domingo, 19 de abril de 2015

El Señor del Peñedo.


Hacia la mitad de una loma desgastada por el tiempo, mandó construir el Señor del Peñedo una torre defensiva, encargo de las freilas de Sancta María de Bedrón para la seguridad de su cenobio.

Eligió el sitio con astucia,  pues desde aquel lugar, por cualquier punto que alguien se acercase con malas intenciones, podía ser visto sin apercibirse de lo que allí había, y desde donde podía ser atacado por sorpresa y sin riesgo.

Es la torre, un cuadrado de quince varas de lado, otras tantas de altura, y construida con la piedra  que en parte se sacó del foso seco (cosa raramente vista) que la rodea. El lado norte lo guarda el río que discurre de poniente a oriente, por un tortuoso y estrecho valle. El camino que va a la par, es transitado por los  numerosos peregrinos que van a Santiago, y que cambia a la otra orilla por un puente cerril para acercarse al monasterio a tiro de ballesta, donde suelen reposar o curarse las rozaduras. Dos docenas de monjas enclaustradas, alguna de ellas viuda y con hijos, los atienden.

En el lado sur está la puerta de entrada, tres varas sobre el foso y protegida por puente levadizo y rastrillo. Sobre la puerta, tres escudos de armas, el del centro, con la efigie del Rey a quien se debe la donación del monasterio, y a los lados, uno con la imagen de la iglesia a quien pertenece la torre, y el otro, por el Señor encargado de la defensa de aquellos contornos.

La vida trascurre cuasi placentera; las religiosas a sus rezos, los aldeanos que pueblan las inmediaciones, al pastoreo y la agricultura. La guarnición, veinte caballeros y unos cuantos peones, vigilan y merodean por los alrededores para que no se infiltren los moros, muy dados a razias en busca de botín. Esta cuestión, tiene muy preocupada a la Madre Abadesa, pues son numerosos los peregrinos que dicen haber sido despojados de sus bienes, teniendo que continuar El Camino casi como mendigos, cuando antes iban de señores.

- Hartos días ha, madre abadesa, que os vengo reclamando más personal. Una partida hacia el sur, otra hacia el oeste y la guardia en la torre. Me queda un flanco por cubrir, y dando por sentado que por el norte no hay peligro. He de dar descanso y preparación a mis hombres, y no tengo relevo.

- Escribiré al Rey mi primo haciéndole llegar vuestras cuitas -contesta escueta la monja.

Los refuerzos no llegan, y los robos continúan. Tal parece que cuando los soldados van en descubierta hacia el oeste, los ladrones actúan por el este y viceversa. El Señor, por nombre Hernando, principia a sospechar de alguno de sus hombres, más se le hace imposible, pues va rotándolos de tal forma, que, o todos están conchabados, o todos son inocentes. A más, las victimas arguyen que son moros, o al menos esas son sus vestimentas.

Sospechando de cuantos conoce, urde una estratagema, simple, pero que puede dar resultado.
- Godofredo y su partida hacia el oeste, que yo con la mía, iré hacia el sur.

Y allá va casi toda la guarnición. Tras media hora de cabalgada, Hernando cambia la dirección y se dirige al este. Se apostan en un bosquecillo en lo alto de otra loma, desde donde ven el goteo de romeros, uno aquí, dos allá. Todo parece tranquilo, el cansino andar de los caminantes, el más presuroso de alguno de a caballo, o una carreta que chirria. Los ladrones no aparecen.

Durante varias semanas procede Hernando de forma similar, cambiando el itinerario y yendo al sitio contrario de donde dijo iría. Hasta que un día, caminando con su partida más allá del monasterio, donde el camino cambia nuevamente a la otra orilla del río, dos carretas que no ha mucho abandonaron el cenobio, se adentran en el ancho vado. Unas gruesas llábanas remansan el agua y sirven de paso para que los caminantes atraviesen sin mojarse. Las voces de los conductores apremian a las vacas -¡Alez,  alez, vite!- para que pasen aprisa y sin miedo. En el justo momento en que la primera de las carretas está en mitad del río, diez moros todos de a pie y bien armados, los rodean. Exigen cuanto de valor lleven, y en un santiamén, cargan oro, joyas, paños y viandas en una mula que llevaban, y desaparecen.

