lunes, 16 de febrero de 2015

El Canto de la Coruxa.



Tenía yo un amigo que una vez me dijo en un entierro: No me gustaría morir en verano, te pierdes este sol, la playa, las merendolas a la sombra...  En invierno está demasiado frío. En primavera, ¡ni pensarlo! Renace la vida con toda esa explosión de colores... Mejor en otoño, aunque, si lo piensas, la lluvia y esa humedad tan pringosa... ¡Fute! ¡Fute! Y con la mano trataba de espantar la idea como si fuese el gato.

Pero nada en la vida es eterno; ni siquiera la fama. Casi todo se olvida. Y a Manuel se le olvidó que aquella estación no le gustaba; murió una mañana de otoño.

La noche anterior, paseaba con mi perro; Fuerte, valiente y joven. El viento empujaba las nubes suavemente dejando jirones por donde se columbraban las estrellas, mientras que a lo lejos se apreciaba la contaminación lumínica de la ciudad. En el monte, cantó lúgubremente la coruxa. El bóxer se quedó quieto, expectante. Repite ella, y él se coloca detrás de mí con un quejido lastimero. Mete su hocico entre mis piernas, no quiere escuchar el sonido que por todo el valle se esparce. Ha presentido algo. Lo mismo que aquella vez, en que a eso del medio día, esperábamos en el camino para cruzar la carretera. Por la izquierda venía un camión, por la derecha, como a cincuenta metros, de la gasolinera salía un auto. El automóvil se fue arrimando al arcén a poca velocidad, hasta que cayó en la cuneta. El golpe no fue grande, el coche solamente un rayón, pero el hombre que lo conducía, no salía. Mi perro se puso detrás y lloró. ¿Acaso él también presintió, lo que la lechuza anunció la noche anterior? Posiblemente; el conductor había muerto, según dijeron las asistencias, de un infarto.

Murió también Aurelio, que era mayor, achacoso de solemnidad y decrépito en grado sumo, más todos en el pueblo habían comentado: Dos días van, que la que bebe el aceite de la iglesia, ronda la casa de Aurelio y lanza su silbido de aviso para que cavemos la fosa.

Mi mujer, mujer de pueblo que conoce tradiciones y ritos, no puede olvidar  esos malos agüeros: ¡Ya lo anunció la coruxa! Y yo le recrimino socarrón, como siempre; ¡Bien sabe entender la bruxa’l cantar de la coruxa! Pero a pesar de ello, entre perro y coruxa siembran en mí cierta prevención.

Cogí la escopeta de encima del armario. Una Sarasqueta  que me regaló el hermano de mi padre, aquél que se marchó a Cuba y vive en Miami desde que entró Fidel. Solamente una vez la utilicé. Salí al monte. Una pega en la rama, un disparo y el pájaro que se va a tierra. Toda la familia de urracas revolotean lanzando su voz tcha-tcha-tcha-tcha. Por fin se posan en el suelo dando saltitos alrededor de la compañera. Cuando comprenden que ha muerto, levantan el vuelo nuevamente y se vienen hacia mí dando amenazadoras pasadas como en aquella película de Hitchcock.

Tanto me impresionó la escena, que coloqué el arma sobre el armario y allí está. Quitar la vida, aunque solo sea un ave, no es lo mío. Hoy la he cogido de nuevo. Me voy al monte, allí entre castaños, robles y piornos, gasto una docena de cartuchos disparando al aire. Quiero que la coruxa se vaya a otras tierras, que su anuncio de muerte no recorra el valle, que mi mujer deje de darme la lata haciéndome pensar en que tal vez tenga razón.

La lechuza se asustó y abandonó el curuxeu, desde entonces, va más de dos años que no se muere nadie en la aldea, pero nada tiene que ver con el canto de aquella que nos libraba de ratones, topos o musarañas.  Tiene que ver con la gente que deja la ciudad y se instala en el campo. Ellos, además de jóvenes, son defensores a ultranza de esa naturaleza que no hace las cosas al tuntún. 

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