lunes, 2 de febrero de 2015

Aurora: La Familia. (Continuación de Aurora y Kammamuri)


Con la muerte de Aurora en el 45, mi abuelo Julio quedó sumamente abatido. Él siempre supuso, que aquellos pulmones, a los que de vez en cuando la tos arrancaba algo de carbón, le llevarían a la tumba el primero. También lo deseaba, pues no concebía la vida sin la presencia y el abnegado amor de su mujer. Se volvió taciturno, y no se oyeron ya por la casa, aquellas risas silbantes y jocosas que le producían el contar sus propios chistes.

Por medio habían sucedido muchas cosas.

Mi padre nació en 1907. Un año más tarde, moriría su suegro Abelardo. En 1911 pasaron a mejor vida su mujer María, y unos meses después, en una de las numerosas revueltas, extendidas a la zona española tras la ocupación por el ejército francés de la ciudad de Fez, el capitán de infantería Pablo.

Las huelgas en la industria y la minería se sucedían con mayor o menor frecuencia, y Aurora, con aquella preocupación por la población infantil, continuaba pinchando a los ediles. Consiguió que el ayuntamiento hiciera un sábado de chocolatada. El único requisito era que cada niño llevara su tazón.


A las cinco de la tarde del primer sábado del mes, diez ollas calentadas por hornillos estaban preparadas en el parque al lado de las escuelas. Dos mujeres con mandiles y pañoleta de impoluto blanco, atendían cada puesto; una repartía rebanadas de pan de hogaza y la otra el espeso chocolate.

En las colas que se formaron frente a los peroles, tras los niños, se agolparon unos cuantos ancianos que fueron imitados por los mirones al ver que nadie les ponía impedimento. Fue un éxito de propaganda, tanto para la fábrica de chocolate como para el ayuntamiento, por lo que Aurora propuso al alcalde otros eventos. Una fábrica de embutidos proporcionó chorizos, con los que los panaderos hicieron "bollos preñaos", así, y con el concurso de gaitas y tambores, se armaba un poco de "folixa" el primer y último sábado de cada mes, coincidiendo con el mercado.

Aquello, lo de "todo de balde" no duró mucho tiempo, pues Manolo el de los sifones, que comenzó regalando botellines de orange, y otros avispados comerciantes, se adueñaron del festín. Lo que en un principio fue una promoción caritativa, pasó a ser una romería más donde se vendían desde rifas para la "xata", hasta madreñas.

Hubo unos años bastante buenos coincidiendo con la guerra europea en la que España no participaba. Mejoró la situación económica por el suministro de productos industriales y agrarios a las partes en conflicto. Se triplicó el precio del carbón, las minas aumentaron la mano de obra ante aquella demanda, subieron los salarios, y las ganancias. Pero los precios comenzaron a subir poco a poco hasta que ya ni siquiera se podía decir "lo comido por lo servido", pues en el desfase entre el presupuesto familiar y el salario, siempre salía perdiendo el presupuesto. Por ello, muchos de los mineros que trabajaban con mi abuelo, faltando al trabajo, se agarraban a las labores del terruño que siempre había sido su método de subsistencia; unos días para la hierba, otros para el sembrado... Hasta que la Compañía Minera, le compró aquella mina de montaña a Abundio. Entonces se acabó el tomar días para asuntos particulares, o decir que tenían unas tercianas. La dirección modernizó la instalación abriendo un pozo que erigía su flamante castillete de vigas de acero unidas por roblones. Hasta trescientos metros bajaron, mientras la maquinilla de vapor subía a toda velocidad las vagonetas cargadas de mineral...  bajaron los sueldos y hubo despidos.


En el 23, Primo de Rivera dio un golpe de Estado, en el 25 murió Andrina, en el 31 se proclamó la segunda República, luego vino la Revolución del 34 y la Guerra Civil del 36. Años duros, muy duros, pero que a pesar de los conflictos, la familia había conseguido soslayar casi todos los peligros.

Evaristo, el padre de mi abuelo Julio, murió joven dejando viuda y dos hijos; Julio y Amanda. Muy aficionado a la caza, recibió accidentalmente un disparo de un compañero de cuadrilla y de trabajo, pues ambos se dedicaban a montar centrales hidráulicas por los ríos.

La viuda Amanda agotó sus recursos y estaba dispuesta a vender un par de fincas, pero Julio, que a la sazón contaba con doce años, no se lo permitió.  Con gran disgusto de su madre, dejó la escuela y se puso a trabajar en la mina, motivos ambos para que la Patria le eximiera de cumplir con ella. Con lo él que ganaba y la venta de los gorrinos que criaban, fueron saliendo adelante.


