viernes, 27 de junio de 2014

De los Sentidos.


Estábamos, tras una copiosa barbacoa, regada con un buen caldo de rioja, contemplando el hermoso paisaje a la sombra de los pinos; la arena de la playa artificial, el agua del embalse entre azul y verde, y los snipe con sus velas blancas a lo lejos, cuando a alguien le dio por decir: Sin duda la vista es el mejor sentido que poseemos. Y allí se entabló una discusión.

- Posiblemente, dijo uno, pero los ciegos, a pesar de no ver, bien pueden paladear estos chupitos que estamos trasegando. No te olvides del sentido del gusto.

- Habló el fartón, le contestó otro. ¿Qué me dices del tacto? ¿Quién renunciaría al placer que supone acariciar los senos de una mujer, besar y sentirse besado? Porque, no os miréis solamente los dedos, toda nuestra piel transmite sensaciones inigualables.

- ¿Y qué pasa con el olfato? Nadie me negará, que por el olor apetece lo que se come. Recordamos situaciones, personas y lugares como recordaremos este día: el agua, la pinocha, el asado, el brebaje, y ese calorcillo sensual que desprenden nuestras mujeres.

- Me contaron en cierta ocasión, que un individuo, joven él, sufrió un accidente de automóvil.  Lo sacaron del vehículo hecho tal guiñapo, que los médicos no dieron a la familia la más mínima probabilidad de recuperación. Sin embargo, y a pesar de que sus sentidos, esos que ya de pequeños nos enseñan que son cinco, no respondían a estimulo alguno, el corazón continuaba latiendo. Débilmente, pero bombeaba. La sangre llegaba al cerebro, y, aunque la actividad de las neuronas estaba muy mermada, el cerebro estaba vivo. No obstante, y tras pasar un tiempo prolongado en estado comatoso, los médicos aconsejaron desenchufar los artilugios a los que estaba conectado. Aquél joven estaba muerto y era, según ellos, demasiado el sufrimiento y el gasto al que estaba sometida la familia. Total, no quedaría, en el remoto caso de una hipotética recuperación, más que un simple vegetal.

-Aquellas palabras, dichas a los pies de la cama del enfermo, obraron el milagro; un temblor, un leve gruñido, y el joven volvió a la vida. Mucho tiempo después, casi recuperado, el muchacho no hacía sino repetir que aquellos cabritos lo habían querido matar. Y es que, hay dos sentidos que aún no habéis comentado; el del oído, que es lo último que se pierde, y un sentido que no es muy común, aunque debiera ser el  más común de los sentidos.



viernes, 20 de junio de 2014

Drope.


Creo que ya en alguna ocasión he comentado, que al comenzar a escribir sobre palabras fuera de uso, hace ya mucho tiempo, solía mandar a una cárcel palabreril, a aquellas que de poco o nada me sonaban. Más tarde cambié de opinión: ¿Qué motivo tenía yo, para encerrar una palabra que casi no se utiliza? Ninguno.  Así que tomé la decisión contraria; tratar de darles un poco más de uso por medio de mis cuentos. Probablemente, no haya servido de mucho, pero a mí me gusta chinchar y que la gente vaya al diccionario aunque solo sea de vez en cuando.

Verdaderamente, es de atrevidos escribir sobre algo que se desconoce, pero yo no lo hago en plan erudito, que no lo soy, lo hago casi siempre en broma y espero que nadie se lo tome a mal.

El vocablo de hoy, ya dice el diccionario que es de poco uso:

Drope; 1. m. coloq. p. us. Hombre despreciable.

No recuerdo que este significado estuviera guardado en mi mollera, y lo único que puedo decir, es que solamente la encuentro como integrante de una cadena:
Cuadropea;
1. f. Derecho de alcabala por la venta de caballerías en los mercados.
2. f. Bestia de cuatro pies.
3. f. Lugar de una feria donde se vende el ganado.
Hidropesía;
1. f. Med. Derrame o acumulación anormal de líquido seroso.

