domingo, 5 de julio de 2015

Luisito, cabeza de melón, cabeza de sandía.


El barrio parece pobre. Lo mejor de él, son las casas que dan a la plaza, aunque a decir verdad, además de ser más antiguas que el andar a pie, están bastante viejas. De las que unidas unas a otras miran al sur, nos fijaremos en esa del portón sobre el que pende el cartel: "Garaje de bicicletas". Son letras grandes de color azul, aunque las de la leyenda debajo de ellas, siendo más pequeñas, resaltan mejor por su color rojo: "Reparación, venta y alquiler por horas".

Sobre el garaje está la vivienda. Peldaños de madera muy gastados por el uso, también por el asperón que raspa lo suyo aunque solo se friegue una vez al mes. Hoy huele a orines, más, cuanto más arriba. Uno tras otro, los quince peldaños nos conducirán en línea recta hasta un rellano, rellano en el que dos puertas nos invitan a pasar. Ambas hay que abrirlas desde  el anteúltimo escalón dada la estrechez del rellano. Si abrimos la de enfrente, comprobaremos el motivo del tufillo; hay un retrete... y mucho me temo, que no serviría para un narigón. Ya sabes, te sientas...  apoyas los codos... la puerta demasiado cerca...
Cerramos rápidamente y abrimos la de la vivienda. Franqueada la puerta, nos encontramos en mitad de un pasillo; hacia la derecha, la cocina, hacia la izquierda, las habitaciones. La cocina es apenas el mismo pasillo, ensanchado a base de quitar espacio a un hueco donde podemos ver un catre, una cómoda, una mesa camilla y cuatro banquetas. Un ventanuco bastante alto, mira al norte e ilumina la estancia que no tiene puerta. Otra ventana, algo más grande que la del lado contiguo, da luz a la cocina, y por ende al pasillo. Una pila de marmolina, una pequeña meseta, y una hornilla cuyos humos recoge una campana de mampostería. Junto a la pila hay una cortina que da paso a un oscuro tabuco utilizado como despensa y que está detrás del retrete. Estos son los dominios de María, la hermana mayor y soltera de doña Concha.

María nunca sale de casa, ni siquiera para ir a misa, y apenas si pisa el resto de la casa, que no le importa. Ella es la cocinera; las comidas a sus horas, las provisiones que no falten, y poco más. Sigue las novelas de la radio en su cuarto, u ojea las revistas que le deja su hermana, mientras impenitente fuma liado. De lavar la ropa se encarga la Engracia, que se la lleva los lunes.

Tres huecos más tiene la casa, dos de ellos habitaciones interiores. En la que está frente a la entrada hay dos literas. En ellas duermen los cuatro hijos mayores; Benito, el mayor, tiene el privilegio de dormir en la litera de arriba; está junto al tragaluz que da a la cuarto de la tía María, los otros son, Pedro, Miguel y Federico. Siguiendo el pasillo, pareciera que vas a entrar en el comedor; cuadro de la Última Cena, trinchero con juego de café y candeleros de plata, una bandeja sobre la que hay una jarra de jerez y seis vasitos es lo que se puede contemplar, pero una vez dentro, te llevas la sorpresa al ver otra litera arrimada a la pared frente a la del trinchero. Dos balcones a la plaza, en medio, reloj colgado, y una mesa cuadrada con sus cuatro sillas. Allí duermen y hacen sus deberes Manuel y Luis.

Los padres, doña Concha y el señor Benito, duermen en el último hueco; pared medianera con el de los hijos mayores y entrada por el comedormitorio por una puerta doble con cristales translucidos pintados a mano.

Doña Concha, es devota de San Judas Tadeo, catequista desde tiempo inmemorial, también preside el ropero parroquial. El señor Benito lleva el garaje  con sus hijos Benito y Pedro, ciclistas profesionales. Al mayor se le da bien la montaña y al segundo las contra reloj. Miguel y Federico estudian el bachillerato, Manuel y Luis van a la Nacional.

Dicen los que entienden, que la cabeza de los humanos, pesa en los recién nacidos sobre dos kilos y medio, y entre cinco y seis en el adulto. Luisito, el hijo de doña Concha y el señor Benito, nació con cabeza de adulto, lo que fue causa de un gran problema para su madre, y también para él que casi no lo cuenta. A él lo tuvieron que sacar con fórceps, y a ella, coser un buen desaguisado. Don Fernando, el médico, y la partera, querían hacer una cesárea dado el riesgo que entrañaba semejante cabeza, pero ella se negó; -"San Judas Tadeo, abogado de los imposibles, velará por nosotros" y añadió; "Esos métodos son contranaturales, esta dicho: Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos. Fin de la discusión".

