domingo, 26 de octubre de 2014

Amor Nefando.


La calle está desierta a aquella hora tan temprana. El hombre, enfundado en un guardapolvo, salió de una de las casas. El sonido de unos cascos sobre el empedrado se oyen hacia el final de la cuesta, pero aún no se ve a nadie. Empujó el forcaz sobre el que llevaba sus utensilios y, con paso decidido, enfiló calle adelante. A poco apareció un peón sobre un burro con sendas alforjas, seguramente camino de la milpa. Al cruzarse se dieron los buenos días. Al final de la calle también se acaba el empedrado, el camino se estrecha y el piso es puro polvo bordeado de abrojos. Al fondo, la ciudad que va despertando, espera.

Un trecho adelante, una encrucijada y gentes que como él se dirigen a sus chambas, se le unen. Llegan a la terminal de la línea de autobuses. El hombre se quitó el guardapolvo que fue a parar al carruco. Media hora de viaje le dejó en la Plaza Mayor; Ayuntamiento, Juzgados, negocios, gente y bullicio que pronto comenzaría a ser trepidante.

Nuestro hombre, joven, de traje gris, camisa banca, corbata negra y zapatos del mismo color, a los que sacó lustre en el bus, se colocó en el lugar que desde siempre venía ocupando; bajo los soportales, a la puerta del juzgado. Del carro sacó un tríptico de cartón que desplegó rodeándolo a modo de parapeto, luego, dos sillas plegables y una máquina de escribir que colocó sobre la tapa dura del bolsón. Una de las partes del tríptico, estaba orlada con una estrecha bandera tricolor, en el centro podía leerse: "Horacio Fernández, taquimecanógrafo diplomado por la Academia Buenaventura". Remataba la composición un dibujo de una máquina de escribir, una pluma de ave y un tintero. En las otras dos partes, la propaganda de sus trabajos; Cartas de amor, familiares y de trabajo. Rellenado de impresos e instancias, caligrafías especiales y otras labores.

Y se sentó a esperar.

Aquél día era jueves, cosa a tener en cuenta, pues a partir de ese mismo día, todos los jueves venideros, a la misma hora, durante un tiempo, tendría la misma clienta. La joven, no más de dieciocho años, se acercó temerosa.

- ¿Favor de escribir una carta?

- Con sumo gusto, cinco pesos el primer pliego y a tres los siguientes. ¿De acuerdo?

- Sí, de acuerdo.

- Necesito saber a quién quiere escribir, el motivo, y si tiene pensadas las palabras, o si quiere que yo interprete sus sentimientos y ponga las mías. Usted me dice, yo escribo, leo, si le gusta se deja, y si no lo cambiamos. ¿Agarró la onda?

- Sí, de acuerdo.

- Pues dígame.

- Yo le explico.

Pero a ella le costaba empezar; una mano cogía a la otra y la otra a la una en un nervioso movimiento de rotación, mientras su cara denotaba cierta angustia.

- Siéntese por favor, y no se preocupe, todo es empezar. Sus secretos estarán bien guardados, pues los echaré al olvido en el momento en que la carta se acabe.

- Yo hago las habitaciones en el hotel de mi tío, donde se hospedó por una semana, un señor con su criado de nombre Manuel Mendoza. Él es un guapo mozo, muy hablador y simpático. En el tiempo que tenía libre, me buscaba, hablábamos y nos hicimos novios. Me prometió que volvería en dos meses y que entre tanto me escribiría. Pero temo le haya sucedido algo, ya han pasado tres, y ni una carta he recibido. Quisiera preguntar por él. Aquí tengo su dirección que saqué del registro.

- Bien, no ha sido tan difícil, ¿verdad?

- Gracias, me dio usted confianza.

- Empecemos: "Querido Manuel" ¿Le parece bien comenzar así? Aunque estén enamorados, para ser la primera vez que le escribe, creo que no debe de ir más allá.

- Sí, me parece bien.

  "Querido Manuel, quisiera ante todo saber si estás bien. Me preocupa que hayas tenido un accidente o que quizá estés enfermo. Aunque va en el remite, te envío la dirección por si acaso la hubieras perdido; Juanita Olmedo Márquez, Hotel Regente, calle Veracruz 67".
"Recuerdo con alegría los momentos que pasamos juntos, y lo mucho que me hiciste reír. No sabes cuánto desearía platicar contigo, disfrutar de aquellas historias que me contabas y pasear por la alameda al atardecer. Añoro también otras cosas que solo tú y yo sabemos. En espera de un pronto regreso,  o al menos una carta, te envío un abrazo".

- ¿Cree usted que así bastará?

- Bueno, me parece correcta, está bien.

- Una pregunta personal; ¿Cómo es que una joven como usted, no sabe escribir?

- Mi mamá murió. Aún era yo una escuincle, me recogió mi tía que por entonces tenía mucho trabajo en la fonda, yo la ayudaba todo el día.

- Y ahora, ¿ no puede acudir a una escuela?

- Me da vergüenza, entre los niños... tan mayor...

- Las hay para adultos, pero si quiere y tiene tiempo, yo la puedo enseñar.

- Lo pensaré. Aquí tiene sus pesos.

Vio alejarse aquella grácil figura, coletas con lazos del mismo paño que la falda y blusa bordada al estilo china poblana, y no dejó de pensar cuan villano fue el que la sedujo. Pero un nuevo cliente reclamaba sus servicios.

Ha llegado el jueves, y la mocita llega nuevamente hasta donde Horacio atiende a alguien. Pasea nerviosa mientras él la mira de reojo y está a punto de equivocarse por dos veces. ¡Es idéntica a María Félix! Piensa, mientras ella mueve una carta cual si fuera un abanico. La lleva a sus labios, se acaricia la mejilla.

- Su turno Juanita.

- ¿Recordó mi nombre?  Y su cara denota extrañeza y complacencia.

- Jamás olvido una cara, sobre todo si es bonita.

- Gracia que usted me hace. Me escribió Manuel. Quisiera que me leyera la carta para contestarle.

Horacio toma el sobre que abre delicada y parsimoniosamente con un pequeño estilete en forma de alfanje. Ella se sienta. Están muy cerca; las confidencias no deben trascender  más allá de aquella barda de cartón. La niña huele a jazmín. Ojos negros, cejas que arquea no se sabe si entre interrogación o picardía. El labio; lo justo, un poco más gordezuelo el inferior. De vez en cuando los aprieta hacia adentro, para humedecerlos. Y se ven más rojos, más carnosos y apetecibles. Horacio, se da cuenta que no aparta sus ojos de esos labios, que está haciendo muecas cual si quisiera chupetearlos.

- Señor... la carta ya está abierta...

- Sí, lo sé, pero es un momento transcendental que requiere de una pequeña pausa. ¡Quién sabe lo que la misiva contendrá!

Él lee ávidamente y en silencio. Un momento de duda; mentir o no mentir.

-Podía haber leído:

"Apreciable Juanita:

Perdone el tratamiento y que haya tenido que acudir a un intermediario para que escribiera esta carta. Me dicen, que hace unos meses me caí del caballo, como consecuencia de ello, he perdido la memoria además de otras secuelas. Siento no recordarla, pero comprenderá, que si a familia y amigos soy incapaz de reconocer, difícilmente pudiera hacerlo con usted.
Le ruego, no obstante, continúe escribiéndome, lo que posiblemente pueda redundar en beneficio de ambos.
Un saludo Manuel".

Pero optó por:

"Desconocida señora, no se haga ilusiones. Soy la mujer de Manuel y estoy cansada de que este pendejo ande tras cualquier escoba con faldas. Le agradecería que no volviera a escribir, mi hombre es mío a pesar de todo: Tenemos cuatro hijos.
No sé cómo ha conseguido esta dirección, pero sepa que si hubo algo entre ustedes, él ya lo olvidó. Siempre sucede así, va de macho, pero vuelve a mí.
Siento que se lleve un disgusto, pero eso la enseñará a medir sus actos de aquí en adelante".

Juanita ha encajado el golpe, ha erguido la espalda con determinación, e incrédula, tiende la mano para recuperar la carta.

- Señor, he decidido que quiero aprender a leer y escribir. Si le parece, todos los jueves a esta hora vendré para que me enseñe.

Y a Horacio se le abre el cielo al que da gracias por no haber caído en la tentación de mentir. El roce hace el cariño, el cariño puede dar paso al amor. Él sabrá buscar la forma de que Juanita olvide aquél amor nefando.



viernes, 24 de octubre de 2014

Matar es Fácil: Manolo el Erizo.



Hay quienes piensan que las personas pueden cambiar, que no siempre somos iguales, que por uno u otro motivo, nos vemos en la necesidad de agradar, reivindicar, de ser solidarios, valientes, osados, canallas, traidores a una causa... aunque para eso hayas de dejar de ser tú. Es posible, aunque a mí me parece que los genes son los genes, y en ellos está escrita nuestra forma de actuar en la vida. Pero, ¡qué sé yo, pobre zonzo!

Nos conocíamos desde la guardería. Él, Manolo, siempre pegado a mí cual si fuéramos gemelos, parsimonioso, callado, mustio y obediente. Yo, todo lo contrario. Seguramente por eso congeniamos; el uno mandaba, el otro obedecía, y, solamente cuando algo estaba mal, o no funcionaba, el razonamiento simple, claro y escueto de Manolo prevalecía.

El erizo es un mamífero insectívoro, que al verse amenazado se enrolla en forma de bola dejando solamente al exterior sus agudas púas. Para ganar su confianza, basta dejarle en un cuenco todas las noches, un poco de leche, o un puñado de pienso de perro. Así comenzó la amistad entre pareja tan dispar en aquellos lejanos años de la guardería, con una chocolatina.

Hasta los diez y seis sacaba notas brillantes sin estudiar apenas, luego fue bajando en las calificaciones. Yo me siento un tanto culpable de lo que le sucedió. Lo llevaba de discotecas, aunque él se aburría como una ostra, solamente por  complacerme.
Pensaba, que había de cambiar algo para que su modo de relacionarse fuera más abierto. Tal vez me equivoqué, Tomábamos algo, comenzó a fumar petardos. Decía que aquello le abría la mente, le inhibía y colocaba en un estado de euforia... alucinante. ¿Consiguió por ello más amigos? ¡No! Aquella euforia pasaba y caía de nuevo en el abatimiento y en la introspección.

Cuando, enganchado a las drogas duras, quiso volver atrás y no pudo, o no quiso, me contó las causas que habían forjado su personalidad. Su padre, abogado de renombre, le zurraba de lo lindo la badana a su madre. A la hora de odiar, a los dos odiaba; al uno por machista y tirano, y a la otra por dejarse hacer sin un solo reproche: Él es así. Esa era la escusa de ella.

