miércoles, 26 de febrero de 2014

Inalienables palabras.

Comenzó Sebastián su andadura laboral en un taller de ferralla. Se había sacado el Graduado Escolar a trancas y barrancas, pero tampoco se necesitaba ser ingeniero para tal menester. El trabajo era "intuitivo"- le dijo el encargado- mucho más fácil que el manejo de esos endemoniados teléfonos actuales, y si no entendía algo, para eso estaba él.

Sucedió, que  cuando llevaba un tiempo cortando y amarrando hierros,  a un compañero se le incrustó una cascarilla de la soldadura en un ojo y él, que poseía un carácter reivindicativo, discutió con el encargado sobre la necesidad de mayor protección; mejores guantes, gafas, mandiles de cuero... ¡Tenemos el derecho inalienable a la seguridad! -dijo sin saber a ciencia cierta lo que la palabra significaba, pero que había oído cuando alguien reclamaba algo.

Y el jefe le fue con el cuento al patrón; El nuevo es un chisgarabís que lleva aquí cuatro días, y ya se cree con el derecho a exigir prebendas.

- ¿Que pide?

- Toda clase material de seguridad.

- Tiene razón. Eulogio, sabes mucho de planos, pero muy poco de cuentas; sale más barato darles gafas o guantes, que una semana de baja por una esquirla en un ojo, o por una cortadura en la  mano.

Y a todos les proveyeron de lo necesario.

Hubo quien consideró que aquello era una victoria, victoria conseguida merced a las palabras de alguien que parecía tener madera. Y se lo llevó al sindicato para que se afiliara y le presentaran al cargo de Enlace Sindical.

Pero una cosa es que el patrón te de un mandil, y otra que te suba el sueldo un 5% . Y es que, como dijo el dueño, cuando el flamante enlace sindical fue a reivindicar - ésta también se la aprendió de memoria- el aumento de salario: "Es derecho inalienable, intangible y sacrosanto del patrono, negar aumentos pecuniarios a los trabajadores, en tanto en cuanto, la optimización, la innovación, competitividad y productividad no sean las adecuadas para conseguir una mejor calidad, mejor imagen, mayor venta, y, algún beneficio que ahora no se da".


Aquella tarde, haciendo uso de sus horas sindicales, Sebastián presentó la renuncia al cargo, primero ante los compañeros, y luego ante el sindicato.

jueves, 20 de febrero de 2014

Las Pistolas del abuelo. (Parte IV de IV)

Desde que comencé a navegar, había mandado dinero a mi hermano para que construyera una casa allá en el terruño. A la falda del Picu San Martín, pero bien arriba, desde donde con el catalejo pudiera ver la mar, la bahía de San Lorenzo, el barrio de Cimadevilla... Para que plantase una buena pomarada al norte, limoneros y naranjales en torno a la casa que perfumaran el ambiente, laureles y nogales hacia el oeste para que nos preservaran de los húmedos vientos... y todo eso se lo contaba a Tyye que emocionada lo sentía como suyo... ¿Y me querrá aquella gente? preguntaba. Nosotros somos distintos, no juzgamos a las personas por el color de la piel. Ya, pero tu comerciabas con personas de otro color...  Es cierto, pero aún no te había conocido a ti.

En Mayo de 1841 Abigail y yo nos casamos. Con aquella boda gané  en estima de los vecinos, también resulto más fácil vender el tabaco y se inició una vida social que hasta entonces no tenía, pero que tampoco deseaba. Aun y así, siempre me reprocharon, más o menos encubiertamente, mi actitud hacia los esclavos.
 Abigail sabía que las noches pertenecían a Tyye, todas menos aquella primera. Tyye me amaba de noche y se difuminaba de día. Sin embargo había un acuerdo tácito entre ambas; si teníamos visita, para ir a los oficios religiosos y actos de sociedad, Abigail era el ama. En condiciones normales, se mantenía en segundo plano. Se llevaban bien, congeniaban, y puede decirse que eran amigas. Aprendieron, la una, porte, distinción, maneras, idioma... La otra, que todos los seres humanos somos iguales ante Dios y que debemos serlo ante nosotros mismos, aprendió a dar sin esperar recibir, a comprender los anhelos legítimos de cada cual...
Ambas me amaron a su manera, con pasión Abigail, como temiendo que aquello se acabara, serena y dulcemente Tyye, sabiendo que nuestro amor sería eterno.
El roce hace cariño, y ese roce hizo que yo amase a Abigail, sobre todo, porque su actitud áspera de aquellos primeros momentos en que nos conocimos, había cambiado radicalmente. Tampoco yo era un marido jugador y pendenciero. Tres años después de la boda, nació nuestro primer hijo. Fue un parto duro, tanto, que le causó la muerte sin llegar a disfrutar de aquello que más deseaba. Tyye, había dado a luz apenas seis meses antes una niña, nadie mejor para convertirse  en su ama de cría. Ahora tenía tres hijos, y, sabiendo que aquél que no era suyo, era el legítimo para los demás, lo alimentó, cuidó y quiso a todos por igual.

Aunque la plantación estaba a dos días de Charleston, los rumores de lo que pasaba en la ciudad no tardaban en llegar. En el año 1849, cuando se empezó a construir la casa de Comercio nueva, el mismo año, en que Harriet Tubman, la libertaria de esclavos escapó a Filadelfia, Ty, a la vista de que los acontecimientos políticos y los problemas raciales aumentaban, consiguió que yo cediese en algo que venía insistiendo: Irnos a España, 
Palop se quedó a cargo de la plantación - era dueño de una parte de cuatro en que yo la repartí-  y nosotros embarcamos no sin problemas y comprando voluntades para permanecer todos juntos a bordo. Mi intención era volver al año siguiente, pero eso es otra historia.  Ya he prolongado ésta en demasía, pero no puedo dejar de decir, que el capitán de aquel buque, hizo lo que nadie se atrevió; nos caso.

- ¿Volvieron?

