lunes, 17 de noviembre de 2014

La Dilma que se llamaba Luisa, y La Rosi.


Tras una noche con exceso de lujuria, me había quedado a dormir la mañana en aquél hotelito al que solía acudir con "la Rosi".  Ella se llevó mi coche, cosa que hacía a menudo por aquello de seguir trabajando. "Que el tiempo es oro y a ti te hago precio especial". Así que me vi condenado a tomar el autobús para volver a casa.

La estación era un hervidero; media y larga distancia, internacionales y viajes programados por alguna agencia. Gentes que suben, que llegan, despedidas, reencuentros, y yo que lo pierdo por cinco minutos. El siguiente en salir tardará hora y media. A ver en que me entretengo.

Me leo el diario mientras tomo un café en un bar cercano. Mucha gente, no es de extrañar; descafeinado largo, de sobre, zumo tetrabrik, dos pastas y trozo de bizcocho por 1,20€. Voy al baño; tres urinarios y una cabina. Apenas abro la puerta, me doy la vuelta a toda prisa, alguien parecía que tenía el cólera. El tufo me ha revuelto las tripas y la próstata le está dando órdenes urgentes a la vejiga para que se vacíe. Se me ocurre un pareado bastante chabacano: Para mear, he de buscar otro lugar. Y me voy a los lavabos de la estación.

La limpiadora tiene colocado el cartelito ese de "precaución, piso mojado"  y está dando los últimos toques a la entrada.

- Moza, no tengo más remedio que pisar lo que fregaste.

- No te preocupes, ya terminé y está seco. Me dice con acento brasileiro.

Estoy deambulando por los andenes. La limpiadora anda ahora atrapando colillas con el cogedor y la escoba. Me fijo en ella que a su vez me mira de reojo, parce que me persigue. Le saco parecido con la Dilma de hace treinta años, esa que es presidenta de su país. Sí, está muy bien.

Ha llegado un autobús de Rumanía con un gran remolque donde seguro que vienen los equipajes. Metedura de pata por mi parte; la gente recoge unos escasos bártulos del maletero y se larga sin abrir el remolque. Los rumanos tiran cada cual para su lado con la convicción que da el conocimiento del terreno. Poca sicología la mía, estos, llevar llevan, pero traer... 

La Dilma se acerca y trata de entablar conversación.

- ¿No llega el tuyo?

- Aun falta más de media hora.

- Pues yo voy a hacer mi descanso, te invito a un café.

Este huevo sal quiere. Pienso y acierto, aunque nunca pude imaginar lo que a continuación sucedería.
Creí que iríamos a la cafetería aquella de donde salí pitando, pero ella me condujo hacia el cuarto de taquillas. Un cuarto pequeño, con los enseres de la limpieza, y dos taquillas sobre un banco de madera. Abrió una de ellas y sacó un termo invitándome a sentarme.

- Esto es café y no lo que dan ahí enfrente. Me llamo Luisa.

- Y yo Mario. Gracias por el café, huele muy bien.

- Gracias, expresamente traído de mi tierra. Te he estado observando, y tengo una proposición que hacerte. Verás. Tengo treinta y ocho años, llevo cinco en España y tres en este empleo. La vida me trata bien, soy fija de empresa, vivo en alquiler, y me arreglo. Me gustan las cosas sencillas y sobre todo naturales. Te recalco lo de naturales, pues ese es el motivo para mí proposición: ¡Quiero tener un hijo! Me he fijado en ti y quisiera saber si estás dispuesto a que nos conociéramos mejor.

Debía de tener cara de tonto; ojos como platos, boca abierta, incredulidad manifiesta.

- Oye Luisa, ni siquiera me has preguntado si estoy casado o comprometido...

- No llevas alianza.

- Eso es indiferente... Bueno, en realidad no lo estoy. Soy soltero de toda la vida y por tanto egoísta, no me gusta que me manipulen, ordenen, se metan en mis cosas. Me gusta vestir como yo quiero, comer lo que me dé la gana, salir, entrar, dormir, incluso fornicar a mi manera y sin perspectivas de algo que no deseo.

- A ver Mario, no te pido que te cases, ni siquiera que vivas conmigo. Solamente quiero conocerte, y si llega el caso, que de modo natural, me hagas un hijo. Solo eso, sin condicionantes ni responsabilidades para ti.

- Debía de haberte dicho que no me gusta el café. Me voy, ya es la hora del bus.

- Te invito a cenar y lo hablamos con calma, ¿vale?

- Dame tu teléfono, lo pensaré.

No la pude apartar de mi mente durante toda la tarde. Pensé mil cosas raras, hice cábalas del por qué yo y no otro, a cuantos se lo había pedido... pero, mientras pensaba, preparaba un traje, elegía una corbata, otros zapatos.

Llamé por teléfono a Rosi para ir a recoger el coche - tengo algo que contarte - y lo hice de pe a pa, tal y como había sucedido.

- ¿Y vas a ir? Me dijo con cara de mala leche.

- Sí, creo que sí. ¿Tú qué piensas?

- Que eres un idiota, un cretino que no ve lo que tiene delante de los ojos. Quince años llevó contigo, esperando, y ahora me sales con esas. Te va liar la bailadora de samba, y en cuanto tengas el hijo, renunciarás a tu vida cómoda de reyezuelo engreído.

- Oye, oye, ¿qué mosca te ha picado? ¿Acaso estás celosa? Lo tuyo solo es trabajo... por el que pago...

- ¡Estúpido! En cuanto te conocí, deje el oficio. No ha habido otro si no tu. Tengo trabajo en una red de perfumerías de la que soy gerente. En cuanto al dinero que me das, a ti revierte, piensa.

Por mi mente pasaron los teléfonos de última generación, los vinos de reserva, aquellos gemelos de oro... tantas cosas. Pero al fin y al cabo, aquello solo eran banalidades, lo importante era que ella siempre estaba a mi lado, que gozaba cuando todo me iba bien y me animaba en los momentos bajos. Ella ya no era la estudiante metida a putilla a quien conocí con solo diecisiete años, aunque en realidad tenía veinte. Por mi había cambiado de vida, se había superado, su entrega era para disfrute de ambos, y si nunca me habló de amor, tampoco yo lo hice, tal vez por pura cobardía, o porque de verdad era un engreído. Nunca me preocupó demasiado su vida, puro egoísmo por mi parte, pero tampoco ella había mencionado ese hecho, y me mantuvo en la creencia, de lo que ya no era. ¿Motivo? No sé, las mujeres son demasiado complicadas. ¡Ah! No trates de excusarte. Sin duda esperaba un primer paso por mi parte, la constatación de que era importante para mí y no solo el pasatiempo de los fines de semana. ¡Pero tantos años!

Tenía los ojos acuosos ahora que su furia se había calmado. Me tendió las llaves del auto con un "ahí tienes" que remató con "no vuelvas a llamarme". Traté de atraerla hacia mis brazos, y nuevamente metí la pata; Lo hemos pasado bien tu y yo, no te aflijas, no la veré más... Por un momento, su rostro se encendió y pensé en que volvería a encorajinarse, pero su expresión mudó a una profunda tristeza.

- Sigues sin entender nada.

No me atreví a ir a ver a Luisa, pero la llamé por teléfono.

- Luisa, lo siento, pero no voy a ir esta noche. Quiero agradecerte lo que has hecho por mí, pues gracias a lo que me propusiste, he comprendido que yo también estaba falto de algo, y que ese algo, lo más importante de mi vida, siempre lo he tenido a mi lado.

No hay comentarios: