jueves, 31 de julio de 2014

El viaje de Hermelinda. Parte 2ª.


Parte2ª.
Vuelven al hotel en taxi. Por el camino Aurora trata de calmar los nervios de Hermelinda. Le dice que es posible que la policía las busque para aclarar lo sucedido y aunque ellas nada han tenido que ver, la justicia en todos los lugares es lenta y los días de vacaciones cortos. Por eso la arrastró de allí, al día siguiente estarán río arriba, lejos de aquel lío que no les atañe.

Hermelinda entra en la habitación y arroja el bolso sobre uno de los sillones que esta junto al balcón, con tan mal tino, que ha ido a caer tras este. Va hasta allí para recogerlo, pero el sol que comienza a ocultarse la atrae profundamente. Es un semicírculo de oro viejo contra el que se recortan las palmeras que bordean el río. Unas falúas navegan arriba y abajo conformando todo ello una estampa bucólica. Allá a lo lejos, se divisan las luces de uno de los barcos hotel anclado en espera de los turistas que navegarán hasta Asuán o Luxor, quizá en el que ella iba navegar. Dio media vuelta y se dirigió al baño, abrió el grifo y se metió en la bañera cuan larga era. 
Solo tenía fuera del agua la nariz y la boca y hasta sus oídos sumergidos llegaban ruidos que desde fuera no podía percibir. Con los ojos cerrados comenzó a pensar en lo sucedido. Recordó al vendedor, su fino bigote, las regordetas manos de piel como el tabaco americano, el anillo de plata que llevaba en el dedo meñique... Se extrañó de que siendo egipcio llevara un fez, tal vez no fuera oriundo de allí. Quizá fuera turco, aunque el fez se empezó a utilizar en Marruecos y la escolta del general los llevaba...
Eliminó aquellas divagaciones y continuó con las imágenes que su mente deseaba fabricar. Aquellas imágenes la llevaron a la calle, vio la gente moviéndose a cámara lenta; aquellas señoras inglesas con sus vestidos de pequeñas flores, los calcetines blancos de hilo bajo las sandalias, sus sombreros de paja adornados con flores grandes, los pequeños bolsos que asían con las manos enguantadas. Parecía que ambos, guantes y calcetines habían sido tejidos a mano por ellas mismas. No podían negar su procedencia. El porteador de alfombras, alto, fornido y de piel negra como el betún. Tal vez fuera nubio. Todas las imágenes quedaron paradas un instante, todas menos la de aquel hombre. Él continua corriendo, las voces le abrían camino; zapatos de color marrón con  rejilla blanca, traje blanco, no, blanca es la camisa y corbata negra y estrecha, pero el traje es más bien beis muy claro. El pelo parece rubio, pero lo tapa un sombrero que tiene un cerquillo de sudor sobre la cinta. Los ojos, sus ojos, dicen de su miedo y su boca está abierta, queriendo atrapar un aire que le falta. Lleva algo en la mano y mira hacia atrás. ¿A quien mira? Solo ve por encima del hombre, multitud de cabezas y un turbante, un turbante blanco que cada vez está más cerca. El rostro negro ocre, negro de café con leche cargado, del perseguidor aparece. Ojos grandes, redondos y negros como la noche, barba corta, rala y cana, boca grande y de labios finos que dejan ver unos dientes grandes, amarillos y separados. Su mano derecha se alza, en ella brilla un objeto que parte raudo. Es el arma asesina.
Abrió los ojos de sopetón. Ha sentido el golpe del puñal en la espalda del que cayendo, la arrastra, y olido el fétido aliento del asesino que cachea al individuo en su último estertor. Un nuevo ruido se produce y ese no es en su mente, parece en la habitación. Se envuelve en una toalla y abre la puerta del baño. El asesino está allí. El grito fue instintivo y tan fuerte que el hombre quedo paralizado. Cuando tornó a coger aire para continuar chillando, el individuo salió de su breve letargo, de cuatro zancadas se allegó hasta la puerta y abriéndola, huyó. No fue muy lejos, de una de las habitaciones salió un joven que lo persiguió por el pasillo. Allí mismo se traba una lucha y el hombre del turbante, menos ducho en el arte de los puños que del cuchillo, viéndose perdido, se arroja por una ventana. Todo lo tenía calculado no obstante, la altura no era mucha y el salto queda amortiguado por las ramas de un sauce. Aunque renqueante, baja hasta el río donde le espera un bote a motor que parte raudo.

