viernes, 23 de enero de 2015

Aurora y Kammamuri.



La vida debía de devolver bien por bien, cosa que, injustamente, no suele suceder.

Una de mis abuelas, de nombre Aurora, era todo y más de lo que su nombre representa: Sensitiva, receptiva, observadora, perseverante, emotiva, dinámica, inteligente, protectora, brillante...

El día en que nació, su padre, la tomó en brazos para presentarla al resto de sus hijos. Lavados, repeinados y en perfecta formación, escucharon: "Esta es Aurora, vuestra hermana. A vosotros os daré estudios u oficio, lo que cada cual elija, pero ella será el día de mañana la dueña de la casa".

Por aquel entonces, eran pequeños, pero jamás olvidaron lo que su padre les dijo aquel día, y, cuando fueron mayores, ninguno, ni siquiera a Abelardo, se les pasó por la imaginación ejercer el derecho de mayorazgo que se estilaba.

 Todos los hijos se llevaban un año de diferencia, menos Pedro y Pablo que apenas tenían un par de minutos de diferencia. El mayor, Abelardo, fue veterinario como su padre, el segundo, Senén, médico, los gemelos tercero y cuarto, militares, el quinto, Antonio, ferroviario, el sexto, Valeriano, marino y el séptimo, Gonzalo, sacerdote. Y todos fueron volando del nido, mientras Aurora permanecía al lado de sus progenitores.

Recuerdo a mi abuela en su mecedora haciendo ganchillo, al lado de la chimenea mientras el abuelo dormitaba en un escaño. Solo se oía  el chisporrotear de la leña, el tic tac del reloj de pared y el del viven acompasado de la silla sobre el suelo de madera. Leía yo, echando de vez en cuando un ojo por encima del libro, coincidiendo a veces con la mirada de mi abuela, que de igual forma me miraba. Eran miradas cómplices, cuyo significado estaba claro: "Lee un poco para mí". Entonces, dejando aquel libro, cogía el Sandokán de Salgari, autor por el que sentía una pasión no exenta de conmiseración por las vicisitudes que lo llevaron a la muerte, templaba la voz y comenzaba.

Las paredes de aquel salón, atesoraban parte de los cientos de acuarelas que en su juventud pintara. Siempre sobre animales; los que su padre trataba de sanar y que le llevaban a casa, los zorzales que se posaban a picotear las ciruelas o los higos, los jilgueros sobre el cardo, las pegas, esas atrevidas que les disputaban la comida a los gatos y que cuando el cuenco estaba vacío, picoteaban el cristal de la ventana de la cocina para que Aurora repusiera vianda.

Mujer hogareña, apenas había salido de sus lares. Pero conocía a todos los vecinos de los pueblos limítrofes de cuando con su padre y hermano Abelardo, iban en la xarré a hacer visitas a animales enfermos u accidentados. Fue en estas salidas, que se concienció de las necesidades que las gentes tenían, y de la labor de su padre por salvar al buey, la vaca o el caballo que necesitaban para su sustento y que era recompensada tarde mal y nuca. Sin embargo, el veterinario se resarcía con lo que cobraba a los poderosos que tenían buenas yuntas, vacadas o perros de caza. A veces, alguno de los miserables aparecía a pagar una deuda con aves de corral, con truchas o salmón producto del furtivismo. Pero Aurora no se lo admitía, y para que no se sintiesen incómodos, les decía que mejor unas patatas, unas verduras o algo de maíz para sus gallinitas.

Fue a raíz de una de aquellas salidas, que ni corta ni perezosa se entrevistó con el alcalde de la Villa. Le pidió que hiciera algo por los más necesitados, que mandara al barbero a las escuelas de los pueblos circundanteas, a pelar a los críos llenos de piojos que podían causar el tifus. Que instalara una guardarropía  donde los ricos hicieran entrega de sus prendas usadas para los pobres. Que acondicionara cualquier lugar para pudieran ducharse con agua caliente, por lo menos una vez a la semana.
El alcalde no daba crédito a lo que aquella mocosa de quince años le pedía, pero cedió sin resistencia. Tampoco era tanto.

Aurora se casó con mi abuelo con apenas diez y nueve años. Él, cuatro años mayor, la esculcaba ya desde pollita, y cuando cumplió los diez y seis, se le declaró sin haber intercambiado más de cuatro palabras.

Julio estudiaba para capataz, mientras trabajaba para la mina "La Abundosa", nombre de doble sentido, por el dueño; Abundio, y porque se presuponía que la hulla era abundante. Había pasado por todos los oficios de la mina; ayudante de caballista, rampleru, entibador y por fin picador. Terminados los estudios, pasó a ejercer el título, convirtiéndose en la mano derecha del ingeniero que tenía fobia a la oscuridad. Con el vigilante recorría los tajos, revisaban  las mampostas, la ventilación, las desviaciones de las vetas... Hasta de las mulas se preocupaba procurando que no sufrieran malos tratos. 
Dejó la mina a los sesenta por culpa de la silicosis, para aquel tiempo, ya la abuela comenzaba a olvidarse de las cosas, y a veces llamaba Abelardo a su marido, confundiéndolo con su padre ya fallecido.

