viernes, 30 de octubre de 2015

Matar es fácil: Duda.




Un hombre ha muerto. El juez ha escrito en su informe: Homicidio por imprudencia leve. Causas: la aglomeración de las personas que acudieron en su socorro.

Es sábado, sobre las seis. Tres amigos a los que el cuerpo les pide parranda tras una buena comida, se van de putas. El barrio es de sobra conocido, está en la Puerta de la Villa por donde antes entraban animales y mercancías para el abastecimiento de la ciudad. Con el paso del tiempo, una mejor carretera dejó aquél lugar fuera de la órbita municipal. Las casas, pequeñas y antiguas, han sido ocupadas por ciudadanos de pocos recursos, que en el mejor de los casos, se dedican a un peonaje incierto y mal pagado. Campan las gentes de mal vivir; rateros, trileros y ventajistas, prostitutas y celestinas. Los que se dedican al mangue, se reúnen en el bar de Teófilo, el tuerto le llaman, y las que ofrecen su cuerpo, en el bar de la Trini.

Para distracción de los municipales o la policía, que de vez en cuando hacen por allí la ronda, el bar de la Trini, es solo eso, un bar. Cualquier acuerdo, trato o favor al que las parejas lleguen, ha de solventarse en alguna de las casas de sus convecinos, por un precio estipulado.

Los tres amigos, un poco pasados de copas, enfilan la calle, antes carretera. Algunas mujeres, casi todas de bastante edad, cosen a la puerta de sus casas. A Pedro le llama poderosamente la atención una, que sentada en los peldaños de la entrada, está zurciendo calcetines. Luce un vestido de trapillo que deja ver pantorrilla y algo de muslo, y aunque Pedro se ha fijado, ha sido solo un instante. Está embobado con la cabellera pelirroja de la mujer, que no llegará a los cuarenta.

- Oíd,- dijo apuntando con la barbilla a la cosedora- ¿vosotros sabéis de qué color son los rizos que no se ven?

Y los otros empezaron una discusión; el uno que negros, y el otro que del mismo color que el de la cabeza.

Pedro cortó la discusión- ¡Nunca lo hice con una pelirroja! Me voy a por ella.

- ¿Dónde vas, chalao? Esa solo pone la cama... El ganao está en el bar...

- No seas basto, Pepe, que si ellas son ganao, ¿qué serás tú que vas a la monta?

Pero Pedro ya hablaba con la taheña.

- Perdona si te ofendo, pero ando buscando un rato de compañía. ¿Te hace?

- Yo ya no me dedico a eso, estoy casada. Solo pongo la cama, vete al bar.

¡Ajá! Ya me has contestado y te he de enredar. Pensó el galán.

- Oye, se que en el bar piden entre diez y veinte duros, te doy treinta por media hora.
Una sombra de duda creyó adivinar Pedro en la cara de la mujer que se ha pinchado con la aguja. Avienta la labor, el huevo de madera se ha salido del calcetín y rueda por la calle. Pedro lo recoge y se lo entrega a la par que aumenta la oferta a cuarenta.

- Bueno, pasa, pero solo media hora.

Ella lo conduce a una habitación, un cuarto interior con un montante sobre la puerta que hace de respiradero. Enciende la luz. Solo la cama, una jofaina y una toalla sobre una silla.

Adela, que así dice llamarse, se saca el vestido por la cabeza mientras Pedro la contempla. En ese momento, unos toques en la puerta. Es el marido. Sabe que llega a tiempo, los ha visto adentrarse en la casa desde el principio de la calle, y ha ido a todo correr. Desde el otro lado le dice que no lo haga, que trae algo de dinero. Ella le contesta que el trato ya se ha hecho, y que no hay vuelta atrás, que se vaya a dar una vuelta. El marido sabe que tienen que comer, pero a él no le gusta aquello, habían acordado que solo el cobro de la cama. No se puede perder esto, afirma ella, ya he cobrado cuarenta duros.

Pedro no las tiene todas consigo, pero ha sentido cerrarse la puerta de la calle, y la pasión le consume. No quiero, ni aspavientos ni oírte ayear. Tu, pasiva, no me gusta que me engañen. Y van a lo suyo. Adela ha procurado en todo momento distraerse contemplando la lámpara, pero poco a poco, su respiración se va haciendo más intensa, hasta que en un momento, busca la boca del hombre y sus uñas hacen marca en la desnuda espalda.

