martes, 28 de julio de 2015

El Cementerio de los Elefantes.



Hace años, había la creencia generalizada, basada en la mitología africana, de que los enfermos y viejos elefantes iban a morir a un lugar, que los que lo buscaban dieron en llamar "El cementerio de los elefantes". Se suponía este, un lugar hermoso por cuanto estaba lleno del valioso marfil, aunque las osamentas debían de darle un tono bastante siniestro. Altos farallones lo rodeaban, cayendo en cascada un río que alimentaba el lago. La vegetación lo ocultaba de la vista, por lo que fueron contados humanos que lo llegaron a hollar.

Mi padre, trabajador hasta la extenuación por alimentar esposa y cuatro hijos, le dijo un día a mi madre; "Luisa, me voy y no volveré. Ha llegado mi hora. Es mi deseo que no me busquéis, así se evitarán los gastos que se pudieran ocasionar. Te he querido como a nada en el mundo, bien lo sabes, y siento la posición en que te dejo, pero estoy enfermo, reventado por dentro y nada lo remedia ya. Adiós".

Y al igual que los elefantes, mi padre, que a la sazón contaba con cuarenta y dos años, echó un poco de vianda en el macuto y se fue. Apareció dos años después, esquelético ya, en una cueva desde donde se podía contemplar el valle por donde discurría el río y frente a otros montes cuajados de castaños y robles. Mi padre, como los elefantes, buscó un sitio hermoso donde morir, con el agua a la vista, en plena naturaleza y con la compañía del canto de los pájaros, sobre un cama de helechos y hojas de abedul, impregnado por su olor, y con las manos sobre el pecho cual aquellos prohombres tallados en sus sepulcros

A la partida de mi padre, contaba yo con once años, la siguiente sumaba uno, y así cada cual de las hermanas. Nuestra casa estaba a medio monte, no muy lejos de la reguera donde antaño se ubicara la fuente y el lavadero que abastecía a la aldea. Algo más arriba, en un terreno arrancado al monte, teníamos la huerta y, separado por una talanquera, el prado donde pastaba la Ratina.

Hasta entonces, la rutina era casi siempre la misma; Mi padre se iba al tajo sobre las seis de la mañana, llevaba la comida para recalentar a las doce, casi siempre patatas con arroz y chorizo, y debía salir a las cinco, pero a menudo se quedaba hasta las siete o las ocho.

Las hermanas iban a por agua, las mayores un caldero en la cabeza y una jarra la pequeña. Yo subía la vaca por la caleya, apañaba algo de leña, y a la vuelta, desayunábamos para ir a la escuela. Tres kilómetros andando. Mi madre ordeñaba, hacía la comida, remendaba, atendía la huerta y segaba para "estrar" (poner la cama a la vaca), limpiaba la cuadra apilando el cucho, para que los domingos bien de mañana mi padre lo subiera en carretillo a la huerta.

Pero todo cambió a partir de aquél momento. El dinero no entraba y los gastos eran necesarios; los garbanzos, lentejas o pescado, amén de otras minucias, no los daba la tierra. Mi madre, además de las tareas usuales, tuvo que ponerse a lavar ropas ajenas, mis hermanas dejaron de ir a coser para ayudar, a más, que había que pagar por la enseñanza, y yo me fui a la tejera a meter y sacar ladrillos del horno; dos pesetas por las ocho horas. 

Mi ma era muy llorera, echaba de menos a mi pa, y aunque hipaba bajito en las noches, yo la oía. También nosotros notábamos su falta; cuando bajábamos a la Villa por las fiestas, los globos que hacíamos con papel de envolver, o periódico, el engrudo y la baba de caracol, las romerías de tal o cual santo, los domingos a la tarde jugando a la lotería...

 Cuando lo encontraron, el médico decía que no era él, que aquellos huesos gastados eran de alguien mucho mayor, pero llevaba el escapulario que mi madre le cosiera en el forro de la chaqueta. No era muy católico, esperaba en el chigre a que saliéramos de misa, pero don Arsenio, el cura que los casó, siempre lo saludaba con respeto. Sabía que era un buen hombre. Por eso, él, de mísera sotana cosida y recosida, pagó de su bolsillo los diez duros para enterrar aquellos huesos y le dio un sitio en el cementerio, que pertenecía a la iglesia.

El tiempo fue pasando y yo ya tenía dieciocho. Una vez más encontré a mi madre llorosa cuando llegué del trabajo. Se abrazó a mí y no pudo reprimir el llanto a moco tendido. Mis hermanas también nos rodearon con sus brazos.

- ¡Que sucede? inquirí.
- Te llaman a filas. Estábamos a mediados del año 37.

Diez pesetas diarias, rancho, cama y equipamiento; una manta, una marmita, fusil y cartucheras, mono... quince días un dos, un dos, izquierda,  derecha, izquierda, derecha, media vuelta... apoya bien la culata en el hombro, y mira que, objetivo, punto de mira y alza estén en línea, entonces, dispara.

Nos subieron a unos camiones hasta llegar a una aldea a más de ochenta kilómetros. El grueso de la columna se quedó en el pueblo a la falda de un puerto. El resto, cinco aquí, cinco allá, nos fueron repartiendo por los riscos más elevados para vigilar la carretera. Una bandera roja para ondearla en caso de que el enemigo apareciera, un "buscar ramas para hacer un pequeño cobertizo", un ¡salud camaradas!... y ahí os quedáis.

