viernes, 28 de noviembre de 2014

Noche de Sorpresas.


No todos los cuentos necesitan música, aunque he pensado que este sí. Contrariamente a lo que pueda parecer por la imagen, no voy a recomendar "I Wanna Be Loved By You". Me gustaría que se oyera, a la par que se lee, "En Un Mercado Persa".
Que vos preste.

Noche de Sorpresas.
Aquella fue una noche de sorpresas. No por haber cenado en un indonesio donde degustamos más de cuarenta platillos, si no por lo que sucedería a continuación. El restaurante, muy bien para aquellos a los que les gusten las especias, y sobre todo el arroz. Yo, como mi abuelo, suelo comer poco de él, se me llena la boca de granos, y aunque soy carnívoro, el pollo tampoco me va.

La primera sorpresa surgió al salir. Anduvimos por el Barrio Rojo admirando la "lencería", y cerca de allí, descubrimos una sala de fiestas donde se anunciaba un espectáculo de striptís. Eran la pareja, los teloneros de la actuación principal; Tania y Lorena, "Las Reinas de la Copla Española" que con profusión de fotos se anunciaba  a la entrada.

Pedimos una botella de Bols, tónicas, colas, hielo y limones para preparar los combinados al gusto de cada cual. A poco, la orquesta, que había estado tocando bailables, comenzó a interpretar "En un mercado persa". La luz y el ambiente muy bien llevado, la actuación de la pareja, que por el momento iba bastante tapada, un poco chabacana. Pero quizá esté siendo demasiado crítico.

Entró él, con atuendo beduino, tirando de una reata de camellos de peluche, no más altos de medio metro y sobre ruedas. A mi modo de ver simbolizaba la llegada de los camelleros al mercado. Dejó los juguetes a un lado y comenzó a dar saltos y volteretas, hasta que en un momento dado, se colocó junto a los atriles para entonar la letra, que llevó al público a cantar con él, cual si fuesen el coro de los mendigos.

El hombre se multiplicaba, haciendo de encantador de serpientes o malabarista, hasta que entra en escena la princesa. Bailan entonces los dos, y sin saber el motivo, tal vez un amor a primera vista, ella queda como su madre la echó al mundo y él en eslip. Solo ha sido un momento, pues cuando el escarceo comienza a ponerse serio, aparece, se supone, el padre de la princesa.

 Si alguien creía que el califa iba a tener pinta de Harún el Pussah, se equivocaba, mas se parecía a su visir Iznogud; bajito, narigón, con un turbante de tres arrobas y un alfanje que le arrastraba por el suelo. Temerosa ella, recoge la ropa y sale corriendo, el califa hace mutis por el foro y vuelven a cantar los mendigos. La obra está a punto de terminar, recoge también el camellero, y aquí acaba la historia. Aplausos, saludos, aplausos y algún bravo.

Llega el turno del plato fuerte. Tania y Lorena cantan "Solo te pido". Nosotros cuatro, coreamos el estribillo con tal pasión, que llevamos a muchos de los presentes, a hacer lo propio.
... Solo te pido, solo te pido
que me hagas la vida agradable
si decides vivirla conmigo...

Un hombre que dijo llamarse Kauffman, y apasionado de España a donde acudía de vacaciones dos veces al año, pidió permiso para sentarse con nosotros, en la mano traía otra botella de Bols. Permiso concedido.

Las morenas continuaron con sus interpretaciones de coplas y pasodobles, entre que las que intercalaban corridos mejicanos que coreábamos. Los guiños y sonrisas de agrado que nos dirigían, se tradujeron en otra botella a la que invitó la casa; habíamos caldeado el ambiente de tal modo, que bien se merecía una recompensa.

Las chicas hicieron un descanso y vinieron a saludarnos. Para entonces yo estaba algo achispado. Las invitamos a sentarse con nosotros y aceptaron. Que si tal que si cual, que si de Valencia que si de Bilbao, que si bailas, que bueno.

- Oye Lorena, me gustas mucho. Perdona si meto la pata, estoy en el Krasnapolski, ¿querrías venir conmigo?

- ¿Para?

- Mi habitación es grande, me pierdo en ella.

Y nos fuimos para allá. Todo iba viento en popa. Cogidos por la cintura atravesamos la Plaza Dam donde ya casi no quedaba gente. Subimos hasta el tercero. Yo traté de meter mano comenzando por los exuberantes senos, pero ella me detuvo para preguntar:
- ¿Recuerdas el final de "Con faldas y a lo loco"?

viernes, 21 de noviembre de 2014

Don Ginés se fue a Guerrear...