- Solamente el abuelo y Jhony, el hijo de Abigail que para entonces iba a cumplir diez y siete años. Era 1860 y la guerra civil se cernía en el horizonte, pero el chico insistió, y, llegado allí, logró alistarse con la Unión.

- ¿Siendo del sur, se alistó con el norte?

- Si, había mamado leche Kasinga.

- Un día me contará en que terminó esa historia.

- Cuando me encuentre esas pistolas.

-----------------------------------------------------------------


- ¿Señor Pelayo?

- Yo mismo, diga.

- Soy Jorge, de la armería. He encontrado un estuche con dos pistolas de 1836. Las hizo un armero de Amberes, la casa aún existe.

- Pasaré a verle en breve, tal vez la semana que viene.

- Yo creo que vendrá primero, están grabadas con las iniciales T P R y el armero dice que esa marca no es de la casa, que fue grabada posteriormente. Bien se pudieran corresponder con el anagrama de su casona, ¿podría ser: Ty Siempre Amor?





miércoles, 19 de febrero de 2014

Las Pistolas del Abuelo. (Parte III de IV)

Él apuntó alto, o tal vez los plomos estaban descompensados; el suyo hizo sangre y me partió la clavícula, el mío, aunque apunté bajo, lo mató.

- Parece que aquel hombre era un poco tonto. Se buscó la muerte cuando minutos antes le devolvían lo perdido.

- Ya. De todas formas, me pregunto yo, ¿si él hubiera ganado en el duelo, a quién pertenecerían las ganancias?

- Daría por sentado que suyas.

-No sé,  ¿se dilucidaba el honor, o el dinero? ¿Prosigo?

- Sí, quiero ver en que para la historia.

Palop taponó la herida, y viendo que uno de los padrinos de aquel hombre era mucho mejor conocedor del oficio que él, me llevaron a su casa donde me extrajeron la bala e inmovilizaron el brazo. Entonces le pregunté si podía ayudar a Tyye. Unos días después, repuestos ambos, con trajes nuevos y en calesa, nos dirigimos a tomar posesión del lo que habíamos ganado. Allí nos esperaba una sorpresa.

La finca tenía ochocientos acres de terreno, una casa principal, cuatro chamizos dedicadas a los esclavos, secaderos, el establo... y una mujer de luto que hacía seis días que enterrara a su marido. Uno más de los que habían transcurrido desde que yo lo matara.
Me pareció joven, como de treinta, estilizada y bastante guapa. Ni un reproche, ni una recriminación. Tan solo quería saber que determinación iba a tomar yo con ella como nuevo amo de la casa. Le ofrecí dinero pensando que con él podría buscar una nueva vida al lado de su familia, o en otro lugar. Mas ella rehusó; prefería quedarse, si no tenía inconveniente, como ama de llaves en el caso de que yo estuviera casado, y si estaba soltero, entendía que debía ocupar el lugar de su marido a todos los efectos, puesto que lo había matado.
Me quedé tan sorprendido, que no acertaba a decir palabra. ¿Era aquello una especie de levirato? Me sacó de mis pensamientos la sagaz Tyye, que, aun sin conocer el idioma, comprendió lo que sucedía. Se colocó pegadita a mi lado a la vez que me asía de la mano.

- Perdone, ¿qué es el levirato?

- Es un tipo de matrimonio por cual una mujer viuda que no ha tenido hijos, se debe casar obligatoriamente con uno de los hermanos del esposo fallecido.

- Pero ese no era el caso...

- No, pero ella así lo entendía, quizá fuera judía, o tal vez pretendiera perpetuar sus derechos de esa forma. ¿Continuo?

Si, por favor.

Tendrá que ser como ama de llaves, si mi mujer quiere, le contesté.
- ¿Es ella su esposa? inquirió.

- Aún no, pero lo será.

- ¿Acaso no sabe usted en qué país está? ¿No sabe de conveniencias y convivencias sociales?

Discutimos el asunto durante varios días. Me remordía la conciencia solamente con pensar echarla, y tampoco quería aceptar aquella, más que oferta, lo que creí imposición.
Entre Tyye y Palop me convencieron. Abigail, que así se llamaba, viviría en la casa durante un año como ama de llaves, solamente pasado ese tiempo volveríamos a hablar de aquello

En aquél año transcurrieron muchas cosas: Tyye y yo tuvimos nuestro primer hijo. Palop ejerció de capataz una vez despedimos al anterior que utilizaba el látigo más de lo debido. El propietario de una plantación, que tuvo trece hijos con una esclava, fue asesinado por sus vecinos blancos. Tyye ofreció a nuestros esclavos pequeñas parcelas donde cultivaron o hicieron corrales en beneficio propio. También les dotó de nuevo ajuar y cacharrería.  Tyye me pidió que diese la libertad a todos los mayores de treinta y cinco años y yo accedí. Aquél que se quisiera quedar trabajando el tabaco, podía hacerlo. Allí tenían su casa y un pequeño estipendio. Ninguno se marchó.
De La habana llegó una carta conminándome a que me presentara para dar explicaciones de lo ocurrido con La Favorita. Del dinero reclamado, nada de nada.

- Los esclavos lo eran por toda la vida, ¿por qué razón deseaba liberarlos tan pronto?

- Aquella mi abuela era muy inteligente. A parte del buen corazón que pudiera tener, conseguía varias cosas: Tanto hombres como mujeres, a esa edad aún eran fértiles, podrían tener hijos libres, cosa que no sucedía, tanto si los dos eran esclavos como si lo era uno solo. La procreación en esclavitud, inducía al amo a vender y separar familias, con ello ganaba dinero y no alimentaba las bocas que le sobraban, pero volvía contra si la animadversión de las familias rotas.

- Ya comprendo. Oiga, los antiguos patronos de su abuelo, parecían catalanes ¿no? Por lo del dinero, digo.

- Ya. Hay correspondencia de Barcelona en sentido contrario a lo que los habaneros querían. Mi abuelo cobró íntegramente lo que se le adeudaba y  le ofrecieron el mando de otra goleta, pero no volvió a la mar.