Unos instantes después del jaleo, el detective del hotel y hasta el mismo director se personan en la habitación de Hermelinda. El segundo se deshace en excusas y manda subir una cesta de frutos y dulces como desagravio, mientras que el primero, trata de averiguar qué es lo que ha sucedido realmente. El joven que mantuvo la pelea, vecino de habitación, hace de interprete y al parecer de Hermelinda, añade bastante de su cosecha particular. Ha llegado la policía y enterada del asunto, da un veredicto de acuerdo con el joven y con el detective; ha sido un intento de robo.
¿Por qué han llegado a esta conclusión? Algunos cajones están abiertos y la ropa de las dos maletas revuelta. Hermelinda no se había preocupado de abrir más que una, puesto que solo pernoctaría aquella noche, no obstante, a la chica no le falta ninguna de sus pertenencias. Hermelinda, de acuerdo con Aurora que llegó a la habitación en el primer momento, tampoco hizo mención de conocer al ladrón por lo que, aun siendo un caso extraño, no había para la policía otra explicación. Cuando todos menos Aurora y el joven se hubieron ido, y Hermelinda vestido, el hombre, que ya se había presentado a Aurora, lo hizo nuevamente:
- Me llamo Malek el Bahari, soy cairota, me dedico a negocios de arte y me hospedo en este hotel como pueden suponer.
- Muchas gracias por acudir en mi ayuda señor, me llamo Hermelinda. Para haber llegado esta mañana, he tenido más emociones de las que pensaba iba a tener antes de venir.
- Señorita, ahora que estamos solos le diré que es muy extraño lo que ha sucedido. No es habitual que en un hotel como este sucedan cosas de este tipo. No quisiera inquietarla, pero ¿no le parece raro, que un ladrón entre en una habitación que está casi al final pasillo? Podía haber entrado en cualquiera de las que están frente a los ascensores o a las escaleras, ¿no le parece más verosímil?.
- Tal vez, quien sabe lo que pasa por la mente de un ladrón...
- ¿Me permite una pregunta que tal vez sea indiscreta?
- Hágala y veré si puedo responderla.
- ¿Ha comprado algún objeto de valor?
- Hemos llegado esta mañana, ¿cómo o cuando podía haberlo comprado? La respuesta es no.
- Perdone que insista, ¿ningún papiro, figurilla o algo semejante? Algo comprado en un zoco y que pueda llevar a casa como regalo o recuerdo.
- Solo he comprado un bolso, que por cierto, está tras aquella butaca.
Hermelinda se dirige hasta allí, mueve la butaca y recoge el bolso que enseña en alto.
- Esto es lo que compré, aún está vacío.
- Muy buen gusto, señorita, pero para estar vacío, abulta lo suyo...
- Parece usted desconfiado. Los bolsos de señora siempre los rellenan con papeles, ve usted.
             Ella da vuelta al bolso sobre la cama donde caen varias bolas de papel, pero algo más pesado cae antes que ellas.
- ¿Qué es esto?¿Cómo usted podía intuir... ? Ahora soy yo la que desconfía, ¿quién es usted y que hace aquí? ¿Acaso está en complot con el asesino?
- ¿Asesino?
- ¡Herme, por Dios!
- Señorita, me voy a confiar a usted. No la he mentido, me llamo Malek el Bahari, he nacido en esta ciudad y soy el jefe de seguridad del Museo Arqueológico de El Cairo. Paso cortas estancias en los hoteles de la ciudad, donde investigo expolios a nuestro patrimonio. Por eso le dije que me dedicaba al comercio de arte, en cierto modo así es. Le enseñaré mis credenciales y si lo desea, podemos llamar al director para que lo corrobore.
- Le creo y le contaré lo sucedido, por ello, y porque a alguien me he de confiar; tengo miedo.
Las dos mujeres contaron lo sucedido en el mercado, luego Hermelinda hizo una descripción detallada del hombre del turbante blanco, cuando hubo acabado, el joven hizo ademan de dirigirse al teléfono, con una seña de cabeza pidió permiso. Del mismo modo asintió la joven que, recogiendo de manos de Aurora el objeto hallado, pasó a examinarlo. Cuando Bahari acabo su alocución telefónica se unió a ellas.