Lo fui a ver a la cárcel.
- Mira Víctor, no pienso decir ni palabra, sería denigrar más a mi madre, y he comprendido, que ella ha sido la única que siempre me ha querido, la que ha estado de mi lado, defendiéndome de él.  De pequeño se ponía por medio, cuando cinto en mano me medía las costillas por una simple travesura, por una mala nota. Así, pronto comenzó a recibir ella también. Volcaba en nosotros, el asco que sentía por los compañeros de profesión que le ganaban algún caso, por cualquier revés que tuviera por mínimo que fuera. No consentía ni una palabra, ni una mirada de reproche, estaba siempre en posesión de la verdad, y si así no lo fuera, era igual: Yo soy aquí quien manda, el amo, y gracias a mi vivís sin dar palo al agua.

- Había dejado el Rhoipnol hacía unos días, estaba atacado de los nervios, cuando aquella noche oí jaleo en su habitación. Sus voces me estaban volviendo loco, fui a la cocina y cogí un cuchillo con ánimo de asustarle. Mi madre estaba desnuda, acurrucada en un rincón, él también estaba desnudo, increpándola por no hacer lo que él quería, de la forma en que él- siempre él- lo quería.

- ¿Qué, piojoso existencialista? Desde que me dejara la barba me llamaba así. ¿Acaso piensas defender algo hoy?  Metió el dedo en la llaga de mi manifiesta cobardía. Se vino hacia mí sin darse cuenta de lo ridículo que me pareció; con el bolo colgando, los brazos en jarras, cara chulesca y desafiante. Mi madre temió lo peor, se levantó y trató de meterse por medio, más por protegerme a mí que a él. La apartó de un empujón y preparó la mano para sentarme de una bofetada, pero reculó dos pasos con cara de estupor agarrándose la barriga. El cuchillo entró hasta el mango sin yo saber como.



Ahora pregunto: ¿Influyeron los genes, en el proceder de Manolo, o quiso simplemente cambiar, dejar de ser lo que siempre fue?


miércoles, 22 de octubre de 2014

Tolano.


No quiero engañaros como otras veces. Podría decir que Tolano es el gentilicio de los habitantes de Tula, la antigua Tollan-Xicocotitlan, capital del estado tolteca, y alguno caería en la trampa. En realidad, a los mejicanos de Tula de Allende, se les denomina Toluqueños/as, y a los de Tula Tamaulipas, Toltecos/as. He encontrado que hay una Tula en Italia, concretamente en Cerdeña, cuyo gentilicio es Tulesi, y también una Tula en Rusia de la cual  desconozco su gentilicio.

El Tolano, es una fibra rica en una queratina de gran dureza cuando sus moléculas están unidas, también posee elasticidad, resistencia, y porosidad. Es mal conductor de la electricidad, y el agua produce en la fibra un hinchamiento que le hace volverse esponjoso. Su color varía; rubio, pelirrojo, castaño, negro, gris o blanco, admitiendo tintes de otros colores.

Si crees saber de qué estoy hablando, te afirmaré que así se llama el pelo, ese que nace en el cogote. Sí no lo sabías, no te preocupes, tampoco yo conocía ninguna de las acepciones siguientes y que encontré por pura casualidad.

Tolano:

1. m. Veter. Enfermedad que padecen las bestias en las encías.

Picarle a alguien los tolanos.
1. loc. verb. coloq. Tener mucha gana de comer.

Tolano2.
1. m. Pelillo del cogote.


jueves, 16 de octubre de 2014

La Casa Vacía.


       La casa estaba vacía de gente. Los que en ella habitaron, murieron. Los vivos, los que les continuaron, están en otros lugares y solamente de tarde en tarde aparecen por allí.

Al principio, en los primeros días tras su muerte, notaban los hijos la presencia de sus padres. Era como un aura, que les envolvía, como un hálito apacible, y sin embargo, lóbrego, donde la  tristeza  se adueñaba de ellos.

Ahora, un tiempo después, les parece que ésta presencia se va debilitando hasta el punto de llegar a establecer un dilema; ir, o no ir. Por un lado desean que ésa aura intangible no desaparezca, y quieren ir a buscarla. Por otro, dudan en encontrarla, tienen miedo y prefieren no ir.

Cuando van, tocan los muebles en la creencia de que tocarán sus manos, y solo el polvo dejado por el tiempo tocan. Que importa la casa, que importa lo material que en ella hay y a lo que se aferran, lo que verdaderamente importa son los momentos, la huella que esas personas han dejado en cada uno de nosotros. Es cierto que todos mostramos el reloj del abuelo o del padre con orgullo, con una complacencia fuera de lo común. Aunque no es menos cierto, que a nadie les importa.

Yo creo que aferrarse a cosas materiales que pertenecieron a esos nuestros queridos fantasmas, no significa más que el miedo que tenemos a perderlos. Y eso es malo. Eso significa que no estamos seguros del cariño que les profesábamos. Que era poco lo que los amábamos.