Abigaíl parecía estar enamorada de mí. Lo notábamos cada vez que Tyye y yo nos besábamos. Se quedaba absorta y sus labios copiaban el gesto de los nuestros, incluso sus brazos hacían ademan de abarcar un hipotético cuerpo. Ella, que había visto nacer muchos niños negros en la plantación, apenas conocía a ninguno, sin embargo, a nuestro niño lo achuchaba, besaba y  hacía carantoñas. Gozaba cada vez que Ty se lo dejaba, estaba presta para bañarlo y no perdía ocasión de ver como mamaba.
Un día, Tyye quiso hablar conmigo "de cosas serias". Y seriamente, con un deje de tristeza en la voz, pero con firme resolución habló:
-  Abigail necesita un hijo. Va a cumplirse el año de aquel acuerdo, no esperes más, cásate con ella y dale un hijo. Estaré celosa, pero creo que es justo.

- ¡No lo haré! ¿Cómo puedes pensar tal cosa? Solo a ti quiero, solo de ti estoy enamorado, desde que con los grilletes al cuello pisaste mi barco, solo contigo me casaré.


- Lo nuestro no tiene futuro, yo seré siempre negra, tu, blanco. Este país no admite eso. Cásate con ella, dale un hijo, pero quiéreme siempre a mí.

Continuará.

domingo, 16 de febrero de 2014

Las Pistolas del abuelo. (Parte II de IV)

Logramos mantenernos fuera de tiro, y dado que no podía alcanzarnos, cerca de la isla Margarita abandonó. Aquel suceso nos había agotado, pues lo peligroso de las aguas requería de vigilancia constante. Tratamos de volver a la ruta trazada, lo que implicaba pasar entre Puerto Rico y Santo Domingo para tomar Cuba por el sureste.

- Supongo que tampoco los abolicionistas querrían hundir el barco.

- No, pero si lograban horquillarlo, sin duda la persecución hubiera acabado.

- Ya, si lograban largar una andanada por babor y otra a estribor, se entiende que la tercera haría blanco.

- Así es, la pericia mantuvo a La Favorita fuera de alcance de tiro.

- Oiga, ¿y lo de las velas negras?

- Un método de camuflaje, en noches de luna, lo blanco resalta más que lo negro, supongo.

El ambiente a bordo se fue caldeando por la falta de descanso. Surgían disputas por cualquier cosa, y se empezó a abusar de las mujeres, que eran quienes pagaban el pato. Sin segundo al mando y nadie en quien confiar, me vi obligado a mostrarme condescendiente por temor a un motín. Impuse una norma; cada hombre podía tener una mujer adulta, siempre la misma. Yo mismo, pues también ellos desconfiaban de mí al ser el embarcado más reciente y por tal desconocido, elegí a una de ellas que instalé en mi camarote.

- ¿Serían esos casos habituales?

- No tengo ni idea. Supongo que al capitán le debía de resultar muy difícil aplicar la disciplina, cuando estaba Van Roig, tenía un segundo, mi abuelo, y un tercero, el médico. Pero ahora el capitán parecía estar solo.

- Tenía que conseguir ayuda. Como piloto, el salario asignado mensual era de ciento veinticinco duros y tres duros por cada negro que llegase a la Habana, si conseguía poner de mi lado a Palop, él cobraría mi sueldo y yo el del capitán. Parecía un buen trato, tenía que convencerle.

- Oye, Palop, le dije, esto que se pretende es inviable. En Cuba nos espera el apoderado, tras dejar a los negros, él tiene previsto embarcar para supervisar la carga en Artemisa, ¿nos desharemos de él?

- Mejor hubiera sido vender en Fortaleza.

- De todos modos, más pronto que tarde penderíamos de una soga. ¿A quién crees que podemos vender el barco? ¿A quién conoces tu, y qué pasa con los papeles? Decide, acabo de poner mi vida en tus manos.

- ¿Así que todo ha sido una estratagema? Está bien, ¿me da su palabra?

- La tienes, doblarás el sueldo y trataré de conseguir un extra por la falta de un hombre.

El peligro era manifiesto al pasar por el triángulo que forman Haití,  Jamaica y las islas Turcas, todas bajo bandera inglesa, por lo que colocamos un cesto a modo de cofa con un vigía en el mástil de proa que era relevado a cada hora.

- Ya, así avistarían más fácilmente otros navíos.

- Efectivamente.

Aportamos en el lugar convenido sin demasiados incidentes. Los esclavos, encadenados unos a otros por el cuello y la mano derecha, fueron desembarcados y conducidos a los almacenes donde los separarían y marcarían por lotes. Todos menos Tyye Kasinga, mi esclava, una "Pieza de Indias", y por tal "cosida". Era togolesa de etnia Ibo capturada en Enugu a la que había tomado cariño; mantenía en orden el camarote, me servía la comida, lavaba mi ropa y era mi propia sombra. Para vigilar mi sueño, se sentaba en el suelo con la espalda pegada a la puerta, de modo que nadie podía entrar. Allí sentada y en la penumbra del camarote, sus pechos desnudos, y el culo al aire, hacían que tanto mi humanidad como el pelo se me erizasen. Tenía diez y ocho años cuando los traficantes la sacaron de su poblado para atravesar media África hasta Gorea, ahora, en la cintura y tapado por una faldeta, ocultaba un estilete que yo le entregara para su seguridad y la mía, pues no dudaba que lo emplearía contra cualquiera que intentara hacernos daño. Una discusión con el primer timonel fue la causa de que yo le entregase el puñal. Tal vez se sintió ofendido por mis duras palabras de recriminación cuando percibí que había errado el rumbo y que habíamos perdido un tiempo precioso, el caso es que cuando le di la espalda, tentó el cuchillo que llevaba al cinto y Kasinga saltó sobre él cual si fuera una pantera. El timonel fue castigado con diez azotes y privado de vino durante una semana. Leve castigo para quien debía de haber perdido la mano de un tajo.

