martes, 20 de enero de 2015

Matar es fácil; La Coartada.



El hombre entró en la comisaría con la mano en un chichón.

- Quiero denunciar un atraco.

Trató de elevar la voz por encima de las protestas de varias prostitutas,  que entraron tras él, conducidas por los agentes que habían hecho la redada. Le explicó al funcionario, que tenía un negocio, una franquicia de esas dedicadas a reparaciones menudas; llaves, calzado etc. Que cerraba sobre las ocho, u algo más, pues siempre aparecía alguien a última hora. Esa tarde, noche ya, salió con la recaudación en el bolsillo y se fue a coger el coche para volver a su domicilio en el extrarradio. Cuando tenía la portezuela abierta, dos hombres, a los que apenas pudo distinguir, le dieron con la culata de una pistola en la cabeza. Le obligaron a sentarse en el lugar del acompañante, y mientras uno conducía, el otro, detrás, le colocó el arma en la nuca. Les dijo, que si era el dinero lo que buscaban, no hacía falta ni amenazas ni violencia, que lo llevaba en la mariconera y que apenas eran trescientos euros.

- Como quiera que yo no me callaba, apelando que tenía mujer, tres hijos pequeños y todo lo que se me ocurría, el de atrás retiró el arma. Aprecié entonces un olor como a disolvente, y que pronto iba a saborear, pues el individuo me colocó un pañuelo tapándome nariz y boca, impregnado en algo con lo que me relajaba a pesar de los esfuerzos que hacía por oponerme. Aquel olor me hizo sentir, que las luces de la calle y los escaparates tenían distintos sabores, a granada los rojos, a limón los amarillos, a nata los blancos... hasta que perdí la consciencia. Me desperté tirado en la caseta de una obra abandonada por la crisis, veía todo borroso y en mi mente se sucedían escenas dispares, como alucinaciones. Estuve allí sentado un buen rato, imposible saber cuánto, pues me habían despojado de todo lo que de valor tenía; teléfono, reloj, cadena, anillo, cartera... y coche. Pasados los efectos, vómitos incluidos, me puse a andar y aquí estoy.

El de uniforme lo dejó sentado mientras iba a hablar con uno de paisano. Convinieron ambos, en que la cosa era de lo más extraño, pues en toda su etapa policial, ninguno se había topado con caso semejante; atracos hay, y muchos, pero nunca los ladrones habían recurrido a anestesiar a alguien para robarle cuatro perras y un changarro de coche. Tal vez fuera, que la verborrea del tipo, los hartó.

La policía suele tener un olfato especial, así, que el de paisano mandó sentar al hombre ante sí, le pidió que nuevamente le contara a él lo sucedido, mientras manipulaba el ordenador comprobando, desde la iglesia en que fue bautizado, hasta la última vez en fue al dentista, sin olvidar el número que calzaba. ¡Limpio! El tipo estaba limpio, no tenía ni una multa de aparcamiento.

Le dijo que se fuera, que buscarían el coche por ver si lo iban a utilizar en un delito de más entidad, y que con cualquier novedad que hubiera por ambas partes, se pondrían en contacto.

El cerrajero entró en su piso extrañado de que las luces estuvieran apagadas. En la cocina, el rumor del calentador de gas y un leve resplandor que salía por el ventanuco. Buscó a su mujer y de inmediato descolgó el teléfono marcando el número de la tarjeta que aún llevaba en la mano.

- ¿Señor Fernández ? Soy Ramiro, el cerrajero. Necesito que vengan a mi casa, he encontrado muerta a mi mujer. Creo que se ha suicidado y no sé a ciencia cierta qué es lo que debo hacer.

María estaba sentada dentro de la bañera, la cabeza hacia atrás, las manos sobre los muslos, los ojos cerrados. El grifo dejaba salir un débil chorro de agua caliente, que rebosando, se perdía por el desagüe de desborde. Era un agua casi limpia, aunque la mayor parte del contenido de la bañera era sangre diluida. Una caja de Valium, una botella de anís matalahúva y una cuchilla de afeitar parecían los medios utilizados para llevar a término lo que se había propuesto.

Fernández pensó que allí estaba la explicación a la rocambolesca historia del cerrajero. No tenía duda de que él la había matado, ahora "solo" faltaba buscar el móvil, los tiempos y la manera en que lo había llevado a cabo.

Los vecinos atestiguaron que el matrimonio no tenía hijos, se llevaban bien, no había riñas, ni agobios monetarios, y eran agradables en el trato. En fin, una pareja corriente.

Con las claras del día, Fernández inspeccionó el solar donde Ramiro dijo lo habían dejado los atracadores. Mandó sacar moldes de las huellas del coche y de las pisadas aún frescas en el barro, pero a simple vista, nada raro encontró.