Al principio, siempre sucede lo mismo al principio, vamos a menudo al cementerio. Les ponemos la más suntuosa lapida que nuestros bolsillos pueden, o, que incluso no pueden. Llevamos flores y competimos con los de al lado para ver quien tiene mejor y más cuidado aquél trozo de tierra o aquél agujero. ¿Para qué tal competicia? Nuestros fantasmas saben que el verdadero templo de nuestra consideración, de nuestro cariño, está dentro de nosotros mismos. ¿Acaso no vale más una oración, que unas flores llevadas por rutina? ¿Es que quizá, por apurarte a llevar el ramo, crees que a sus ojos quedas mejor? ¿No te das cuenta de que otros llevan esa rosa en su corazón y que no hace falta que la gente lo vea?

No lo haces inconscientemente. ¡Quieres que tanto tus fantasmas, como los demás, vean que te acuerdas de ellos! Así, pronto esas flores se convertirán en rutina, y esa rutina matará el amor. Dejará de ser un querido fantasma para convertirse en un simple recuerdo, un recuerdo que quizá el tiempo borrará también.

martes, 14 de octubre de 2014

Talabartero.


(De talabarte).

Natural de Talabarte, provincia de...

Ya sé que no voy a engañar a nadie pero, ¿sería tan descabellado pensar que existe la cuidad de Talabarte? Creo que el nombre sería bonito para un pueblo, y en esa creencia, me dio por buscar por ver si lo encontraba. Vano intento.

Sin embargo, siempre se aprende algo, aunque sea de una búsqueda infructuosa.  Pero vayamos por partes; Talabartero es lo mismo que:

1. m. y f. Guarnicionero que hace talabartes y otros correajes.

Por si alguien no recuerda el significado de talabarte, ahí va:
 (Del provenzal talabart).
1. m. Pretina o cinturón, ordinariamente de cuero, que lleva pendientes los tiros de que cuelga la espada o el sable.

Retomo lo anterior, no sin antes decir, que me gusta mucho la guarnicionería, y que cuando voy a una feria o mercado, no dejo de visitar el camión del guarnicionero. Recordé al buscar la quimérica ciudad de Talabarte, que hace tiempo había seleccionado una palabra que también tiene que ver con el tema; "Guadamecí", así que la busqué.
 (Del ár. hisp. ḡadamisí, y este del ár. ḡadāmisī, de Gadames, ciudad de Libia).
1. m. Cuero adobado y adornado con dibujos de pintura o relieve.

Me llamó la atención la ciudad de Gadames, y me entretuve leyendo sobre sus habitantes; los garamantes, pueblo que ya era importante hacia el siglo VI a. C. y que Cervantes cita en el capítulo XVIII del Quijote, donde se narra la batalla contra dos rebaños de ovejas que cree ejércitos.
... y has de saber, Sancho, que este que viene por nuestra frente le conduce y guía el gran emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo el rey de los garamantas, Pentapolín del Arremangado Brazo...


En fin, lo dicho, siempre se aprende algo.



viernes, 10 de octubre de 2014

Las dos Mozuelas.

                                             Luis Garay. La taberna del barrio de San Juan.

Devolví la mirada a aquél tipo que lo hacía desde unos ojos, donde la pupila dilatada apenas dejaba apreciar el iris. Una mirada que parecía asustadiza, vacía de los recuerdos más próximos, donde la senilidad campaba sin duda a sus anchas. Porque vamos a ver, ¿qué fue lo que  cenaste anoche? No sé. ¿Albóndigas? ¿Un filete de pollo? No, tal vez fue un huevo frito con patatas. Sí, fue eso, sabía que era algo relacionado con el pollo. El pollo... Para que digas que todo se me olvida... Cuando era un pollo casi imberbe, comencé a coger la navaja de mi padre para quitarme el bozo. Desde entonces, y han pasado casi setenta años, vengo utilizando la brocha, el jabón y la navaja. Por aquél entonces estaba enamoriscado de dos mujeres a la vez; Andrea y Enriqueta. Las dos tenían seis u ocho años más que yo, y mira cómo eran las cosas, a Andrea todos la tenían por casta y a Enriqueta por todo lo contrario. Sin embargo, recuerdo bien cómo se depilaba Andrea el entrecejo, los sábados a la hora de la siesta. Se sentaba a la solanera en la acera de casa, con espejo y pinzas, y, uno a uno, los iba eliminando. Yo me tumbaba frente a ella, los codos apoyados en el piso, las palmas bajo la barbilla, agarrándome los mofletes y esperando a que ella comenzara con las piernas. Entonces era cuando las abría y cerraba mientras miraba de reojo el efecto que me causaba el ver sus partes más intimas. Un día la miré de frente, a aquellos ojos grises y fríos, y le dije que se quitara las bragas. Entró en la casa y apoco salió volviendo a su faena, pudiendo contemplar yo en toda su magnificencia, aquel mi primer pubis de moreno vello. Enséñame las tetas, ordené más que pedí, envalentonado por haber conseguido lo que creía imposible. Y ella dijo que allí no podía, que podría pasar alguien o asomarse a un balcón. Entonces, al ver mi cara de disgusto, tuvo una idea; vamos dentro, todos duermen, en el zaguán las verás. Para que continuar, ella salió con su novio como siempre, a eso de las siete, y como siempre se fueron por el camino del río, con otras parejas, pero sin cogerse de la mano siquiera, aplacada su libido.

