miércoles, 22 de julio de 2015

Las Latas de Membrillo.


Todo comenzó aquél día, en que mi madre creyó, que el dolor  que sentía era debido a la angina de pecho. Sintiendo la inmediatez de una muerte (que solo fue indigestión), comenzó a contarme una historia, mientras la píldora bajo la lengua, parecía liberar poco a poco un remedio que no necesitaba.

- José, en el último tramo de la escalera al desván, has de buscar un resorte que hay en las contrahuellas. Verás que son unos cajones disimulados que mi bisabuelo mandara construir para guardar armas y munición, tras la tercera Guerra Carlista y a la espera de que se dieran mejores condiciones que en las anteriores. Jamás se utilizaron, mi padre las entregó en su día a las autoridades. Sin embargo, el escondite me ha servido para guardar algo mucho más valioso. Allí, en latas de membrillo, guardo esas cartas por las que me has preguntado en alguna ocasión. Junto con ellas hay algo más que descubrirás, pero solo cuando me haya ido. No antes, promételo.

Y yo prometí que sus secretos serían eso, secretos hasta que ese día llegara.

No he conocido a mi padre, y mis abuelos maternos murieron en el 44 cuando tenía nueve años en un accidente de ferrocarril. Como cualquier crío ante una pérdida de esas, he guardado en un rincón oscuro de mi cerebro sus imágenes, las aviesas e inquisidoras miradas de él, y el amor que ella me prodigaba. Jamás supe de abuelos paternos, y en casa, ni una sola mención, al igual que de mi padre, se hacía. Tan solo supe de él, lo que el abuelo quiso; que había abandonado a mi madre antes de yo nacer.

Hoy tengo veinte años, mi madre treinta y siete, estamos en 1956 y ella lo es todo para mí. Ha suplido con creces la falta de un padre, y me ha sacado adelante, con el esfuerzo aumentado de una guerra fratricida de por medio. Pero ello no obsta, para que el gusanillo de la curiosidad, del interés y la impaciencia se haya adueñado de mí. Sé que faltaré a la palabra dada, pues pienso que en esas cartas, puede estar escondido el misterio de mi origen.

Mi abuelo se llamaba José Benítez Ulloa, mi abuela Amalia García Fernández, mi madre se llama Amalia Benítez García, yo, José Benítez Benítez, lo que me ha llevado a pensar, en el mejor de los casos, si mi padre no sería primo de mi madre, y que tal parentesco, fuera el desencadenante del ostracismo al que lo sometieron. Tal vez fuera un embarazo temprano y no deseado, una violación, no sé. Sea como fuere, el impedimento que pudieran suponer los abuelos ya no existe, más ella siempre responde - ya te contaré- cuando le pregunto. Quizá el amor, si lo hubo, murió. Tal vez mi abuelo... ¡No, eso no! ¿Pero es eso suficiente razón, para que siga sin saber quién me procreo? ¿Y las cartas? ¿Un amante platónico? ¿Mi padre? Aquel interrogante daba vueltas en mi cabeza, y lo que nunca me importó mucho, me importaba ahora.

A la muerte de mis abuelos, mi madre pasó a hacerse cargo del "Liceo Ulloa". Desconozco la importancia que pudo haber tenido antaño, pero ahora no era más que una simple academia donde se enseñaba secretariado, taquimecanografía, y cálculo. El negocio funcionaba según el ritmo de la economía, es decir, de forma harto inestable, tan pronto era boyante, como parecía que acabaría hundiéndose. Puesto que Amalia pasaba allí bastantes horas, no me resultaría difícil echar un vistazo a aquellos cajones y su arcano contenido.

Varias veces, agarrado a la barandilla de ese último tramo, me había detenido con esa duda que se tiene, cuando a la tentación se oponen los hábitos morales. Sin embargo esta vez no me detuve. Un ventanuco, que parecía una tronera, iluminaba la siniestra escalera. Tres peldaños, los últimos, descansaban en el suelo carcomidas las sujeciones por la polilla. Ningún cajón parecían contener. Tampoco el primer peldaño, pero sí el segundo. Apreté dos clavos de cabeza redonda que había en los extremos, sonaron los resortes, pero la tabla no se movió. Bajé a la cocina y cogí un cuchillo para introducirlo en la rendija que la separaba de la tabla superior. El escondrijo dejó ver lo que contenía; cuatro latas de membrillo de Puente Genil. El tercer peldaño contenía otras dos latas, el cuarto y sexto, también estaban trucados, pero vacíos.

