martes, 24 de febrero de 2015

El Cofre de los Seis Candados.

Mi Abuelo Juan, que fue marino, dejó escrito en su testamento, que tras su muerte, el primero de sus nietos en cumplir los dieciséis años, sería el poseedor del cofre que guardaba en el desván.

Los abuelos Juan y Juana, tuvieron tres hijos y dos hijas. Entre todos les dieron dieciséis nietos, de los que once fueron mujeres. Quiso la casualidad, que de entre ellos fuera Benjamín el agraciado en aquella lotería, pues los más se pasaron de edad, debido a la longevidad del abuelo, fallecido a los ochenta años. Para entonces, solamente tres estaban en posición de optar al cofre, y que dicho sea de paso, todos codiciaban, más por la intriga que por aquello que pudiera contener.

Nadie supo jamás el contenido del cofre, ni siquiera donde se guardaban las llaves de los seis candados que aseguraban la inviolabilidad de lo allí guardado. Cinco meses después del óbito, un día a mediados de julio, celebró Benjamín su cumpleaños con toda la familia reunida y esperando ansiosos por ver su regalo.

Cortó mí tío Benjamín los candados con una cizalla, y el hijo, con la teatralidad requerida para momento tan importante, se dispuso a abrir la tapa.

- No espero encontrar dinero, oro, o joyas. El abuelo no confiaría ese tesoro a un chico, tampoco a una chica, pero sí algo antiguo y maravilloso procedente de cualquier país que visitó. Sea lo que fuere, con vosotros lo compartiré siempre que sea posible.

Y el interior del cofre quedó al descubierto dejando ver: Un revólver Colt 45 con su canana y sus cartuchos, un quintante y un pergamino de paño. El arma y el artilugio causaron admiración, pero la impaciencia nos consumía por saber lo que el doblado pergamino contenía. ¡Seguro que es el mapa de un tesoro! Exclamó alguien. ¡Sí, sí!, decían los demás. ¡Ábrelo, ya, que queremos verlo!

Benjamín, al que llamábamos Jamo para diferenciarlo de su padre, con los dedos índice y pulgar sacó el revólver y lo depositó en la mesa, luego el quintante y la cartuchera, por último, y con ambas manos un tanto temblorosas, la hoja de papel. La desplegó con sumo cuidado, como si temiera romperla, y pudimos apreciar el dibujo bajo el que había la siguiente leyenda:

Nº 300346160359//16 Au.

Por tierra salvaje del color  del desierto caminar,
entre charranes, petreles y pardelas,
dueñas del agua cristalina que no has de tomar.
De piratas pata de palo tierra fue,
en la de fuera, la pequeña de las tres,
bajo una piedra has de buscar,
más no empeñes vida o hacienda por lo encontrar;
No merece la pena; no hay gloria, ni fama, ni oro,
pero si lo intentaras, recompensa tendrás.
Seas hombre o mujer,
de la misma oportunidad gozarás,
pues no es de recibo,
que no haya igualdad.
Mayo de 1933.

Aquella especie de acertijo, y gracias al dibujo, era fácil de adivinar. Incluso para mí, que tan solo tenía diez años. Otra cosa era averiguar la localización de lo que a todas luces era una isla.
Se desmenuzó el escrito palabra por palabra, pero muy poco se sacaba en consecuencia. Tal vez comparando el dibujo con las islas caribeñas, por aquello de los piratas, se diera con la situación. Y dicho y hecho. Se buscaron mapas, cartas náuticas, enciclopedias... cualquier cosa que pudiese mostrar la semejanza con el perfil del dibujo hecho a mano en aquel año. Era la búsqueda de la aguja en el pajar; Piratas ha habido en todos los mares de la tierra.

Lo más extraño del pergamino era aquél número. Alguien insinuó que era una copia numerada, cosa imposible, nadie hace millones de copias, y menos para entregar solo una, a una sola persona. Tenía que ser otra cosa. ¡Sí! Aquello podían ser coordenadas. Una situación disimulada por un número. Doce dígitos, seis para la latitud; dos para los grados, dos para minutos y dos para segundos. Otros tantos para la longitud.

De ser cierto aquello, la búsqueda había concluido. Los datos a comprobar serían: 30º 03´46´´ N (Norte, en correspondencia a la N de número) y 16º 03´59´´ O (Oeste, en correspondencia a la o volada de número). Del 16 Au nadie sacó nada en consecuencia.

Se miraron las cartas, coincidiendo aquél punto -menor que la caca de un mosquito-  con un archipiélago formado por tres islas principales y varios islotes. Su nombre: "Islas Salvajes". "Tres" eran las principales, y fueron refugio de "Piratas". La más pequeña era la "Ilhéu de Fora" o "isla de Fuera". Al parecer sus "aguas eran cristalinas", las tierras ocres, salpicadas con algo de vegetación y donde anidaban cantidad de aves de distintas especies. Pero aún había algo más; estaban cerca de Canarias, ruta que el abuelo había hecho en numerosas ocasiones.



Benjamín dijo que iría, aunque no de inmediato. Debía acabar sus estudios y mejorar su condición física. Competía en regatas de traineras, pero estimó que no le vendría mal un curso de buceo y algo de escalada por si las moscas. Además, y vista la distancia a recorrer por mar, la licencia de navegación que estaba a punto de solicitar, no le servía. Debía tener más edad y título de Patrón.

A los veintiuno estaba preparado. Era el año 1985, y la aventura no parecía tan complicada como imaginara el abuelo; un viaje en avión hasta Tenerife, donde alquilaría una lancha a motor, y de vuelta a casa con aquello que fuera lo que estaba escondido. Pero visto más despacio, la cosa tenía su intríngulis, sobre todo la segunda parte.