- Explíqueme, por favor, a que llamaba "Pieza de indias" y que significa "cosida"

- A las mujeres vírgenes se les daba este nombre, la prueba más evidente de que lo eran, es que los labios mayores estaban cosidos, y, aunque era imposible verlo, les faltaba el clítoris. Solamente dejaban un pequeño orificio por donde menstruaban u orinaban.

- Ya,  de niñas les practicaban la ablación.

-Sí.

El apoderado, un tal Forcadé, estaba contento. Solamente se habían perdido seis hombres y una mujer, lo que significaba un logro importante. Yo también estaba contento, en mis anteriores viajes se perdieron entre el ocho y el diez por ciento de los esclavos, y no había nada que más me doliese, que la desidia que provocaba la muerte de uno de ellos, ya había visto demasiados muertos. Sin embargo, pronto yo mismo iba a causar la muerte de un hombre.

Partimos en lastre hacia Artemisa, y lo que iban a ser unas horas de placentero viaje, se convirtieron en la peor etapa que sufrí en veinte años de singladuras. En unos minutos, el día se hizo noche, las olas se convirtieron en paredes verticales infranqueables, el agua de la mar nos empapaba, la de la tormenta nos lavaba... y vuelta a empezar. Al fin zozobramos no demasiado lejos de la costa. El barco, estrellado contra las rompientes, se hizo añicos.
Cualquier marino sabe que el mejor salvavidas es un ahogado, y Tyye yo, nos aferramos al gordo Forcadé, aunque a poco, aquel mito se esfumó, Forcadé se hundió como si fuera un saco de patatas. Parte de la tablazón del entrepuente flotaba como una balsa, portando la anclada mesa de mi camarote  adonde pudimos llegar no sin esfuerzo, Palop se aferraba a ella.
Las olas nos escupieron en una pequeña playa donde descansamos. Nadie excepto nosotros parecía haberse salvado.
Recogimos lo que de utilidad había, en los cajones cerrados con la llave que yo portaba al cuello. La documentación estaba perdida, tan solo una bolsa de cuero con algo de dinero, una brújula y mi estuche con dos pistolas de duelo.  Al alejarnos de la mar, pudimos oír el tañido de una campana y hacia allá nos encaminamos.
En una plantación, a las afueras de la ciudad, nos proveyeron de alguna ropa y dieron de comer. El propietario, un Whig de nombre Emerson, se ofreció a llevarnos hasta Charleston en su carreta, pero rehusé ante la pretensión de que Tyye fuese a pie.

- A lo que se ve, al tipo no le gustaban mucho los esclavos...

Hay que tener en cuenta, que en Charleston hubo mayoría de raza negra, sobre la blanca. Descontentos, planificaron  una rebelión en 1822. Tras ser abortada, los pocos derechos que tenían y las actividades consentidas, mermaron considerablemente. Les cogieron miedo.

- Y, ¿qué es un Whig?

- Eran integrantes de un movimiento religioso presbiteriano que estaban en contra de los católicos. Tuvieron mucho poder en Iglaterra.

Decidí enviar sendas cartas a la central en España y también a la Habana, para explicar lo ocurrido y que procurasen fondos a la mayor premura, o alguna acreditación que nos sirviese para regresar.
Mientras yo escribía, Palop hacía un solitario. Cuando terminé, empezamos a jugar al veintiuno. Repartí con él las monedas de la bolsa y comenzamos. A poco, un hombre entro en el comedor del hotel en que nos hallábamos. Fumaba una pipa de palo largo como las que suelen utilizar los chinos, preguntó si podía entrar en la partida. Yo le dije que solamente lo hacíamos por distracción, pero él insistió. Dado que solo íbamos a jugar los dos, cambiamos un poco las normas de juego; la banca la cogería primero el que sacara la carta más alta, luego, para que no hubiera ventajas, aquél que se llevara la mano, pasaría a ser banca.
El juego se fue calentando, y el individuo ya había perdido una buena suma que aumentaba con cada envite. Varias veces le pregunté si quería dejarlo, pero él, cerril, echó mano a una cartera de piel de becerro, y sacando un documento, exclamó desafiante:
- ¡Hasta aquí puedo llegar!
Era la escritura de una propiedad. Señor, dije yo empujando hacia él lo ganado, recoja su dinero y volvamos al principio.
- No acepto limosnas, juguemos una vez más; ¡todo, o nada!
La gente se había arremolinado en torno a la mesa, y como quiera que a mí nunca me gustado quedar por gallina, acepté. Al fin y a la postre, prácticamente nada de lo que había sobre la mesa era mío.

La mano fue corta, me dio una carta tapada y una descubierta, me vi en la obligación de enseñarlas; tenía una figura y una as; veintiuno. Él sacó dos figuras; veinte. De la próxima carta dependía todo... y perdió. Entonces, ciego de ira, saltando sobre la mesa me golpeó en la cara llamándome tramposo y retándome a vernos las caras afuera. Pese a que los mirones trataron de convencerle de que el juego había sido limpio, y que en todo caso, era él el que repartía, a la mañana siguiente se celebró el duelo.

Continuará.

Las Pistolas del Abuelo.(Parte I de IV)


- Buenos días, querría comprar un par de pistolas de duelo, originales, a poder ser, de entre 1800 y 1840. He pensado, que como armero, mejor recurrir a usted antes que a un anuncio. ¿Tiene alguna o puede conseguirlas?

- Originales habría que buscarlas, puedo conseguir algunas reproducciones artesanales muy buenas, las que tengo por aquí son decorativas simplemente. ¿Quiere ver unos catálogos?

- Esta bien, aunque mi ilusión sería conseguir algo de la época de un antepasado mío. No estaría mal dar con las suyas… pero juzgo que será imposible.

- ¿Acaso tenían una marca especial? ¿A que se dedicaba ese antepasado?