Contuve la respiración y me dispuse a levantar la tapa de uno de los envases. Un momento de duda, las manos me tiemblan y tengo cargo de conciencia, pero lo abro. Dentro hay dos montones de sobres amarillos perfectamente colocados. Hay una cincuentena, mi madre los ha numerado; en el ángulo superior izquierdo de uno de los montones está el número 25 dentro de un circulo. El del otro montón, el 50.
Voy al del fondo, al número 1. La dirección está escrita a mano, matasellado en Manhattan con fecha noviembre de 1938. No hay remitente. No obstante, no lo abro, los voy pasando uno a uno cual si de un ritual se tratase. Veo los matasellos; varios del mismo lugar, luego, las ciudades se van sucediendo, parece que el remitente era en verdad muy viajero. De Estados Unidos salta a Guatemala, a Nicaragua o Cuba. En el 39 estaba en Alemania, en el 46 en Grecia, en el 48 en Israel. La última carta de una lata medio vacía, es del pasado junio del 55, parece que continúa en Israel.

Dejé aquellas excursiones por las estampillas de tierras diversas y abrí la carta que había dejado a un lado, la más antigua. Dentro de una simple cuartilla manuscrita, había tres billetes de cien dólares como recién salidos de la fábrica. Me arrimé al tragaluz y comencé a leer:

" Querida Amalia:
          Llevo tres años en Nueva York, si estás leyendo esto, perdona que no me comunicara antes contigo, pero temí que esta carta no llegara a tus manos. Sabré si puedo continuar escribiendo, cuando reciba tu respuesta.
          Espero que la guerra no os haya afectado en demasía, yo estoy bien, tengo un buen trabajo, y de ahí que mande ese dinero. Quisiera que esta misiva fuera de otra forma, pero sin saber la acogida que tendrá, no me atrevo a más. Un fuerte abrazo para todos y muchos besos de este que os quiere por siempre.
Te dejo la dirección donde debes enviar el correo."
53/4.6.21  397/COSMES  marzo/26

 ¿Qué dirección era aquella? me pregunté. Miré la hora, Amalia estaba a punto de volver, deje todo tal cual lo encontrara, y bajé.

Poco, por no decir nada, había sacado en consecuencia. Mientras Amalia trasteaba por la cocina, yo hacía que estudiaba. Lápiz en ristre echaba cuentas de lo material; el dinero. En dieciocho años, el desconocido había enviado doscientas treinta y nueve cartas, aproximadamente una al mes. Todas parecían tener la misma cantidad de billetes, lo que suponían unos setenta mil dólares, y que al cambio venían a ser casi tras millones de pesetas. Un tesoro que resultaba imposible poner en circulación. ¡A ver quién era el guapo que se iba al banco y ponía aquella cantidad sobre el mostrador... sin riesgo de ir a la cárcel!

Sí, había sacado algo en consecuencia; nadie envía tanto dinero, a no ser que tenga conciencia de que esa familia, la tuya, lo está pasando mal, o tratando de hacerse perdonar el mal causado. A cada minuto que pasaba me convencía de que el hombre sin rostro, sin nombre, era mi padre.

Me fui hasta la cocina, me coloqué frente a mi madre y la cogí por los brazos mirándola de frente, a los ojos. Madre, le espeté echándome un farol, mi padre vive, y sé quién es. A ella casi le da un vahído y tuve que sostenerla. Su rostro demudado y ojos llorosos, me convencieron de la inminente revelación que estaba esperando. Pero de su boca solamente salió un tembloroso; ¿Ha regresado?

Ahora fui yo el que dio un respingo. La emoción, el ansia de que se cumpliera aquél deseo suyo tantos años reprimido, me conturbó. Por un instante rehuí su mirada, comprendiendo ella, que él no estaba allí. Nos sentamos cogidos de las manos, entonces confesó su secreto.

Me dijo, que quien le enviaba las cartas, trabajaba para un organismo oficial de una nación extranjera y poderosa, por lo que a menudo viajaba de un país a otro. La precaución con que se manejaba era notoria; Siempre había que escribirle a un apartado de correos y con nombre falso, cambiando ambos de vez en cuando, según un código establecido de antemano. Las cartas que alguien se encargaba de enviar, provenían de lugares de los que ya se había marchado al menos entre cuatro y ocho días antes, para que un posible rastreador, pensara que en aquella fecha, aún estaba allí. En cada país por los que pasaba, había conflictos, conflictos que potenciar o tratar de suavizar, arrostrando o soslayando peligros, según conviniese a quien le pagaba.