Bueno, espero que a alguien le sirva el significado de Drope y de Caudropea, aunque ésta, y en su primera acepción, se parece mucho a aquello del fielato.
¿Qué no sabes lo quera el fielato? Pues yo te lo diré:
Fielato.
1. m. Oficio de fiel.
2. m. Oficina del fiel.
3. m. Oficina a la entrada de las poblaciones en la cual se pagaban los derechos de consumo.

Con toda seguridad, la inmensa mayoría de los que leerán este panfleto, no han conocido los fielatos. Eso ya queda para el recuerdo de los que como yo tienen unos años.

En los fielatos, colocados a las puertas de las ciudades - algunos no eran más que una simple garita de madera- además de cobrar las tasas municipales por el tráfico de mercancías, solían hacerse controles, para comprobar el estado de las perecederas.
En más de una ocasión, he visto como el fiel, casi siempre un municipal, armado con un densímetro, comprobaba si la leche estaba bautizada -cosa corriente en tiempos de escasez- en que las lecheras la llevaban en cántaras a la ciudad. Si a la leche le habían añadido agua, la densidad era menor, y la lechera vería derramado el líquido en plena vía pública en el mejor de los casos. La comprobación tenía su miga, pues la densidad podía variar en función de la temperatura y de otros condicionantes, que si no eran tenidos en cuenta, podían dar una mala lectura con la pérdida de la mercancía... aunque estuviera sin bautizar.

viernes, 13 de junio de 2014

Naturaleza dos veces muerta.




El hortelano plantó unos frutales que cuidó con esmero; riego, poda, y el mejor sistema para erradicar los pulgones y las hormigas atraídas por el líquido azucarado de estos últimos; de las ramas colgó cajas con mariquitas que se comían los pulgones.

 A su tiempo, cada cual recogió los frutos que esperaba de aquella colaboración; los  árboles florecían, las abejas polinizaban, las mariquitas mantenían hojas y flores libres de plagas, y el aldeano tenía manzanas, peras, ciruelas...

Como todo ser vivo, acabado su ciclo, el árbol murió. El hombre derribó el árbol, pero, no queriendo que su madera fuera solamente pasto de las llamas, le dio un uso más: Construyó un banco que colocó en el jardín, para sentarse a disfrutar del  atardecer.

Pasaron los días, los meses y años, el sol del verano, la lluvia del otoño y la escarcha del invierno. El aldeano fue dejando de sacar brillo con la culera a las maderas del banco, que se resintió. Los xilófagos comenzaron a roer por fuera y por dentro, y, ayudados por las inclemencias del tiempo, acabaron con el que otrora fuera un magnífico frutal y solaz de aquél que lo planto.

jueves, 12 de junio de 2014

Lechigado.


Hace tiempo que tenía un tanto abandonadas mis Palabras Fuera de Uso, así que hoy vengo con...

Lechigado, da.

(De lechiga, cama).

1. adj. desus. Acostado en la cama.

2. f. Conjunto de animales que han nacido de un parto y se crían juntos en el mismo sitio.


3. f. coloq. p. us. Compañía o cuadrilla de personas, por lo común gente baja o picaresca, de una misma profesión o de un mismo género de vida.


Voy a obviar las dos primeras acepciones, la primera, porque si lechiga viene del latín Lectica = cama, es obvio que lechigado sea acostado en la cama. La segunda también entra por los ojos de inmediato; vemos y pensamos en los cochinillos o lechonesVamos, que el significado de estas dos acepciones están diáfanos.

La tercera ya es, como indica el DRAE, de poco uso. A mí esta definición me suena un tanto jacarandosa (quizá Influenciado por La Azarosa Vida del Buscón, Llamado don Pablos, esa obra que Quevedo nunca reconoció haber escrito) y siendo de poco uso, nada mejor que acudir al ingenio palabreril del mencionado don Francisco. Esto es lo que he encontrado:

Las zahúrdas de Plutón.
... Otros caían, que no se podían tener, y entre ellos fue de ver el cruel resbalón que una lechigada de taberneros dio en las lágrimas que otros habían derramado en el camino, que por ser agua se les fueron los pies y dieron en nuestra senda unos sobre otros.

Tal parece, como si los señores de la Real, se hubieran acordado de Don Francisco a la hora de escribir la definición.


martes, 3 de junio de 2014

La Levedad del Ser; Insoportablemente Breve.