- Era marino. En cuanto a marcas de identidad, hay una frase grabada en el dintel de la casa familiar; TY PREMIES ROMA, que se me antoja un anagrama. Debía de tener mucha importancia para él.

- Ya, pero para un arma... no sé. ¿Era oficial o simple marino? Lo digo por el tipo de arma…

- ¿Le gustaría que le leyera parte de la historia?

- A su disposición, el trabajo no me mata, la cosa está muy floja y me encantan los relatos antiguos. Pase, nos sentaremos atrás mientras tomamos café.

- Pues vamos allá, tal vez pueda hacerse una idea y encontremos lo que busco.

Mi tátara, tátara, abuelo, afincado a la sazón por las tierras de Carolina del Sur, deja constancia de sus andanzas en unos cuadernillos que yo encontré en el desván de la casa, y que para su familia construyó aquí en España.

"No me juzguéis demasiado mal. En esta vida se cometen errores y yo he cometido los suficientes como para estar hastiado y apesadumbrado. Por ello, he procurado remediar, en la medida de lo posible, los males que causé.

Aunque en España la esclavitud quedó abolida en el 37, tres años más tarde me enrolaría como piloto en el barco de un armador catalán, que hacía aquella ruta denominada "el triángulo negrero". Al mando iba un holandés llamado Dirck Van Roig.

Nos hicimos a la vela en el puerto de Palamós en mayo del 41 con mercancía variada, que, en aquellos años difíciles, tras la finalización de la Primera Guerra Carlista, era complicado conseguir. Esas mercaderías, debían de costear el porte a cargar en la isla de Gorea, hasta Cuba. Era una pequeña parte de la cuota de los esclavos que las colonias demandaban; 140 hombres, 40 mujeres y 8 niños entre los nueve y catorce años.

- Si ya era mal oficio el cabotaje, esas aventuras…

- Demasiado comprometido, sin embargo hizo la ruta en cinco ocasiones, este es el relato de la última.

- Un estuche con dos pistolas de un capitán de marina… déjeme pensar… En realidad, estando embarcado por esas fechas… el arma podía ser más antigua… espere un momento, tengo un catálogo y no es de reproducciones…

- Mire, por ejemplo este estuche contiene dos pistolas italianas de 1825. ¿Tiene usted algún grabado, o sabe la procedencia de lo que busca?

- No. Solamente sé que hizo uso de ellas en el último viaje, y creo que ya las llevaba desde España.

- Perdone, aunque cavilo, le presto toda mi atención, prosiga por favor.

Aunque el beneficio podía ser sustancial, también lo eran los peligros que podían implicar, muerte o cárcel. La cárcel, puesto que cualquier barco considerado como negrero, podía ser detenido; solamente se podía traficar con esclavos nativos de las colonias. La muerte, ya que algún barco fue hundido por los que trataban de apresarlo, o por los naufragios.
No muy atrás quedaban los apresamientos del Antelope, capturado en el 20, el Don Francisco en el 37, o el hundimiento en Cayo Largo del Guerrero en el 27, en el que murieron 41 de los 561 que transportaba.
El nuestro no era un "tumbeiro" al estilo tradicional, puesto que nuestros esclavos podían estar de pie o sentados. Era una goleta de velacho de dos mástiles, aparejada con cangrejas y foques, que le daban gran velocidad en ceñida, es decir; contra el viento, y de través; recibiendo el viento de costado lo que le podía dar algunas ventajas contra las fragatas perseguidoras. No obstante, cuando en el horizonte se divisaba un mástil, se cambiaba el rumbo de inmediato.

El total de la tripulación de "La Favorita" era de doce hombres. Al cocinero lo ayudaban cuatro mujeres que corrían turno diariamente, y los menores eran los encargados del aseo de la cubierta, entrepuente y sentina, cosa estricta para el capitán, que ni permitía el maltrato, ni que se le muriese la gente por falta de limpieza. Se decía que se debía al siete por ciento del total que cobraría al llegar, pero yo no lo creo.

- Todas son muy bellas e interesantes.
- Como el relato, me ha picado la curiosidad. No sabía yo que los catalanes se dedicaran al tráfico de esclavos…

- Si, de 1789 a 1820 la trata era legal y estaba liberalizada, los buques catalanes transportaron a Cuba un total de 30.696 esclavos, pero fue a partir de ese año, en que se convirtió en ilegal y clandestina. Duró hasta los años sesenta y lógicamente los libros de contabilidad desaparecieron.

Tuvimos mala mar, nos alejamos del rumbo lo que nos llevó a subir con la corriente sur ecuatorial o del Caribe. A la altura de Fortaleza, en Brasil, un desafortunado accidente iba a cambiar la rutina de los navegantes. La muerte del capitán, por el golpeo de una polea que cayó del mástil de mesana, me dejaba al mando. Palop, el cocinero y que ejercía como curandero, nada pudo hacer por él. Decidí desembarcar el cadáver en aquella ciudad junto con una carta para el armador, aprovechando para aprovisionarnos de agua.

Los hombres, a falta de capitán, y en la creencia de que ningún vínculo nos ataba ya al armador, acordaron vender el barco con su carga y repartir el botín. Aquél podía ser un buen sitio.
Pero yo no estaba de acuerdo. Expuse mis razones; los "bultos" en aquella plaza valían muy poco; llegaban miles cada día, y nos esperaban en Cuba donde la documentación falsa estaba a punto… y las voluntades compradas. Mejor era; entregar "el carbón" en el lugar predeterminado: Puerto Padre. Limpio el barco y, con oro en el bolsillo, fingiríamos desplazarnos a Artemisa, en el norte de la isla a recoger un cargamento de café y aguardiente ya contratado. En vez de eso, subiríamos hasta Charleston. Allí, algo más lejos, venderíamos el barco, repartiríamos el botín y cada cual por su lado.

- ¿Era esa corriente la que llevó a Colon al Nuevo Mundo?

- Bueno, más o menos. A Colon le impulso la corriente del Golfo que baja a Canarias, a La Favorita, tras la tormenta, la impulsaba la corriente ecuatorial del sur que costea el noreste de América del Sur, por eso pasaron cerca de Fortaleza.