El cliente vuelve unos días más tarde, no la puede apartar de su pensamiento. Adela es reacia, la bronca del otro día con el marido ha sido mayúscula, se rifó una torta y casi le toca. Pero las perras se acabaron en esto, aquello y lo otro, y las diez pesetas que caen de vez en cuando por la utilización de la cama, apenas sirven para pan y leche. Son bastantes las que cosen a la puerta, demasiadas para repartir las exiguas rentas. El marido hoy no trabaja, ayer tampoco, mañana,  ¡quién lo sabe!

Las dudas de la mujer aumentan cuando Pedro le dice que hoy solo tiene veinte duros, más, son muchos duros y mayor es el recuerdo que él la dejó. En estas están, cuando Juan, el marido, celoso de un honor vendido demasiado a menudo, se presenta de nuevo. Esta vez Pedro se marcha como vino tras una agria discusión. Pero no desistirá, es topógrafo, está trabajando en el descampado, detrás de las casas donde construyen un colector que llevará las aguas a la nueva depuradora, y le es fácil espiar los movimientos de la calle con su teodolito, en la distancia.

Ha meditado, ha hablado con el encargado que lleva la obra, y ha conseguido un trabajo para Juan en la depuradora, a dos kilómetros de allí. Es la forma de alejarlo, de tener el campo libre. Le entrega una tarjeta a Adela con la recomendación, y allá se va el hombre,  sin querer pensar, como la habrá conseguido. Solo piensa que con el trabajo y un sueldo regular, los escarceos de su mujer cesarán.

Adela se siente ahora presa de dos circunstancias; un anhelo callado pero vehemente, y un agradecimiento que desea sea notorio. Ambas circunstancias la llevan a entregarse con pasión.

Las constantes y fuertes lluvias del otoño, han paralizado las obras un par de semanas. Los obreros acuden igualmente al tajo por si hay algo que puedan hacer, pero los pies se hunden en el barro hasta los tobillos, no hay manera de encofrar, y mucho menos de echar hormigón o colocar tubería, así que, una vez han hecho acto de presencia, se vuelven para casa.

Ha cesado de llover, la tierra ha ido absorbiendo el agua y el aire contribuye a secar el terreno, vuelta al trabajo. Pedro tiene una buena disculpa para verse con Adela, le basta con decir a su ayudante; Me voy a la oficina, vete clavando las estacas en los puntos de referencia. Pero este día las cosas le van a salir torcidas... o no.

Es sábado y solo se trabaja hasta la una. Pedro, algo más. Está ultimando unas mediciones que no le convencen. Juan, con el bolsillo caliente, se ha parado en casa del Tuerto a tomar un vaso. Unos mojarras bromean y le lanzan puyas para que pague una ronda:
- Ahora que tienes más de un sueldo bien puedes invitar.

Juan trata de hacer caso omiso al rufo que lleva la voz cantante, piensa que lo de los sueldos va por el trabajo y por la cama que su mujer renta.

- Igual te equivocas, y el pelagatos del catalejo lo saca por la cara - apostilla otro dirigiendo a ambos una mirada socarrona.

- A vosotros, malsines, ni os va ni os viene en mis asuntos, más de un cuatezón hay aquí que pudiera señalar con el dedo, pero me callo. Cada cual en su casa y Dios en la de todos.

- ¿Qué es eso de cuatezón que nos has llamado?

- Que aunque no se os vean, también vosotros tenéis cuernos, es decir, que hay mucho cabrón.

Apura el vaso y se marcha Juan. A lo lejos sobre un pequeño montículo divisa al agrimensor, causa de sus celos, y yendo como va, fuera de sí, se dirige hacia aquél lugar.

Llegado al sitio, toma aire procurando calmarse, pero las palabras que de su boca salen, no parecen conciliadoras.

- Oye una cosa mequetrefe, ya te avisé de que no continuaras por ese camino. ¿Quién coño te crees, para tratar de descomponer nuestras vidas? ¿Acaso piensas que el dinero lo es todo? Es la última vez que te aviso, si me entero de que vuelves a rondar a mi mujer, por mis muertos que te saco las tripas.