Cuentan de un conde llamado don Ginés de Vasconcelos, que, entrado en años y sin descendencia, al menos legítima, mandó reunieran en su castillo a todas las doncellas de entre catorce y veinte años, con ánimo de esposa buscar, y al ducado diera continuidad.

Encaprichose, dicen, con aviesa intención, de una hermosa plebeya, hija de un labrador, que llevaba las tierras otorgadas tiempo ha por el rey, a una su hermanastra para que fundara la abadía de Santa Ana, laguna feraz en medio del secarral que el ducado era, y que don Ginés poseer ansiaba.

Quizá pueda matar dos pájaros de un tiro- pensó- Pues en la abadía no quedan más que cuatro monjas viejas, y cuando mueran, según la madre abadesa, todo será de la niña Aldonza, a la que ellas tuvieron que criar.

Casose pues don Ginés con Aldonza, más poco duraron las mieles del matrimonio, pues habiendo muerto el rey, su hijo y sucesor, quiso emular y aún superar, las hazañas su padre, a costa de los moros, de manera principal. Llamó el rey al fonsado, y don Ginés hubo, con sus mesnadas partir, para el pacto de vasallaje cumplir.

Abrían la marcha, ondeando al viento, los estandartes, y al paso del atambor, el conde, sus sargentos de armas, piqueros, arqueros, infantería con escudos y espadas, carpinteros, peones y carreteros con un par de trabuquetes y las tiendas de campaña.

Creyó don Ginés, que su joven esposa lo despediría desde la torre del homenaje, tal vez desde la puerta, o quizá desde la entrada del castillo, pero Aldonza no apareció ni en torre, ventana, puerta, ni siquiera a la entrada. No era de extrañar; la dueña estaba de muy mala uva, por la desconfianza manifiesta, que su esposo le demostrara.

Algunos escarceos contra los sarracenos, y la hueste del rey ha llegado a las puertas de Zamora, donde tres meses ha, que tienen sitiada la plaza. Y dicen, que mientras, Aldonza maquinaba la forma, de aquella indignante prisión, su cuerpo sacar. Y aunque nada dijeron las crónicas,  de boca en boca corría, gracias un juglar que por los pueblos hacía malabares, además de cantar.

- Es menester contar
una historia que aquí traigo, con rima boba en AR
y allí donde no rimara, añadid si os pluguiera,  AR

- Érase un conde, que se fue a guerrear
dejando a la dueña en su castillo
a quien recién acababa de desposar.

- Aldonza, esto es la guerra,
no una razia cualesquiera;
No sé cuánto tiempo ha de durar,
por ello, y para tu bien, he de te guardar.

- Y pusóle el conde, un cinto de castidad
que al herrero mandara fabricar,
eso sí, con las medidas que ella ¡oh ilusa! creyera le tomar
para unas bragas de tafetán.

- Heme aquí mancillada
con este artilugio infernal
para mi virtud preservar 
de aquellos, que según vos, quieren mi mal.
¿Acaso no es verdad,
que defender vuestro honor buscáis,
para que Vas-con-celos el cornudo no os osen llamar?
¿Y si ya estuviera preñada?
A poco, mi barriga hinchada,
me haría morir de aquesta manera cinchada.
Poca fe en mí tenéis
y os juro que esta afrenta, muy cara pagaréis.

- No te ocupes, mujer
si tal cosa sucediera
digo, preñada estuvieras
ya alguien digno de confiar
prestamente proveyera
de la segunda llave... u otro menester.

- Y Aldonza, para sé justificar
que del cinto se logró zafar
-gracias a la llave segunda, que en el abate
Ginés hubo de confiar-
con un doncel yació
que muy presto la preñó.
Aquí acaba la historia
de doña Aldonza y don Ginés,
cornudo que hubo de legitimar
tomando por suyo, el hijo del doncel. 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Genaro y la Sicología Inversa.


A veces es necesario ver las orejas al lobo para cambiar nuestras actitudes ante la vida.

Genaro era un ingeniero que a menudo mantenía la misma discusión con el médico de la empresa. Discusión que nunca llevaba a ninguna parte, pues cada cual se mantenía cerril en su posición.

- ¡Que no me hago ningún reconocimiento, que me importa un comino la obligatoriedad de la norma! ¿Para qué buscar algo que quizá encuentres? ¿No está así mejor? ¿Acaso me ves cara de enfermo?

