miércoles, 26 de marzo de 2014

Sólito.


Desearía que aquellos que como yo, se comen las tildes en la creencia de que maldita la importancia que tienen, que los que se vuelven locos a cuenta del buscador donde no se ponen y acaban por no poner ninguna, o los que simplemente dudan por el cambio de reglas, desearía, repito, que comparasen los vocablos siguientes:

Sólito.
 (Del lat. solĭtus, part. pas. de solēre, soler, acostumbrar).
1. adj. Acostumbrado; que se suele hacer ordinariamente.

Solito.
Diminutivo de Sol; Solito; Sol+ito.

Diminutivo de Solo; Solito; Sol+ito, ya que las palabras que terminan en o/a/io/ia reemplazan la terminación por -ito/-ita.


¿A que hay una gran diferencia?

sábado, 22 de marzo de 2014

Escritorcillo del tres al cuarto.

Era un escritorcillo del tres al cuarto, es decir; que escribía cuentos  de los que te daban tres por un cuarto.

Cuarto: moneda de cobre de entre los siglos XIV y XIX y valor de cuatro maravedís de vellón, equivalente a 0.0001 euros. Yo suelo decir perroneros; de a perrona. Perrona:  Diez céntimos de peseta, equivalente a 0.0003005 euros.

A pesar de que, (a juicio mío y de otros muchos) lo que escribía no valía el papel que utilizaba, él se sentía muy ufano. Eso sí, revestido de falsa modestia, modestia tan falsa, que dejaba ver la oreja con suma facilidad.
En su fuero interno, muy interno, reconocía lo que sus amigos no osaban decirle a la cara, pero solamente por un brevísimo instante, instante que trataba de apartar de su mente con un manotazo al aire, cual si fuese Pseudolynchia canariensis, (Vulgo: Mosca cojonera)  
Hasta que alguien, un día, le dijo: Señor mío, procure aplicar la imaginación, si es que la tiene. Lo que escribe es de un vulgar lacerante, próximo al endeño.

¡Anda, que también ese...!   

Los escritores tienen sus manías, algunos se levantan a escribir a las cuatro de la maña, otros lo hacen en el café, a las cuatro de la tarde. Eso, manías.

Algo muy común, es alejarse del mundanal ruido, y eso fue lo que nuestro escritorcillo hizo; se marchó a un pueblo allá arriba en el monte, para ver si su imaginación paría algo fuera de lo común. Pero pasaban los días y el papel continuaba en blanco, así, que se dedicó a caminar por trochas y vericuetos propios de cabras y contemplar el feraz paisaje; alcornoques, encinas y hayas donde habitaban las aves rapaces, piornos a medida que subía y los árboles escaseaban, poblados por la perdiz pardilla, asustadizos corzos y rastros de xabalí. Luego la bajada cerca de neveros, fuentes y las lagunas que formaban. Con suerte vería al furón (hurón) y la llóndriga (nutria), al páxaru d´augua (mirlo acuático) o al martín pescador.

De vuelta de uno de esos paseos, se encontró con el tío Hilario que tomaba el sol a la puerta de su casa. Tras los saludos de rigor, ambos trataron de sonsacarse mutuamente. El uno, porque los días en un pueblo de ocho vecinos, todos mayores, son siempre iguales y no tenía otra cosa que hacer, y el otro por ver si de allí salía la chispa que le alumbrara. ¡Esos viejos palurdos siempre tienen alguna historia que contar!

Hilario, comenzaba a hablar pausado, pero acababa farfullando cuando quería contar cosas de un pueblo que fue importante; ¡Llegó a tener sesenta vecinos!

- Aquí vino uno que era ingeniero. Buscaba minerales. Oro, plata, cobre, cualquier cosa que fuera rentable y diera prosperidad. En realidad no fue uno, que fueron siete los que vinieron; él, dos geólogos. el topógrafo y el ayudante, un escribiente y un peón. Como no había posada, se repartieron por las casas que tuvieron a bien acogerlos, por un precio acorde al servicio que se les prestaba... Y así fue desgranando la historia entre tosecillas, falta de aliento y ajunes para aclarar la garganta.

Belarmino, nombre de nuestro escritor, de buena retentiva, iba almacenando los datos en esa parte del córtex, más o menos a la altura del colodrillo, que se frotaba de vez en cuando de arriba a abajo en un ademán estimulatorio.

De vuelta a la casa que había alquilado, se sentó a la mesa frente a la ventana donde la máquina de escribir esperaba con el papel impoluto. Una suave neblina de comienzos de verano parecía estar estancada sobre los montes, difuminándolos, volviéndolos un tanto fríos y misteriosos.

- Bueno, al tajo, se dijo. Buscaré mis mejores palabras, el mayor sentimiento de que soy capaz, para narrar esta pequeña historia que me ha llegado a lo hondo.

El Dorado,  que era Gris.

El Consejo de Administración de Carbones Antraciteros del Noroeste, S.L. estaba reunido bajo la presidencia del principal accionista, el señor don Melquiades Suarez del Campillo, y según costumbre, él se lo guisaba, y él se comía la mayor parte.

- Señores míos, hemos llegado a un punto de inflexión, en qué, o se endereza la situación, o nos vemos avocados al cierre. Espero que en el plazo de una semana, estén sobre mi mesa las propuestas de las acciones pertinentes para el relanzamiento de la empresa. Acciones que no sean un fiasco como hasta ahora han sido sus ideas, alguna de ellas descabelladas.
Voy a dar por terminada la reunión, a no ser que a alguno se le haya encendido la lamparita y ponga, aquí y ahora una idea brillante, pero sobre todo, lucrativa. Lucro, naturalmente, que redundará en beneficio de todos.

Y todos los presentes se hicieron el muerto. Sin embargo, una vez salieron de la sala de juntas, corrieron a apretar a sus subordinados, para que buscasen el plan perfecto que no diera con todos ellos de patitas en la calle.

Una idea cobró fuerza; hacer prospecciones de otros minerales que no fuera el ya escaso carbón. Se ordenó pues, al ingeniero don Luis, y a los geólogos Martín y Lucas, que a la mayor brevedad se recorrieran los montes a la busca del hipotético Dorado.

Los mineros tomaron como base la aldea de Arenillas, y en ella sentaron sus reales. Por las mañanas inspeccionaban las breñas, picaban y extraían muestras de rocas y margas en un perímetro establecido no lejos del pueblo, y de tarde estudiaban la cartografía y las muestras obtenidas. A la vista de los resultados, se hicieron necesarias calicatas y sondeos, lo que implicaba maquinaria y más personal, es decir; dinero. Habría que hablar con don Melquiades para exponerle el plan de trabajo, los costes, el tiempo y lo que esperaban encontrar. Y don Melquiades, al saber que había grades posibilidades de encontrar volframio, decidió arriesgar una parte sustancial de su patrimonio.

Don Luis, el joven el ingeniero, treinta y dos tenía, se había hospedado casa de un tal Palicio, maderero de baja estofa, que en alguna ocasión había servido eucaliptos a las minas del Noroeste, y que al no poder suministrar tanto como se le demandaba, se prescindió de su concurso.

Era Palicio como de cincuenta, recio, hosco, sucio y maloliente. Si algo bueno había que decir de él, es que era trabajador; de la mañana a la noche se la pasaba por los montes con sus dos operarios y desarrollaba tanto trabajo como ambos. Casado por conveniencia (de ella) con una mujer; Alicia, veinte años más joven, ejercía sobre la joven una especie de magnetismo maquiavélico, pues aunque Alicia odiaba su grosera zafiedad, no dejaba de admirar su virilidad arrolladora.

Quiso el leñador, que don Luis se sentara a la mesa familiar en las cenas tras el trabajo, y aceptó el ingeniero, más, visto lo visto, a los tres días sentíase pesaroso e incómodo, pero cogido en la trampa. ¿Qué escusa buscar, para declinar ahora tan amable ofrecimiento? Ya no había remedio, debió pensarlo primero.

Alicia servía la mesa; dos platos, casi siempre sopas y carne. No, no se piense nadie que de los dos platos, el primero era sopa, y el segundo carne. Era que a la mesa solamente comían dos; Palicio y Luis. (Apeémosle el tratamiento al señor ingeniero) Palicio, sin ninguna consideración hacia el visitante y huésped, se servía el primero y a su plato iban las tajadas más suculentas.

-  ¿No come usted con nosotros, señora? Preguntó extrañado Luis a la mujer.

- No, respondió por ella Palicio, Alicia come después de recogida la mesa, ahí, de pié y apoyada sobre el fogón. Es la costumbre. Pero la mirada de desdén que ella le dirigió, parecía indicar una clara falta de acuerdo.

Luis salía invariablemente a fumar su pipa al porche, al fin y al cabo el olor del tabaco era mucho mejor que el del hombre. Palicio lo seguía, se sentaba en uno de los sillones y respetaba el silencio del ingeniero, que, pensativo, contemplaba a través de las ondas del humo, el cielo tachonado de estrellas. Bastante era aguantar el tufo como para tener que escuchar sandeces.

Saliendo de su mutismo, un día de aquellos, Luis preguntó a Palicio:

- ¿No resulta un tanto tediosa la vida en este lugar?

- ¿Qué quiere decir tediosa?

- Aburrida. Siempre lo mismo, su mujer apenas sale de casa, no tienen amigos, no van a parte alguna.

- ¡Bah, peor vida tenía antes!

Y ahí se acabó todo. Uno no quiso preguntar más, y el otro, parco en palabras, no juzgó conveniente dar explicaciones.

Las noches eran un suplicio para el ingeniero. Aunque los fines de semana todos los del grupo bajaban a la ciudad, a sus casas, el resto de las noches tenía que padecer el resoplar del macho cabrío y los ayes de placer de Alicia. Que contradicción. En el poco tiempo que pasaba con la pareja, apenas si se hablaban, y cuando lo hacían, se le notaba al hombre el menosprecio que sentía por la mujer y a ella una mezcla de rencor y asco que no se correspondía con lo que parecía suceder en la cama.

Aquella noche faltó Palicio a la cena. Extrañado, Luis preguntó por él: Tiene un trabajo y no vendrá en dos días. Y en sus ojos el minero creyó ver el fuego de un deseo desordenado. ¡Vaya con la casualidad! También yo tengo trabajo urgente. Estaré en el zaguán de Anselmo donde tenemos las muestras. No vendré a desayunar, no se preocupe. Y aquellas dos noches, Luis durmió en el pajar de Anselmo, por el qué dirán.

Fue esa última noche, que Palicio regresó sobre las cuatro de la mañana. Subió sigiloso a la habitación, se echó sobre la cama vestido. Alicia dormía profundamente tapada solamente con la sábana. La mano abarcó un pecho, luego, despacio y con mimo, bajó por el estómago hacia el pubis donde hurgó con delicadeza. Las piernas se abrieron y de la boca de la mujer, salió un suspiro... y un, Luis, sabía que vendrías. Aquél Palicio  afeitado, con camisa limpia y oliendo a perfume, buscó a tientas la pera y encendió la luz. Aquella mano que acariciaba, se volvió garra que aferró la faringe de Alicia, y apretó hasta aplastarla entre sus dedos. Después, se fue a la habitación del ingeniero, pero no estaba. Bajó, cogió la escopeta, cartuchos bastantes y salió. La aldea estaba dormida, unas pocas luces alumbraban mortecinamente las callejas. Algún perro ladró. Husmeó aquí y allá hasta que dio con lo que buscaba. Entonces sonaron dos detonaciones. Alarmados salieron los vecinos de sus casas, los mineros fueron cayendo uno a uno hasta cuatro, pero hubo quien tuvo tiempo a huir, bajar al pueblo y avisar a la guardia civil. Entrada la mañana rodearon la casa, y tras un intenso cruce de disparos, Palicio fue abatido, que no muerto. Y cuando curó de sus heridas, la muerte le sobrevino sentado. Arrimado a un poste, con un collar de hierro y un tornillo que accionó el verdugo.

Del grisáceo mineral nadie quiso saber ya nada más, siete muertos eran muchos muertos por un hipotético hallazgo. Mejor dejarlo para más adelante. Las minas cerraron, y algunos de los hombres del pueblo que en ellas trabajaban, dejaron sus raíces y se fueron en busca del pan a otros lugares.

El escritor releyó sus folios. Yo no estaba allí para comprobar cuan conforme se sentía. No mucho supongo. Cuando a vino a mí para que lo publicara parecía nervioso, falto de confianza. Tenía razón, tampoco era para tanto. Una vez más se quedó en un simple novelucho. ¿Dónde estaba la imaginación que le pidiera el del endeño? Tampoco supo retratar la avaricia del patrón, ni había misterio y ni siquiera el sexo emocionaba. Un crimen pasional, con daños colaterales simplemente. Un crimen, donde la palabra amor no entraba, donde solo cabía el puro machismo; ¿Engañarme a mí, a mí, que te lo he dado todo? Puta asquerosa, tú eres mí sierva, yo tomo lo que es mío, y ya vas contenta, qué menos tenías en tu casa.