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Ya sé que este no es el título de la novela, pero a mí me gusta jugar con las palabras, lo que me permite trastocarlas para describir otras sensaciones, otras percepciones, que poco o nada tienen que ver con Kundera.

Uno se va haciendo mayor, aparecen signos inequívocos que los demás perciben, pero que no son capaces de admitir en sí mismos. Y es que, hay gentes, a las que les resulta insoportable el breve instante de su paso por este mundo. Un mundo de levedad, es decir; de poca importancia, ya que todo se repite continuamente, pero donde ellos se creen únicos. ¿Lo son? ¿Lo somos?

Ayer pude contemplar una escena, creo que nunca vivida en la realidad, que me llenó de emoción. El sol calentaba al medio día, con esa pujanza de la primavera, pero sin el rigor del verano. Un pueblo pequeño, de esos antiguos y con historia, ya que por aquellos lares nació y se crió doña Gontrodo. Una mujer fascinante, madre de la reina de doña Urraca, "la asturiana", que sería reina de Pamplona por matrimonio. 
Nació doña Urraca, de unos amoríos en concubinato, de Gontrodo con el rey Alfonso VII, que se había prendado de ella por su belleza, belleza que radicaba a decir de algunos - ya se sabe lo dispar que puede ser la Historia- en que era albina.  Prosigo, que sí no se me va el santo al cielo. Un pueblo de calles estrechas, casas de piedra, hórreos y paneras.

En mi deambular haciendo fotos, y con intención de acercarme al río, por ver si veía algo de las hoces del Pino, oí que alguien leía en voz alta. Era voz de mujer. Leer tranquilo, haciendo sus pausas en las comas, algo más largas en los puntos, marcando las interrogaciones y admiraciones todas. Voz clara y perfecta pronunciación, como la de aquella que ha leído lo suyo y algo más, me atrajo como la Piedra que Come, a decir de Tales de Mileto, atrae al hierro, y hacia allí me encaminé.

Un pequeño seto, dos nogales que acariciaban un viejo hórreo, una figar, la casa minúscula y olor a fabada con buen compango. El jardín, entre el seto y los árboles; unas macetas de geranios en flor y dos rosales en tierra, un paisano como de ochenta y cinco sentado en un banco y apoyado en el cayado, escuchaba. Al otro lado de la mesa redonda, de esas de bar con propaganda de una bebida, la mujer algo más joven, continuó leyendo a pesar de percibir al intruso que llegaba a perturbar aquella paz.

- ¡Buenos días! Saludé. Y entonces sí, volvieron sonrientes sus caras hacia mí con ese brillo en los ojos del que intuye va a salir de lo cotidiano, respondiendo al saludo.

- ¡Muchos horros hay en este pueblo! Aseveré, en un afán por congraciarme y sabiendo cómo son los aldeanos. Pero éstos eran de otra pasta.

- Y muchos más que ya cayeron - respondió el hombre- este era un pueblo rico.

- Ya veo, ya. Hay varias casonas...

Y no me dejaron continuar. Quisieron explicarme la raigambre y prosapia de sus ancestros, pero sin afectación, como la de aquellos que les es propia por naturaleza.

Tras un rato de conversación, y maldiciendo mis achaques prostáticos que me impedían continuar escuchando, metí baza para poder salir pitando.

- ¡Buena costumbre esa de leer en alto! Desde mis tiempos de escolar que no lo veía.

- ¿Y qué vamos a hacer, sino matar el tiempo?

Aquél conformismo me confundió. Yo esperaba que me dijeran, no sé, que en la lectura vivían otras vidas, otras circunstancias, que les llenaba de paz, o de intranquilidad, que les encantaban las intrigas o los amoríos, que aún siendo mayores, tenían cabeza para seguir aprendiendo, entreteniéndose...


Y es que hay personas, a las que no les importa la levedad del mundo, porque en su breve paso por la vida, llena sin duda de afanes y esperanzas,  llega el momento en que están de vuelta de todo y ya nada se les hace insoportable. Han aceptado la ley de la vida, disfrutando a su modo del día a día, y matando el tiempo con el placer del que lee, y del que escucha.