Estábamos siete días en el monte y otros tantos en la aldea.  Todos los días se subía el rancho a los de arriba, la cosa estaba tranquila, el aburrimiento imperaba, y la única distracción consistía en oír graznar a los cuervos, el ¡uííuu... uííuu¡ de los milanos, o el esquilón en la lejanía de alguna yegua. Algún carretero iba o venía a León, pocos, y así fue pasando el verano, hasta que un día, el rancho no llegó. Esperamos a la noche, quizá la nieve, algún merodeador, alguna avanzadilla se lo había impedido y no querían delatarse. Pero al siguiente tampoco vinieron. No había agua, el hambre apretaba, se acordó en conciliábulo que bajaran dos a ver qué era lo que ocurría. Pero los que bajaron tampoco volvieron. A la noche otra reunión, y la nieve continuaba cayendo. El pánico imperaba y algunos optaron por enterrar las armas y marcharse a su casa, otros dos y yo juzgamos que aquello era deserción y que nos podían apiolar, mejor bajar y enterarnos en el pueblo de lo que sucedía. Y en el pueblo nos dijeron, que la tropa se había marchado a toda prisa por donde vinieran. Nos dieron de comer y nos fuimos cada cual por su lado. Años más tarde supe, que el sargento y el cabo encargados de recogernos, esperaron a que los otros camiones se hubieran ido, y entonces, lo pusieron en marcha y se fueron hacia Galicia.

Por montes y vericuetos, procurando soslayar las carreteras y caminos principales, llegué a casa, descalzo, roto, medio muerto de hambre y de frío. Los Nacionales habían llegado, Asturias estaba liberada, era noviembre del 37.


Acabada la guerra, me mandaron a un batallón de trabajadores en Zaragoza donde hice el servicio militar. De todo aquello, saqué una conclusión; los militares no son de derechas ni de izquierdas, son eso, militares y les gusta dar órdenes. Algunas veces acatan la voluntad del pueblo y otras no. Que pueden morir en las guerras que ellos mismos o los políticos promueven, pero que ninguno de se va al cementerio de los elefantes. Eso queda para los pobres de solemnidad, que no tienen donde caerse muertos.

8 comentarios:

Marcos dijo...

Has mezclado ideas diversas que dan para historias muy diferentes, solo hay un tema que discrepo, que le dieran diez pesetas diarias en el 37. Cuando hice la mili en el 65, me pagaban 30 pesetas al mes.

Alfredo dijo...

Marcos. Mira por donde somos de la misma quinta.
Amigo Marcos, mis cuentos son siempre una patraña, pero los datos casi siempre responden a la realidad. Hay cuentos que necesitan documentación, y otros no tanta. Preparando esa documentación, he encontrado lo siguiente:
"Los reclutas republicanos estaban mucho mejor pagados que los del otro bando. Recibían 10 pesetas por día, en comparación con 50 céntimos de los nacionales, después de deducir 2,50 pesetas para comida, alojamiento y equipamiento", lo que significa que en realidad cobraban 12.50 pesetas.

Hugh Thomas especifica algo más, aunque no alude a a esas 2.50 pesetas de manutención y equipamiento:

"Los milicianos cobraban 10 pesetas diarias, eran los soldados mejor pagados de Europa. Los legionarios y moros, 5 pesetas. H. Thomas, La guerra civil española, p.320"

Respecto de los otros datos; entierro, soldada del crío y horas de trabajo, también son ciertos, del primero porque tengo una factura del entierro de un abuelo mío, y de los segundos, porque tengo un libro de entrevistas a gentes diversas de mi tierra donde hablan de su vida en aquellos tiempos.

Que el ejército español estaba muy mal pagado -ahora no lo sé- es sabido. Un tío mío, comandante de ingenieros, al pasar a la reserva en los años sesenta, como muchos otros, se tuvo que buscar un trabajo; el agua no le llegaba al sal, como se suele decir por aquí.

Me ha gustado la discrepancia y me agradaría, como tú dices, que la gente se sintiera libre de expresar su opinión.
Salu2.

Mar de versos dijo...

Interesante historia la que nos cuentas.

Besos.

Alfredo dijo...

Mar de versos.
Mis hijas dicen que son las historietas del abuelo cebolleta. Posiblemente, posiblemente.
Salu2.

Elda dijo...

Una buena historia que seguía con atención porque pensé que el padre que se marchó a morir, iba a aparecer tan tranquilo unos cuantos años más tarde, después de vivir en plena naturaleza, sin trabajar dándose una buena vida y comiendo de lo que pudiera conseguir, jajaja, y resulta que has seguido con la historia del muchacho, que tampoco está nada mal. Una familia que trabajó de lo lindo, ¡tanto! que me duelen las piernas, jajaja.
Bueno después de la broma, te diré que me ha gustado mucho toda la inventiva que tienes.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Elda.
Tiempos duros aquellos para darse la buena vida, pero en fin, ya sabemos que estas cosas de la economía son cíclicas. Lo malo es que a menudo los ciclos malos son más duraderos que los buenos.
Gracias Elda, me prestó que te entretuviera.
Salu2.

Manuel dijo...

Hola, Alfredo. No se si te he dicho ya antes, -creo que si- que me encanta como hilvanas tus relatos; es maravillosa la forma que pasas de tu padre a tus vivencias en el ejército, pasando por la familia, me dejas boquiabierto.
Como siempre me ha encantado.
Un abrazo.

P.D. Acabo de leer el comentario de Marcos y tu respuesta, sobre la soldada en aquella época. Pues quiero invitaros a los dos, si os apetece, que le echéis una ojeada a mi entrada "Cartas de un soldado".
Cobraban en el bando nacional a principios de la guerra, lo mismo que Marcos en el 65, una peseta diaria.

Alfredo dijo...

Manuel.
Gracias Manuel, me alegra que te entretuviera.
Mañana paso y leo esa entrada, y como veo que has vuelto, la nueva.
Salu2.