil y cebollaaaa, ¡plas plas! sal y asuqitaaaa, ¡yeepa! la fecha de caducidad es bueeenaaa.

Hablando de cantar, a veces me sucede como hoy: Estaba en la cama medio despierto medio dormido, escuchaba el ruido de los coches sobre el asfalto, apenas el motor, pero sí los neumáticos que me indicaban que llovía o había llovido, lo que hizo que me arrebujara aun más bajo las mantas con un escalofrío.
Si, bajo las mantas, que de un día para otro  la temperatura bajó un montón. Aunque esto de las mantas en la cama, viene de familia. Tenía yo una tía que no podía dormir bien, aunque fuera en verano, sin un par de ellas. Pues ahora me sucede a mi lo mismo, y lo mismo que ella, esgrimo el mismo argumento; necesito peso encima. A tal punto llegó la discusión con mi mujer, que se largó para otra habitación. Ahora duermo solo, y aunque anoche me puso una manta más, y ya son tres, sigo necesitando peso.

Pero estaba hablando de cantar, y eso voy a hacer. Cantaba para mis adentros bajo las mantas, cuando me di cuenta que recordaba la letra de antiguas canciones que creía olvidadas. Me sorprendí a mí mismo, pero mucho más me sorprendió, que tras repetir un par de veces la canción, empecé a olvidar algunas partes por fijarme demasiado en el significado de las palabras, o tal vez por la visión de una Sara Montiel en plena y exuberante juventud, cuando cantaba aquél... Bésame, bésame mucho, como si fuera la última vez... Y por más que lo intentaba, no era capaz de salir de aquello. Así que dejé de cantar para concentrarme en otra cosa.

 Un nuevo escalofrío, me llevó a pensar cuando en un día de sol del mes de noviembre, quise bañarme en aquella playa grande, fría y solitaria de un pueblecito holandés. Caminaba, caminaba, hacia las minúsculas olas, y apenas el agua me cubría los tobillos. Entonces comencé a sentir una sensación rara, sensación que se fue convirtiendo en un miedo indefinido. Me di la vuelta a todo correr. Estaba acostumbrado a mi Cantábrico donde de dos zancadas te puedes zambullir de cabeza. ¡Ah sí! Aquello era otra cosa. Hasta estaba entrando en calor, hasta las mantas pesaban lo que debían pesar. Pero, ¡coño! las mantas no dan besos.

4 comentarios:

Elda dijo...

Jajajaja, ¡Ay que me troncho de risa", que entrada más graciosa y más amena. Me han encantado los giros que has hecho cambiando de tema para luego volver a retomarlo. Lo de tu tía está genial y que lo hayas heredado tú, jajaja; osea, que entonces no puedes dormir con un edredón de esos tan calentitos y que no pensa nada...
Bueno, y el final, estupendo e ingenioso.
Gracias por hacerme reír.
Un abrazo y que no pases frío, jajaja

Alfredo dijo...

Elda.
Igual sí. Las mujeres suelen tener los pies fríos. ¿O no?
Salu2.

RECOMENZAR dijo...

Fascinante me voy sonriendo

Alfredo dijo...

RECOMENZAR.
Tu sonrisa y el comentario me dejan feliz. Gracias.
Salu2.