Jamo no quería llevar en el barco a nadie extraño, algo comprensible en alguien que va a buscar un tesoro, lo que complicaba las cosas. Eran doscientas millas a recorrer, lo que significaba una media de diez nudos para veinte horas, solamente de navegación. No estaba mal para un solo hombre en medio de un océano con vientos, corrientes y tal vez mal tiempo. Su madre no lo consentiría.

Un contratiempo más grave había que añadir; el archipiélago estaba declarado Reserva Natural de las Islas Salvajes, siendo aguas territoriales y zona económica exclusiva de Portugal. Seguramente el abuelo no había encontrado tantas dificultades.

Dando vueltas a la madeja, alguien propuso un viaje de recreo para observar las aves. Buena disculpa, aunque restara protagonismo a Jamo, pero él aceptó.

Se hicieron los preparativos para los doce que se apuntaron, y se alquiló un barco para que nos llevara desde Tenerife. Yo iba con ellos, pues me sentía en cierto modo partícipe; de haber vivido el abuelo algo más, a mí me hubiera correspondido el cofre.

Ancló el yate a cierta distancia y se bajó la zodiac. La marea estaba baja. Maniobró Jamo hasta una pequeña playa, y la primera oleada de turistas armados de cámaras y tomavistas puso pie a tierra. Arreciaron las voces de las aves levantando algunas el vuelo, aunque la mayoría quedaban empollando. Era mediado julio y pronto nacerían los pollos. Procuramos caminar despacio, sin aspavientos, sorteando los petreles y patines que apenas si se movían, tratando de adivinar cuál sería aquella piedra que había que levantar.
Nos encaminamos a un pequeño promontorio. Una roca blanca por las deyecciones, nos llamó la atención. Estaba encajada sobre otras dos, y a su cobijo, varias aves a las que no hubo más remedio que espantar. Con gran algarabía por su parte y algún que otro picotazo lanzado en defensa de su huevo, Jamo y mi padre movieron no sin esfuerzo la piedra. Atisbé yo entre la tierra y algo de verdura, una botella. Rápidamente metí la mano y la saqué. Volvieron a su lugar la roca, los huevos y las pelágicas a continuar dando calor cada cual a su huevo.

La botella estaba lacrada, y a pesar de la tierra adherida y su color verdoso, se podía observar que en su interior había un papel. Directo a la mochila, y a disimular.

Aquella noche, tras la cena, se descorchó la botella. El papelito, doblado y redoblado, estaba escrito con estilográfica y la perfecta letra inglesa del abuelo Juan. ¡Inmejorable la idea de la botella!

 - "Me llamo Juan Sánchez Alonso. Si eres pariente mío, ¡enhorabuena, lo has conseguido! Si no lo eres, por favor, haz lo posible por dejar la botella donde estaba. Nada hay a lo que puedas sacar beneficio. Gracias.

- A ti, nieto o nieta, que tomaste parte en esta aventura: Has encontrado el tesoro que toda persona ansía: Fe; porque creíste en ti mismo y en los demás. Esperanza; la que pusiste en lograr el reto. Fortaleza; porque huyendo de la temeridad has vencido el temor. Porque has demostrado el vigor y la fuerza, no solo de tus brazos, también de tu carácter.

- Espero hayas aprendido, y sobre todo disfrutado de este loco proyecto, que si estás leyendo, ya ha tenido resolución. Solo falta una recompensa tangible, y esa la encontraras en mi casa. Busca sobre el tirante de la cercha central que sostiene el tejado.
Tu abuelo Juan 1930.

Aquellas fueron unas vacaciones inolvidables. Una semana en el barco recorriendo las Canarias me supo a poco, pero había que volver.

Nuevamente se reunió la familia en casa de los abuelos y que ahora era de mi tío Juan. Subimos al desván, Jamo colocó la escalera y tanteó la viga. Dieciséis monedas de oro de diversos países y valores, aparecieron en fila india y cubiertas por el polvo. Benjamín las repartió entre sus hermanos y primos. Rara casualidad aquella; 16 años, 16 nietos, 16 monedas.



4 comentarios:

Marcos dijo...

Te ha salido redondo. Mi pregunta es si habrá bastado la moneda de oro para el endeudamiento de la familia con el viaje y cursillos.

Cronista Imaginario dijo...

Queridisimo Alfredo, sigues con tus historias de mares, de legados, de aventura, de tiempos lejanos. Me fascina lo bien que escribes, deberías intentar publicarlo. La blogosfera murió para mí hace meses, ordenador de 8 años que reventó; hoy me he gastado 370 pavos en uno y he corrido a leerte, de lo cual me congratulo. Yo sigo con mis obsesiones, pero ya he publicado un par de relatillos no demasiado pesimos. La vida me sonrié, he encontrado EL AMOR. Espero que sigamos en contacto, ya sabes "misrelatosyesteblog" SIGUE ASÍ, CAMPEÓN!!!!

Alfredo dijo...

Marcos.
Amigo Marcos: Un pequeño crucero de una semana, viajes en avión incluidos, no irían más allá del millón de pesetas, que repartido entre diez o doce no es mucho. Al fin y a la postre, podían ser unas vacaciones emocionantes que podían salir gratis. Las sensaciones nuevas y los sentimientos no tienen precio; Lo de las monedas es anecdótico.
Salu2.

Alfredo dijo...

Cronista imaginario.
¡Que tal amigo! Ya veo que muy bien, me alegro.
Al ver tu nombre pensé que me ibas a enmendar la plana con lo de las aves y la cartografía. Tu eres el experto.
Gracias por el comentario, pasaré ahora a visitaros.
Salu2.