Pero bueno, yo soy editor y no crítico. Publico lo que me gusta tanto si da beneficio como si no. Ya dirán los que saben, si es bueno.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Hay Días para los Morenos (que dijo aquél)

Aquél hombre era un escéptico con la ley de Murphy, (Todo lo que puede suceder, sucede.) lo que quiere decir, a su modo de entender, que no siempre sucede todo lo que puede suceder. Y es que, ese todo, es muy relativo. Entendemos por todo, aquello que imaginamos puede suceder, sin embargo, todo lo que imaginamos, ni mucho menos es lo que puede suceder. ¿Ha quedado claro?

El día más frío del invierno, se quedó sin combustible para la calefacción (lo cual cumple la dichosa ley) ¿Pero cómo coño no va a haber gasoil, si ayer me llenaron el depósito de 1200 litros? Aquello era inimaginable, no podía ser (lo que la contradecía) Pero sucedió.


Sucedió, que el depósito, estaba separado en compartimentos, uno de almacenaje y decantación y el otro, más estrecho que alimentaba filtro y bomba. Por vasos comunicantes, del grande pasaba al chico limpio de impurezas, que el filtro aún purificaba más. (Esto, a priori, no tiene la menor importancia para afirmar o contradecir la ley) Lo que sí tiene importancia, es que el camión de reparto, cargó aquél día de un tanque que tenía una filtración de agua. El agua se va abajo, el gasóleo pesa menos y se va arriba, la bomba del tanque recoge del fondo, el tipo pagó agua por gasóleo, se quedó sin calefacción, un cabreo de la leche, tres días para que le limpiasen su depósito, a ducharse a casa de la suegra, y a éstas alturas, ¿a quién le importa, si había gasoíl, agua, o si la ley se cumplió?

viernes, 14 de marzo de 2014

Un tal Antón de Benamexir. (Parte II de II)

¿Tenía sentido aquello? ¿Qué hacía concretamente ese versículo del Cantar de los Cantares, bajo el sello de Salomón? Ni lo uno ni lo otro estaba en la puerta original. ¿Una floritura del artífice?

- ¡Más luz, Antón, más luz!

Y el campesino voló, ante tan imperativa orden, a por dos antorchas de las otras habitaciones. Abraham buscó entonces cualquier resquicio entre las juntas, la llave que abriera aquella puerta de roca. Ni los lirios ni ninguna de las granadas parecía ser esa llave, además, estaban demasiado altas. Lo que buscaba había de estar al alcance da la mano, a la vista, para que nadie lo viera. Entonces, volvió al centro de la puerta y empujó con cuatro dedos el hexágono interior de la estrella. El botón se introdujo liberando algo con un leve chasquido. Un ruido como de agua comenzó a oírse tenuemente. El murmullo fue creciendo en intensidad hasta el punto en que ambos se retiraron medrosos hasta la pared opuesta. Las columnas parecieron exudar pequeñas gotas de rocío -diferencia de temperatura- pensó el judío que apenas abría la boca. Cesó el rumor; allí donde había ido a parar el agua, debía de estar lleno, o se agotó.  De repente, un crujido y la losa comenzó a moverse hacia un lado. Era una puerta de corredera, movida con toda seguridad, por la presión del agua y un mecanismo de poleas. La ranura dejó pasar los rayos de una luz blanquecina y casi deslumbrante, que fue aumentando a la par que la piedra se movía. Una lámpara de cristal colgada en el centro del techo iluminaba toda la estancia. Sobre el piso se hallaba un sarcófago abierto, un joven lo ocupaba flotando en un líquido ambarino. Parecía estar vivo, pues sus carnes no estaban corrompidas, más, la piedra a los pies del túmulo, bien claro decía: Jacobs Tamuz; muerto en el año 5010. Abraham calculó rápido; el tal Jacobs llevaba allí desde el año 1250 de la era cristiana. (5010-3760=1250) (1380-1250=130) Es decir; 130 años.

El judío sabía lo que sucedería a continuación, no había un segundo que perder, sacó de la faltriquera un pomo que llevaba, lo vació en el suelo y se lo pasó a Antón- ¡corre, llena el pomo con ese aceite! Antón dudó, estaba mudo por aquello que veía. Abraham urgió de nuevo- ¡corre cristiano, yo me quedo para abrirte si la puerta se cierra! y Antón metió la mano con el pomo llenándolo, en aquel preciso instante, la lámpara cambió su intensidad, el sarcófago se empezó a desmoronar, el ambarino líquido a derramarse por el suelo donde la tierra lo absorbía, y el cuerpo del doncel a corromperse por falta de alimento. Un instante después la lámpara dejó de ser eterna; explotó.

El judío arrancó el pomo de la mano del labriego, lo cerro y le gritó ¡corre! y corrieron hacia afuera, hacia la luz natural. Momentos después, la techumbre cedió formando un socavón que fue llenándose de agua. La mano de Antón, aquella que se sumergió, estaba ahora fina, sin callosidades, y hasta el agarrotamiento de los tendones se le había quitado; podía abrirla y mover los dedos.

El hebreo sabía muchas cosas sobre lámparas perpetuas, los cristianos no. Para ellos, los cristianos, aquello era obra del demonio; ya San Agustín hablaba de un templo egipcio consagrado a Venus, con una lámpara que ni el viento ni el agua podían extinguir y que había que destruir. Y los constructores de las lámparas, celosos de su secreto, procuraban, arteramente, colocar trampas para conseguir que continuaran creyendo lo que así era; un secreto.

Mientras Antón miraba atónito su mano, Abraham traducía a imágenes sus pensamientos influenciado, tal vez, por los versos:  Moza casadera, o tal vez recién casada, ve morir a su joven esposo: "Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; Lo busqué, y no lo hallé". Eso era lo que había escrito en la viga. Manda construir aquél mausoleo- quizá ya estuviera hecho de antiguo- y, conocedora de los artificios de cierto rabino francés, consejero de Luis IX de Francia, le pide construya la lámpara y conserve el cuerpo de su amado. 
Probablemente, la familia se ha reunido en la sala contigua, han observado la Shivá mientras el francés trabaja. Enlutados recitarán el Kadish tres veces por día, después... quién sabe.

Antón y Abraham se despiden allí mismo. El judío le pide no comente  nada de lo que ha visto, ya que le tomarían por loco, y le "premia" con unas monedas y la exención de la renta de las tierras durante aquél año. Del pomo y su contenido, nadie parece acordarse.