- Señorita, ha sido muy precisa en la descripción del hombre, de un hombre que solo durante unos instantes ha visto.
- ¿Acaso duda de mí?
- ¡No!  Al contrario, lo he dicho con admiración. Siempre se ha dicho que para un blanco, todos los negros son iguales y viceversa. Yo no soy capaz de distinguir un chino de un japonés y mucho menos de un coreano.
- Mire Bahari, el detective del hotel pesa sobre ochenta kilos, lleva un traje de color gris con una finísima raya roja. La camisa es blanca, de manga corta y en su corbata azul se pueden contar ocho pequeños camellos. Los zapatos son negros con suela de goma y lleva una cadena desde la segunda trabilla del pantalón hasta el bolsillo izquierdo. Tendrá entre cincuenta y cincuenta y cinco años y se tiñe las patillas.
- ¡No me diga! ¿De verdad se tiñe?
- Usted viste moda italiana, aunque los zapatos es muy posible que sean hechos en España. Creo que además del inglés en el que nos expresamos, usted habla su idioma nativo junto con algún dialecto, y quizá el italiano. Lleva grabadas sus iníciales en la hebilla del cinturón y aunque no quiere que se sepa, usa lentes para leer. La pieza que aquél hombre debió de meter en mi bolso, es una tablilla cerámica de seis por quince, más o menos, está escrita en sumerio y consta de dieciocho líneas. Si es autentica, y lo parece, ya que están dispuestos a matar, debe de valer una fortuna.
- ¡Me ha dejado impresionado!
- ¡Hermelinda! ¿Cómo puedes saber tantas cosas?
- ¿Lo de la retentiva? es fácil, estoy acostumbrada. Lo de la tablilla, da la curiosísima casualidad de que estoy preparando un trabajo sobre los sumerios.
- Aprieta, pero no ahogues.
- ¿Cómo dice?
- La leyenda de la hebilla dice “Aprieta pero no ahogues”. Es en lo único que ha fallado. ¿Cómo lo hace?
-En el bolsillo superior de la americana se percibe el bulto de sus gafas, que si fueran de sol, probablemente abultaran algo más. Cualquier español puede apreciar el deje italiano al pronunciar, lo de la ropa es demasiado evidente para una mujer, que además, ha estado varias veces en Italia. Quizá sea usted descendiente de aquellos romanos que vinieron con Marco Antonio. Tiene usted la tez clara y los ojos entre azules y verdes.
- Es posible que tenga razón, pero, la realidad es que desciendo de la reina Hatshepsut, que lo fue de la XVIII Dinastía. Era hija de Tutmosis I y casada con su medio hermano, Tutmosis II. Con él, gobernó conjuntamente Egipto hasta su muerte, en el mil quinientos cuatro antes de la era cristiana. Yo me llamo Bahari por el lugar del que procede mi familia y que es donde ella construyó el templo que lleva su nombre. Pero, volviendo a este mundo, ¿no sabría descifrar la tablilla?
- No podría entender más que alguna palabra patrón y algún nombre, que esté haciendo un trabajo no significa que pueda leer la tablilla.
- Bueno, no tiene importancia, yo si sé quién la puede descifrar. Mañana lo haremos.
- Mi querido señor Malek, mañana al atardecer nosotras estaremos río arriba, camino de Luxor. Hemos venido a conocer las maravillas de este país, y lo vamos a hacer, dijo Aurora sin poder ocultar una sombra de duda al observar a Hermelinda.
El hombre, también pudo apreciar la actitud vacilante de la chica por lo que insistió mirándola a los ojos dulcemente, con voz persuasiva:
- ¿No le interesa lo que pueda tener escrito? Yo le compensaré por el tiempo que pueda perder, le mostrare todos los tesoros del museo y seré su mejor guía de los lugares a los que quiera ir. No tenga miedo, una vez que la tabla esté a salvo en el museo, nadie la perseguirá, y si lo hiciese, se las verá conmigo.
- Pero perderé el barco, insistió ella débilmente.
- Sea mi invitada, no se preocupe por nada hasta el día en que deba de tomar el avión de regreso. ¡Quién sabe lo que estas líneas puedan ocultar!.
-Déjeme discutirlo con mi amiga durante la cena, por favor.
-Perdón, conste que hago extensiva la invitación a usted, Aurora.

