miércoles, 19 de noviembre de 2014

Genaro y la Sicología Inversa.


A veces es necesario ver las orejas al lobo para cambiar nuestras actitudes ante la vida.

Genaro era un ingeniero que a menudo mantenía la misma discusión con el médico de la empresa. Discusión que nunca llevaba a ninguna parte, pues cada cual se mantenía cerril en su posición.

- ¡Que no me hago ningún reconocimiento, que me importa un comino la obligatoriedad de la norma! ¿Para qué buscar algo que quizá encuentres? ¿No está así mejor? ¿Acaso me ves cara de enfermo?

- Olvidemos la obligación. Estás sometido a mucho estrés, muchas horas de trabajo, te fumas a diario entre dos y tres paquetes de cigarrillos, y le das de lo lindo al café. Eres un firme candidato para cualquier cosa, cualquier cosa, que con tus años puede ser letal.

Hasta que un día, Genaro le dijo al médico que le diera algo para la indigestión, que había comido más de la cuenta en el restaurante y tenía una bola en el estómago. Y Mauricio, el médico, vio venir aquella cualquier cosa que esperaba desde hacía mucho tiempo, y se lo llevó al hospital sin auscultarlo siquiera.

Mauricio intuía que la placa estaba a punto de obstruir una arteria, pero la cosa fue más allá. Genaro acabó con el pecho abierto y el corazón en una bandeja donde le cambiaron un par de tuberías.

Lo importante del caso, no fue la operación, que la tuvo. Lo importante fue lo que pasó por la mente de Genaro mientras estaba, digamos... descorazonado y que cambió un tanto su vida.

Aunque se había preparado sicológicamente para el momento, con imágenes alegres donde sus niños correteaban por la playa y cosas semejantes, su cerebro plasmó otras muy distintas. Se vio saliendo de su tumba, y sentarse sobre la losa buscando en los bolsillos un cigarro que no encontraba. Ni bolsos tenía, pues para el funeral ni siquiera lo vistieron, que únicamente le colocaron una simple mortaja. Allí sentado, vio como otros difuntos salían de sus tumbas y se acercaban a él para darle las gracias. A muchos de ellos, ni siquiera los conocía, otros por el contrario eran amigos, vecinos, compañeros de trabajo o empleados de la empresa, y todos sin excepción, le narraban el por qué de hallarse en aquel lugar.

Genaro se recuperó y comenzó a trabajar de nuevo, pero lo dejó pasado un tiempo, en vista de los acontecimientos que sucedieron. Tenía una misión que cumplir.

En un cuadro de alimentación eléctrica, manipulaba un operario, Genaro se fue hasta él y le dijo: ¡No toque ahí que hay peligro! Pero el operario con una sonrisa de sabelotodo, respondió ¿Donde, aquí? Y se electrocutó. Genaro fue al funeral.

Fue a casa de su vecino José, y el dijo: Vete al médico, tu vida corre peligro, estás de la próstata. Pero José no le hizo caso y se murió de cáncer. Genaro fue al funeral.

A un ayudante suyo, le pidió que se quedara aquella tarde para un trabajo, pero el hombre le respondió que aquél día le era imposible; Su hijo debutaba con el equipo en un partido, y se marchó. Genaro fue al funeral, el ayudante se mató en un accidente cuando iba para casa.

Se dieron muchos casos similares, todos con el mismo resultado. Renegando de su incompetencia para convencer a aquellos que maldito el caso que le hacían, despertó de aquel sueño con la ayuda de las dos bofetadas que le dio el cirujano.

- ¿Estás ahí? Despierta que ya estás listo. ¿Cómo te llamas, cuantos dedos ves aquí?

Y Genaro, con toda la conciencia, respondió, hizo votos por no olvidar el sueño, y se durmió un tanto intranquilo. 

Fue a la vuelta al trabajo, cuando en carne y hueso vio al electricista que se dirigía a aquél cuadro, y supo lo que iba a suceder. Entonces lo acompaño, le preguntó qué era lo que iba a reparar, y tras la explicación, le dijo que antes de tocar nada hiciera una prueba para ver si funcionaba el disyuntor. El hombre se quedó lívido cuando comprendió que pudo haber muerto de no ser por el Ingeniero.


Fue entonces que dejó el trabajo para dedicarse a salvar las vidas de todos aquellos que conoció en su sueño, empleando, las más de las veces, eso que llaman sicología inversa. Y es que somos tan cabezotas, que a menudo reaccionamos en contra de lo estipulado, o de aquello de lo que nos quieren convencer por necesario, a sabiendas de que ni se trata de coartar nuestra libertad, ni de menoscabar nuestra intimidad, actitud etc.

2 comentarios:

Marcos dijo...

Toda una experiencia la de Genaro. Yo me incluyo en los que no quería saber nada de médicos, pero los años pasan y ahora mismo estoy pendiente del resultado de una biopsia. Hay que dejar la cabezonería a un lado y pensar en los nuestros.

Alfredo dijo...

Marcos.
También al pensar en uno mismo, pensamos en los nuestros. Los problemas propios suelen traer consecuencias para los demás.
Espero que todo te salga con bien.
Salu2.