El código para el nombre, prosiguió, hace referencia a un número de página y a las palabras que hay que contar, de cierto libro que me había regalado.  En él también está el apartado de correos y la ciudad, también en clave semejante.

Él, seis años mayor, era el amor de su vida, enamoramiento recíproco y que se remontaba a la infancia. El amor juega caprichosamente con las personas, hace que se avengan familias desde siempre enfrentadas, o todo lo contrario. Es un sentimiento que a veces obnubila la razón, que no entiende de bien o mal, de justicia o injusticia. Para el amor no cuentan aquellas palabras de la Biblia que imponen; "Habréis de cumplir mis leyes y guardaréis mis estatutos según ellos; yo soy el Señor vuestro Dios", y condenan; "Porque todo el que haga cualesquiera de estas abominaciones, aquellas personas que la hagan, serán cortadas de entre su pueblo".
Esa forma de pensar de los demás y de actuar en la vida desde tiempos pretéritos, causaba demasiado desasosiego en aquella relación, pero nuestros besos a escondidas, paliaban nuestros pesares hasta el punto de pensar que "ellos" estaban equivocados y nosotros no. El amor jamás será una aberración.

Ya sabes el motivo de nuestra impuesta separación, fue concluyendo. Mi abuelo paterno nació en 1854, tuvo cinco hijos; José, mi padre en 1885, Antonio en 1887,  Juana en 1889,  Reyes en 1900 y Jesús en 1912. Yo nací en 1918. Tú, que tanto entiendes de números, dime si es quien imaginabas, aquel que te dio el ser.

Algún día leeré las cartas guardadas en cajas de membrillo para conocer mejor a mi padre. Hubiera sido maravilloso que el amor que se profesaban tío y sobrina llegara a mejor puerto, pero mi madre jamás lo volvió a ver, y yo me quedé sin conocerlo; murió en noviembre del 56 en Hungría tratando de ayudar a mantener una libertad que no pudo ser.

Ahora ya conozco el título de los libros clave para descifrar los códigos de nombres y direcciones que mi madre le enviaba, y me hubiera gustado leerlas, pero supongo que él las quemaría para no ponernos en demasiado riesgo. 


5 comentarios:

Marcos dijo...

Tienes una mente prodigiosa.

Alfredo dijo...

Marcos.
Gracias Marcos, lo tomo como un cumplido.
¿Creerías si te dijera, que el cuento se me ocurrió al ver esas escaleras? Son del Monasterio de Santa María la Real de Obona hoy casi en ruinas. Está en el Camino de Santiago por el interior y me parece una maravilla. Mi mujer y yo colgamos las fotos en el facce, de las excursiones que hacemos.
Lo que más trabajo me dio, fue el cuadrar fechas y buscar las claves que al final apenas tuvieron importancia. Sin embargo, te diré que esas claves que escribí, pertenecen en verdad a un par de libros que tenía a mano.
Salu2.

Manuel dijo...

Hola, Alfredo. Lo he leído dos veces, por eso de las fechas, y no te puedes imaginar lo que he disfrutado. Es magistral; no se si eres un literato profesional, pero escribes relatos dignos de un Premio Cervantes -no exagero-. Me encanta como narras las historias, y la forma de hilvanar las diferentes partes de las mismas. Mi enhorabuena.
Un abrazo.

Manuel.

P.D. Y gracias por la idea de las latas de membrillo; yo tengo algunas llenas de postales de época, y voy a intentar escribir algo sobre ellas, haciéndolo coincidir con una entrada que tengo que preparar sobre Puente Genil (Córdoba), que si has probado la carne de membrillo de allí, estarás de acuerdo conmigo, que es la mejor del mundo. Doy fe de ello ya que estuve en el Otoño, de hace varios años allí y disfrute de una cata de este delicioso manjar.

Te pongo un enlace de tu blog, en el mio, cosa que ya debía de haber hecho hace tiempo, pero por falta de "eso" mismo, no he podido.

Alfredo dijo...

Manuel.
Agradecido por el comentario, creo que me juzgas demasiado bien. Procuro narrar las cosas con sencillez -al menos eso me parece- y tratando de ponerme en la piel de cada uno de mis personajes lo que les da un algo familiar.
Me alegro que te gustara.
Salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Oye, lo de las latas de membrillo, son reminiscencias de los años infantiles, de cuando de chicos nos daban la merienda aquél dulce entre pan o la onza de chocolate. Pienso que en cada casa debe de haber alguna lata de aquellas que luego utilizaban las mujeres para meter los trastos de la costura.
Me alegrará que publiques el tema como tu sueles hacer.
Salu2.