miércoles, 30 de julio de 2014

El Viaje de Hermelinda.



Tengo una nieta de quince años a la que le encanta la lectura. Recientemente ha recibido  del Instituto el premio a la mayor lectora, queriendo yo, corresponder a mi manera. 
Le estoy escribiendo este cuento que sé le gustará. Es largo, y ya sé que los relatos largos tienen poca aceptación en este medio, pero no podía dejar de publicarlo.
Va por ti, Ana.






El viaje de Hermelinda.


¡Oh madre Nut!
¡Extiende sobre mí tus alas como las estrellas eternas!

Viajando en el avión que la llevará a El Cairo, Hermelinda, se ha topado con alguien con quien trabará amistad. 

- Hola, soy Aurora, viuda, sin hijos y profesora de matemáticas en el Instituto Doña Jimena.
- Yo soy Herme.
- ¿De Hermenegilda?
- ¡No por dios! De Hermelinda, pero prefiero Herme simplemente.
- Ya. Es un nombre precioso sin embargo. Seguro que provocas confusión como me ha ocurrido a mí. ¿No te gustaría más Linda?
- ¡Oh, no! Sí Hermelinda suena un tato barroco, Linda me parece muy americano, ya desde pequeña la gente se ha decidido casi siempre por descomponer el nombre; estoy acostumbrada.
Aunque el viaje no es de mucha duración, las dos mujeres tienen tiempo para confidencias, se nota que congenian ya a las primeras de cambio. Aurora le confiesa que hace estos viajes siempre sola, sin el condicionante de unas amigas de las que ya sabe demasiado. Ella prefiere conocer nuevas gentes, trabar amistades que la abstraigan de la rutina diaria. Hermelinda, le habla de su trabajo en el archivo del Ayuntamiento, de sus dominios en el "Palacio del Sótano"; cuarenta metros de oficina y casi cien del archivo propiamente dicho, donde no cabe una estantería más.
- ¿Es por ello que tienes la piel tan blanca? Porque tú eres morena ¿acaso te pasas todo el día sin ver el sol?
- Más o menos, las tardes las paso entre la biblioteca y mi apartamento. Me gusta mucho la lectura y apenas salgo. Doy largos paseos con mi perro Kazán, pero siempre por la mañana y al anochecer.
- ¿No hay un novio?
- No tengo. Hubo alguien que decía por mí beber los vientos, que me adoraba y tenía en un pedestal. Veneraba todo lo que hacía y quedaba con la boca abierta cada vez que hablaba de aquellas cosas que por los libros conocía. 
- Pero te parecía poca cosa...