Decían en el barrio, que las monjas del hospicio, endosaron a Enriqueta a la señora Obdulia, viuda reciente y sin hijos. Es una niña dócil, muy mañosa y qué está falta de cariño - le dijeron-  tiene doce años y te puede ayudar en la casa y en la taberna. Y Obdulia aceptó, para ver crecer a la niña y convertirse en una mocita a la que los clientes, medio en broma medio en serio, pellizcaban el culo. La taberna, como el barrio entero, era misérrima. Frecuentada por trabajadores un tanto hoscos, que mataban sus penas a base de porrones de vino pellejero, y hablando continuamente unos con otros, del trabajo "peonil" al que se dedicaban. Sus vestimentas y el olor que despedían, hablaban bien a las claras de su pobreza. y algo más. A mí se me antojaban tipos siniestros con aquella pinta de judíos, que vi en carteles de propaganda nazi, tal vez por los tonos oscuros, las gorras esas tipo andaluz y las barbas que solo rapaban una vez a la semana. Los que trabajaban en la tejera, olían a barro, los albañiles a cemento o cal, y alguno había que olía a humo y carbón de la fragua. Con todo, no eran estos los olores predominantes, que lo eran el sudor rancio, a montuno, el ajo y la cebolla. Mi padre, que también paraba en el bar al salir del trabajo, daba un tufillo a grasa y gasolina; era mecánico de coches, y mi madre siempre lo obligaba a meterse en la ducha antes de ir a la taberna. No era ésta  mas que una rejilla de tablas sobre la placa turca que tenía por retrete en el taller, y una cebolleta en lo alto, que en verano gustaba de utilizar, pero que en invierno, con aquellas nevadas, procuraba rehuir al menos hasta el sábado. Yo lo iba a buscar a la taberna con la disculpa de que ya estaba la cena, pero era por ver a Enriqueta, de piernas finas y torneadas, culo prieto y teta menuda y puntiaguda, al contrario que Andrea que las tenía calderonas. La moza consentía los pellizcos que desde niña le propinaban, pero que a nadie se le ocurriese poner la mano abierta y acariciadora sobre sus nalgas, la bofetada era sonora y la bronca mayúscula. No obstante su proceder, para las mujeres del barrio era una perdida ¡quién sabe lo que sus maridos les contaban al llegar a casa! Como quiera que fuera, la pobre chica siempre cargó con el sambenito, y los que quisieron ser sus novios, iban a lo que iban y decían lo que decían, sobre todo, cuando apercibida ella de sus intenciones, cortaba toda relación. Pero ¡hay! tanto va el cántaro a la fuente, que al fin se rompe. Cuando me fui al servicio militar -donde se ha visto a uno de Zamora, ir voluntario a marinería al Ferrol- la Enriqueta tiraba más que una escopeta de feria. Mientras Andrea, que continuaba aquél largo noviazgo, dejó mojar a su novio. ¿Verdad que sabes el motivo, viejo zonzo? Ella te apremiaba, sí, a ti, y tanto, que por dos veces te dijo que estaba preñada. El casorio fue tan rápido como tu fuga, y el resultado apareció a los siete meses. ¿Te das cuenta de que ahí van pelos y señales? ¿De qué te lo he contado todo al dedillo? Si, majadero, eso es lo que tiene la senilidad; recuerdas el pasado, pero no lo acontecido ayer, antes de ayer, la semana pasada. Déjate ya de cuentos chinos, de amoldar el pasado a tu conveniencia y acaba de afeitarte. ¿Acaso no estás harto de ver tu careto en el espejo?

sábado, 4 de octubre de 2014

El Viaje de Hermelinda. Epílogo.


Todo acabó bien: A Omar y a la mujer del difunto, nadie les molestó. Ella continuaría la labor de su marido dando trabajo a los hombres y mujeres de su pueblo.

Abú, recibió el dinero que aún no había cobrado de la excursión, a pesar de que se daba satisfecho con los regalos que dejaron en la faluca y la recuperación de su hijo sano y salvo.

El jefe de policía de Quena, y los policías que participaron en la detención de Amir, fueron condecorados como prometiera Malek.

El piramidión volvió a ser expuesto en la sala del Museo. Los diarios publicaron una entrevista con el Director en la que aseveraba que la pieza jamás salió del museo. Que el robo había sido una patraña, y que había permanecido en los sótanos para una limpieza concienzuda de los jeroglíficos.

A Amir, dada su cooperación en el asunto, lo dejaron en libertad sin cargo alguno. Repartió el dinero con sus hombres, también libres, y con las familias de aquellos que al parecer se comieron los cocodrilos. Hoy trabaja para la policía.

Aurora fue madrina en la boda que se celebró en Gijón entre Hermelinda y Malek. La familia del novio acudió al completo, casi cuarenta personas incluido el director del museo.

 Kazam, el perro de Hermelinda llevó los anillos.

Hermelinda pidió la excedencia, pero nunca se reintegró al trabajo; tiene uno bastante bueno al lado de su marido, pero sobre todo, emocionante.


FIN


Para Ana con cariño.

 30/09/2014.

El Viaje de Hermelinda. Cap. II Parte 8ª


Cada cual ha entendido aquello a su modo, pero sin duda todos han quedado sorprendidos.

El director de la policía, no sabe cómo ha de actuar. ¿Ha incumplido alguien la ley? No lo sabe, una cosa tiene clara; Amir parece que es el único que ha delinquido y manda lo esposen hasta que el Secretario del Interior decida.

Malek y Hermelinda se vuelven al Museo con su tesoro. Van sentados atrás en el coche en que vinieron, la una mira al otro; su cara es una pura interrogación.

- ¡Qué! -pregunta por fin Malek- Ya te dije que estabas en una tierra diferente, aquí puede suceder lo impensable.