- Curiosa la forma de nombrar a los esclavos.

- Si, al ser tráfico ilícito, los libros de contabilidad de las casas comerciales barcelonesas, convertían a los negros en “bultos, carbón, o madera de ébano”.

- ¿Y, quienes eran los perseguidores, piratas?

- Los piratas tal y como se entiende ya habían desaparecido; Drake o Morgan, murieron en 1596 y 1688, aunque aún quedaban algunos corsarios con patente caducada. Ahora eran los abolicionistas ingleses, que entre 1821 y 1845 capturaron 233 navíos españoles, 56 de los cuales eran catalanes, llevaban 8.351 esclavos.


Cerca de Barbados, avistamos un bergantín de dos palos y doce cañones, que aunque en principio no se dio a conocer, mi experiencia intuyó que podía ser pirata; hasta las velas estaban pintadas de negro. Fiel a la prudencia que tan sabiamente nos inculcara el capitán Dirck, y que hasta la fecha nos había dado buenos resultados, tratamos de escurrir el bulto dirigiendo proa hacia Caracas, unas 500 millas por delante. El bergantín largó todo el trapo y comenzó la persecución enarbolando, ahora sí, la bandera inglesa; eran sin duda abolicionistas. 

Continuará.

viernes, 14 de febrero de 2014

Sueños en Colores que dan Yuyu

Archivo:HaremPool.jpg

Tengo un amigo que todos los días duerme la siesta. Una siesta de esas de meterse en la cama con pijama. Yo por el contrario, nunca la duermo. Todo lo más, el pigazu en el sillón mientras de fondo escucho el telediario. Pero esta tarde necesitaba la cama, y a ella me fui. Pijama no, que no uso. 

Me dormí enseguida, supongo, y enseguida, supongo, comencé a soñar. Estaba en el hospital, echado en una camilla del quirófano. No estaba muy seguro. La certeza llegó cuando al fijar la vista, vi la sábana verde cubriéndome las partes bajas. Quise incorporarme un poco para darme vuelta y ver algo que no fuera solo lo que veía. Conseguí girarme apenas sobre el lado derecho. Al momento, las piernas comenzaron a pesarme como plomo y quise moverlas, pero ya me fue imposible. ¡Maldita epidural! Exclame. Como quiera que la postura en que había quedado me resultaba incómoda traté de gritar para que me ayudaran. Pero mi voz no salió de la boca. Aquella congoja que sentí fue tan grande, que dije para mí; !esto es un sueño, y tengo que despertar! Y desperté boca arriba, estirado cuan largo soy y con dolor de espalda. Una mala postura. Media vuelta y a continuar durmiendo.

Comencé a soñar de nuevo, esta vez iba en coche. Los colores eran diáfanos y brillantes, pero solamente veía la cuarta parte del paisaje. Concretamente, la superior derecha. Parte del capó, negro brillante como cuando lo saqué del concesionario, la rueda delantera -desde aquél sitio imposible de ver- la calzada flanqueada por una tapia de piedra, un peatón arrimado a ella que vestía pantalón mahón, camisa azul claro por fuera, y muy al fondo, una construcción de casas. Reconocí al viandante que venía a la contra, era un piquiñin que salía a caminar con otro grandón, y pensé; ¿cómo coño anda este por aquí, si vive en otro pueblo? Nada más cruzarme con él, recordé que su amigo hacía ya tres años que había muerto, y que él mismo murió un año después. Comencé a sentirme desasosegado, desasosiego que se convirtió en yuyu, al ver que aquella torre de babel, de paredes de granito brillante, que creía eran pisos, no tenían ventanas, eran pequeños y todos tenían una cruz. Me desperté de inmediato.

Nuevamente me di la vuelta, y nuevamente me dormí y seguí soñando. Esta vez estaba al borde de la playa. La arena húmeda en la bajamar. El agua a lo lejos, allá en el horizonte, de color azul, más cerca, verde turquesa con algún ribete blanco, y, donde rompían las olas, gris negruzca con mucha espuma. Mar de fondo, me dije, y bajé a la arena. Del bolsillo del pantalón saqué una cometa y comencé a volarla. Fue entonces que vi un nutrido grupo, que remangados hasta la rodilla volaban cometas como la mía; rombos azulados con una pequeña cola. Aquellos maricuelos que saltaban cual si estuvieran danzando ballet, vestían pantalón azul oscuro, niqui de rayas horizontales blancas y azules y gorra con pompón rojo. Parecía una escuadra de marinos franceses.
Comenzó la enésima ciclogénesis, la mar bufaba, el viento arreciaba y aquello daba mala espina. Había que despertar. Y me desperté de mala leche.

Como quiera que se estaba calentito allí arrebujado, aún lo prolongué algo más. En un santiamén me vi en un serrallo. Los colores eran fascinantes, y las mujeres hermosas. Grandes cojines amarillos y rojos, colgaduras vistosas, pantalones bombachos de seda transparentes, corpiños de pedrería, diademas de rubíes, ojos negros, almendrados los unos, redondos los otros, velos translúcidos tras los que se escondían labios rojos, carnosos y sensuales. Y en un momento, cuando ya me las prometía felices, un moro grande, al estilo del genio de la lámpara, apareció con un alfanje y ojos aviesos. ¡Hasta aquí hemos llegado! Si piensas que me vas a dejar cual vulgar eunuco, me despierto. Y eso fue lo que hice.

Apenas media hora había pasado. Ya sé que fue la menestra de la comida, pero yo la siesta, en la cama... ¡Nunca maís!

lunes, 10 de febrero de 2014

El Síndrome de Peter Pan y el Reloj de Arena.