Pero Antón no deja de darle vueltas a la cabeza. Su mano, enfundada en un mitón para que su mujer no se dé cuenta del cambio sufrido, le recuerda de continuo lo acaecido. ¿Podría aquél líquido, tomarse como bebedizo para rejuvenecer? ¿Impregnado en una mecha, no alumbraría la casa entera?  ¿A qué fue debido el derrumbe, cual el mecanismo, porqué no había nada de valor?

El labriego ha trazado un plan: Pedirá a Abraham parte del líquido recogido. Si se negara, lo amenazaría con denunciarlo al obispo de Córdoba, y no estaban las cosas entre judíos y cristianos como para entablar un pleito. También podía hacerlo ante la Orden de Santiago, que había recibido de Alfonso X la donación del castillo de Benamexir, y se hallaba molesta porque parte de lo que creía sus tierras, pertenecieran a un judío.

La Iglesia prohibía a los cristianos los préstamos con interés sobre prendas, por ello no era extraño ver por la judería algún cristiano. Antón, no obstante, procuró ocultarse de cuantos más mejor aquél nefando día en que fue a reclamar lo que creía pertenecerle. Llamó. Abraham abrió el postigo manteniendo la puerta cerrada. Qué quieres, pregunta hosco a modo de saludo. Hablar sobre una cuita que me reconcome, respondió. Hoy no puede ser, tengo un avío que resolver. No me hice yo casi veinte leguas para que me des con la puerta en las narices, abre y hablemos. Está bien, pero apura que llevo prisa.

Y Antón reclamó su parte del botín.

- Lo que buscas es humo, todo se perdió, se evaporó como se evapora el agua del botijo, como la que cae en los chaparrones de verano sobre la piedra recalentada por el sol, como se evapora en la tina del herrero al contacto con el hierro candente...

- ¡Para, para! ¡Vaya parla que te traes hoy!

Discutiendo, discutiendo, las palabras se fueron a mayores, Antón que coge un candelabro, Abraham que cae al suelo, que se forma un charco de sangre en el piso, que el judío estira la pata, que el asesino huye emboscado en la noche.

La mano de Antón se ha vuelto de nuevo áspera, ha perdido la flexibilidad y los tendones se han vuelto a encoger. Nadie le persigue, y algo ha ganado con el crimen; jamás pagará arrendamiento por aquellas tierras. Solo hubo de dejar pasar el tiempo, y en el año 1391 de los cristianos, el 5151 de los judíos, en que fueron masacrados y sus casas asaltadas, robadas o incendiadas, Antón presenta una reclamación sobre las tierras. Él es quien ha pagado estos años al Rey los impuestos por esas tierras que cultivaba, y destruida la aljama, ningún documento de propiedad hay que lo contradiga.


Perdiéronse por este levantamiento en este tiempo las aljamas de judíos de Sevilla e Córdoba e Burgos e Toledo e Logroño, e muchas otras del regno; e en Aragón las de Barcelona e Valencia e otras muchas; e los que escaparon quedaron muy pobres.

Pero López de Ayala.


jueves, 13 de marzo de 2014

Un tal Antón de Benamexir. (Parte I de II)

Un tal Antón de Banamexír, tomó en arriendo unas tierras a un judío de Córdoba llamado Abraham Sonsel que era prestamista y con cargo en la aljama,  allá por el 1380. 
Un día, trabajando un liego que nunca había dado más que abrojos, el arado dio en mover una losa semienterrada. Maldiciendo, arreó Antón las mulas a la par que hundió más el arado por ver si había algo bajo ella. La pesada piedra apenas si se movió, pero fue lo suficiente para que la tierra se colara por una rendija. 
Corrió nervioso a por el azadón para retirar el material circundante, puesto que las caballerías no lograban arrastrarla por más que las fustigara. Expedita la zona, enganchó el tiro y consiguió mover la losa de unos dos metros por uno, y gruesa como de veinte centímetros.
El corazón le palpitaba, no muy lejos de allí, al otro lado del Genil, se levantaba el castillo de Bani Bashir con sus tres torres, y mirando al noroeste, la del homenaje donde pendones y gallardetes ondeaban al viento. Ya en tiempos pasados, y a la falda del cerro donde se asentaba el castillo, se había encontrado algo de cacharrería y decían, que una olla de terracota con monedas de oro. Era pues fácil conjeturar, que algo bueno iba a salir de aquel profundo agujero, que no era una tumba, aunque lo pareciera por el tamaño. Varios escalones se adentraban en la tierra, y las paredes, recubiertas de piedra verde que parecía serpentina, parecían atestiguarlo.

Antón bajo diez o doce peldaños hasta un descansillo donde la escalera doblaba en ángulo recto, para continuar la bajada. Como quiera que la penumbra daba paso a la oscuridad más absoluta, subió a buscar algo con que alumbrarse. Recogió unos resecos cardos borriqueros con los que hizo un haz para prenderlo a modo de antorcha y volvió a bajar. En el descansillo, preparó las brácteas de yesca para provocar el fuego con el pedernal y acto seguido prendió la rudimentaria antorcha. Al final de la escalera, encontró una habitación vacía y de la que partía un largo pasadizo. Nada más logró ver, pues los cardos se quemaron con gran llamarada demasiado pronto.
Volvió sobre sus pasos, recogió, y dando por terminada su labor, se fue no sin tapar la fosa con algo de ramaje.

En los días posteriores, con gran sigilo, y a escondidas de su esposa, preparó media docena de antorchas, un farol con vela de sebo de carnero y herramientas de cantería; martillo piquero, cincel y palanca. Así pertrechado, al alba, aparejó las mulas y partió hacia el liego, distante como a media hora de camino.

El lugar estaba tal cual él lo dejara, pues por aquél páramo nadie se aventuraba, nada había que pudiera llamar la atención, ni siquiera a las culebras. Bajó las escaleras, y al igual que la última vez, encendió la yesca y dio fuego a una de las antorchas que dejó en un soporte de la pared. La estancia era rectangular, de seis codos por siete, las paredes revestidas al igual que las escaleras de serpentina hasta el techo que era de roca granítica y cinco codos de alto. Nada había allí salvo algo de tierra que el agua de lluvia pudo arrastrar hacia adentro por alguna ranura.