- Malek, ¿has visto tú moverse las figuras del mural? ¿Has oído la voz del muerto? ¿Y esa luz blanca? ¿No será el alma que voló hasta el paraíso donde reina Osiris, el Aaru?

- Amor mío, ¡cuánto te quiero! Las luces no son más que un recurso técnico, lo demás, son imaginaciones tuyas influenciada por el ambiente. Mañana tus sensaciones y percepciones te harán verlo todo con lógica.

- ¿Y cómo explicas que haya comprendido toda la ceremonia? ¿que haya entendido las palabras? Tal vez las luces se deban como dices a un recurso técnico, pero, ¡parecía todo tan real!

- Omar y el oficiante han hecho bien su trabajo, ese hombre, si está en el más allá, agradecerá sus desvelos. Entender ha sido fácil para ti; conocías el ritual, lo has visto plasmado en la pared... Pero, dime, ¿qué crees que decía el muerto?  Yo solo oí al sacerdote, y apenas dos palabras entendí.

- He dado trabajo y pan. Mis campesinos tienen derecho a la tierra que trabajan pasado un tiempo prudencial. El beneficio que he obtenido, se reinvierte en más tierras que servirán para alimentar a los que vienen detrás. He sido honesto y no hice mal a nadie. Jamás desee aquello que a lo que no tenía derecho, y en muchas ocasiones cedí ese derecho antes que provocar conflictos.


- Sin duda eso es lo que en realidad piensas. Has unido la leyenda a tus propias inquietudes, a tu propia forma de comprender la vida.

viernes, 3 de octubre de 2014

El Viaje de Hermelinda. Cap.II parte 7ª


El supuesto hombre de Amir, hizo lo que se le ordenó. Se abrió la puerta por la que comenzó a salir una procesión; Abría la misma, un sacerdote rapado hasta las cejas como signo de pureza. Vestido con túnica de lino blanco sobre la que portaba piel de guepardo, calzaba sandalias de papiro, y portaba en  sus manos los atributos para la ceremonia; el jerep y la hedj - el cetro y la maza- símbolo de poder. Otro de semejante guisa, le seguía perfumando el camino con incienso, luego, cuatro porteadores llevaban  unas angarillas y sobre ellas un escuálido difunto. Diez mujeres que portaban ofrendas cerraban la comitiva, que, a paso lento y en silencio, se dirigieron a la mastaba.

Al ver la comitiva, los que estaban dentro se arrimaron a las paredes dejando espacio. La única luz que penetraba en el recinto era la que la puerta dejaba pasar. Cuando el Sumo Sacerdote se paró frente al piramidión, el que le seguía dio fuego a varios pebeteros y unas antorchas cerrando las puertas. Los porteadores se mantuvieron estáticos y posicionados para, en un momento dado, elevar las angarillas hasta los soportes.

Los que no participaban de la ceremonia, pudieron ver ahora a un difunto sobriamente vestido; un shenti o faldilla atada con cinturón de cuero, y el nemes en la cabeza. Como joyas, un sencillo pectoral sobre el pecho descubierto y un brazalete.

Hermelinda comparó el flaco rostro del difunto con el de la reproducción del papiro de Hunefer; el difunto era el que allí estaba pintado. Él era, quien acompañado por el dios portador del Anj con cabeza de chacal; Anubis, iba de su mano hacia la balanza.

Hermelinda recordó lo que Malek le contara sobre el juicio de Osiris, y en el mismo instante comprendió que el hombre, el Señor, el difunto, había escenificado su propio juicio.

El sacerdote levantó el cetro. Las caras de la pirámide se iluminaron; de añil, las casas norte y sur, de bermellón, las  casas este y oeste, proyectando la pulimentada piedra, cual si de un espejo se tratara, los haces hacia el techo de forma que los colores formaron una pirámide invertida tocándose los vértices de ambas.

El sacerdote levantó ahora la maza, y los porteadores izaron la camilla hasta los soportes retirándose dos pasos. Entonces, comenzó a dar vueltas en torno a la camilla recitando una perícopa monótona y adormecedora.

 El humo de las antorchas, el olor del incienso y el calor del lugar sin ventilación alguna, iba cargando la atmósfera de tal modo que Hermelinda estaba algo mareada. Le pareció que el mural cobraba vida, que Anubis tomaba el corazón del difunto colocándolo en la balanza ante la vigilante mirada de Ammit, ansiosa su boca de cocodrilo por devorar al muerto. Thot, el dios escriba con cabeza de ibis, anotaba los resultados del pesaje de las acciones del difunto comparándolas con el peso de la pluma de Maat.



Hermelinda parecía escuchar la voz del muerto tratando de superar  la prueba:

¡Salve a ti, gran dios, señor de la Justicia! He venido a ti, mi señor, para que me lleves de forma que pueda ver tu belleza, porque yo te conozco y conozco tu nombre; y conozco los nombres de los 42 dioses que están contigo en esta Sala de Justicia, que viven de aquellos que aman el mal y que se tragan su sangre en este día de considerar los caracteres en presencia de Unnefer.

