domingo, 5 de abril de 2015

Ludivina.



A diario, sentado en aquella mesa del café, escribía la columna para el periódico local. Como novato, el editor me había relegado a una de las páginas interiores, y así y todo, gracias a la influencia de un tío, hermano de mi madre.  Patricio, mi tío, escritor de novelas con muy buena acogida y ganador de un premio de renombre, le había pedido al director que me diese una oportunidad. Yo traté de aprovecharla, y a fe que lo conseguí, pues antes de un año, mi columna, con foto y todo, ya estaba ocupando la última plana.

El dueño del café, le puso allá por los años sesenta, el rimbombante nombre de "El Ateneo", con la pretensión de que allí se reunieran los intelectuales de la ciudad. Al parecer, estimaba más el renombre que pudieran dar al local, que las pesetas que les pudiera sacar a aquellos prohombres que solo tomaban café con leche, mientras por horas ocupaban la mesa.

A raíz de mi presencia en lugar tan notorio del diario, fui invitado a sentarme con ellos para opinar, interpretar, o debatir, los diarios acontecimientos. Esos que eran el meollo de mi columna, y que dada la edad de los presentes, siempre comparaban con tiempos pretéritos.

La tertulia estaba formada habitualmente por cuatro hombres y una mujer. Ella, Ludivina, se presentó ante la mesa que yo ocupaba, y tras darme algo de jabón por mi meritorio trabajo en el diario, me preguntó si tendría a bien participar en aquellos sus "coloquios carpetovetónicos".

No entendí muy bien a qué se refería con lo de carpetovetónico, si lo decía por la costumbre de reunirse diariamente, por el provincianismo del que hacían gala, o por la edad de todos ellos, pasados los sesenta.

Le dije que iría en cuanto terminase mi columna, aunque no lo pude hacer más atento a lo que hablaban, que a un trabajo del que ya había perdido el hilo.

Durante cuatro años, y tras escribir mi artículo, me unía a ellos. Eran unos viejos entrañables; Primitivo; la enciclopedia viviente, resultado de los libros que leyera en su trabajo de bibliotecario. Ahora jubilado ya, aun se llevaba deberes para casa. A Ontario, le gustaba que le llamasen esenciero; tenía una fábrica de perfumes, y según contaba, le pusieron el nombre que los iroqueses dieron al "lago hermoso", quizá por lo meón que era. Juan, actor que comenzó a trabajar en el cine al lado de Valeriano León. Alternaba el cine con el teatro, pero una afección de garganta le privó de continuar su carrera. Hacía criticas par un diario de Madrid. Indalecio era profesor en el instituto, y Ludivina, escribía poemas; cinco libros publicados, y dos de cuentos infantiles.

Me regaló el último que salió de la imprenta. En realidad, yo, de métrica apenas conozco la cinta de medir, pero el engarce de sus palabras, me cautivó primero,  y me caló a lo hondo después.

Tras aquellos años de fogueo, me salió un trabajo mejor remunerado, y, aunque ello suponía el traslado a una urbe más populosa, me decidí.

Mantuve correspondencia habitual con la más querida de aquellos vejetes; Ludivina, correspondencia en la que ella solía incluir alguno de sus cuentos o poemas, y que me dieron pie para ocasionales trabajos. Ella lo agradeció en la consideración de que la promocionaba de tal manera, que las ventas de sus publicaciones aumentaron.

Llegó un momento, en que sin saber el motivo, cesaron por su parte aquellas conversaciones epistolares, limitándose a enviarme únicamente, escritos fechados de antiguo. Al principio no le di importancia, suponiendo que el trabajo ocupaba su tiempo.
Cuando extrañado por tal forma de proceder, le pregunté a que se debía el motivo, su marido me escribió una breve carta que en síntesis decía:

 "Mi querida esposa Ludivina Sánchez Albuerne, está ahora en la paz de Dios; falleció de larga y penosa enfermedad hace siete meses.
Cumpliendo sus deseos, le he ido remitiendo aquello que ella seleccionó para usted. También me encomendó, que su entierro se celebrase en la intimidad, que no se publicara esquela alguna, ni comentase su óbito a los conocidos. Quería mantenerse viva para sus amigos".

Ahora comprendía el motivo de aquella estrofa de Santa Teresa, que me escribiera como posdata en su última carta:

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.


5 comentarios:

Marta C. dijo...

Hola, Alfredo, casi te pillo colgando el relato. Precioso como precioso me ha parecido el nombre de la protagonista. Nunca lo había oído. No sé si es de tu invención, pero me parece un hallazgo para el nombre de una protagonista. Es posible que alguna vez te lo pida prestado.
Me ha gustado mucho tu cuentín, como siempre, Alfredo.
Me uno a las palabras de Santa Teresa y al sentimiento de Ludivina cuando se las envió a tu personaje.
Un fuerte abrazo.

Alfredo dijo...

Marta.
Gracias por el comentario. Me alegra que te gustara.
Ludivina es un nombre que se utilizaba mucho por aquí.
Los dolores de Santa Teresa y los de Ludivina son producidos por distintas causas. La una por querer ver a Dios cuanto antes, y la otra por no soportar el dolor físico que supone su enfermedad.
Me ha encantado verte por aquí de nuevo. Por hoy me retiro hasta mañana, me avisan de que vaya a por el alpiste.
Salu2.

Marta C. dijo...

y ¿qué es en realidad, Alfredo, lo que lleva a las personas a no desear vivir, a desear la muerte? No es que no quieran vivir, lo que quieren es huir de un SUFRIMIENTO que, en el caso de estas dos mujeres, solo puede acabar con la muerte. Eso es lo que mueve a todos los suicidas, el convencimiento de que morir es para ellos la única manera de dejar de sufrir.
Ellas, cada una por un motivo diferente, sufren y por eso desean la muerte. Teresa por su necesidad de contemplar a Dios y Ludivina por la necesidad de acabar con su sufrimiento físico.
Pero es que yo creo que ambos sufrimientos no son tan diferentes. Sufrir es sufrir, sea con el alma o con el cuerpo. El problema es que en la mayoría de casos, ambos se retroalimentan. Y no lo digo yo, lo dijo Freud hace ya muchos años.
Bueno, dejo de darte el rollo.
Un abrazo

Marta C. dijo...

Que descanses

Alfredo dijo...

Marta.
La cosa es compleja. En el caso de Ludivina, no cabe duda de que el dolor era lo que le hacía desear la muerte, ahora bien: En el caso de de la Santa, sus deseos de morir ya le vienen de lejos. A edad temprana quiso embarcar a su hermano para ir a tierra de moros a sufrir martirio, a morir por una fe, que con siete años no puede estar tan arraigada, tampoco se puede decir que tuviera una enfermedad por la que deseara la muerte.
En algún sitio creo haber leído, que los suicidas están predeterminados a serlo, es como si algo recóndito les impulsase a ello más tarde o más temprano, posiblemente no sea cierto. Pero creo, que por mucho sufrimiento que se padezca, el instinto de conservación tiene más poder. Solamente, cuando ya nada hay que pueda mejorar la vida, cuando estás hecho un guiñapo, sin esperanzas de sobrevivir, y penando a más no poder, esa solución puede ser valida.
Salu2.