Encendió la vela del farol, y con él en una mano y en la diestra una hoz a modo de defensa, se internó por el largo pasadizo. Era éste, como de tres codos de ancho y tallado en la misma roca. Al final, otro aposento, de medidas aproximadas al anterior, y también recubierto de lanchas. En tres de las paredes, y cuan largas eran, había adosados unos poyos muy bajos, mientras que en el centro de la restante, había un escaño de alto respaldo, junto a él, otro hueco se abría. Dudó si internarse dejando atrás las sombras, la impaciencia le consumía, pero la oscuridad le inquietaba. Decidió volver a por el resto de las antorchas.
Iluminada la estancia, se adentro con precaución. El nuevo recinto parecía no tener salida y también estaba vacío, sin embargo, a la pared más larga estaban adosadas dos columnas de bronce sobre basamento cúbico, Rematadas con sendos capiteles en forma de cáliz, y que sostenían una viga con una inscripción. En el centro de la pared, y a la altura de los ojos, dos triángulos equiláteros enlazados y apuntando el uno hacia arriba y el otro hacia abajo, estaban tallados en la piedra. Bajo ella, otra leyenda que a Antón se le antojó hebrea; qué la letra de los moros, no le era desconocida, y tampoco la de su arrendador.

Tal vez se pueda sacar provecho de esto, pensó, ¿pero cómo?. Lo único que parecía de valor era el bronce de las columnas... a no ser que haya algo más que yo no veo. Si se trataba de una antigua sinagoga como intuía, quizá Sonsel le pudiera recompensar por el hallazgo. Si así fuera,  me encontraría con algo de dinero sin mucho esfuerzo. También cabe la posibilidad, de que el viejo avaro lo reclame para sí, puesto que está en sus tierras, continuaba cavilando.
Más, no teniendo a nadie que pudiera descifrar aquellos letrajos, se afianzó en él la idea de contárselo. Otra cosa sería, que el judío tomara tanto interés como para desplazarse las veinte leguas que separaban Benamexir de Córdoba.

A Abraham, aquél descubrimiento le importaba mucho más de lo que daba a entender y se hacía el remolón. Visto que nada iba a conseguir, Antón amenazó con buscar a un tal alguien, a quien ni siquiera conocía, y ante eso, mostrándose condescendiente, Sonsel accedió a ir.

Abraham se percató de inmediato de la valía del descubrimiento, aunque no llegaba a comprender el motivo de que estuviera bajo tierra. Apenas echó un vistazo a las estancias anteriores, tampoco Antón le pudo señalar nada digno de mención, pero se quedó de una pieza al contemplar las columnas fiel reproducción de las del templo de Salomón. Sobre basamentos cúbicos torneadas en dos sentidos; la columna llamada Boaz, con giro hacia la izquierda, y la llamada Jaquín hacia la derecha. Por si alguna duda quedara, los ábacos de los capiteles estaban adornados con cuatro lirios y redes, el tambor y el trágalo por cien granadas cada uno.

Bien, pensó el judío, siendo éstas, a semejanza de las columnas del templo, en vez de una pared aquí tendría que haber una puerta chapeada en oro. Entonces se fijó en la estrella y la leyenda al pie: "Yo soy de mi amado, y mi amado es mío".

Fin parte I.

viernes, 7 de marzo de 2014

Las pistolas del abuelo. (Epílogo)


- Señor Pelayo, señor Suárez, aquí tienen la certificación de autenticidad de la armas. Pero aún hay más: vean si les interesa este pliego, por favor.

"En este estuche hay dos pistolas, no sabría cual, o si fueron las dos, las causantes de la muerte de dos hombres. A uno, lo maté yo. Se llamaba Thompson y era un asesino cruel. Él mató vilmente a mi amigo Zacarías, y persiguió sañudamente con sus perros a cuantos esclavos trataban de conseguir la libertad. A otro, lo mató en duelo el capitán Pelayo Álvarez de las Asturias, mí patrón, mí compañero, mi amigo, mí socio. Aquella muerte fue el inicio de una vida mejor que yo he de agradecer mientras viva"

- La nota es de un antepasado mío; Jusep Palop Forcadella.

- ¡Increíble! ¡Era Palop y  se trajo las pistolas del abuelo!

- No puede ser, mi antepasado nació en 1801 y murió en 1870. Su abuelo aún no habría nacido para esa fecha...

- Perdone, al hablar de abuelo le he confundido a usted, me refiero a mi tatara tatara abuelo; Pelayo Álvarez de las Asturias.

- Entonces las pistolas son suyas, aquí las tiene.

                  ***********************

Pelayo murió en 1896. Sobrevivió un año a Tyye Kasinga.

Pelayo II se casó con una veterinaria de León afincada en Gijón. Tuvieron tres hijos. El primogénito también se llamó Pelayo.

Jhon, había dejado de ser Jhony,  mantuvo la esquirla toda su vida y padeció una leve cojera.

Todos los hijos e hijas tuvieron descendencia, ninguno fue marino, la saga comenzó con Pelayo el pescador y acabó con su hijo; Pelayo el capitán.

Aunque hay quien pueda pensar que no es posible, a día de hoy, sus descendientes son todos blanquitos, pero continúan llevando sangre Kasinga, sangre Ibo o Igbo, aunque sea en menor proporción.

Fin.(3/3/2014)

Las Pistolas del Abuelo. (Capítulo 2 Parte VI)

El campo estaba rodeado por tres empalizadas. La más interior, era como la de un fuerte cualquiera, la diferencia era, que la pasarela estaba por fuera y desde ella se vigilaba lo de dentro. Cada doce o quince metros una garita, un guardia, un fusil. Todo aquél que se acercara a veinte metros de la empalizada, donde estaba trazada la línea de muerte, era abatido. Dos empalizadas más, separadas entre sí con anchuras variables, formaban la segunda y tercer hilada de postes. En el exterior, los puntos más débiles del rectángulo, las esquinas, estaban protegidos por taludes desde donde se podían disparar los cañones apostados. Patíbulo, hospitales, casa de muertos, cocinas, cuarteles y un fétido pantanal en el centro del recinto.

Es difícil comprender el horror de aquél campo, y difícil es también  comprender como el responsable de aquél horror, tuviera el corazón de entregarme a mi hijo. Con su permiso, entré dentro acompañado por un guardia, subí al cadalso y de espaldas a los cadáveres que estaban colgados en la horca, grité con todas mis fuerzas el nombre de Jhony. El soldado que me acompañaba, cuando ya me veía sin voz, increpó con dureza a los prisioneros y, aunque la mayoría ni siquiera se enteraron,  algunos de ellos, corrieron, la voz: "Ese hombre está buscando a su hijo, un hombre busca a su hijo..."  Entonces, atravesando aquellas nauseabundas aguas plagadas de mosquitos y detritus vi venir un renqueante y andrajoso hombre que se apoyaba en una muleta; era Jhony.