"Mira, yo he llegado a ti; te he traído la armonía, he rechazado la falsedad por ti. Yo no cometí falsedad alguna contra los hombres. No empobrecí a mis socios. No hice daño en el Lugar de la Verdad. No he aprendido lo que no es. No hice mal. No hice diariamente que fuera excesivo el trabajo que debía hacerse para mí. Mi nombre no alcanzó los despachos de aquellos que controlan a los siervos. No he desposeído al huérfano de su propiedad. No he hecho lo que los dioses detestan. No he calumniado a un sirviente ante su señor. No he causado dolor. No he provocado hambre. No hice llorar. No he matado ni he mandado matar. No hice sufrir a nadie. No disminuí las ofrendas de alimentos en los templos. No he destruido los panes de los dioses. No he arrebatado la comida de los espíritus. No he copulado. No me he comportado mal. No disminuí los suministros de alimento. No he disminuido la arara. No he invadido los campos. No añadí nada a los pesos de la balanza.. No rebajé nada de la plomada de la balanza. No arrebaté la leche de las bocas de los niños. No privé a los rebaños de sus pastos... "
... "Mi único pecado, ha sido forzar el préstamo de la pirámide, pues yo, como Amenemhat, deseo marchar hacia Orión"


El oficiante ha dado por terminada la salmodia, se ha detenido y Hermelinda parece despertar del encantamiento; ya no hay movimiento, ya  no oye la palabra. El sacerdote levanta una vez más el cetro, los haces de luz bicolor desaparecen, mientras que bajo el muerto, en el vértice de la pirámide, durante un segundo, una estrella de blanquísima luz parece haber estallado.

La ceremonia ha concluido, llevan al difunto a la capilla donde lo depositan en un sencillo ataúd de madera, las mujeres dejan las ofrendas, y la puerta se cierra con los sacerdotes dentro.

Omar abre la puerta de la mastaba para que entre más luz, también acciona el mecanismo para abrir la tapa superior por donde entró el piramidión, y Malek ordena a sus hombres que lo retiren.

El viaje de Hermelinda. Cap.II Parte 6ª



Cuatro hombres en coche se acercaron hasta el portón de la finca donde otro les esperaba.

- Soy Amir -saludó- dejando ver todos las armas que portaban.

- Ya sé quién eres, yo te llamé. Ven, te diré primero donde debéis de colocar la grúa, todo está planificado.

Amir, que por arte de birlibirloque se había convertido en jefe de la pequeña partida, quiso "humillar" un poco al jefe de la policía - Tú , ven conmigo - le dijo en tono conminatorio. Y el jefe, con mirada un tanto desdeñosa, les siguió. Caminaron por fuera del recinto hasta la tapia del lado norte.

- Este es el sitio, desde aquí lo introduciréis. Ahora vayamos dentro para que podáis inspeccionar lo que os interese.

En la finca había una casa grande a dos alturas pegada casi al muro sur. Dejaron un hombre en la puerta mientras los otros tres inspeccionaron concienzudamente todos los huecos. Todos menos uno. El hombre, que se identificara como Omar, le pidió a Amir que aquella puerta solamente debía abrirse cuando el piramidión estuviera colocado. Amir aceptó un tanto intrigado, pero dejó un vigilante delante por si acaso.

Frente a la casa, un pequeño jardín daba paso al huerto resguardado de los vientos del norte por un bosquecillo. Un camino cortaba en dos la parcela que conducía hasta una mastaba de unos cuatro metros de altura y quince de lado. Estaba conformada en su parte exterior, por losas de piedra caliza que parecían proteger los ladrillos de adobe con que estaba construida. En el interior, solamente una capilla de paredes estucadas y pinturas murales con escenas de la vida diaria, mientras en la sala de acceso, bajorrelieves con imágenes de animales e inscripciones de los textos de las pirámides, flanqueaban una pintura representando la escena del pasaje 125 del Libro de los Muertos, el que se refiere al juicio final del difunto ante el tribunal que permite el acceso a la vida de ultratumba.
En la sala de acceso, que ocupaba casi todo el espacio, justo en el centro, había un estrado  y sobre él, una base de las mismas proporciones de la que en el Museo se exponía la pirámide y cuatro soportes verticales.

Amir hizo una llamada- Todo es correcto, traed la pieza.

Apenas diez minutos más tarde, la grúa estaba en su sitio, elevó la pieza y la pasó al otro lado del muro. Se abrió una trampilla en la base superior de la mastaba y la jaula de tubos de hierro donde iba el piramidión comenzó a bajar. La operación quedó finalizada cuando, guiada por los operarios, la asentaron sobre la base y despojaron de la jaula.

- Ahora puedes decir a tu hombre que golpee tres veces la puerta que custodia.

jueves, 2 de octubre de 2014

El Viaje de Hermelinda. Cap.II Parte 5ª





El mismo día en que se publicó la noticia del robo en el Museo, Amir recibió la llamada que todos estaban esperando. En las dependencias de la policía, estaba reunido un gabinete compuesto por el Secretario de Asuntos Internos, Director de la Policía de El Cairo y adjuntos, el Director del Museo, Malek, Hermelinda y Amir. Se hizo el silencio, el delincuente descolgó y todos pudieron escuchar la conversación.

- Al parecer has conseguido lo que se te pidió. Envía una foto tuya junto a la piedra y un diario con la fecha. Recibirás instrucciones.

- No haré tal. ¿Acaso piensas que soy tonto para dejar constancia de lo que hice? ¿Qué sé yo de ti? Entregaré la pieza en un lugar, el día y la hora que me convenga a cambio de lo prometido.

