viernes, 21 de noviembre de 2014

Don Ginés se fue a Guerrear...



Cuentan de un conde llamado don Ginés de Vasconcelos, que, entrado en años y sin descendencia, al menos legítima, mandó reunieran en su castillo a todas las doncellas de entre catorce y veinte años, con ánimo de esposa buscar, y al ducado diera continuidad.

Encaprichose, dicen, con aviesa intención, de una hermosa plebeya, hija de un labrador, que llevaba las tierras otorgadas tiempo ha por el rey, a una su hermanastra para que fundara la abadía de Santa Ana, laguna feraz en medio del secarral que el ducado era, y que don Ginés poseer ansiaba.

Quizá pueda matar dos pájaros de un tiro- pensó- Pues en la abadía no quedan más que cuatro monjas viejas, y cuando mueran, según la madre abadesa, todo será de la niña Aldonza, a la que ellas tuvieron que criar.

Casose pues don Ginés con Aldonza, más poco duraron las mieles del matrimonio, pues habiendo muerto el rey, su hijo y sucesor, quiso emular y aún superar, las hazañas su padre, a costa de los moros, de manera principal. Llamó el rey al fonsado, y don Ginés hubo, con sus mesnadas partir, para el pacto de vasallaje cumplir.

Abrían la marcha, ondeando al viento, los estandartes, y al paso del atambor, el conde, sus sargentos de armas, piqueros, arqueros, infantería con escudos y espadas, carpinteros, peones y carreteros con un par de trabuquetes y las tiendas de campaña.

Creyó don Ginés, que su joven esposa lo despediría desde la torre del homenaje, tal vez desde la puerta, o quizá desde la entrada del castillo, pero Aldonza no apareció ni en torre, ventana, puerta, ni siquiera a la entrada. No era de extrañar; la dueña estaba de muy mala uva, por la desconfianza manifiesta, que su esposo le demostrara.

Algunos escarceos contra los sarracenos, y la hueste del rey ha llegado a las puertas de Zamora, donde tres meses ha, que tienen sitiada la plaza. Y dicen, que mientras, Aldonza maquinaba la forma, de aquella indignante prisión, su cuerpo sacar. Y aunque nada dijeron las crónicas,  de boca en boca corría, gracias un juglar que por los pueblos hacía malabares, además de cantar.

- Es menester contar
una historia que aquí traigo, con rima boba en AR
y allí donde no rimara, añadid si os pluguiera,  AR

- Érase un conde, que se fue a guerrear
dejando a la dueña en su castillo
a quien recién acababa de desposar.

- Aldonza, esto es la guerra,
no una razia cualesquiera;
No sé cuánto tiempo ha de durar,
por ello, y para tu bien, he de te guardar.

- Y pusóle el conde, un cinto de castidad
que al herrero mandara fabricar,
eso sí, con las medidas que ella ¡oh ilusa! creyera le tomar
para unas bragas de tafetán.

- Heme aquí mancillada
con este artilugio infernal
para mi virtud preservar 
de aquellos, que según vos, quieren mi mal.
¿Acaso no es verdad,
que defender vuestro honor buscáis,
para que Vas-con-celos el cornudo no os osen llamar?
¿Y si ya estuviera preñada?
A poco, mi barriga hinchada,
me haría morir de aquesta manera cinchada.
Poca fe en mí tenéis
y os juro que esta afrenta, muy cara pagaréis.

- No te ocupes, mujer
si tal cosa sucediera
digo, preñada estuvieras
ya alguien digno de confiar
prestamente proveyera
de la segunda llave... u otro menester.

- Y Aldonza, para sé justificar
que del cinto se logró zafar
-gracias a la llave segunda, que en el abate
Ginés hubo de confiar-
con un doncel yació
que muy presto la preñó.
Aquí acaba la historia
de doña Aldonza y don Ginés,
cornudo que hubo de legitimar
tomando por suyo, el hijo del doncel. 

6 comentarios:

Marcos dijo...

Lo que había que aguantar, les saldrían callos de las rozaduras.

Alfredo dijo...

Marcos.
En realidad, hay mucha leyenda sobre el caso. Según se cuenta, el artilugio en cuestión, lo utilizaban los maridos que se iban a las cruzadas, aunque es difícil de creer por los riesgos que entraña, y porque el invento es bastante posterior a la época medieval.
Lo que parece que si es cierto, es que lo utilizaban, por unas horas, las mujeres como prevención ante violaciones en situaciones donde había riesgo y mucha presencia masculina.
Salu2.

Katrina dijo...

Hola!

Pues merecido se lo tenía ese don Ginés, me imagino lo terrible que debe haber sido cargar con tal artefacto, además de las molestías, del peso, de las dificultades higienicas... uf! menos mal que ya estamos en otra era!

Por cierto, tardé pero leí la biografía de Rasputín! una vida interesante un personaje atractivo... me sorprendió aquel detalle de su anatomía guardada. Yo me pregunto en que pensaban cuando decidieron cortarlo y guardarlo....

Bueno, muchas gracias por tener tu blog! se pasa un buen rato leyendo =)

Saludos

Alfredo dijo...

Katrina.
Cuando contaba yo con diez y seis o diez y ocho años, leí una novela - no recuerdo título no autor- basada en la vida de Rasputin que me encantó. Al parecer, antes de arrojarlo al Río Neva, se lo amputaron y lo entregaron una de sus amantes.
También el de Napoleón sufrió la misma amputación, pero el tamaño de uno y otro es de notable diferencia. Todos sabemos que Napoleón era bajito; su miembro era a tenor de su talla.
En cuanto al artefacto de nuestro cuento, está basado simplemente en leyendas, pues demostrado ha quedado, que en aquella época aún no se habían inventado.
Salu2.

fus dijo...

Muy buena historia y con un final de maraleja.

un abrazo

fus

Alfredo dijo...

fus.
Si te ha entretenido me doy por satisfecho.
Salu2.