De las dos fincas de mi abuelo, una era un castañar, que si no quitó el hambre, sí ayudó a paliarla en aquellos años duros de huelgas y revueltas. Castañas "mayucas" o pilongas, harina de castañas o castañas asadas, alimentaron a los humanos y a los animales. La otra, la plantó con una semilla nueva de la que nacía un árbol de rápido crecimiento, y que se emplearía en el entibado de las minas en sustitución del pino, más escaso y de crecimiento más lento; el eucalipto. Para cuando se casó, ya ganaba sus buenas pesetas como picador, la tala de la madera se había vendido un par de veces, y las dos Amanda decidieron, en la creencia de que había más seguridad, ir a vivir a Oviedo donde Julio les puso una mercería.

Mi padre entró a trabajar en la fábrica de aceros como facultativo de minas. Se cortaba el pelo una vez al mes, y todos los domingos por la mañana, acudía para que le afeitaran y arreglaran el cuello en la barbería de Genarón.
Genarón era un indiano que montó el "Gran Salón de Coiffure", con los caudales que trajo de La Habana, y unos secadores eléctricos para el pelo que consiguió en los Estados Unidos.  El bajo daba a dos calles; en el de las cristaleras que miraban hacia el Ayuntamiento, montaba seis sillones para las señoras, y frente a la calle secundaria, cuatro para los caballeros y uno más para el limpia, Allí conoció a mi madre que trabajaba como cajera, y que era quien llevaba el peso del negocio, pues Genaro se pasaba los días en la cafetería. Se llevó un gran disgusto cuando mi madre lo dejó para casarse.

Yo nací en el 32, y desde siempre vi pasar por aquella casa a muchos de los parientes, pues en aquellos tiempos, era cosa corriente el visitar a la familia y estar un tiempo con ellos. Aunque la casa era grande, y la alternancia entre vacas flacas y vacas gordas era el pan nuestro de cada día, jamás faltó un colchón, o un plato de cocido, para los que con nosotros vivían, y los que tenían a bien visitarnos.

Ya desde el tiempo de la abuela María, había una o dos sirvientas en la casa. Sus madres, deseosas de quitarse una boca, las ofrecían con tal vehemencia, que era imposible rechazarlas. Aquello, y aunque no había sueldo, traía aparejado la compra de unos zapatos, una rebeca o unos reales para alguna fiesta, llegando en algunos momentos a resultar oneroso. Mas ellas siempre fueron tratadas como de la familia, procurando Aurora que hicieran buenas bodas.

Senén y Paulina se pasaban más a menudo desde que Aurora comenzó a olvidar. Pedro venía desde Sevilla una vez al año, al igual que Antonio desde Madrid. Armando, y su mujer Josefina, se escapaban desde Gijón donde trabajaba para el macelo un domingo sí y otro no. Valeriano, venía cuando atracaba en Gijón. Por entonces se dedicaba al cabotaje, luego se embarcó en un petrolero griego que fue hundido por los alemanes en el 42, y, se acabaron las novelas de Salgari o Julio Verne que me traía. A Gonzalo, el cura, lo conocí cuando vino desde Lugo al entierro de su hermana. Nunca volvió. Murió en el 56 dejándome en herencia un pequeño paquete de acciones de Fenosa.


Mi abuelo murió en el 58. Con él se esfumó aquel hálito suave y apacible, aquel perfume intangible de lo añejo que siempre recordaré con cariño.


5 comentarios:

Alfredo dijo...

Se suele decir, que segundas partes nunca fueron buenas. Sin embargo, soy de los que a veces se obsesionan con una idea, y no soy capaz de pasar a otra cosa hasta que esa idea se materializa del todo.
Esta parte podía dar mucho de sí por el ambiente convulso en que se desarrolla, pero mejor dejarlo aquí.
Salu2.

Marcos dijo...

Un relato detallado, real o no, de una época convulsa. Ahora nos quejamos por todo sin valorar debidamente a nuestros ancestros, lo que lucharon y malvivieron para que llegáramos nosotros. Todo un homenaje.

RECOMENZAR dijo...

Un escrito tan real
me gusta como lo describes

Alfredo dijo...

Marcos.
Los personajes de mis cuentos y tramas siempre son ficticios, pero hay mucho de realidad en las situaciones. No podemos olvidar las penurias o las guerras, aunque no las hayamos vivido. Y sí, tienes razón, hay que rendir homenaje a los que nos precedieron; sin ellos no estaríamos aquí.
Salu2.

Alfredo dijo...

Recomenzar.
Gracias por el comentario. Si te pareció real, he conseguido mi propósito, al fin y a la postre es de lo que se trata,; de hacer verosímil la ficción.
Salu2.