- Después de tres años lo encontró. El abuelo era perseverante.

- Está constatado que aquél campo llegó a tener 45.000 prisioneros de la Unión, casi 13.000 murieron de hambre y enfermedades infecciosas, y solamente en catorce meses que estuvo abierto.

- Resulta inverosímil que habiendo dejado morir a tanta gente, hiciera una excepción con el chico.

- A si es la vida, ¿qué importancia tiene uno más o menos? Mucho debió insistir el abuelo, quizá hubo un soborno, tal vez le mintió diciéndole que eran españoles, que tenían esclavos en Charleston, que firmo el alistamiento en una noche de borrachera... vete tú a saber.

- Vamos a parar, tengo que tomar algo.
- Estoy de acuerdo, también tengo la boca seca.

                           *****************
- Oye Pelayo, tienes que comprar esas pistolas te pidan lo que te pidan.

- Lo haré Jorge, lo haré.

- Anda, acaba la cola que nos vamos, pero yo sigo conduciendo, ¿vale?

- ¿No estás cansado?

- Calla, apenas llevamos la mitad del camino...

- Ya falta muy poco para terminar el relato, apenas un par de páginas...

                           *******************
En algún lugar, más arriba del mismo río Flint que atravesaba el campo, nos bañamos. Se le podían contar todos los huesos uno a uno; solamente tenía la piel sobre ellos. Una cicatriz nacía junto a la columna vertebral, rodeaba toda la cadera y finalizaba a la mitad del muslo. Le di la ropa de paisano que llevaba enrollada en la manta, a la grupa del caballo. Me pareció más alto, los pantalones le quedaban bien de largo, pero al igual que la camisa, anchos en demasía.

Le pregunté: ¿Cómo es posible sobrevivir con esa herida en ese sitio? Whiski, tela de araña, me contestó, la herida no fue tanto aunque vea usted ese costrón, lo peor es que llevo incrustada una esquirla en la articulación. Tuve la suerte de que un hombre me recogiera, con esos métodos poco ortodoxos cicatrizó la herida, pero no se atrevió a hurgar adentro. Luego, cuando ya estaba casi seca, me entregó a los confederados.

Volvimos a casa, mi intención era buscar un medio de transporte que no llamara mucho la atención, por el bloqueo a que estaban sometidos los puertos sureños, bajar a Cuba y regresar a España. No debía de haber problemas, Jhony era un lisiado y teníamos documentación española, pero mejor no tener que dar explicaciones. Cerré el trato de la venta tanto tiempo aplazada y junto con Mamatola, la antigua niñera que a nadie tenía, nos dirigimos a Charlestón.

Busqué el trasporte en el puerto. Había una gabarra aparejada con árbol y mastelero, pero que también tenía máquina de vapor. Cuando usaba la vela, por medio de una bisagra abatía la chimenea para que no causara impedimento. No era lo ideal para mar abierto, y bastante lenta, pero podía cargarla con áridos e ir costeando con disimulo, hasta Cayo Hueso y de allí a La Habana.


Así se hizo, y un día antes de la Virgen de Begoña, estábamos en Gijón. Solo entonces, cuando estuvimos en casa, le dije a Tyye lo que había sucedido. Jamás, en la correspondencia que mantuvimos en aquellos años, le había dicho nada; nuestra demora se debía simplemente a trámites burocráticos.


Yo nunca había sido muy devoto, pero por la mañana temprano de aquel día de Begoña, mandé sacar lustro a la xarré, cepillar bien a las yeguas frisonas y colocarles la colleras con los cascabeles bien bruñidos. Luego, todos endomingados, nos fuimos a misa, a agradecer a la Virgen el regreso, como lo hicieran aquellos pescadores.

Continuará.

jueves, 6 de marzo de 2014

Las Pistolas del Abuelo. (Capítulo 2 Parte V)

- Te relevaré ahora no sea que te amodorres con la digestión y el relato.

- No, luego, cuando termines esa parte.

- Bien, como desees.

- Padre, salí de esta casa con cinco años, no me siento como un patriota, mi patria no está aquí. Pero algo le debo a la mujer que me crió, a mi madre. Me voy a quedar, lucharé, si hay guerra, con los federales, ellos representan el fin de una vida que no es posible, una vida basada en la explotación con escarnio de seres humanos que solamente se diferencian de los explotadores en el color de la piel. Venda usted la propiedad y vuelva a nuestra casa, con nuestra familia. Yo volveré un día, no concibo otra vida lejos de mis hermanos.

- Hijo, no te dejaré que participes de algo, que por muy loable que sea, te puede costar la vida. Yo también debo algo a tu madre, me debo a la promesa que le hice de devolverte sano y salvo.

- Padre, no nos enzarcemos ahora en una discusión, dejémoslo para cuando eso suceda, si ha de suceder.

- Bien, de acuerdo, pero recuerda mis palabras. Voy a hablar con Palop, él se quiere marchar cuanto antes.

Mi dilema era grande, suponiendo que encontrase un comprador, que seguramente se aprovecharía de mi urgencia, ¿qué sería de los negros? Unos eran libres, pero, a pesar del trato paternalista con que eran tratados, también los había esclavos. Aunque todos fueran libres, ¿adónde irían? Imposible trabajar para el nuevo amo, los esclavizaría de nuevo, había modos, incluso un liberto podía venderse a sí mismo a cambio de un techo y alimento. Debía hablar con ellos.

El 19 de septiembre de 1863, se libró al batalla de Chickamauga. El ejército de la Unión sufrió una gran derrota y yo la pérdida de mi hijo Jhony. Para entonces Palop había regresado a España, los negros jóvenes de la plantación se habían ido, yo no lo denuncié, ni tampoco aquél Thompson que fuera nuestro capataz, reconvertido en perseguidor de esclavos, pudo hacerlo;  había aparecido muerto de rodillas, cómo pidiendo perdón, ajusticiado; un disparo en la nuca y rodeado de sus perros. Los viejos no podían con el trabajo, y una parte importante se había quedado aquel año sin sembrar por lo que llegué a un acuerdo para vender la propiedad.