- Olvidemos la obligación. Estás sometido a mucho estrés, muchas horas de trabajo, te fumas a diario entre dos y tres paquetes de cigarrillos, y le das de lo lindo al café. Eres un firme candidato para cualquier cosa, cualquier cosa, que con tus años puede ser letal.

Hasta que un día, Genaro le dijo al médico que le diera algo para la indigestión, que había comido más de la cuenta en el restaurante y tenía una bola en el estómago. Y Mauricio, el médico, vio venir aquella cualquier cosa que esperaba desde hacía mucho tiempo, y se lo llevó al hospital sin auscultarlo siquiera.

Mauricio intuía que la placa estaba a punto de obstruir una arteria, pero la cosa fue más allá. Genaro acabó con el pecho abierto y el corazón en una bandeja donde le cambiaron un par de tuberías.

Lo importante del caso, no fue la operación, que la tuvo. Lo importante fue lo que pasó por la mente de Genaro mientras estaba, digamos... descorazonado y que cambió un tanto su vida.

Aunque se había preparado sicológicamente para el momento, con imágenes alegres donde sus niños correteaban por la playa y cosas semejantes, su cerebro plasmó otras muy distintas. Se vio saliendo de su tumba, y sentarse sobre la losa buscando en los bolsillos un cigarro que no encontraba. Ni bolsos tenía, pues para el funeral ni siquiera lo vistieron, que únicamente le colocaron una simple mortaja. Allí sentado, vio como otros difuntos salían de sus tumbas y se acercaban a él para darle las gracias. A muchos de ellos, ni siquiera los conocía, otros por el contrario eran amigos, vecinos, compañeros de trabajo o empleados de la empresa, y todos sin excepción, le narraban el por qué de hallarse en aquel lugar.

Genaro se recuperó y comenzó a trabajar de nuevo, pero lo dejó pasado un tiempo, en vista de los acontecimientos que sucedieron. Tenía una misión que cumplir.

En un cuadro de alimentación eléctrica, manipulaba un operario, Genaro se fue hasta él y le dijo: ¡No toque ahí que hay peligro! Pero el operario con una sonrisa de sabelotodo, respondió ¿Donde, aquí? Y se electrocutó. Genaro fue al funeral.

Fue a casa de su vecino José, y el dijo: Vete al médico, tu vida corre peligro, estás de la próstata. Pero José no le hizo caso y se murió de cáncer. Genaro fue al funeral.

A un ayudante suyo, le pidió que se quedara aquella tarde para un trabajo, pero el hombre le respondió que aquél día le era imposible; Su hijo debutaba con el equipo en un partido, y se marchó. Genaro fue al funeral, el ayudante se mató en un accidente cuando iba para casa.

Se dieron muchos casos similares, todos con el mismo resultado. Renegando de su incompetencia para convencer a aquellos que maldito el caso que le hacían, despertó de aquel sueño con la ayuda de las dos bofetadas que le dio el cirujano.

- ¿Estás ahí? Despierta que ya estás listo. ¿Cómo te llamas, cuantos dedos ves aquí?

Y Genaro, con toda la conciencia, respondió, hizo votos por no olvidar el sueño, y se durmió un tanto intranquilo. 

Fue a la vuelta al trabajo, cuando en carne y hueso vio al electricista que se dirigía a aquél cuadro, y supo lo que iba a suceder. Entonces lo acompaño, le preguntó qué era lo que iba a reparar, y tras la explicación, le dijo que antes de tocar nada hiciera una prueba para ver si funcionaba el disyuntor. El hombre se quedó lívido cuando comprendió que pudo haber muerto de no ser por el Ingeniero.


Fue entonces que dejó el trabajo para dedicarse a salvar las vidas de todos aquellos que conoció en su sueño, empleando, las más de las veces, eso que llaman sicología inversa. Y es que somos tan cabezotas, que a menudo reaccionamos en contra de lo estipulado, o de aquello de lo que nos quieren convencer por necesario, a sabiendas de que ni se trata de coartar nuestra libertad, ni de menoscabar nuestra intimidad, actitud etc.

lunes, 17 de noviembre de 2014

La Dilma que se llamaba Luisa, y La Rosi.


Tras una noche con exceso de lujuria, me había quedado a dormir la mañana en aquél hotelito al que solía acudir con "la Rosi".  Ella se llevó mi coche, cosa que hacía a menudo por aquello de seguir trabajando. "Que el tiempo es oro y a ti te hago precio especial". Así que me vi condenado a tomar el autobús para volver a casa.

