jueves, 6 de agosto de 2015

De James Dean a Rhett Butler.


Allá por los años sesenta, erase un apuesto mozo que le gustaba usar pantalones Levi Strauss de talle bajo, ajustaditos a la culera y hasta media pierna, cayendo luego en eso que se dio en llamar pata de elefante. Cinto ancho con hebilla vistosa, y botas, no, no voy a decir tejanas aunque alguien lo de por sentado, y botas, decía, camperas, que son algo diferentes  como bien se sabe. ¿Alguien está recordando a James Dean? Pues algo parecido.

El problema que tienen los vaqueros, son los bolsillos traseros, y más de uno, acostumbrado a guardar allí la cartera, la ha perdido al sentarse. Pues bien, un día, el buen mozo se fue al cine, solo, y allí dejó la suya, Como quiera que no se dio cuenta hasta que llegó a casa, fue a la taquilla del cine a ver si alguien de la sesión anterior la había encontrado, pero nadie lo había hecho. La taquillera, muy amable, mandó al acomodador que la buscara, pero sin éxito.

Quiso la casualidad, que al día siguiente, un compañero de facultad le preguntara:
- Oye, fulano, ¿perderías algo ayer?

Y al mozo se le alegró la pestaña, creyendo que en un segundo iba a recuperar el dichoso billetero.

- Mira, le dijo el compañero, yo estoy de patrona en casa de una parienta de mi madre, y se da la circunstancia, que anoche durante la cena, la hija de la patrona, enseñó una cartera que encontró en ese cine al que dices fuiste. Es cierto que tiene varios carnés, algo menos de veinte duros y un par de fotos. Si quieres se la pido y mañana te la entrego.
- Mejor será - dijo Miguel, que así se llamaba- que vaya yo a por ella para agradecer su devolución. Me parece más correcto.
Y Miguel, a la tarde, se fue hasta la dirección que el otro le diera, llamó al timbre y salió una señora que nada más verlo supo a lo que iba. A voces llamó a su hija, y mientras esta se presentaba, dieron un rato de palique en el pasillo.
Cuando se presentó la moza, la madre se retiró dejándolos solos. Era la niña como de quince o dieciséis. Gorda como una pipa de sidra, feucha y con un olor a pachuli, impregnado a toda prisa, que apenas podía disimular el olor sobaquero,  que hacía mella en aquellas carnes, todo sea dicho, por aquel caluroso día de junio.
La mocita, de nombre Isabel, con sonrisa de oreja a oreja, le ponía ojos, y queriendo prolongar tan agradable momento, comenzó a interrogarle; Como te llamas... cuantos años tienes...  que dinero llevabas... de quien son las fotos...
- Me llamó Miguel, bien lo sabes y también mi edad, has visto los carnés y la foto que en ellos hay es la mía, aunque de hace un par de años.

Para ella aquél era su momento, y debía buscar la forma de engatusarlo -¡vana ilusión!- así que continuó con el interrogatorio a pesar de que él le hizo notar que tenía prisa.

- ¿Es tu novia? -preguntó con una de las fotografías en la mano- No. Es mi hermana. Entonces, ¿no tienes novia? No. No me puedo permitir el lujo, tengo mucho que estudiar. Sí, pero para ir al cine sí que tienes tiempo... Voy de vez en cuando, a veces es preciso desconectar un rato para volver con más brío. Bueno, estoy conforme, eres tú, te voy a devolver la cartera, pero con una condición... Quédate el dinero si quieres... No, no, que va... la única recompensa que quiero es que me lleves al cine, a mí también me gusta mucho. Vale, pero cuando acabe el curso, ya te he dicho que ahora tengo mucho trabajo.

Y así se quedó la cosa hasta que una  tarde a mediados de julio, Isabel se presentó en casa de Miguel.

- Buenas, soy Isabel, quería, si no es mucha molestia, hablar con Miguel, señora.
- Pasa, pasa, no te quedes a la puerta, que ahora voy a buscarlo.

Y la chica se quedó en el recibidor contemplándose en la cornucopia. Se soltó un botón de la camisa blanca para enseñar algo de canalillo, atusó la falda escocesa hacia las rotundas caderas, y dejó caer un mechón de rubio pelo hacia un lado tapando un ojo al estilo mujer fatal.  Estaba pero que muy bien, eso al menos fue lo que creyó.
Aguzó el oído cuando le pareció que en una habitación lejana, la madre recriminaba al hijo. Pero él, tozudo le respondía; ¡Que no, que no salgo! ¡Dile que estoy en la biblioteca, que no sabes lo pesada que es!
Para cuando la señora se fue a decir a la chica que su hijo no estaba, Isabel ya se había marchado dejando la puerta abierta.

Han pasado seis años. Por la puerta de urgencias del hospital entra una mujer vestida de amazona, a la que todos miran sin disimulo. Se va cogiendo el brazo derecho, ha tenido una caída del caballo y teme que esté roto. El médico que la atiende, maniobra con habilidad, sin duda ha sido una luxación de codo, la manda a rayos, y a la vista de la radiografía, procede a colocar una férula. El dolor ha remitido por los efectos del calmante, entonces la joven, con voz pausada y cariñosa pregunta al doctor...
- ¿Me quedará bien, Miguel?

A Miguel le sonaba aquella cara y ahora le suena su voz. Él conoce a aquella mujer, pero no sabe de qué. Y ella, en el mismo tono, vuelve a preguntar sin dar tiempo a que responda a la primera pregunta, y mucho menos a que él se centre en sus pensamientos.

- ¿No me reconoces, verdad?

Él está acabando ya con el yeso, la mira de frente, a los ojos y sigue cavilando.

- ¿Recordarías si te dijera, que aún espero que cumplas la promesa de llevarme al cine?

Entonces, el guapo mozo cayo de la burra. Recordó. Recordó lo mal que la había tratado, como se había reído de ella cuando le dijo que estudiaba idiomas; Alfa, Beta, Gamma, Épsilon  ¡vetis  dakis un paseakis al Partenón!.

Y la moza, de espléndida belleza y mejor figura, le dijo que a pesar de todo, le había hecho mucho bien. Que gracias a él había corregido su indolencia y desgana por el estudio, y que ahora hablaba cuatro idiomas con prácticas en los respectivos países, uno de los cuales la había llevado a darse aquel paseo por el Partenón. A propósito, terminó, si quieres te enseñaré griego y no aquella patraña que te inventaste.

Isabel quedó perfectamente de su caída, y un día, la promesa se cumplió; fueron a ver "Lo que el viento se llevó". Desde entonces viven la vida con la pasión de Scarlett O´hara y Rhett Butler, pero con un final más feliz.



4 comentarios:

Antonio Porpetta dijo...

Gracias por tu comentario. Te deseo todo lo mejor. Un abrazo.

RECOMENZAR dijo...

Increible el texto bien delineado una maravilla me ha llevado a un momento del pasado

Alfredo dijo...

Antonio Porpetta.
Igualmente Antonio.
Salu2.

Alfredo dijo...

RECOMENZAR.
Gracias por el comentario. Recordar el pasado de vez en cuando es muy saludable.
Salu2.