No pude cumplir la palabra que le di a Tyye. Un año después de aquella conversación entre mi hijo y yo, encontré una carta suya sobre la mesa de mi escritorio. Fui a su habitación, la cama estaba hecha. Fui a la cuadra, faltaba su caballo. Me senté en el porche, Mamatola me trajo café, nos miramos a los ojos, y ella, bajando la cabeza me dijo, se fue anoche. Entonces abrí la carta. Era finales de mayo del 61.
 "Querido padre: No tome mi marcha como un acto de rebeldía. Usted sabía de mis intenciones, de mis inquietudes y de mi voluntad inquebrantable. De quedarme ahí, de no haber huido en la noche, usted se hubiera salido con la suya, y yo me consideraría frustrado por toda la vida.
Usted se embarcó con catorce años, el abuelo, su padre, sin estar de acuerdo, tampoco se lo impidió. No. No era una guerra, pero los barcos de entonces afrontaban con demasiados riesgos la mar procelosa. Usted y mi madre, me han enseñado con sus actos a ser quién soy, no renegaré de nuestra estirpe.
Padre querido, dele un fuerte abrazo a toda la familia, y dígales que volveré. Quisiera creer que parto con su bendición. Jhon.

Durante todo el tiempo que transcurrió desde su marcha en el 61 hasta septiembre del 63, no hice otra cosa que buscar a Jhony para traerlo a casa. Recorrí pueblo a pueblo el sur de Carolina del Norte, hasta dar con el lugar donde se alistó; Charlotte. A partir de allí, la cosa se complicaba, nadie en su sano juicio podía ir preguntando por tal o cual regimiento, sin ser tomado por espía. Mi oído estaba atento y, allá donde se producían batallas, escaramuzas o refriegas, allá me presentaba. Procuraba ir siempre a la cabeza, a aquél que ostentara mayor graduación y preguntaba por Jhon Álvarez Kasinga.

Desde Charlotte tracé círculos sobre el mapa; Atlanta, norte de Georgia, sur oeste de Tennessee,... Ningún resultado positivo. Fue  meses después de la batalla de Chickamauga, perdida por el Norte, que un sargento me dijo conocer al chico, y que había sido herido, posiblemente muerto, quedando al otro lado del río Cardenillo (Verdigris River). No me di por vencido y seguí buscando.

Supe que en Andersonville los confederados habían construido un campo de prisioneros y fui hasta allí. Era julio del 64.
Continuará.

Las Pistolas del Abuelo. (Capítulo 2 Parte IV)

Era un viaje de recuerdos, míos, pero también de Jhony: Habíamos visitado el cementerio judío de la calle Coming donde estaba enterrada Abigail, y aunque él no conoció a su madre, no por ello dejaba de serlo.

El chico no pudo leer la lápida escrita en hebreo, solamente el nombre y la fecha; Abigaíl 1812/1844. Yo le indique aquella línea que mandé escribir; "Alegría del padre, también lo fuiste de tu esposo"

Madre, dijo posando su mano sobre la lápida, te estoy agradecido por darme el ser. Y nada más. Él no se sentía judío ni tenía vinculación alguna con ella, su madre era Ty.

La voz de Jhony me sacó de mi ensueño; Father, father, do not you come?

Fue un deseo de mi esposa, que nuestros hijos hablaran inglés. Si ella lo había aprendido, si aprendió español y bastante del gullah, ellos no habían de ser menos; de niños se aprende mejor que de mayor.

- Espera, ¿qué es el gullah? ¿algo así como el spanglish?

- En cierto modo, el spanglish como sabes, es la mezcla de palabras en base española, con inglesas. El gullah era lo que hablaban los criollos, mezcla de africano, inglés, francés, irlandés, alemán...

 Encontré a Palop sumamente avejentado, sin embargo, la casa había sido remozada, había nuevos almacenes de clasificación y fermentación, los secaderos,  maquinaría para el despalillado, sembradoras...
Mientras hacía un recorrido con él, cogiéndolo por el hombro, lloraba: Creí que no vendrías jamás, he estado muy solo aquí. He echado mucho de menos aquellas reuniones sociales de Abigail. Pero Plop, ¡si tú te quedabas en un rincón con el ponche en la mano! Sí, pero veía gente, gente blanca que reía y cantaba cosas alegres... desde que os fuisteis solamente he oído canturías tristes de hombres y mujeres tristes. ¿Por qué? Son libres ahora, o lo serán dentro de poco. Sí, pero cuantos morirán antes, durante y después de la guerra que se avecina. Ellos lo saben, tanto si se quedan como si se van, continuarán siendo esclavos, siendo pobres, de ahí su tristeza.

Palop era demasiado pesimista o de veras estaba muy enfermo. Al anochecer, una música llegó hasta mis oídos, y me fui hasta las cabañas de los negros. Un joven me cortó el paso cuando quise entrar en aquella de donde procedían los sones. Otro más viejo, que fumaba un gordo cigarro, le dijo; deja, es el patrón. Y entré. Varios quinqués iluminaban vagamente la estancia, un rancio olor a petróleo, sudor y humo hacía la atmósfera casi irrespirable, pero fue solamente la primera impresión.
La música, al contrario de lo que opinaba Palop, era alegre, y desenfadada. Trompeta, clarinetes, trombón, percusión y una mujer que canturreaba. Cesaron al verme, pero hice un ademán con las manos y continuaron. Finalizada la canción, uno por uno, sombrero en mano, o con una pequeña inclinación, fueron abandonando el local. Me temo que les fastidié la reunión.

Jhony reconoció las habitaciones de la casa, de todo se acordaba. Le dije que íbamos a ir a los campos donde estarían cortando las últimas plantas de la cosecha. Era medio día, bajo un calor asfixiante, hombres y mujeres se afanaban tumbando plantas de anchas hojas de color verde brillante, y casi dos metros de altura. Por la tarde las cargarían en carretas para llevarlas al secadero y colgarlas por unos días en mancuernas.

Jhony, le dije, todo lo que has visto será tuyo si así lo quieres, ya me arreglaré yo con Palop. Tu madre opina, y yo estoy de acuerdo, que si quieres quedarte, conservarlo y trabajarlo, así sea. Aunque para nosotros continúas siendo un niño, tienes que empezar a decidir tu futuro. Sopesa bien la situación, pregunta lo que no sepas, no juzgues a las personas por sus palabras, si no por sus actos, y trata de adivinar siempre la verdad que se esconde tras las astucias más inverosímiles.

Padre, lo que tengo decidido, decidido está desde hace tiempo.

- ¡Hala, ya está bien! Vete parando que tengo hambre y tortícolis.


- Me dejas intrigado con la decisión que tomará el chaval, pero sí, ya es hora de comer.
Continuará.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Las Pistolas del Abuelo. (Capítulo 2 Parte III)

- Nos hacemos otros doscientos y paramos a comer, ¿vale? ¿Quieres que conduzca yo ahora?

