viernes, 20 de marzo de 2015

¡Eso No!


Vendía pañuelos de papel en una de las entradas a la rotonda. El tráfico era abundante, y por tanto, el sitio inmejorable. El semáforo en rojo la favorecía con las paradas de aquellos que se dirigían al centro comercial y al polígono industrial. Pero nada había que la resguardase de la lluvia, el viento o el sol.

Era escuálida, como de catorce años, calzaba chanclas y vestía pantalón de chándal sobre el que llevaba un vestido y una rebeca corta de talle y manga. Pelo negro en una sola trenza que le llegaba a la cintura y tez oscura con manchas blanquecinas.

El primer día que la vi, pensé que era rumana, rumana y gitana para más inri. Y digo esto, en la creencia de que esa condición, iba a afectar muy mucho a la parte que le pudiera corresponder en la recaudación diaria.

Se llegó hasta la ventanilla que yo bajé, y le pregunté cuanto pedía por los tres paquetes que llevaba en la mano.

- Un euro.

No estaba mal la ganancia. Se lo di.

Si quieres ayudar, y fuera de toda connotación, has de dar ejemplo. Me explico: He observado, que casi siempre que el primero de la fila, dice no, o mira hacia otro lado, los siguientes proceden de la misma forma. Por el contrario, si el primero hace la compra, muchos de los de atrás, darán su limosna.

Pasaba por aquél lugar a menudo. A veces el semáforo estaba abierto y ella permanecía contra el guardarraíl descansando de sus paseos entre los coches. Cuando estaba cerrado, compraba, o simplemente le daba el euro; el asiento trasero de mi coche iba acumulando la mercancía. Así llegamos a un atisbo de amistad, supe que se llamaba Rodica.

Con el paso del tiempo, su indumentaria fue cambiando a mejor. Vestía pantalón vaquero, camisetas, sudadera y playeros de marca, aunque fueran falsos, y hasta aquella pitiriasis le desapareció. También se fue el bozo, los pelillos del entrecejo y las profusas patillas. Tal vez fuera cosa de la edad, ahora sus pechos se notaban crecidos, las manos finas, de uñas recortadas y pintadas. En dos de sus dedos lucía anillos de plata, y en la muñeca pulsera de de cuentas de colores. Andaba más erguida y su cara ya no transmitía aquella tristeza... de pobre. Al contrario, estaba risueña.

Aquella mañana vino hacia mí. Me dio una cadena con la efigie de San Antim Ivireanul, y me dijo que posiblemente fuera la última vez que nos veíamos. Se iba a casar en su tierra. Le pregunté cuantos años tenía, me dijo que dieciséis. Le pregunté por el novio; él tenía treinta y no lo conocía.

Su cara estaba triste de nuevo. No sé. Quizá fuera que le dolía dejar una tierra donde había mejorado su estatus, o tal vez la imposición a que era sometida.

Había apartado el coche al arcén, y me bajé para continuar hablando. Si quieres -le dije- te puedo llevar a cualquiera de las asociaciones de mujeres para que te protejan, te busquen un trabajo...


- ¡No, eso no! Sería malo para padres. Ellos han de pagar deuda por salir de miseria, yo soy moneda de cambio. Mañana vendrá hermana pequeña a continuar trabajo. Si tratas como a mí, el mártir te lo agradecerá. Él  como tu ayudaba al pueblo. 

8 comentarios:

Cronista Imaginario dijo...

Me encanta tu sensibilidad y como sacas punta a situaciones casi cotidianas, El mundo sería un lugar mejor con gente como tú

Manuel dijo...

Muy bonita historia. Alfredo, la tristeza de Rodica, estoy seguro de que no era por abandonar este país, sino por lo que le esperaba en el suyo, con esa boda, que lo mismo puede que salga bien, o la hacen una desgraciada para toda la vida.
No hay que ir muy lejos, para ver casos parecidos, aún sucede en zonas rurales de este país; y en niños de etnia gitana doy fe de ello, ya que lo he presenciado en varias ocasiones en el instituto donde trabajaba. Los casan con apenas doce o trece años por el rito gitano.
No comento más sobre esto, por que no me quiero extender con esta reflexión; solamente dejar constancia de que este problema lo tenemos, a la vuelta de la esquina.
Un cordial saludo.

Alfredo dijo...

En cada esquina se pueden apreciar a diario situaciones similares, peores en lugares por los que ni siquiera pasamos. Nuestro protagonista hizo lo poco que casi nadie hacemos.
Gracias por creer que soy como imaginas.
Salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Gracias Manuel. Quién sabe si este pequeño cuento se dio alguna vez. Lo que si que es cierto, es que a las/los mendicantes los cambian cuando van siendo mayores; ya no dan pena y la recaudación baja.
Salu2.

Marcos dijo...

Quiero pensar que en algún lugar habrá sido realidad esas ganas de mejorar que todos debemos tener como progreso. La segunda parte de la historia es otra realidad que ya no debía darse en el siglo XXI. No podemos hacer demasiado, pero debemos intentarlo.

Alfredo dijo...

Marcos.
Nadie hay que no quiera mejorar, lo triste es que hay quienes mejoran a costa de las miserias de los demás. Esas miserias que de distintas formas ellos explotan.
salu2.

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo, sigo viva, sí. Después de un exilio involuntario de este mundo bloguero y virtual, intento volver a recuperar a personas que como tú, han sido bálsamo para mí en días difíciles. Qué ingrata he sido, qué desleal. Vuelvo para intentar enmendar mi falta y para seguir leyendo tus cuentinos que sabes que siempre me han gustado. Éste tiene mucho de realidad y poco de ficción. Yo también tengo un señor rumano que está SIEMPRE, llueva, nieve o haga calor, en un semáforo por el que paso a menudo. También acumulo pañuelos, pero lo mejor es su sonrisa agradecida y que si alguna vez paso y no llevo el bolso, me tira dentro del coche un par de paquetes.
Un placer volver a leerte, Alfredo, pero sobre totdo volver a esta que considero un poco mi casa.
Un fuerte abrazo.

Alfredo dijo...

Marta.
Me alegra que estés viva (ya lo sabía) y que sea por muchos años.
Demasiadas veces pasamos por la vida sin fijarnos en los demás, sin darnos cuenta de que aunque sea un pedigüeño, tiene sentimientos como el resto de los mortales.
Jamás cierro la puerta a nadie, y menos a aquellos que se dijeron mis amigos. Siempre guardo para ellos mi mejor sillón.
Salu2.