Lo complicado de la operación, aparte del volumen, radicaba en la forma, pues si esa forma hubiera sido cónica, el problema sería menor. Pero el niño tenía un melón como esos de Villaconejos, como un zepelín, o, dado que estuvo sumergido durante nueve meses en el liquido amniótico, como un submarino. Corrían el riesgo de desnucarlo.
Las preces de doña Concha, y la confianza en su santo favorito, ayudaron en el trance.

Lógicamente, el melón fue a más. Digo melón, pues es sabido que las melonas son más "achatadas por los polos", más redonditas, vamos, y la mollera de Luisito era un tanto puntiaguda por ambos lados. Le costó trabajo comenzar a andar, pues el peso le hacía bambolearse adelante y atrás, aterrizando a menudo y amortiguado el golpe por la chichonera.
El galeno recomendó que el niño visitase la piscina regularmente para mejorar el equilibrio, cosa que la madre tomó al pie de la letra. Todos los días acudían a primera hora a la piscina municipal, y aunque el crío casi se ahoga, pues se iba al fondo, pronto comenzó a "espatuxar" (sacudir las piernas en el agua) panza arriba. Aunque comenzó a nadar al poco, siempre lo hacía de espaldas para no tragar agua, solamente cumplidos los cinco años empezó a nadar a braza.

Cuando comenzó a la Escuela Nacional, sintió en propia carne la mofa de algunos sus compañeros, mofa que no habían consentido las monjas en el colegio de párvulos. En el barrio, aleccionados por sus padres, a ningún niño se le ocurriría llamarlo cabezón, dada la mejor posición del padre, el reconocimiento de la labor materna y la tutela de los hermanos. Pero a la nacional iban chicos de otros barrios, chicos mayores, guasones, malvados, picapleitos... Y así fue creciendo con gran complejo, que llegado a cuarto curso, don Rubén, el nuevo maestro, se encargó de eliminar.

- Hoy estudiaremos una de las partes del cuerpo; la cabeza humana.

Instintivamente los cuarenta chicos miraron a Luisito, y este, azorado, bajó la suya concentrándose en un libro del que apenas podía ver las letras.

- ¿Quien me puede decir las partes que la componen?

Casi todos levantaron la mano:

La cara y el pelo, afirmó uno. Y la calavera, dijo otro. Uno más arriesgado, se atrevió a decir las orejas y los sesos, pero casi todos pasaban por alto todo lo demás. Entonces el maestro les explicó que la cabeza sirve para algo más que para llevar el pelo. "En ella residen órganos sensoriales de suma importancia con los que se ve, se oye, se huele o se saborea". Así fue detallando, hasta llegar a la parte que le interesaba..."El cráneo, todo este hueso, protege  el cerebro, que es el órgano más complejo del cuerpo - apuntar complejo para buscarlo en el diccionario- él es quien ejerce el control sobre los demás órganos; hace funcionar el pensamiento, la memoria, la imaginación, el juicio, la decisión, las emociones o el lenguaje. Activa músculos para correr, masticar o levantar un peso... todo lo que hacemos, está gobernado por el cerebro. Para ello, está dotado de unas células -todos nosotros estamos formados por millones de células- llamadas neuronas. Las neuronas transmiten la información a una velocidad altísima, y están conectadas entre sí. Cuando las células del cerebro van muriendo, esa conexión falla, entonces alguna parte del cuerpo no responde como debiera. Es decir: Puede fallar el habla, la vista, quedar torcido, dejar de tragar... y hasta morir".

- ¿Porqué se mueren?

- Se mueren de soledad. ¿Extraño, eh?. Quiero decir, que se mueren por no utilizarlas, por eso hay que estar siempre aprendiendo, trabajando, haciendo deporte... cosas repetitivas y cosas nuevas. Tenemos millones y millones, y como digo, hay que hacerlas trabajar.

Por fin alguien se atrevió a hacer la pregunta que el maestro esperaba:

- ¿Y todos tenemos la misma cantidad de nuronas? 

- Neuronas, ne-u-ro-nas. Aproximadamente las mismas, eso no va en función de si tienes un cerebro de mayor tamaño... o más pequeño. Lo interesante es que cuanto más se comuniquen entre ellas, más vivirán, serás rápido de reflejos y en velocidad, también  en inteligencia.

Luis esperaba otra respuesta; a mayor cabeza, mayor cerebro, y por tanto él podría ser cabezón, pero el más listo. Como no era así, el único remedio para ser más inteligente, estaba en hacer todo lo que el maestro había dicho.
 Continuó la natación, y, aunque no llegó a ser campeón, parece que la mucha práctica le fue redondeando la cabeza. Pasados los años, la tenía de sandia, grande, pero redonda. Sin embargo, como fue aplicado, un día escribió un libro que causó gran revolución en el mundo científico, y que llevaba por título; "Ecuación de la relación entre tamaño y cantidad de neuronas del Córtex", donde demostraba que el tamaño siempre importa.

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