viernes, 24 de julio de 2015

De Ladrones y Refranes.


Cuando yo era chico, decía mi madre, "El mayor ladrón del mundo, comenzó robando un alfiler". Y yo me puse a cavilar en cómo debía de ser ese alfiler. No merecería la pena robar uno de esos de costurera, o los que prenden las dobleces de las camisas sin estrenar. Es más, ni siquiera llamaría la atención ni movería la avaricia del ladrón, es decir, que el ejemplo, queriendo resaltar la nimiedad del hecho primigenio, no era muy creíble.

Puesto a juzgar, determiné que aquél hombre, cuya imagen siempre me venía a la mente como el mal ladrón crucificado junto a Cristo, se lo habría llevado sin darse cuenta. Otra cosa sería, si el alfiler fuera de esos largos con cabeza de cristales de colores, que las chicas utilizaban para jugar, aunque el no va más, serían aquellos que sujetaban moños o mantillas. ¡Sí, esos ya eran otra cosa!

Dicen los entendidos, que toda acción suscita una reacción, lo que debe de ser verdad, puesto que tratando de alejarme de una tentación, que yo no había sentido, mi madre consiguió que me interesara por un cambio de lugar... de aquellas minucias que me interesaban.

Poco a poco me convertí en hábil ratero, y cuando fui mayor, a base de estudio y práctica, podía abrir las cajas de caudales que los ricachones ciudadanos tenían a bien colocar en sus casas.

Aunque dicho así parece fácil, la cosa no era tan sencilla. Se necesita una logística, es decir; medios (herramientas), métodos (forma de proceder), e información (conocimiento sobre la materia y sobre los hábitos del sujeto objeto del expolio) Esto, podía suponer la colaboración de un equipo de personas, en las cuales había que confiar. Aquello no me gustaba, mejor solo que acompañado de alguien que se fuera de la lengua, o al que pudieran seguir los pasos. Si caía, que fuera por mí mismo.

Lo interesante de un robo, junto con la planificación, es la emoción del robo en sí y el riesgo que suscita, quedando un tanto al margen el beneficio obtenido. Por ello, a veces, entraba en las casas cuando sus moradores dormían, abría la caja, y me marchaba sin llevarme nada. Tampoco es que lo hiciera a menudo, pero hay mucha diferencia entre un honrado comerciante, y el banquero que exprime a ese tendero, con créditos abusivos o intereses misérrimos.

Al final, no hay mal que por bien no venga; el tendero pondría una caja más decente, y el banquero, que no el banco, que es de esos accionistas, y que las más de las veces ni pingan ni asan,  sentiría en propia carne el escarnio al que somete a los demás.


Me gustaría decir, que todo me fue bien en la vida, pero no fue así. Llegó el día en que me enamoré, y a mí, que todo lo investigaba y planificaba al dedillo, ni siquiera se me pasó por la imaginación, que aquella mujer fuera capaz de hacerme lo que yo hacía a los demás. Roto el corazón, ni siquiera la perseguí, pues sabido es que; "El que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón"


3 comentarios:

Alfredo dijo...

Siento no poder comunicarme con alguno de los que han querido participar en este sitio, por ello les pediría que hiciesen un simple comentario- un hola es suficiente- para poder corresponder. Habitualmente, pinchando sobre la foto puedo ir al enlace, pero llevo una temporada en que eso no sucede y desconozco el motivo.
Gracias.

Elda dijo...

Muy bueno el cuento Alfredo... tan convincente que me pensaba que eras tú el ladrón jajaja. La verdad que escribir en primera persona tiene su aquel y la lectura se hace de los más amena.
Hubo una interrupción de la actividad con el enamoramiento de quien te robo, así que podrías muy bien seguir con una segunda parte.

En cuanto a lo que dices de pinchar encima del nombre, o la foto del seguidor, a mi me pasa también desde hace un tiempo, con lo cual solo puedo ir al blog que me deja un comentario.

Fue un gusto leerte.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
El cuento no va muy allá, pero es lo que hay. Me gustaría escribir cosas simpáticas, y alegres, pero no me salen, y eso que me considero bastante cachondo.
Salu2.