La estación era un hervidero; media y larga distancia, internacionales y viajes programados por alguna agencia. Gentes que suben, que llegan, despedidas, reencuentros, y yo que lo pierdo por cinco minutos. El siguiente en salir tardará hora y media. A ver en que me entretengo.

Me leo el diario mientras tomo un café en un bar cercano. Mucha gente, no es de extrañar; descafeinado largo, de sobre, zumo tetrabrik, dos pastas y trozo de bizcocho por 1,20€. Voy al baño; tres urinarios y una cabina. Apenas abro la puerta, me doy la vuelta a toda prisa, alguien parecía que tenía el cólera. El tufo me ha revuelto las tripas y la próstata le está dando órdenes urgentes a la vejiga para que se vacíe. Se me ocurre un pareado bastante chabacano: Para mear, he de buscar otro lugar. Y me voy a los lavabos de la estación.

La limpiadora tiene colocado el cartelito ese de "precaución, piso mojado"  y está dando los últimos toques a la entrada.

- Moza, no tengo más remedio que pisar lo que fregaste.

- No te preocupes, ya terminé y está seco. Me dice con acento brasileiro.

Estoy deambulando por los andenes. La limpiadora anda ahora atrapando colillas con el cogedor y la escoba. Me fijo en ella que a su vez me mira de reojo, parce que me persigue. Le saco parecido con la Dilma de hace treinta años, esa que es presidenta de su país. Sí, está muy bien.

Ha llegado un autobús de Rumanía con un gran remolque donde seguro que vienen los equipajes. Metedura de pata por mi parte; la gente recoge unos escasos bártulos del maletero y se larga sin abrir el remolque. Los rumanos tiran cada cual para su lado con la convicción que da el conocimiento del terreno. Poca sicología la mía, estos, llevar llevan, pero traer... 

La Dilma se acerca y trata de entablar conversación.

- ¿No llega el tuyo?

- Aun falta más de media hora.

- Pues yo voy a hacer mi descanso, te invito a un café.

Este huevo sal quiere. Pienso y acierto, aunque nunca pude imaginar lo que a continuación sucedería.
Creí que iríamos a la cafetería aquella de donde salí pitando, pero ella me condujo hacia el cuarto de taquillas. Un cuarto pequeño, con los enseres de la limpieza, y dos taquillas sobre un banco de madera. Abrió una de ellas y sacó un termo invitándome a sentarme.

- Esto es café y no lo que dan ahí enfrente. Me llamo Luisa.

- Y yo Mario. Gracias por el café, huele muy bien.

- Gracias, expresamente traído de mi tierra. Te he estado observando, y tengo una proposición que hacerte. Verás. Tengo treinta y ocho años, llevo cinco en España y tres en este empleo. La vida me trata bien, soy fija de empresa, vivo en alquiler, y me arreglo. Me gustan las cosas sencillas y sobre todo naturales. Te recalco lo de naturales, pues ese es el motivo para mí proposición: ¡Quiero tener un hijo! Me he fijado en ti y quisiera saber si estás dispuesto a que nos conociéramos mejor.

Debía de tener cara de tonto; ojos como platos, boca abierta, incredulidad manifiesta.

- Oye Luisa, ni siquiera me has preguntado si estoy casado o comprometido...

- No llevas alianza.

- Eso es indiferente... Bueno, en realidad no lo estoy. Soy soltero de toda la vida y por tanto egoísta, no me gusta que me manipulen, ordenen, se metan en mis cosas. Me gusta vestir como yo quiero, comer lo que me dé la gana, salir, entrar, dormir, incluso fornicar a mi manera y sin perspectivas de algo que no deseo.

- A ver Mario, no te pido que te cases, ni siquiera que vivas conmigo. Solamente quiero conocerte, y si llega el caso, que de modo natural, me hagas un hijo. Solo eso, sin condicionantes ni responsabilidades para ti.

- Debía de haberte dicho que no me gusta el café. Me voy, ya es la hora del bus.

- Te invito a cenar y lo hablamos con calma, ¿vale?

- Dame tu teléfono, lo pensaré.

No la pude apartar de mi mente durante toda la tarde. Pensé mil cosas raras, hice cábalas del por qué yo y no otro, a cuantos se lo había pedido... pero, mientras pensaba, preparaba un traje, elegía una corbata, otros zapatos.

Llamé por teléfono a Rosi para ir a recoger el coche - tengo algo que contarte - y lo hice de pe a pa, tal y como había sucedido.