- No, no es que él no tuviera su buen bagaje cultural. Según decía, era la forma en que relataba las cosas, el cómo las vivía, la pasión que ponía en lo que decía. En un principio, su amor me conmovía, yo también le quería, pero no estaba enamorada y aquello fue muriendo poco a poco. Le conocía ya demasiado bien, sabía cuál sería su reacción ante tal o cual cosa, las palabras que iban a salir de su boca... y con tal conocimiento llega la apatía, la desgana, el ansia por conocer nuevas gentes, nuevas cosas que me llenaran, que dieran satisfacción a aquel no sé qué que me carcomía por dentro. Mi deseo sería conocer ese amor arrebatador lleno de aventuras de placeres y pasión. Mi imaginación vuela cada vez que pienso en estas cosas y me imagino raptada por un jeque de blancas vestiduras a lomos de un brioso corcel. Atravesar dunas a la grupa del caballo con el raptor, y vivir momentos de amor en una jaima, con las estrellas por techo, y el ruidoso silencio del desierto. Tonterías mías, Aurora, quizá tenga la cabeza llena de pájaros.
- ¿Cuántos años tienes, niña?
- ¿Quieres el completo?
- ¿Cómo dices?
- Que si quieres la ficha completa: Tengo veintiséis, mido uno sesenta y cinco y peso sobre cincuenta. Los que presumen de conocerme dicen que soy introvertida, no se dan cuenta de que si hablo poco con ellos, es porque estoy harta de cuchilladas por la espalda. Sola en mi sótano vivo mejor, juzga tú.
- Para nada. Seguro que esos "compañeros" no merecen cancha. Hay mucho gilipuertas que se cree superior por ser funcionario.
- Y mucho machismo, mucha envidia, mucho trepa...
- Sí, es cierto. 
Para conocerse bien, nada mejor que hablar de todo un poco, así, descubren que ambas compraron el paquete vacacional en el mismo sitio, que se hospedarán y visitarán los mismos lugares programados, maniobra sin duda preparada por la chica de la agencia, que las conoce de otros viajes y ha decidido unirlas en este, a la chita callando.

Han llegado a al-Qahira; “la Victoriosa”, se alojan en un hotel de la isla de al-Gazirah, en el barrio residencial de Zamalek. No es que sea de lujo asiático como se suele decir, pero el hotel deja a Hermelinda con la boca abierta; nunca ha visto nada semejante: los mármoles y lámparas, el mobiliario y las telas, las plantas del jardín... todo le atrae, y  presiente que ha de vivir en una semana, sensaciones hasta la fecha desconocidas.

No ha transcurrido ni media hora, cuando Aurora toca con los nudillos a la puerta. Se ha duchado y cambiado de ropa vistiéndose de turista, o como ella entiendo que ha de vestir un turista en aquellas latitudes; Guerrera sobre camiseta blanca de algodón y pantalón corto de loneta ”marrón safari”, botas “básquet” y medias “Niké” de lana hasta la rodilla. 