Abelardo se murió de repente, casi sin enterarse, no como María la madre de Aurora a la que sacó cien canas. También Andrina, la mujer de Pablo le dio trabajo. Andrina tenía poca familia y mi abuela la recogió en casa cuando a Pablo lo mataron en Larache. Al parecer se volvió loca a raíz del suceso, no tenía hijos, dejó de hablar y vestía de luto riguroso. Dicen que paseaba sin tregua su esbelta figura, buscando por todas las habitaciones a su marido, que respondía a las preguntas ladeando la cabeza como diciendo, "lo que tú quieras". A veces, había que cebarla cuando con mirada perdida se sentaba a la mesa. Poco o nada hacía por sí, hasta que bañarla había, y un día en que Aurora salió del baño para atender algo, se ahogó. Supusieron que fue intencionado, que se dejó escurrir hasta que el agua cubrió su cabeza y que nada hizo por izarse.

El abuelo Julio pensó que un viaje le vendría bien a la abuela para olvidar tanta desdicha. Montaron en el tren, visitaron León donde vivía su hermano Senén, y Palencia. Luego fueron a Madrid, al Escorial y Aranjuez. Ocho días llevaban y a la abuela le parecía toda una vida; quiso volver, y así lo hicieron.

Mis abuelos solamente tuvieron un hijo; mi padre. Se casaron mis padres y vivieron con los abuelos. Yo nací en aquella casa cuando Aurora tenía cuarenta y seis años, diez años después, fue cuando la abuela empezó a olvidar.  A veces, cuando le leía aquellas novelas de Salgari, me pedía que le repitiera el último capítulo para saber donde habíamos quedado el día anterior. Con el paso de los meses fue olvidando quien era "el Tigre de Malasia" y quien era "Mariana".

Cuando comprendió que algo no iba bien en su cabeza, pidió se llamara a su hermano Senén. Senén vino desde León con su mujer Paulina. Con una simple y pequeña charla se apercibió de lo que tenía.


Mi abuela Aurora murió tres años después de aquella visita. Había perdido el poder de las sensaciones, y por tal, era incapaz de apreciar lo que recibía, de sentir cualquier emoción. Sin embargo, el mismo día en que cerró sus ojos para siempre, sentado en su cama y con una de sus flacas manos entre las mías, note un destello en sus ojos y una mueca que quiso ser una sonrisa. Su boca se abrió para articular una única palabra, un nexo de unión entre ambos: Kammamuri.



6 comentarios:

Marcos dijo...

Me haces dudar, no se si es todo creatividad o parte de historia familiar. De cualquier forma redactas envidiablemente fluido. y me has tocado la fibra pues yo también leía a Salgari.

victoria dijo...

Este año como cada año, nuestro tren parara en alguna estación, depende de cada uno de nosotros dejar ir a la tristezas, miedos, frustraciones, malos momentos, desamor. Agradece a cada uno de ellos.. su compañía y sus enseñanzas, aunque hayan sido dolorosas, déjalos ir, déjalos bajar de este tren. Deseo que en esta parada, a tu tren suban miles de bendiciones, sueños alcanzables, amor, abundancia, fuerza y determinación para seguir tu viaje.
Hoy en mi vagón quedaran puestos desocupados y espero te sientes a mi lado para compartir junt@s este nuevo viaje. FELIZ NUEVO COMIENZO EN ESTE AÑO 2015!!!

Alfredo dijo...

Marcos.
Las únicas coincidencias con la historia familiar son: He tenido, como todos, dos abuelas. También he tenido dos abuelos, y uno de ellos, era minero. Se acabaron las coincidencias.
Yo quería escribir un cuento sobre el Alzheimer, pero uno es lo que se piensa, y otro a donde los personajes te llevan. Al final he contado poco de la enfermedad, pero supongo que ha sido suficiente.
Muy agradecido por el comentario.
Salu2.

Alfredo dijo...

Victoria.
Gracias por tus deseos. No parece que sea muy buen compañero de viaje; casi todos se van apeando del tren o se cambian de vagón, pero yo seguiré mientras haya alguien que trate de comprenderme, como yo trato de comprender a los demás.
Un placer tus letras.
Salu2.

Elda dijo...

Hola Alfredo, mucho tiempo que no te visitaba y he llegado a tiempo para leer esta historia tan bonita y que produce muchas sensaciones. La primera por ver las pocas oportunidades que se le daba a la mujer en aquellos tiempos. Luego produce un sentimiento de tristeza y ternura a la vez (y en mi caso más, pues mi madre estuvo trece años con Alzheimer en mi casa).
En fin que me ha gustado mucho tu cuento y me ha resultado muy entretenido.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Iba a escribir que me parece una enfermedad terrible, pero, ¿y cual no? Cuando una persona comienza a darse cuenta de que la sufre, supongo que el mundo se le ha de venir encima.

Gracias por el comentario. Mañana me paso.
Salu2.