- ¿Y vas a ir? Me dijo con cara de mala leche.

- Sí, creo que sí. ¿Tú qué piensas?

- Que eres un idiota, un cretino que no ve lo que tiene delante de los ojos. Quince años llevó contigo, esperando, y ahora me sales con esas. Te va liar la bailadora de samba, y en cuanto tengas el hijo, renunciarás a tu vida cómoda de reyezuelo engreído.

- Oye, oye, ¿qué mosca te ha picado? ¿Acaso estás celosa? Lo tuyo solo es trabajo... por el que pago...

- ¡Estúpido! En cuanto te conocí, deje el oficio. No ha habido otro si no tu. Tengo trabajo en una red de perfumerías de la que soy gerente. En cuanto al dinero que me das, a ti revierte, piensa.

Por mi mente pasaron los teléfonos de última generación, los vinos de reserva, aquellos gemelos de oro... tantas cosas. Pero al fin y al cabo, aquello solo eran banalidades, lo importante era que ella siempre estaba a mi lado, que gozaba cuando todo me iba bien y me animaba en los momentos bajos. Ella ya no era la estudiante metida a putilla a quien conocí con solo diecisiete años, aunque en realidad tenía veinte. Por mi había cambiado de vida, se había superado, su entrega era para disfrute de ambos, y si nunca me habló de amor, tampoco yo lo hice, tal vez por pura cobardía, o porque de verdad era un engreído. Nunca me preocupó demasiado su vida, puro egoísmo por mi parte, pero tampoco ella había mencionado ese hecho, y me mantuvo en la creencia, de lo que ya no era. ¿Motivo? No sé, las mujeres son demasiado complicadas. ¡Ah! No trates de excusarte. Sin duda esperaba un primer paso por mi parte, la constatación de que era importante para mí y no solo el pasatiempo de los fines de semana. ¡Pero tantos años!

Tenía los ojos acuosos ahora que su furia se había calmado. Me tendió las llaves del auto con un "ahí tienes" que remató con "no vuelvas a llamarme". Traté de atraerla hacia mis brazos, y nuevamente metí la pata; Lo hemos pasado bien tu y yo, no te aflijas, no la veré más... Por un momento, su rostro se encendió y pensé en que volvería a encorajinarse, pero su expresión mudó a una profunda tristeza.

- Sigues sin entender nada.

No me atreví a ir a ver a Luisa, pero la llamé por teléfono.

- Luisa, lo siento, pero no voy a ir esta noche. Quiero agradecerte lo que has hecho por mí, pues gracias a lo que me propusiste, he comprendido que yo también estaba falto de algo, y que ese algo, lo más importante de mi vida, siempre lo he tenido a mi lado.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Hablar Solo, que no Solo Hablar.



De un tiempo a esta parte, me vengo fijando en las gentes que hablan por la calle. No de aquellos que mantienen una conversación con otras personas, si no con sigo mismos. Los hay que al verte, se dan cuenta, callan y miran atrás por ver si te fijaste en ellos, son sobre todo hombres.

 Otros continúan como si tal cosa, abstraídos con el yo le dije, él me dijo, que se vaya a la mierda, estaría bueno, y un sinfín de palabras más que cojo al vuelo. Suelen ser mujeres, y alguna, mayor ya, incluso reza.

Me hago el sueco, pues no quiero que ocurra como aquella vez en que me fijé en alguien, probablemente con estupor o descaro, y me voceó hecho una furia: ¡Que miras, tonto! ¿Acaso te importa lo que digo?

Hay un cafetón con solera, donde la gente acude a pasar el rato. Afuera en la terraza suele haber conversadores, los de dentro, algunos juegan silenciosamente al ajedrez, mientras los más leen los diarios. Hay uno que lo hace mascullando las palabras, por los movimientos de los labios de un segundo, me entero de la noticia que lee aunque lo hace en silencio. Un tercero, leída la frase o el párrafo mentalmente y sin movimiento labial, las apostilla en voz alta: ¡Tonto el haba! ¡ Eso quisieras tú! ¡Ni a tocino sabes aunque te unten! y cosas por el estilo.

