viernes, 6 de febrero de 2015

Tonino Machebello.


El hombre está leyendo sin más ropa que los calzoncillos. La ventana entreabierta, una suave brisa mece las cortinas. Son las dos de la mañana de una calurosa noche de septiembre.

El pequeño despacho en el que se halla, linda con la caja del ascensor. Durante el día, el ruido que transmite es apenas perceptible; Los niños en el parque, el tráfico en la calle... Pero en la noche silenciosa, hasta la pared parece que vibrara con el sube y baja.

No es normal que a esa hora, y aunque sea viernes, el ascensor esté en un funcionamiento continuo. El hombre necesita concentración y el dichoso ruido lo está poniendo nervioso. Por fin, parece que el elevador ha llegado a su destino; la séptima planta, justo la suya. Oye como la puerta se cierra y no hace falta el don de la adivinación para saber de quién se trata; la vecina que vive en el centro. No hay más que tres pisos por planta, y uno de ellos está vacío, y en venta.

Ha dejado de leer esperando que la inquilina cierre la puerta y vuelva de nuevo el silencio. Unos golpecitos con los nudillos lo sobresaltan, ¿por qué llama a mi puerta a estas horas? Se echa una bata encima y abre.

La vecina parece que viene de fiesta, está algo tomada y el tufillo que desprende a ginebra es notorio.

- Perdona la molestia Antonio, pero es que no acierto con el llavín - se disculpa-  es que desde abajo he visto luz en tu ventana... y no me quería quedar sentada en la escalera hasta que se me pasara el mareo.

Su voz, trastabilla, tartamudea incongruente, tratando de disimular el deplorable estado de embriaguez en que se encuentra. Lleva las llaves en la mano, ha dejado el bolso y los zapatos de tacón en el suelo, junto a la puerta. El cuerpo oscila adelante y atrás tratando de guardar el equilibrio.

- No te preocupes, dame la llave. Yo te ayudo.

 La ha rodeado con su brazo por la cintura, ha sentido el calor de aquel cuerpo, el leve respingo con el contacto, ha olido el perfume de su cabello tan distinto al de su boca.

- Pasa, por favor...

- ¡Oh, no! Toma el bolso y los zapatos, pero de aquí no paso, que las malas lenguas se pueden preguntar qué hago yo saliendo en bata de casa de una señorita.

- ¿A estas horas? ¿Te importaría a ti? A mí ni pizca. Treinta vecinos hay en el bloque, a nadie conozco después de cinco años, y nadie se preocupa lo más mínimo por conocer a los otros. Pasa, no seas tonto.

- Tampoco tu me conoces más que de un hola y adiós. ¿Quién te dice que no me aprovecharía de tu estado?

- ¿Que no te conozco, dices? Te llamas Antonio, pero te llaman Tonino, y han cambiado tu apellido Machiavelli por Machebello; ¡pero qué bello, bonito, guapo, hermoso! que todo sirve y es cierto. Eres italiano, enviudaste hace ocho años de una española a quien conociste en Venecia, trabajas en el Centro Médico como obstetra. Pediste te cambiaran la enfermera que atiende a tu lado, por una señora mayor y gorda, harto de que las jóvenes quisieran abrirse de piernas como tus clientas, y que tienes cuarenta y cinco años. ¿Entrarías si no estuviera borracha?

- Si.

- Pues entonces, pasa. Todo ha sido un truco; vi luz en el gabinete, supuse que estudiabas, hice varios viajes en el ascensor para llamar tu atención. En mi bolso llevaba un botellín de ginebra, me enjuagué bien la boca y eché un poco por el canalillo. Entonces llamé. Estoy enamorada y llevo tiempo tratando de hacerme la encontradiza, pero tú siempre impasible, siempre correcto.

- Pasemos pues, de momento solo es el deseo el que me mueve, pero quién sabe...




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