Cuando somos pequeños, deseamos hacernos mayores. No todos, pero sí la mayoría. Es una prisa engañosa, pues solamente quieres llegar a los veinte, alguno más, pero no pasar de ahí. Pareciera que es un síndrome encubierto de Peter Pan. No soy experto, pero me atrevo con osadía a afirmar, que aquel que niegue tener dicho complejo, miente como un bellaco. ¿Quién no se ha teñido el pelo, inyectado botulina para quitar arrugas, utilizado afeites de todas clases, arreglado papadas, colocado implantes...? Todo para mantener la lozanía de los años jóvenes.

Yo tengo ese síndrome: soy irresponsable, rebelde, narcisista, manipulador, arrogante, solitario... pero sobre todo, jamás he querido envejecer, no quiero ser mayor, y de hecho, no lo soy. Ahí está el meollo de la cuestión, todo lo anterior es pura bagatela.

¿Desde cuándo sucede esto?  Desde siempre. A mí me costó mucho trabajo dejar la teta; caldar pleno de néctar y ambrosía. Era mi madre mujer sumamente delgada, casi escuálida, tal vez se debiera a que le chupé, como se suele decir, hasta el tuétano. Sin embargo, ella poseía unos brazos poderosos que todo lo abarcaban, amparaban, protegían, mitigaban... Entre ellos, y en su cuello, arrimada mi cara a su mejilla, se contenían las salobres lagrimas causadas por un dolor de oídos, porque me pillé los dedos con la puerta, o por aquella brecha de la frente producto de una caída. Sana, sana colita de rana, si no pasa hoy, pasará mañana.

Sí, yo no quería ir a la escuela. Berreaba y moqueaba dos velas largas en un sube y baja continuo hasta que mi madre las quitaba con el pañuelo, o vencía la atracción de la tierra. Mi padre me llamaba cariñosamente Luis Candelas. Mejor allí, de pie entre sus piernas, dándole la espalda, su cabeza junto a la mía y el Catón entre las manos. Mi dedo seguía la línea, ella lo sostenía y me alentaba cuando conseguía leer una palabra de un tirón.

No quería crecer. Siendo pequeño, podía ver lo que los otros más grandes no podían. Ante mí, las amigas de mi madre perdían el cuidado cuando cruzaban las piernas como en un Instinto Básico, prevención que sí tenían ante los demás. Un contra sentido, no quería crecer, pero si ver lo que escondían arriba, al final de los muslos.

Los pocos amigos que tuve, esperaban como agua de mayo el fin de semana o el verano para pasarlo bien y trabar amistad con alguna chica. Yo odiaba el fluir constante del tiempo, y, por ende lo, que representaba ese reloj de arena; casi lleno; inicio de la vida, casi vacío, la proximidad de la muerte.

De nada me sirvió el empecinamiento enfermizo por estudiar carreras, cuanto más largas mejor. Al final, cuando en las aulas comenzaron a llamarme carrozón, lo dejé y no tuve más remedio que ponerme a trabajar; ya no era, ni siquiera joven.


 Ahora, sin familia, sin haber disfrutado de la vida, siempre mirando al pasado, sin querer reconocer el presente, y casi vacío el bulbo superior, presiento tras de mí el esqueleto cubierto con túnica negra que, en una de sus manos, lleva el reloj de arena donde se ahoga mí vida.

sábado, 8 de febrero de 2014

Alfaguara.




Dice el diccionario, que la inteligencia es la capacidad para entender o comprender. También dice, que la habilidad, la destreza y la experiencia forman parte de esa inteligencia, cosa que a veces dudo, pues puedes ser un zote, y tener suma habilidad y destreza en una cosa que repetitivamente (experiencia) vienes haciendo desde que tenías siete años. Pero bueno, no es de esto lo que quería hablar. Yo quería hablar de aquél señor, marqués de Iria Flavia, académico de la Real Academia Española, Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Premio Nobel de Literatura y Premio Cervantes. El señor Don Camilo José Cela, que fundó en el año 1964 una editorial, y tuvo la inteligencia (supongo que la idea fue suya) de ponerle un nombre, que además de bonito, tiene un significado harto elocuente: Alfaguara.

Alfaguara es:
(Del ár. hisp. alfawwára, y este del ár. clás. fawwārah 'surtidor').

1. f. Manantial copioso que surge con violencia.

No dudo, que él esperaba que otros autores, como así sucedió, cual manantial copioso, publicaran sus escritos en esa editorial. Y es que, la inteligencia también es de suma importancia a la hora de poner un nombre a un negocio.

martes, 4 de febrero de 2014

El Ascensor.

 Archivo:. Konrad Kyeser, Bellifortis, Clm 30150, Tafel 09, Blatt 38v (Ausschnitt) jpg
Uno de mis bisabuelos, Ernesto Lewí, construyó una mansión en un arrabal allá por la Carretera de la Costa, cerca de la ermita de San Antonio. Tres alturas sobre un bajo en el que comenzó un negocio de abarrotes. La familia vivía en la primera planta, y, de las otras dos, la segunda estaba dividida en tres pisos, mientras que la última, al igual que la primera, era de solo uno. Estas dos plantas, las alquilaba a veraneantes, sobre todo madrileños, que a raíz de la visita en 1858 de Isabel II y Francisco de Asís, con su hija la infanta Isabel, pensaron que Gijón iba desbancar a Santander o San Sebastián en el veraneo real.

Aunque menudearon las estancias de la infanta en la villa, aquel sueño de algunos no cuajó, sin embargo, el abuelo hizo dinero con los alquileres y sobre todo con la tienda, que pasado un tiempo, decidió reformar. Dado que había muchas huertas en los alrededores, la dividió en dos; a un lado las herramientas propias de los agricultores, las semillas, plantas y árboles procedentes del vivero de Somió, y ropa de trabajo, principalmente madreñas que le hacían en Noreña. Al otro, desde cajas de sardinas salonas o lonjas de tocino, hasta hilaturas traídas de Cataluña, cacerolas y sartenes de Bilbao u ollas de los alfares de Talavera. Más o menos como siempre. 
En el hueco de la escalera, mandó colocar una novedad que sin duda haría más atractivas la plantas superiores; un ascensor. Era tal artefacto, copia de uno que viera en Nueva York  en el año 1857, a su paso por esta ciudad, cuando volvía a España tras haber trabajado en las minas de Potosí donde había amasado su fortuna.