- Atrévete ahora mismo, estamos solos. Estaré con tu mujer hasta que me canse. ¿Te enteras?

- Pues ahora mismo lo solventamos.

Puños por delante, Juan arremete contra Pedro que se pone a la defensiva. Esquiva una primera y una segunda puñada, la tercera le alcanza en el pecho y casi lo zampa en el suelo. Poco a poco Pedro lo va llevando a donde quiere. Lo llama flojo, muérgano... y mantenido, exacerbándolo aún más. Juan desconoce algunas de las palabras que le suelta en vez de los puños, pero eso de mantenido lo entiende perfectamente. Cual si fuera un toro bravo, toma carrerilla y embiste con los brazos abiertos para atrapar a aquella sabandija escurridiza.

Pedro aguanta haciendo el don Tancredo, y cuando Juan está a punto de tomarlo, se aparta. La inercia lleva al peón a caer por el terraplén del colector. Hasta el fondo. A cuatro metros. Abajo una laguna poco profunda, pero cenagosa por la tierra que ha ido argayando. Juan se levanta. Trata de salir de allí, los zapatos se quedan en el fondo atrapados por aquellos puches. Descalzo trata de gatear hacia arriba, pero por cualquier lado que lo intenta, y con enorme esfuerzo, la tierra se le viene encima.

- Échame una cuerda, mamón. No puedo salir.

Y aquel diablo con cara de santo, muestra una sonrisa maligna, se da media vuelta y allí lo deja. Baja a todo correr hasta las casas gritando: ¡Ayuda, socorro, un hombre ha caído en el pozo y no puede salir! Y los vecinos todos, corren para ver lo que ha sucedido. Se acercan al borde, la tierra falla. Juan grita; ¡No, no, atrás, atrás! pero los rezagados quieren ver y empujan a los que estaban al borde. La tierra no aguanta tanto peso. Algunos están a punto de reunirse con el que queda sepultado.

Vía libre para el amor. ¡Mentira! En el mismo instante en que Juan quedó sepultado, Pedro perdió el interés que sentía por Adela. ¿Y Adela? Adela ha vuelto al bar de la Trini. Como muchos de los vecinos del barrio, tiene en su mente una duda: ¿No habría sido aquello premeditado?

10 comentarios:

Mar de versos dijo...

Un bello relato que engancha.

Besos.

Marcos dijo...

Alfredo cuando te leo es que no puedo parar hasta el desenlace. Un abrazo.
Desconocía lo de cuatezón. Muy bueno.

Alfredo dijo...

Mar de versos.
Hola Mar, gracias por leerme. Si te ha enganchado quiere decir que lo leíste hasta el final, un final que a la vez es principio, y que, dado que ya se conocía, pudiera carecer de interés.
Salu2.

Alfredo dijo...

Marcos.
Cuatezón es una palabra de esas que a menudo introduzco en mis cuentos. No porque quiera presumir de culto, yo escribo sencillo, de andar por casa, pero me gusta aprender y manejar lo que me queda en el tarro. La palabra proviene del Náhuatl, mi suegro nació en Méjico, donde lógicamente se utiliza más que aquí.
Gracias por leerlo.
Salu2.

Antonio Porpetta dijo...

Gracias, Alfredo. Tu relato, fenomenal. Un abrazo.

Alfredo dijo...

Antonio.
Gracias a ti por leerlo.
Salu2.

Katrina dijo...

Me ha gustado mucho, tanto por el ritmo como por la atmósfera que crea. Me he quedado enganchada imaginándolo todo... son cosas que no se leen todos los días y por lo mismo se agradece!

Saludos

Elda dijo...

Como siempre un placer leer tus cuentos que enganchan hasta el final para ver que sucede.
El amor como casi todo lo que se desea en la vida, cuando tienes vía libre pierde su interés, a no ser un amor verdadero, claro está.
Me gustó mucho como has llevado la historia.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Katrina.
Me alegro que te haya gustado.
Imperdonable mi falta, hacía tiempo que no sabía de tí, pero hoy mismo lo remedio.
Salu2.

Alfredo dijo...

Elda.
Aquí parece que la rivalidad premiaba sobre el amor, una rivalidad que acabó con la vida de un hombre que solo deseaba pan, tranquilidad, y la compañía de su mujer.
Gracias por leerlo.
Salu2.