- No, tranquilo, ya tendrás tiempo. Tú sigue, que yo escucho.

- De acuerdo.

El olor de los barcos negreros en que navegué, era insoportable. No tanto en la Favorita, pues como ya dije en algún lugar de esta mi pequeña historia, el capitán Dirck hacía que la sentina fuera achicada de continuo. Allí iba a parar el baldeo del entrepuente una vez eran recogidos por los niños los cubos para las necesidades. Si el tiempo lo permitía, se quitaban las lonas que cubrían la bodega, y desde arriba, manguera en ristre, se duchaba a los esclavos con agua de mar, que a decir de Plinio el Viejo, era buena para la tisis, la hemolisis, los senos inflamados y las vísceras todas. Pues bien, el olor de un barco que quema carbón, es igual, por no decir peor, que el hedor de los esclavos. El ruido infernal de la máquina, en nada se parece al batir de las olas, al golpeteo del casco contra el agua, del viento sobre la vela. En estos barcos, hay que ir siempre a proa, pues la carbonilla de la chimenea te ciega y atranca la nariz. Es cierto que el camino recorrido en un día, es casi el doble que en un velero, es cierto que no hay que sacar la culera por la borda, es cierto que los camarotes están dotados de lechigas confortables, pero aquél que está acostumbrado a un coy, lo echará de menos. ¡Nada hay como navegar a vela!

- De marino a labrador y ganadero, pero no se le olvidaba el mar.

- La mar Jorge, la mar,  que el  mar es masculino y lo que atrae al marino es su femineidad.

- ¿Estás de guasa?

- No. Cuando te acerques al muelle, pregunta a un pescador o marinero.

Al día siguiente de celebrarse el día de la patrona, el diez y seis, partió con la marea alta el barco anclado bajo los drops de carbón. Allí estaban Tyye, Pelayo, Gloria, Blanca y Enugu. Ty estaba hermosa con aquel vestido blanco y sin importarle que la crinolina se ensuciase de carbón por los bajos. Una sombrilla la guarecía del sol, los niños a su alrededor y Enugu, con diez y ocho meses en los brazos del aya.
La despedida fue emotiva. Besaba una y otra vez a Jhony y le pedía que tuviese cuidado, que volviera pronto. A mí; ¡Cuídamelo, cuídamelo! me repetía una y otra vez. No permitas que nada le pase. Cuando subimos por la pasarela, vi como enjugaba una lágrima con el pañuelo, pero solamente una.

- ¿Drops, Enugu?

- Los Drops eran unas torres desde donde se cargaba el carbón a los barcos, bien fuera para consumo propio, o para llevarlo de un lugar a otro. Enugu era el pueblo donde Kasinga vivió, en Nigeria, aunque ella había nacido en Togo. Al parecer, y en otro cuadernillo lo tengo leído, el cura no quería bautizar al chico porque no encontraba tal nombre en el santoral, y el abuelo lo convenció diciéndole, que en aquella tierra africana de donde la madre provenía, eran todos muy cristianos, que la fe la había llevado un misionero explorador valenciano, y que si él, el párroco, no sabía de ningún San Enugu, no era porque no los hubiera, Con veinticinco pesetas y que se pasase por la mantequería de Pelayo II, arreglado.

- ¿Pero ya existía la peseta?

- La primera moneda que se acuñó bajo la denominación pesetas, fue una pieza estampada en Barcelona en 1808, cuando los ejércitos de napoleón andaban por allí. Era de dos pesetas y media. En 1868, se unificó en toda España, hasta entonces había una buena mezcolanza de pesetas, escudos y reales. Creo que en total había veintiún tipos que acuñaban en distintas regiones.

- Oye, ¿así que también tenían una mantequería?

- Compraron un local en el Barrio del Carmen, y pusieron un comercio donde se vendía además de la leche, derivados como la manteca o el queso. Más tarde abrieron otra en La Plazuela de San Miguel, donde vendían helados.

- ¿En ese tiempo? ¿Sin electricidad? No me vaciles Pelayo.

- Construyeron una nevera en algún lugar de la Sierra del Aramo, ya sabes, esos hoyos donde se guardaba la nieve del año bien apisonada y que luego se iba extrayendo según necesidades...

- Oye, Pelayo, ellos salieron en agosto, el dieciséis, pero la Patrona es el ocho de septiembre...

- La Patrona de Gijón, Jorge, Nuestra Señora de Begoña. ¿Sabes por qué la patrona, de Gijón es la virgen vizcaína?

- Pues no.

- Verás, a comienzos del siglo XVlII, unos pescadores, creo que de Bermeo, que volvían de las costas de Terranova, pidieron protección a la Virgen de Begoña, Patrona de Vizcaya, ante el peligro inminente de muerte por una terrible tempestad, prometieron, si salían con vida, dedicarle una capilla en la  primera tierra que tocaran. Arribaron a la playa de Gijón y cumplieron su promesa.

- Está bien, venga sigue, que me pierdo.

Navegamos con buen tiempo y ya en La Habana, sin casi tiempo siquiera para bajar el equipaje, abordamos un bergantín que partía para Charleston, la travesía fue rápida.

El puerto de Charleston era un hervidero de gentes que hablaban todos los idiomas, barcos de vapor, goletas y bergantines gabarras y hasta viejas carracas que utilizaban para el comercio con las islas. Carromatos, almacenes, grúas... Una abigarrada y multicolor masa de hombres de todas las razas; pelirrojos irlandeses, rubios alemanes, chinos con coleta, mulatos... Me llamó la atención un libro en un escaparate y entré a comprarlo para Ty, el título; Uncle Tom's Cabin. El librero me dijo que ya se habían vendido más de un millón de ejemplares y que trataba de esclavos. Creí que le haría ilusión, presumía que el regreso sería rápido.

La ciudad era también era un hervidero político. El partido demócrata sufrió una quiebra; mientras los sureños estaban a favor de la esclavitud, los del norte estaban en contra. En la convención del partido, cada facción eligió su propio líder, Carolina del sur salió de la Unión y en el 61 comenzó una guerra que duraría cuatro años.

Pero eso todavía estaba por llegar, nosotros, tras dormir aquella noche en un hotel, nos fuimos hasta la plantación. En cierto lugar del camino hice una parada, Jhony quedó con los caballos y yo fui a acariciar el tronco de cierto cerezo negro de entre los varios que había. Mi mente voló hacia atrás en el tiempo, a la noche en que dormí bajo aquel árbol en compañía de Ty, la noche en que ella dejó de ser una pieza de indias.
Continuará.