El forense no pudo datar con precisión la hora del fallecimiento, pues el agua había mantenido el cuerpo extinto de sangre, aún caliente, y se reservaba para la autopsia el dictamen sobre el contenido del estómago. Presuponía que la mujer había tomado el somnífero bebiendo a gollete el anís, y cuando comenzó a sentir sus efectos, se cortó las muñecas. La sangre fue fluyendo mansamente, pero sin pausa, ayudada por el agua que no dejó formar coágulos. Era un suicido "de libro".

Quiso la casualidad, que encontraran el coche a treinta kilómetros y dentro, sobre el asiento trasero, un pañuelo que aún conservaba cierto perfume, y que resulto ser cloroformo. Las huellas del molde de escayola coincidían con los neumáticos, y las de las pisadas se correspondían con unos zapatos del cuarenta y cuatro, otras del treinta y nueve, y había marcas de haber arrastrado a alguien. Ramiro calzaba el cuarenta y dos.

Todo parecía indicar, que la coartada del marido era buena. Pero  a pesar de  todas las pruebas, Fernández seguía pensando de igual forma. Le importaba un pito que el cerrajero estuviera en su negocio a la hora, en que por fin, se fijo la muerte; sobre las cinco de la tarde, y que todo coincidiera a la perfección con lo relatado por Ramiro. Podía el criminal haber dispuesto la escena en la hora de la comida; administrarle el somnífero, que el médico la había recetado, con los alimentos, hacerla tragar la bebida, diluir en el agua una caja de aspirinas para evitar coagulaciones, y marchar a su trabajo como si tal cosa. Simular el atraco del aparcamiento, prefabricar las pisadas del solar cambiando de zapatos, dejar lejos el coche y volver en autobús o en una bicicleta plegable que llevara en el maletero.

Aunque Fernández estimó que esta patraña resultaba tan difícil de creer como la de Ramiro, su intuición le decía que podía ser cierta. El atraco pesaba demasiado. ¿Robar un coche solamente para desplazarse a otra ciudad? ¿Llevar cloroformo? ¿Para qué?

Ni una prueba tenía, y por tanto procedía dar un margen de verosimilitud a la historia inicial. Buscaron huellas en el coche, y en menos que canta un gallo, encontraron las de dos viejos conocidos, traficantes de cocaína. Aunque una vez detenidos, no se consiguió que confesaran, los de narcóticos dijeron que les venían siguiendo la pista; habían recibido una entrega de pasta de cocaína. Pudieron detenerlos allí mismo, pero esperando descubrir el laboratorio donde la refinaban y cortaban, les dieron esquinazo en el aparcamiento cambiando de coche; el de Ramiro. También quedaba explicado el motivo de que llevaran el cloroformo; lo utilizaban para el refinado. Fernández pensó que se había pasado de listo.

Tras el funeral, el cerrajero fue a ver al policía.

- Señor Fernández, no tendría que estar aquí, ni enseñarle lo que le enseñaré, pero como quiera que usted ha sospechado de mí desde el primer momento, deseo que lea esta nota que encontré pegada con un imán en la nevera.

- !" Permite, Ramiro, una nota de humor negro al modo de los antiguos suicidas:
No se culpe a nadie de mi muerte, que solamente yo, y sin intervención alguna, la he causado.

¿Por qué? Sencillo: Pura frustración que ha degenerado en continuas depresiones. Nada he conseguido en esta vida. Con la escusa de la muerte de mi padre, dejé unos estudios, que llevaba a trancas y barrancas, mientras mis amigas se convertían en abogadas, profesoras o sicólogas. Creyéndome más de lo que era, traté de buscar trabajo, desprecié algunos buenos, y cuando harta de no encontrar lo que creía digno de mí, volví, no los encontré. Pasé, si no hambre, gracias a mi madre, si necesidad. Me dejaron varios novios; todos decían que tenía demasiadas ínfulas. Por fin, y sin amor, tú lo sabes, me casé contigo. Solo te he causado mal, lo que más anhelabas; un par de hijos, tampoco fui capaz de proporcionártelos. ¡Ni para madre valía! ¡Para qué seguir en esta mierda de mundo!

Perdón Ramiro"


2 comentarios:

Marcos dijo...

Ya no sabia que pensar, aunque no dejaba de sospechar del marido. Supongo que a veces se dice la verdad a la policía, tampoco hay que ser demasiado retorcido.

Alfredo dijo...

Marcos.
A veces nuestra imaginación va más allá de la realidad. Es lo que le pasó al poli, tal vez por deformación profesional, o quizá porque a menudo sucede aquello que no debía suceder.
Salu2.