Como en Gijón no había electricidad, contrató a un "ferreru" para que le hiciese unos arreglos en la caldera de la calefacción, de modo que con un calderín de vapor, una maquinilla con un cabrestante y unas poleas, quedó listo. Un inconveniente grave tenía el proyecto; la caldera  debía de ser alimentada regularmente para mantener la presión, lo que significaba un gasto considerable en carbón, y el sueldo del operario. Nada baladí para alguien que se apellidaba Lewí. Pero, emperrado en la idea, tampoco era solución remontarse a la Edad Media y emplear la tracción animal que tampoco ahorraría costes.

Era la cabina del ascensor, de maderas nobles, acristalados tres de sus lados hasta casi la mitad. En la parte baja de la puerta, mandó tallar la figura de un monte; el cerro en el que durante quince años de trabajo, consiguió su plata.

Aquella obra de ingeniería, trajo cantidad de clientes al comercio, y tantos curiosos que querían probar el artilugio, que empezaron a cobrar las visitas. Visitas al sótano, subida hasta la buhardilla donde a través de la linterna, se podía admirar de oriente a poniente, el cabo de San Lorenzo, el arenal, y el cerro de Santa Catalina con las casamatas de los militares.
El aluvión de curiosos fue a menos hasta, que por fin, y para tranquilidad de los inquilinos, cesaron por completo.

El ascensor tuvo varias reformas para modernizarlo, pero entre unas y otras, fue testigo de la muerte de mi bisabuelo. Un testigo muy directo ya que el hombre la diñó allí dentro. No, no murió por accidente que fue del corazón. Contaban en casa, que mi bisabuela, que le sobrevivió cinco años, no volvió a montarse en él. También cuentan, que su hijo, mi abuelo -menuda soga tenía el personaje- requirió de amores a mi abuela dentro de aquella caja de madera, y que ella, veraneante tradicional del tercer piso, muy a disgusto de sus padres, aceptó. Ella era católica.

También he oído contar mil veces, aunque algo recuerdo, tenía siete años, que durante la revolución de 1934, mi padre nos encerró a mi madre y hermano pequeño en el ascensor.
 Llegó a sus oídos, que la revuelta era inminente y decidió que al día siguiente nos marchásemos todos menos él y el abuelo para la quinta de Somió. Pero no dio tiempo, aquella misma noche, se presentaron en casa un grupúsculo formado por diez o doce individuos de la comuna del Llano, aporreando la puerta y las persianas metálicas.

Nos subió al último piso, colocó un cartelón de no funciona tapando los cristales y soltó un par de cables para que no se moviera. Allí sentados, y en silencio, oímos como registraron toda la casa. Algún Jean Valjean se apropió de la cubertería de plata y los candelabros del tercer piso, amén de otras cosillas. Requisaron sacos de harina, garbanzos o lentejas, fabas blancas y del mandilin, las ristras de chorizos colgadas del techo junto con tocinos y jamones, y otros bienes del "judío", y que en parte fueron devueltos días más tarde por miembros del Comité Revolucionario.

Mi padre, al igual que el suyo, de judío solamente tenía el apellido y quizá la nariz, pero ya se sabe como es la gente.


La Guerra del 36 se llevó muchas cosas por delante, al menos nosotros no pasamos demasiada hambre; aunque no éramos agricultores, algo entendíamos, sembramos en la quinta a resguardo de sus altos muros. Años después, la mansión ya no era lo que fue. Edificios de seis u ocho pisos le quitaban la vista de la bahía y su hermosa playa, ni desde la linterna se acertaba a ver el Cervigón o Santa Catalina. Su fachada sur, toda ella una galería, ya no recibía el sol. Se derribó para construir un edificio de ocho plantas, solamente se salvó el ascensor que fue a la casa de Somió. Allí está, en la mejor sala y escuchando todas las conversaciones; le colocamos un asiento y un teléfono.

sábado, 1 de febrero de 2014

Alturas y Diámetros.


Se entiende, que a cada talla o altura de las personas, le corresponde un diámetro. Es ese diámetro, formado principalmente por la barriga sidrera o cervecera de los hombres, el que a muchos trae a mal traer y que en mi caso no va en consonancia con la altura. ¡Vamos, que estoy gordo!

Con la talla de las mujeres no me meto, hoy solo quiero hablar de la mía.

Como quiera que las dietas no daban resultado -creo que nunca lo dan, pues el saber que estás a régimen ya predispone- mi mujer se inventó una treta para conseguir que adelgazara; cambió la vajilla. Los platos eran del mismo material, igual la forma y el color, pero... yo quedaba insatisfecho sin saber el motivo. Hasta que un día, había bajado tres kilos en dos meses, me di cuenta de la estratagema. Rebuscando en la alacena tratando de encontrar el bote de sal de frutas, hallé la causa de mi insatisfacción; dos pilas de platos, brillantes los unos y algo más opacos los otros.

Plato hondo y llano, opacos (antiguos); 23 y 25cm de diámetro; 3.5 y 2cm de altura respectivamente.
Plato hondo y llano, relucientes (nuevos); 20 y 22.5cm de diámetro; 3 y 2cm de altura respectivamente.

Parecerá una broma, dos o tres centímetros, ni se notan, pero si te quitan de la boca seis o siete cucharadas, o si el filete mengua en longitud, espesor y anchura, al final si se nota. Si encima te racanean el postre -ya tienes una edad y hay que consumir menos azúcar- o te cambian el flan por una manzana que no comes, esa tripa ensanchada que es el estómago, va perdiendo su diámetro conseguido a base de mucho trabajar, y por ende, toda la barriga.

¡Ojo al plato, triperos!


(Tripero no se refiere a ese señor que vende tripas o mondongo. Tripero en mi tierra es el fartón. Ya sabes, quita la F y coloca una H)