- El asunto urge. Te daré una dirección donde lo llevarás. Puedes enviar a alguno de tus hombres para que atestigüe que no es ninguna encerrona. Nosotros somos de fiar, te buscamos para el trabajo, estamos satisfechos de cómo van las cosas y esperamos que se cumpla el acuerdo. Efectuado el ritual al que se destina la pieza, es deseo de mi señor que lo devuelvas al Museo.

- Está bien, mandaré a unos hombres, y si todo es conforme, así se hará, dame la dirección.

- Apunta; 29º 58´ 26.5368", 31º 8¨25.677"

- ¿Qué es eso que me das?

- Son las coordenadas.

- ¿Y no sería más fácil que me dijeras el lugar?

- Es el punto exacto. Me llamas cuando falten cinco kilómetros, yo mismo te recibiré.

- Has estado bien Amir- dijo el Secretario- un punto de desconfianza y otro de ignorancia que ha convencido a tu interlocutor para conseguir la dirección. ¿A qué lugar corresponden las coordenadas? - preguntó al jefe de policía que miraba las fotos del satélite con sus ayudantes.

- Está en Guiza. Es una finca con un caserón y árboles. Todo el perímetro está rodeado de muro bordeado por un camino. Lo rodearemos colocando cinco camiones con diez hombres cada uno que se desplegarán cubriendo todas las salidas. Una vez apostados, llegará el piramidión.

- Me parece bien el plan, y mucho mejor que quieran devolver la pieza. Pero, pregunto ¿ No podríamos detenerlos ya?

- Hemos de cogerlos con el cuerpo del delito, de otra forma, únicamente se podría juzgar el secuestro, los promotores de la idea negarían la vinculación y quedarían libres.

- Bueno, nos han puesto las cosas bastante fáciles hasta ahora, podremos entrar y saber para qué es ese ritual para el que la necesitan. Solamente falta por dilucidar quienes entrarán en la finca.

- Entenderán ustedes, que lo lógico es que la lleve el mismo equipo que la sacó del museo. La pieza está a nuestro cargo, nosotros somos los expertos y nosotros tenemos los medios. Por tanto, Malek y su nueva ayudante, el maquinista del camión grúa y los cuatro operarios, serán por nuestra parte los que inexcusablemente irán.

- Señor director, como responsable de la seguridad del Museo, estoy de acuerdo con usted, no pienso perder de vista la pirámide ni un solo segundo. Aceptando el acuerdo del, llamémosle el intermediario, y Amir, la policía puede enviar en descubierta unos hombres haciéndose pasar por los de este.


- Bien, pues si no hay opinión en contra, queda resuelto el asunto. Esperemos que no les parezcan demasiados ladrones; en total van a ser una docena de personas.

El Viaje de Hermelinda. Cap.II Parte 4ª


Malek había vuelto a El Cairo en avión mientras Hermelinda, acompañada por Malcom, se reunía con Aurora como habían acordado. Apenas les quedaban unas horas de conversación; Amelia regresaba a España y Hermelinda volvería junto a Malek.

- Han pasado solamente unos días y estás cambiada, niña; tu cara refleja felicidad. También algo más; Ya no muestras esa expresión un poco... ¿impertinente? cuando te reafirmas en aquello en lo que crees y de lo que estás segura.

- ¿De veras pongo esa cara?

- Bueno... le das a la cabeza hacia atrás, levantando la barbilla y cerrando los ojos. Quizá por ello no les gustas a tus compañeros del Ayuntamiento.

- ¿Así que soy una impertinente marisabidilla?

- No mujer, digo, que ellos pueden pensar eso, pero se equivocan. Tienes un gran corazón, fe en ti misma y coraje para defender tus opiniones. No pongas esa cara chiquilla, ¿quieres saber una cosa? El otro día no tenía mucha gana de ir de excursión, me quedé en el barco al fresquito y tomando unas margaritas - yo creo que falsas, aquello no sabía a tequila - pues bien, me dio por buscar Hermelinda en Internet. ¿Sabes lo que encontré? Esto:
"Naturaleza emotiva y perceptiva. Se expresa por medio de la investigación y la comprensión. Ama la libertad de movimiento, de pensamiento y de vida. Le gusta sentirse deseada, se distingue por su delicadeza, se apasiona con las cosas del amor, del honor y de la familia, tiene buen criterio, le gusta el misterio y es de imaginación  fecunda".

- ¿Crees que te atañe en algo? Yo creo que acertaron de pleno al ponerte ese nombre.

- ¡Bah! Paparruchas.

- ¡Sí, sí, paparruchas! Será por ello que te quedas...

- Solamente unos días más Aurora, me quedan otros diez de vacaciones... tenemos que resolver el caso que te conté, y para qué negarlo, estoy enamorada.

- ¿Y cuál es el plan? Supongo que tendréis alguno.

- ¿Del falso robo, o del casorio?

- Qué palabra más fea, Herme, lo tuyo será una buena boda.  Un casorio es algo que se hace sin juicio, vosotros, además de juicio, estáis hechos el uno para el otro, estáis enamorados, seréis felices y vais a tener muchos hijos. Lo sé.

- De la resolución del caso, hasta que ese desconocido no dé la cara nada se puede hacer, de lo otro tengo muchas dudas; Son dos culturas diferentes, dos formas de ver la vida, la distancia, mi padre, que tal vez espera que lo acompañe en la vejez...


Aurora tomó el avión tras una despedida emotiva- no dejes de llamarme cuando vayáis, quiero veros y abrazaros- y Hermelinda regresó con Malcom a El Cairo.