A poco de irse, los de las carretas, cuatro hombres y dos mujeres, a los que los sarracenos habían hecho bajar, con el agua por las corvas, comenzaron a vociferar: Mère de Dieu! Mère de Dieu! Heureusement, ils ne nous ont pas tués! (¡Madre de dios, madre de dios! ¡Afortunadamente, no nos mataron!)

Llega Hernando,  le dan cuenta de lo sucedido, y salen en persecución de los ladrones por donde dicen se marcharon. Unos labradores se hallan trillando en una llosa la mies que segaron al otro lado del río. Dos mulas tiran de los trillos, mientras que otros amontonan la parva, avientan y recogen el grano limpio por un lado, y por otro la paja.
El Señor pregunta si no han visto u oído a alguien por las inmediaciones, contestando con respeto uno de ellos, que están a lo suyo, que ya es bastante. Por más que buscan en todas direcciones, no hay rastro de los asaltantes que seguramente tenían los caballos escondidos.

Tras mucho pensar, llega Hernando a una conclusión. Manda parte de la partida de vuelta a la torre desandando el camino, pasando por la llosa y el vado para que los vean, mientras él, con tres de sus hombres, se emboscan en unas matas de castaños. Tienen a la vista a los campesinos, que continúan con su faena hasta el atardecer. Entonces, seguros de que nadie hay por allí, rebuscan entre la paja, y, sacando lo que bajo ella está, lo cargan en las aguaderas de los mulos y lo cubren con grano. Es el momento. Los soldados caen sobre ellos y los apresan.

Todo podía haber acabado allí, más, a la vista de las joyas y monedas, cegado por la avaricia, Hernando quiere saber dónde está el producto de robos anteriores.

- Confesad aquí mismo o seréis sometidos a tormento.

 Los ladrones han confesado, también, que el encargado de puente y rastrillo, es quien avisa adonde se dirigirá la tropa, sacando por una aspillera dos cintas de colores. Los llevan hasta el molino a la vera del río donde esconden su botín. Luego, cargados de cadenas los envían a la ciudad con parte de lo robado, las ropas y armas que utilizaban, para que sean juzgados. La otra parte, la más sustanciosa del tesoro, la esconde Hernando en la cisterna de la planta baja de la torre, con la promesa de repartirla con aquellos tres de sus hombres.

Los robos han cesado, al menos por un tiempo. La madre abadesa está complacida, y el rey ha concedido al Señor del Peñedo que añada una leyenda a su escudo.

Han pasado los años. La reconquista ha avanzado mucho hacia el sur. La torre hace largo tiempo que no es necesaria y está abandonada. Hernando fue condenado a la pena de garrote por los robos que cometió, alguno con sangre de por medio, y sus hombres encarcelados. Fueron denunciados por el capitán Godofredo que casualmente se enteró del asunto.

Ni el polvo de sus cuerpos queda ya, pero si la leyenda sobre el tesoro que guardara y que no apareció a pesar de las muchas piedras de la torre que fueron removidas.

Algún avispado creyó entender, que en la leyenda del escudo, se hallaba la solución:
          "Levántame y verás lo que detrás de mi hallarás"
Y con palancas de hierro lo sacaron de su sitio, por buscar el agujero, en que el oro se guaria. Esto fue lo que vieron escrito:
          "Bendito Dios y alabado, que ya estoy del otro lado"



3 comentarios:

RECOMENZAR dijo...

Intenso escrito de palabras que describen los momentos...
me gusta leerte es un buen modo de pasar el tiempo
abrazo

victoria dijo...

Gracias por compartir esta hermosa entrada amigo Alfredo..Entretenida hasta el final!!

Siempre se aprende ..

Con cariño Victoria

Manuel dijo...

Desconozco si es historia o leyenda; pero lo cierto es, que es un relato muy interesante y muy bien hilvanado.
Enhorabuena.
Un abrazo.