Pensando, pensando, he llegado a la conclusión de que todos hablamos solos de vez en cuando. Yo, por ejemplo, cuando arreglo algún cachivache, suelo decir bien alto ¡soy el mejor! y cosas por el estilo. ¿Quién no se ha ensalzado así mismo, por alguna acción que cree relevante? Nadie. Es un estímulo que demuestra la alegría sentida por el logro. Así que, no pensemos en que la gente que habla sola, está loca de atar. Alguno hay, pero la mayoría, entre los que me encuentro, lo hacemos a menudo como cuando de chiquillos tratábamos de aprender la tabla del siete; para memorizar algo importante. Es decir, que estoy rejuveneciendo.


martes, 11 de noviembre de 2014

Divagaciones entre Somnolencias.


Me llamó la atención no hace mucho, alguien que en el centro comercial silbaba una canción, bajito y con gusto. Pensé en un reponedor, y me fui tras la musiquilla. Un tipo con una cesta estaba leyendo los ingredientes de una lata de tomate frito, cosa para mí imposible, pues aparte de no saber silbar, considero muy difícil hacer ambas cosas a la vez. Creo, que aunque  yo supiera, olvidaría el tema de la canción para silbar con esta letra... ochenta por ciento de tomate trituraaaaooo; ¡ye, ye!, aceite de oliva virgeeen, ¡ea ea! sofrito de ajo, perejil y cebollaaaa, ¡plas plas! sal y asuqitaaaa, ¡yeepa! la fecha de caducidad es bueeenaaa.

Hablando de cantar, a veces me sucede como hoy: Estaba en la cama medio despierto medio dormido, escuchaba el ruido de los coches sobre el asfalto, apenas el motor, pero sí los neumáticos que me indicaban que llovía o había llovido, lo que hizo que me arrebujara aun más bajo las mantas con un escalofrío.
Si, bajo las mantas, que de un día para otro  la temperatura bajó un montón. Aunque esto de las mantas en la cama, viene de familia. Tenía yo una tía que no podía dormir bien, aunque fuera en verano, sin un par de ellas. Pues ahora me sucede a mi lo mismo, y lo mismo que ella, esgrimo el mismo argumento; necesito peso encima. A tal punto llegó la discusión con mi mujer, que se largó para otra habitación. Ahora duermo solo, y aunque anoche me puso una manta más, y ya son tres, sigo necesitando peso.

Pero estaba hablando de cantar, y eso voy a hacer. Cantaba para mis adentros bajo las mantas, cuando me di cuenta que recordaba la letra de antiguas canciones que creía olvidadas. Me sorprendí a mí mismo, pero mucho más me sorprendió, que tras repetir un par de veces la canción, empecé a olvidar algunas partes por fijarme demasiado en el significado de las palabras, o tal vez por la visión de una Sara Montiel en plena y exuberante juventud, cuando cantaba aquél... Bésame, bésame mucho, como si fuera la última vez... Y por más que lo intentaba, no era capaz de salir de aquello. Así que dejé de cantar para concentrarme en otra cosa.

 Un nuevo escalofrío, me llevó a pensar cuando en un día de sol del mes de noviembre, quise bañarme en aquella playa grande, fría y solitaria de un pueblecito holandés. Caminaba, caminaba, hacia las minúsculas olas, y apenas el agua me cubría los tobillos. Entonces comencé a sentir una sensación rara, sensación que se fue convirtiendo en un miedo indefinido. Me di la vuelta a todo correr. Estaba acostumbrado a mi Cantábrico donde de dos zancadas te puedes zambullir de cabeza. ¡Ah sí! Aquello era otra cosa. Hasta estaba entrando en calor, hasta las mantas pesaban lo que debían pesar. Pero, ¡coño! las mantas no dan besos.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Carilla.


La palabra de hoy, es para aquellos que tengan paciencia y curiosidad.  Me llamó la atención la última acepción, pues de los billetes, al igual que de los sellos, se puede aprender bastante. De las monedas... algo menos. Veréis la razón.

Carilla.
(Del dim. de cara).
1. f. careta (de los colmeneros).
2. f. Plana o página.
3. f. judía de careta.
4. f. dieciocheno (moneda que se acuñó en Valencia).

Dieciocheno.
3. m. Moneda que se acuñó en Valencia en tiempo de la dinastía austriaca, y que lleva en el anverso la cara del rey y en el reverso las armas de aquel reino. Valía 18 dinerillos.

Veamos lo que es un dinerillo:
Dinerillo.
(Del dim. de dinero).
1. m. Moneda antigua de vellón que independientemente se acuñó en Aragón y Valencia. El de Aragón era algo menor que un ochavo, y algo mayor el de Valencia.

