jueves, 11 de junio de 2015

Los Demonios del Rencor.



Una mañana cualquiera, de un día cualquiera, murió mi padre. Mi mano en su mano, su mano en mi mano. Abrió los ojos, una mueca de su boca huérfana de dientes quiso simular una sonrisa, tomó su última bocanada de aire, y expiró. Intuí que sus demonios habían desaparecido en el mismo instante en que aquellos ojos, agradecidos, se habían abierto para darme el adiós definitivo.

Su padre, mi abuelo, fue una persona severa para con los demás. Jamás consintió réplica, él estaba en posesión de la verdad, y hay de aquél que lo dudara, sus posaderas se verían afectadas por el resquemor que produce una buena correa de cuero. Sin embargo, estaba lleno de prejuicios y contrariedades. Era mujeriego y racista, pero tenía queridas jóvenes, de color, asiáticas... en fin, de cualquier raza que le sirviera para presumir de la internacionalización de su cualidad masculina, sin percatarse de que si las tenía, era a base de dinero. Machista que menospreciaba y odiaba a las mujeres, mientras que para los suyos era agrio de carácter, trataba melifluamente, con buena cara y su mejor sonrisa, a las que entraban a buscar en su comercio las mejores telas y paños de la ciudad. Tal vez fuera por tener que doblar la cerviz ante ellas, el negocio es el negocio, que las odiaba.

Once veces preñó a mi abuela, que como buena y fuerte pueblerina, era para lo que servía, según su entender. Aquél carácter sumiso de ella, y el prepotente de él, hizo que sus hijos, seis hombres y cinco mujeres, fueran un fiel calco de su padre. Todos menos Oliva, que a los catorce años, y quizá para purgar pecados ajenos, se fue para un convento de clausura de donde jamás salió.

Suponía que mi padre cojeaba de la misma pata, al menos las refriegas que de vez en cuando sostenía con mi madre, eran de tono bastante elevado. Pero ella no se achicaba, era de otra pasta, más moderna y preparada que la abuela. Y él se bajaba para la fragua con los puños apretados y los nudillos blancos, sin querer dar el brazo a torcer aun a sabiendas de que estaba equivocado, a soltar mamporros a los hierros al rojo hasta la noche. En lo oscuro de la habitación, continuaba la pelea; jadeos, suspiros, y los muelles de la cama que no cesaban de chirriar, a la mañana, caritas melosas y piquitos relamidos. Se había hecho la paz. Alguien de fuera, podía haber pensado, que aquél matrimonio no hubiera durado muchos años de continuar con las mismas actitudes.

Dicen, que los polos del mismo signo se repelen, así que mi padre también se marchó de casa con catorce años como lo hiciera Oliva. Y para más fastidiar al viejo, se ofreció de pinche en un pequeño taller de forja, cuando los hermanos estudiaban buenas carreras. Atendía solícito el fuelle, mantenía el fuego o daba a la maza según las órdenes del patrón, y este, que veía la rabia con que batía el hierro, lo encauzó para que estudiara geometría, en la confianza de que el dibujo y el cálculo absorberían el rencor que llevaba dentro.

 Con el tiempo, las más artísticas rejas, celosías, balconadas y puertas salían de sus manos. Aunaba el hierro con latón, con chapa o con cristal de colores, siendo la geometría y la filigrana de tal puro gozo, que llevaron el taller a un reconocimiento internacional.

Mi madre murió joven, a los treinta y seis. Era la hija del dueño del taller a quien mi padre conoció cuando usaba calcetines y peinaba coletas. Por entonces yo tenía quince años y fue la única vez en que vi llorar a mi padre que se lamentaba: "María, ¿con quién voy a discutir ahora?" Durante el tiempo en que duró su enfermedad, él fue su enfermero y creo que hasta su guía espiritual. La alimentaba, limpiaba, bañaba, leía, se acostaba vestido junto a ella y le hablaba y hablaba mirando al techo explicándole aquel proyecto suyo del molino de viento que generaba corriente eléctrica.
Si alguna duda había tenido yo sobre aquellas pretéritas actitudes, se disipó. Su amor y el respeto mutuo, a pesar de alguna trifulca, era verdadero, y los demonios del rencor, solo eran para con su padre, y para consigo mismo que creía llevar de nacimiento aquel estigma.

Pero mi abuelo no era ni más ni menos distinto a la mayoría de los varones de su generación. Se creían muy machos, en el más amplio sentido del concepto, y trataban de demostrarlo con su comportamiento y forma de pensar. Aquello no hubiera sido posible sin la complicidad de infinidad de mujeres para las que su "carrera" era hacer un buen matrimonio. Ese era el burka bajo el que se guarecían, mientras otras, más aguerridas, luchaban por los derechos que se les negaban.

Mi padre nunca se volvió a casar, el proyecto quedó aparcado para siempre, y ya solo se dedicaba, sin demasiado entusiasmo, a plasmar en el papel los diseños que sus operarios llevaban a buen fin. Se marchó tranquilo esperando el reencuentro con su esposa, y en la seguridad de que yo había comprendido, que él no fue como su padre.


2 comentarios:

Manuel dijo...

Mi enhorabuena, Alfredo, por tu bonito relato. Hoy por desgracias todavía quedan muchos de esos abuelos, sobre todo en zona rurales, donde la mujer solamente existen para procrear.
Por cierto y esto es verídico, mis abuelos maternos también tuvieron once hijos, seis hombres y cinco mujeres.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Manuel.
Casualidades de la vida. No por los once, que antes las familias supernumerosas estaban a la orden del día, pero si por el género.
Gracias por el comentario Manuel.
salu2.