viernes, 9 de octubre de 2015

El Castillo de las Moscas.



Cuenta la leyenda, que el conde Baudilio construyó su castillo en lo alto de un monte, al que una bifurcación del río había dejado otrora en medio formando una isla, ya que ambos brazos volvían a encontrarse un trecho más adelante. Por una u otra cusa, el río cambió su curso de manera que ahora solamente discurría por el lado sur, dejando una profunda herida en lado norte. Era un buen lugar de defensa; este, sur y oeste lo amparaba el río, y al norte la barranca excavada a lo largo de siglos. Un puente sesgado, para no coincidir con la puerta de entrada, y con sendas barbacanas a ambos lados, imposibilitaban el paso a las torres de asedio o los arietes.

Los canteros que hicieron la obra, dejaron su marca en los sillares, y cuentan, que alguna calavera de trecho en trecho para amedrentar. Que la argamasa con que unieron las piedras, estaba amasada con la sangre de sus enemigos, por aquél entonces sarracenos, y que a estos, también los enterró bajo los cimientos imitando a los emperadores chinos que construyeron la gran muralla.

Al castillo, lo dieron en llamar "De Las Moscas", porque estas eran atraídas por el color rojo de las juntas donde parecían libar. No se sabe con certeza si abundaban debido a que en la pradería del lado sur, donde se asentaba la aldea, se apacentaba mucho ganado, o acudían a esa pared principal por la imaginaria sangre desecada. Lo más probable es que las moscas acudieran por costumbre, pues hubo allí jaulas colgantes de hierro, donde se introducían a los condenados por delitos graves, hasta que solamente quedaban sus huesos.

Hasta aquí algo de la historia del castillo, del que hoy apenas queda parte de la fachada sur y este. De sus moradores, más bien poco, pero algo hay.

El conde Baudilio, tenía la arraigada costumbre de practicar el derecho de pernada, al que sus vasallos se sometían, ya sea porque sus "primogénitos" podían disfrutar de prerrogativas, que de otra forma no podían alcanzar a no ser por meritorios hechos de armas, o porque como su nombre indica, gustaba a todas las mujeres e incluso a los hombres a pesar de una juventud un tanto tenebrosa, que se suavizó mucho con el nacimiento de su legítima hija .

Pero el hombre muda a menudo de gustos, sobre todo cuando le atañen a la bolsa o al honor.

Era Pedro Herreruelo, hijo de otro Pedro, que tomara su apellido del oficio que desempeñaba, el cual trasmitió al Pedro de nuestra historia. El mozo, dominaba el arte del templado de los metales como ningún otro, siendo sus espadas además, un puro gozo por su liviandad, filo y ataujía.

Ya desde niño, a la par que ayudaba a su padre en la fragua, se formó como lanzador de venablos y en el manejo de la espada de marca. Para congraciarse con el conde, y poder trabar amistad con su hija por la que bebía los vientos, a pesar de saber que aquello era cosa imposible, le forjó una espada de hoja soldada, plegada diez veces y con canal. Esbeltos gavilanes, empuñadura de cuerno recubierta con filigrana de plata y pomo equilibrador grabado con el blasón en oro.

El conde cayó en la celada ante aquél regalo digno de un rey, y desde aquél día, Pedro tuvo la anuencia de su señor para andar por el castillo, so pretexto de revisar el armamento de los caballeros y peones, y las armas guardadas para las levas.

A Arundina, la hija de Baudilio, que a la sazón contaba catorce años, le sorprendió aquella cara nueva y cuerpo atlético que deambulaba por las plantas inferiores de la torre. Pedro se ejercitaba a veces con los hombres en el patio, probando las armas, bien entre sí o contra el estafermo. No reconoció en él, al ayudante del herrero, sudoroso, tiznado de carbón y con ropas desastradas, que la miraba a escondidas cuando con su aya salía al mercado de los viernes.

 Una desazón inexplicable embargaba su alma, sin querer reconocer, que aquella inquietud interior, no era si no el dardo del amor que había prendido en ella. Ambos se miraban, pero guardando las distancias y sin osar intercambiar una palabra.

El rey Arnulfo, llamó a sus vasallos a la batalla para tomar una serie de plazas desde donde los moros lanzaban a menudo razias contra aldeas dispersas, con poca protección, o contra los campesinos para robarles animales o grano. Baudilio acudió con sus mesnadas y la leva que reclutó para los trabajos de ayuda. De entre ellos, los dos Herreruelos en previsión de reparaciones en los pertrechos.