Sin duda hemos leído u oído hablar del real de vellón, pero, ¿que era el vellón?
Vellón.
(Del fr. billon).
1. m. Liga de plata y cobre con que se labró moneda antiguamente.
2. m. Moneda de cobre que se usó en lugar de la fabricada con liga de plata.

Es decir, el vellón podía ser solo de cobre, o una aleación de cobre y plata.

El dinerillo también nos ha traído una nueva moneda; el ochavo.
Ochavo, va.
(Del lat. octāvus).
2. m. Moneda española de cobre con peso de un octavo de onza y valor de dos maravedís, mandada labrar por Felipe III y que, conservando el valor primitivo, pero disminuyendo en peso, se siguió acuñando hasta mediados del siglo XIX.
Ochavo  moruno.
1. m. Moneda pequeña de cobre sin acuñación española o muy borrosa, equivalente a un ochavo ordinario.
6. f. Octava parte del marco de la plata, equivalente a 75 granos, o sea 359 cg.

Y el ochavo nos ha llevado a onza, maravedí, marco de plata y granoEsto se complica cada vez más:
Onza.
(Del lat. uncĭa).
1. f. Peso que consta de 16 adarmes y equivale a 28,7 g. Es una de las 16 partes iguales del peso de la libra, y la del marco de la plata se divide en 8 ochavas.
2. f. Duodécima parte del as o libra romana.

Me olvidaré por ahora del adarme, las ochavas y el as.
Maravedí.
Agárrate que viene curva; de estos hay a porrillo:

(Del ár. hisp. murabiṭí, relativo a los almorávides, y este de mitqál murabiṭí, dinar [de oro]).
1. m. Moneda española, efectiva unas veces y otras imaginaria, que ha tenido diferentes valores y calificativos.

2. m. Tributo que de siete en siete años pagaban al rey los aragoneses cuya hacienda valía diez maravedís de oro, o siete sueldos, que era su equivalencia en tiempo del rey don Jaime el Conquistador.

Sueldo.
2. m. Moneda antigua, de distinto valor según los tiempos y países, igual a la vigésima parte de la libra respectiva.

Sueldo bueno, o ~ burgalés.
1. m. Moneda antigua de Castilla, que valía doce dineros de a cuatro meajas.

Meaja.
(Del lat. vulg. medialĭa, pl. n. de medialis, que está en medio).
1. f. Moneda de vellón que corrió antiguamente en Castilla y valía la sexta parte de un dinero, o medio maravedí burgalés.

Sueldo de oro.
1. m. Moneda bizantina que pesaba un sexto de onza.

Maravedí alfonsí, o blanco.
1. m. maravedí de plata.

Maravedí burgalés.
1. m. Moneda de vellón con tres partes de cobre y una de plata, que mandó labrar en Burgos el rey Alfonso el Sabio, y valía la sexta parte del maravedí de plata.

Maravedí cobreño.
1. m. Moneda antigua que valía dos blancas.

Maravedí de la buena moneda, o de los buenos.
1. m. De los de cobre, el que tenía más liga de plata.

Maravedí de oro.
1. m. Moneda con ley de 16 quilates de oro, que Alfonso el Sabio tasó en seis maravedís de plata.

Maravedí de plata.
1. m. Moneda anterior a los Reyes Católicos, cuyo valor era la tercera parte de un real de plata antiguo.

Maravedí novén.
1. m. maravedí viejo.

Maravedí nuevo.
1. m. Antigua moneda de vellón, que equivalía a la séptima parte de un real de plata.

Maravedí prieto.
1. m. Moneda antigua, de menos valor que la blanca.

Blanca.
Moneda antigua de vellón, que según los tiempos tuvo diferentes valores.

Maravedí viejo.
1. m. Moneda de vellón que corrió en Castilla desde el tiempo de Fernando IV hasta el de los Reyes Católicos, y valía la tercera parte de un real de plata.

Por allá arriba nos había quedado por mencionar lo que era el;
Marco.
11. m. Peso de media libra, o 230 g, que se usaba para el oro y la plata. El del oro se dividía en 50 castellanos, y el de la plata en 8 onzas.

Castellano.
10. m. Cierta moneda de oro castellana de la Edad Media.

Grano;
8. m. Dozava parte del tomín, equivalente a 48 mg.
9. m. En las piedras preciosas, cuarta parte de un quilate.
10. m. Cuarta parte del quilate, que se emplea para designar la cantidad de fino de una liga de oro.