- ¡Apúrate, chiquilla!  ¡Tenemos muchas cosas que ver, ya sabes que las ocho hay que estar de vuelta para la cena!.
- Ya acabo Aurora, pero dijiste cuarenta minutos, y no han pasado ni veinte. He estado en recepción pidiendo un plano.
-¡ Hay que bien! iremos al zoco ¿qué te parece?
- Por mi perfecto. Oye Aurora, ¿no enseñarás mucha pierna?
- Querida niña, ¿acaso no sabes que los egipcios siempre han ido con muy poca ropa?.
- Si, sé que las sirvientas o los pescadores a menudo solían ir desnudos, también los carniceros y muchos esclavos. También sé que gasas y transparencias eran comunes, pero eso... era antes de Cristo y de Mahoma. Te lo dije por las medias, tonta. Vas a pasar calor.
Cruzaron andando el puente sobre el río y se adentraron en la ciudad vieja en busca del centro. En la Plaza Tahrir, echaron un vistazo al edificio de la Liga Árabe y a la mezquita de Omán Makran. Hermelinda miraba el plano de vez en cuando, con lo que se percató de que había distintos “sucs”, cada uno de ellos especializado en unas determinadas mercancías. Manejaba  también un pequeño diccionario, que de algo, más bien poco, le servía. Descartaron en principio el de Khan al Khalili, pues el colorido de las especias no se lo podían perder. Por ahora estaban más interesadas en las joyas, cueros y cachivaches varios, así que se dirigieron al de An- Nahassin.
 Multitud de turistas como ellas curioseaban en el interior de las tiendas  o en la misma calle donde se ofrecían las mercaderías. Era un bullir de gente que hablaba en distintos idiomas y que vestía de mil formas, lo que producía en la chica una sensación inigualable.
Hermelinda se acercó a curiosear, entrando en una de aquellas tiendas donde había infinidad de bolsos de cuero colgados en el tenderete de la entrada. Eligió uno, e inconscientemente pregunto como si estuviera en un mercadillo español...
- ¿Cuánto vale este?
Al momento se dio cuenta de que debía de haber preguntado en ingles o tal vez en francés, pues el orondo vendedor de traje y corbata que la observaba, a buen seguro que no sabía español. Se equivoco. El hombre, que tapaba una incipiente calva con un fez de fieltro rojo oscuro le dijo...
- Hispaniola ¿en quieres pagar?: Libras egipcias, dólares, euros...
- ¿Entiende mi idioma?
- Ya ves que sí, hispaniola. Si tu pagas en dólares pagas cincuenta, si tu pagas en euros pagas setenta.
- Vale, gracias.
- Hispaniola tú no marchas, tú habla conmigo. Tú sabes que comercio no solo dinero, comercio habla, comercio llega a acuerdo, ¿sí?.
- No me interesa, gracias.
- ¿Tu di donde eres, hispaniola?
- Soy de Asturias..
- Ah, bonita tierra, yo comercio bueno en Asturias. Sí, pequeña tienda en feria muestra. También antes, de niño, en Madrit, en feria de campo donde estuve con mi padre. Hermano de padre, Escolta Mora de Franco. Asturias tres años yo, mucho vendo sí. Ti lo dejo en cincuenta euros, ¿sí?
- No, gracias.
- Hispaniola, ¿tú no sabes de comercio? Tu ahora dicir: yo solo dar veinticinco, y así, yo baja, tu subes y llega  acuerdo, ¿sí?. Porque a ti gusta bolso, ¿no?. Tu mira, piel de cabra, cosido mano, bien trabajo, todo mano, no máquina. Ti lo dejo en cuarenta.
- Le doy veinticinco euros.
- Tú si negocio bueno, hispaniola. Tu aprendes rápido. En tu tierra pagas mas di setenta cinco euros, pero tú no vienes aquí y compras mismo precio. Yo comprendo, tu quieres compra más barato, yo vendo menos seis mil pesetas de antes. ¿Treinta y cinco y cierra negocio?.
- Vale, cerramos el negocio en treinta y cinco.
- Adiós hispaniola. Cuando próximo verano vaya tu tierra, ven a verme, hablamos, tomamos té, y posible negocio.

Hermelinda y Aurora continúan el paseo a la caza de alguna ganga o de algún regalo que llevar de vuelta a casa. De pronto, sobre los mil ruidos del zoco, se oyen voces en tono un tanto imperativo. La gente trata de apartarse del centro de la calle por donde varios hombres, egipcios a juzgar por su vestimenta, corren en pos de otro que parece europeo.  Hermelinda no tiene tiempo de reaccionar, el perseguido choca contra ella cayendo ambos al suelo. Cuando logra zafarse, se levanta y ve con horror como en la espalda del caído una roja mancha de sangre se va esparciendo alrededor de un puñal que lleva clavado. Aurora, asiendo a la chica del brazo la apremia para huir de allí a toda velocidad. Un corro de curiosos, se ha cerrado en torno al muerto haciendo caso omiso de los asesinos, que se han diluido entre la masa, y mucho menos de las dos extranjeras.
Fin parte1ª.


viernes, 25 de julio de 2014

Acaldar.