Pedro el mozo, ante las vicisitudes que se avecinaban, se atrevió a hablar con Arundina para pedirle, aunque él posiblemente no guerrease, que fuera su dama. La respuesta afirmativa de la niña, le animó a dar el paso, y entonces,  le habló de lo que por ella sentía; la amaba.

Se hicieron promesas e intercambiaron regalos, a pesar de que ambos sabían lo complicado de aquella relación; ella era noble y él un vulgar plebeyo. Pero Pedro tenía su planes y a ella se los contó.

Contra la oposición de su padre - no es lo mismo practicar el arte de la esgrima que herir o matar a un hombre, yo bien lo sé, y menos morir por alguien a quien odias - armado con sus venablos y espada acudió a su primera batalla. Él no odiaba a su señor y tenía mucho que ganar en aquella lucha; Un amor para toda la vida, mientras que su padre era uno de los que guardaba profundo rencor hacia Baudilio desde el día en que se casó; la noche de bodas, su mujer fue del conde y no suya.

Pedro el mozo, se unió a la lucha al tranco del percherón que utilizaban para llevar la fragua con sus bártulos. Iba revestido este, cual unicornio de puntiagudo cuerno en la testera, petral, barda y capizana, mientras que su dueño solamente llevaba un peto como defensa, los venablos en su alijaba y la espada como armas. Esperó a que los arqueros acabaran su labor, entonces, cuando ya los combatientes se enfrentaban cuerpo a cuerpo, arreó a su caballo a la par que lanzaba sus venablos. Por el pequeño hueco que dejaron los caídos, el caballo entró como un ariete arrollando cuanto encontraba a su paso. Unos lanceros se colocaron a los flancos defendiendo al animal, consiguiendo entre todos romper la línea formada por los sarracenos. Por aquel coladero empezaron a entrar cristianos para atacar por la retaguardia y creando gran confusión. El rey moro, dando por perdida la batalla, rindió sus armas en evitación de más derramamiento de sangre.

Pedro, se ganó la admiración del rey que contemplara desde la loma aquella maniobra y quiso premiarle con aquello que quisiere. Pidió ser caballero y la mano de Arundina. Pero Baudilio, sospechando que el mozo, al igual que todos los primogénitos de su aldea, pudieran llevar sangre suya, le pidió al rey que negara aquella petición. Pedro y Arundina podían ser cohermanos.

Entonces intervino Pedro el viejo para aseverar que su boda se celebró casi dos meses después de que Aldonza, su mujer, quedara encinta. El mozo era hijo suyo como bien sabía el abad de san Nicolás.

Descubierto el engaño que los pueblerinos venían perpetrando contra Baudillo, pues todos se casaban cuando sus novias estaban preñadas, este montó en cólera y exigió al rey, que puesto que el derecho a la desfloración no se había cumplido, los habitantes del condado debían de pagar una compensación. El rey estaba en un brete del que salió de la siguiente manera: Accedió a ese pago compensatorio, pero también otorgó a cualquiera que se hubiese sentido ofendido, el derecho a la defensa de su honor; No debían pagar dos veces por un solo derecho.

La mayor parte de los campesinos declinaron la propuesta, dándose por satisfechos. Pero no así Pedro el viejo, que retó en duelo al conde, para saldar la cuenta. En el combate Pedro murió en el campo, y Baudilio cinco días más tarde a resultas de las heridas recibidas.

Ha pasado el tiempo, Pedro el mozo tiene cuatro hijos con Arundina, continua haciendo espadas en su fragua, acude a las batallas con sus mesnadas cuando el rey lo pide, en su condado se ha desterrado el derecho de pernada... y ya no hay hijos sietemesinos.

Los juglares cantaron sus proezas, y gracias a ellos, hasta nosotros ha llegado parte de la historia de aquel castillo llamado "De las Moscas" que te he contado.





4 comentarios:

Mar de versos dijo...

Una muy bonita leyenda, me encantó.

Besos.

Manuel dijo...

Hola, Alfredo. Interesantísima de principio a fin esta truculenta leyenda. Muy bien narrada, y con un final sorprendente. Como siempre te digo: es un placer leerte.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Mar de versos.
Muchas gracias Mar.
salu2.

Alfredo dijo...

Manuel.
Gracias Manuel.
Lo cierto es que me gusta mucho la invención de estos relatos de tiempos tan lejanos. Gracias a ellos aprendo, o recuerdo cosas, que me sirven para ello. Lo que se trata es de entretener, y, si de por medio alguien se ve en la necesidad de buscar una palabra para mejor comprender la narración, creo que además del entretenimiento algo gana el que sintió de esa necesidad.
Salu2.