Tomín.
(Del ár. hisp. ṯúmn [addárham], ochavo de adarme).
1. m. Tercera parte del adarme y octava del castellano, la cual se divide en 12 granos y equivale a 596 mg aproximadamente

Adarme;
(Del ár. hisp. addárham, este del ár. clás. dirham, y este del gr. δραχμή 'dracma').
1. m. Peso que tiene 3 tomines y equivale a 179 cg aproximadamente.

Perdonad que no siga, ya dije al principio que había que tener mucha paciencia, tal vez con las monedas en la mano sería más fácil de comprender. En realidad aquí no solo hay monedas, hay también pesos; Onza, Marco de la plata, Grano, Adarme, Tomín... que por ser generalmente desconocidos, pueden inducir a error.


jueves, 6 de noviembre de 2014

¡Lo que son las cosas!


Conocí a Ángel cuando lo asignaron como conductor al autobús turístico del que yo era guía. Por aquello de las presentaciones -al público del autobús, se entiende- quise saber algo de su vida, y él me contó lo esencial. Era suficiente, que tampoco soy un cotilla.

El día empezaba siempre de la misma forma; "Señoras y señores, me llamo Simón y voy a ser su guía en la excursión de hoy. Nuestro conductor es Ángel, personaje que ha dejado el ejército, donde manejaba carros blindados, ansioso de experimentar las emociones de la conducción en la capital de España.

No esperaba que me celebraran la gracieta, tampoco la tenía, lo que deseaba es que se sintieran seguros ante el trafico un tanto caótico, aun no había semáforos, y me prestaran toda la atención.

Unos meses después, empezaron las confidencias. Así supe, que Ángel se había refugiado entre tan ingente masa de ciudadanos huyendo de una boda que le querían imponer.

En realidad, nada malo había hecho para merecer lo que estimaba cruel castigo, pues siempre pensó que el amor ha de nacer con naturalidad y sin coacción. Máxime, cuando a él  lo tomaban por chivo expiatorio, como ahora veremos.

Ángel era el menor de dos hermanos. El otro, Julián, tuvo amores allá en el pueblo, con una moza a la que dejó preñada. Tanto la familia de ella, como la suya, decidieron que había que resarcir el daño, y que se imponía la boda. Pero Julián no estaba por la labor... y se armó la trifulca. Aunque las dos familias eran del mismo parecer, hubo una gran discusión en la que hirieron levemente a Julián. Al ver sangrar a su hijo, el padre gritó: "Hasta aquí hemos llegado, nadie toca a un hijo mío". Con ello arreciaron las voces y los insultos, alguien tiró una piedra, imposible saber quién, puesto que a aquél merendero habían acudido todos en cuadrilla de una y otra familia.

La piedra hizo su mal, Julián cayó al suelo, y todos a una, lo llevaron al centro médico. El doctor certificó la muerte por desnucamiento, dando parte a la Guardia Civil. Aquello no fue todo. Cuando le dijeron a la novia que Julián había muerto, se puso de parto. Prematuro, pues estaba de seis meses. La llevaron al hospital de la ciudad donde se recuperó, mientras, su hijo pugnaba por vivir en una incubadora.

La Guardia Civil comenzó las pesquisas,  pero no tuvo mucho que indagar, el padre de la novia, entregó al causante, un menor que acabó pagando por ello.

Las aguas volvieron, relativamente, a su cauce, y aunque dolorido por la muerte del hijo, fue el padre de Julián, no se sabe si con un acendrado sentido del honor, o  un arcaico atavismo, el que propuso a su otro hijo, Ángel, para que se casara con la chica.

Ángel estaba haciendo el servicio militar en El Aaiún, antiguo Sahara español, lo que le hacía imposible acudir para el entierro a pesar del permiso que le concedían. Decidió posponerlo para más adelante, y unirlo al reglamentario de un mes. Acertó. En ese espacio de tiempo, su padre le comunicó el acuerdo a que había llegado, tratando de dorarle la píldora; "Hija única, guapa, rica heredera en tierras, ellos tendrían a su nieto en casa..."

Y Ángel no volvió hasta que se licenció. En casa estuvo el tiempo suficiente para decir hola y adiós.

Con su carné de conducción y su currículo, encontró trabajo en esta agencia y conoció a una guapa moza, dependienta en una pastelería, donde a diario acudía para tomar café.

Y lo que son las cosas, llegó aquél amor que anhelaba y se casó. Pero para este tiempo, ya sabía que aquella chica también había huido de la boda a la que la obligaban, y que tenía un hijo que era sobrino suyo.