Supongo, que cuando no sabes la definición de una palabra, es intuitivo el recurrir a algo que se le asemeje. Acaldar, se puede asociar a caliente o cálido, quizá por el parecido con la palabra italiana "caldo". Entonces, acaldar podría ser calentar. Deducciones estas un poco triviales, pero cada cual puede deducir lo que le dé la gana, aunque la realidad sea otra. 

Veamos lo que dice el DRAE:
Alcaldar.
(Del lat. *accapitāre 'recoger').
1. tr. rur. Cantb. Arreglar, concertar, poner en orden.
2. prnl. rur. Cantb. Dicho de una persona: Acomodarse en un sitio conveniente.

Comenzaremos por Accapitare. He encontrado lo siguiente: accapitare significa también "obtener, conseguir"  y el proceso fonético, según Julio Campos en Prehistoria latina del español, puede formularse así:
accapitare > acaptare > acabdar > *acaudar > acaldar >acadar.

La forma románica astur, Acaldáse "ataviarse, adornarse" parece que ha desaparecido, y solamente encuentro "caldar", sin la a, que puede ser: Ubre de la vaca o de la mujer. También significa fuego vivo, y, rizando el rizo, "caldiar" es caldear, enhuerar los huevos, excitarse, enardecerse.


Con este rollo patatero quiero decir, que las deducciones a tontas y a locas no son convenientes, que hay que ir a las fuentes para no meter la pata.

martes, 15 de julio de 2014

El Mirón que Tarareaba Palarmi D´amore Mariú.



El Chafardero Nacional. Diario de noticias.

"Despiden a una secretaria tras salvar la vida de un hombre"


Nadie diría que eran las cuatro de la tarde de un día de primavera, rayano ya en el verano. Cual si fuera el comienzo de una película de terror, el cielo estaba poblado de gruesos y negros nubarrones. Allá en lo alto, se oían los truenos precedidos por invisibles rayos, que no obstante, aclaraban fantasmagóricamente las nubes. Tal parecía que se estuviese librando una batalla nocturna. No había viento, tampoco lluvia, pero parecía a punto de hacerlo en cualquier momento. Los sensores que hacen encender el alumbrado público, entraron en funcionamiento para mitigar aquella oscuridad semejante a un eclipse.

El hombre, tras los cristales de su apartamento en el cuarto piso, atisbaba la calle. Pocos coches y menos gentes, que con andar presuroso, se afanaban por llegar a sus destinos.

Frente al piso, una marquesina acristalada anunciaba un perfume con el reclamo de una pareja en biquini y actitud sensual. Y el hombre, al contemplarla, tatareaba aquella bella canción "Parlami d´amore Mariú"  a la par que rememoraba las escenas protagonizadas por Vittorio De Sica, en la  cinta donde se echaba un baile al son de la canción. ¡Qué diferencia tan abismal!

Una joven caminaba por la acera; esbelta figura, zapato de tacón, gabardina que ceñía el delicado talle con el cinturón, y, colgada del hombro, una cartera grande de cuero, a semejanza de aquellas que llevan los carteros.

Por el lado contrario, un hombre presumiendo de su fortaleza; camisa manga corta y botonadura abierta enseñando el pelo en pecho como si fuese un legionario. Casi verano, sí, pero la temperatura andaba por los catorce.

Del cielo cayeron unas gruesas gotas espaciadas y calientes. Un segundo después, las gotas se convirtieron en chorro continuo, como si cien millones de botijos descargaran a la vez. Mujer y hombre corrieron a guarecerse bajo la marquesina. El agua formaba regatos por la calle, buscando los sumideros que a duras penas tragaban lo que les llegaba. Cesó el chubasco de forma tan repentina como había empezado, pero apenas fue un instante. Lo peor estaba por llegar; el agua se trocó por granizo, unos granizos tan gruesos que parecían huevos de paloma.

La joven, asustada, se refugió en una de las esquinas, bien pegadita a los cristales, mientras el individuo sonreía burlonamente. El repiqueteo ensordecía de forma tan sobrecogedora, que temiendo lo peor, ella se colocó el bolso sobre la cabeza. Y lo que temía, sucedió; el cristal del techo, a pesar de ser convexo, lo que le confería mayor resistencia, se rompió. El hombre dio un instintivo salto hacia atrás, tropezó con los asientos y cayó cuan largo era. Los fragmentos caídos y el granizo lo asaetearon y golpeaban sin misericordia. Por encima de una de las rodillas, un cristal parecía haber cortado una arteria. El pantalón comenzó a empaparse de sangre, bajaba por la pernera y se escurría bajo los redondos guijarros de hielo. El tipo lanzaba imprecaciones y gritos de dolor mientras trataba de contener la hemorragia apretando el muslo con sus manos.

La joven, parapetada en aquella esquina, y resguardada en parte por un trozo de la techumbre, se dio cuenta de la gravedad del incidente. Se quitó el cinto de la gabardina y fue a prestar ayuda tratando de colocar un torniquete. El granizo golpeaba su cabeza, abrió la cartera, sacó un legajo de papeles que dejó en uno de los asientos y se la puso a modo de montera. Apretó con fuerza, pero no era suficiente. Entonces, el hombre quiso quitarse el cinto y entrambos ataron un nuevo torniquete. Acto seguido, llamó por teléfono, pero ya la sirena de ambulancia sonaba cerca: el mirón también había llamado.
Las nubes fueron desapareciendo y el sol a brillar. Del manuscrito apenas si quedaban unas hojas emborronadas.


"El editor y representante del famoso escritor Manuel Montemayor, despidió ayer a su secretaria, la joven que perdió el manuscrito de la última novela que Montemayor había estado preparando durante tres años.

viernes, 4 de julio de 2014

Aceche.


Hoy traigo dos palabras nuevas. La primera puede inducir a error, todo depende como tantas veces, del contexto. Pero, así, sola, pude inducir a equívoco.

La segunda, que es el significado de la primera, no la recordaba aunque debía, ya que he trabajado en la industria siderometalúrgica y la química.

Aceche pudiera ser el presente de subjuntivo del verbo acechar, pero no es el caso. Aceche es:

(Del ár. hisp. azzáǧ, y este del ár. clás. zāǧ).
1. m. caparrosa.

Y, aunque me sonaba, por más que pensé en ello, tuve que ir al diccionario para saber lo que era la caparrosa.

Caparrosa.

(De or. inc., cf. fr. couperose).
1. f. Nombre común a varios sulfatos nativos de cobre, hierro o cinc.
~ azul.
1. f. Sulfato cúprico, empleado en medicina y tintorería.
~ blanca.
1. f. Sulfato de cinc.
~ roja.
1. f. Variedad de la verde, roja o amarilla de ocre.
~ verde.
1. f. Sulfato ferroso, usado en tintorería.  

Entre otros usos de estos sulfatos, sirven para:
El sulfato de cobre o caparrosa azul, se utilizaba, ahora no lo sé, como plaguicida para las patatas. Por lo común, se sulfataban contra el escarabajo, y daba un color azulado a las hojas que se perdía con el agua de lluvia.

El sulfato de zinc o caparrosa blanca, se utiliza para el cincado o galvanizado del hierro, que evita la corrosión.

El sulfato de cobalto o caparrosa roja, se utiliza para la preparación de pigmentos en loza y cristal.

El sulfato ferroso o caparrosa verde,  se utiliza para eliminar la riqueza de nutrientes en el agua, que hacen proliferar las algas agotando el oxigeno (eutrofización).