viernes, 30 de enero de 2015

Berrete.


Berrete:
1. m. coloq. Cast. Bocera o churrete que queda alrededor de la boca después de haber comido o bebido algo. U. m. en pl.

Pintarse los labios es un arte. Lo digo, porque hay mujeres de labio fino, que lo disimulan a la perfección solamente con aumentarlos un poco con el lápiz labial. Otra cosa son esos berretes (por afinidad) que se suelen pintar por carnaval los hombres que se disfrazan de mujer, o aquellos bailarines de claqué, que siendo blancos se caracterizaban de negros.

El motivo para que esta palabra esté aquí, aparte de no tener mucho uso, es porque al escribir la segunda parte del último cuento que publicaré un día de estos, recordé aquél "chocolate a ciegas" -donde los berretes predominaban- y que se solían hacer en las fiestas como una diversión más que añadir a las cucañas y cosas por el estilo. 

No he encontrado, tampoco busqué mucho, de donde procede la palabra, y me gustaría saber, si se utiliza el vocablo en otras regiones fuera de Castilla.


viernes, 23 de enero de 2015

Aurora y Kammamuri.



La vida debía de devolver bien por bien, cosa que, injustamente, no suele suceder.

Una de mis abuelas, de nombre Aurora, era todo y más de lo que su nombre representa: Sensitiva, receptiva, observadora, perseverante, emotiva, dinámica, inteligente, protectora, brillante...

El día en que nació, su padre, la tomó en brazos para presentarla al resto de sus hijos. Lavados, repeinados y en perfecta formación, escucharon: "Esta es Aurora, vuestra hermana. A vosotros os daré estudios u oficio, lo que cada cual elija, pero ella será el día de mañana la dueña de la casa".

Por aquel entonces, eran pequeños, pero jamás olvidaron lo que su padre les dijo aquel día, y, cuando fueron mayores, ninguno, ni siquiera a Abelardo, se les pasó por la imaginación ejercer el derecho de mayorazgo que se estilaba.

 Todos los hijos se llevaban un año de diferencia, menos Pedro y Pablo que apenas tenían un par de minutos de diferencia. El mayor, Abelardo, fue veterinario como su padre, el segundo, Senén, médico, los gemelos tercero y cuarto, militares, el quinto, Antonio, ferroviario, el sexto, Valeriano, marino y el séptimo, Gonzalo, sacerdote. Y todos fueron volando del nido, mientras Aurora permanecía al lado de sus progenitores.

Recuerdo a mi abuela en su mecedora haciendo ganchillo, al lado de la chimenea mientras el abuelo dormitaba en un escaño. Solo se oía  el chisporrotear de la leña, el tic tac del reloj de pared y el del viven acompasado de la silla sobre el suelo de madera. Leía yo, echando de vez en cuando un ojo por encima del libro, coincidiendo a veces con la mirada de mi abuela, que de igual forma me miraba. Eran miradas cómplices, cuyo significado estaba claro: "Lee un poco para mí". Entonces, dejando aquel libro, cogía el Sandokán de Salgari, autor por el que sentía una pasión no exenta de conmiseración por las vicisitudes que lo llevaron a la muerte, templaba la voz y comenzaba.

Las paredes de aquel salón, atesoraban parte de los cientos de acuarelas que en su juventud pintara. Siempre sobre animales; los que su padre trataba de sanar y que le llevaban a casa, los zorzales que se posaban a picotear las ciruelas o los higos, los jilgueros sobre el cardo, las pegas, esas atrevidas que les disputaban la comida a los gatos y que cuando el cuenco estaba vacío, picoteaban el cristal de la ventana de la cocina para que Aurora repusiera vianda.

Mujer hogareña, apenas había salido de sus lares. Pero conocía a todos los vecinos de los pueblos limítrofes de cuando con su padre y hermano Abelardo, iban en la xarré a hacer visitas a animales enfermos u accidentados. Fue en estas salidas, que se concienció de las necesidades que las gentes tenían, y de la labor de su padre por salvar al buey, la vaca o el caballo que necesitaban para su sustento y que era recompensada tarde mal y nuca. Sin embargo, el veterinario se resarcía con lo que cobraba a los poderosos que tenían buenas yuntas, vacadas o perros de caza. A veces, alguno de los miserables aparecía a pagar una deuda con aves de corral, con truchas o salmón producto del furtivismo. Pero Aurora no se lo admitía, y para que no se sintiesen incómodos, les decía que mejor unas patatas, unas verduras o algo de maíz para sus gallinitas.

Fue a raíz de una de aquellas salidas, que ni corta ni perezosa se entrevistó con el alcalde de la Villa. Le pidió que hiciera algo por los más necesitados, que mandara al barbero a las escuelas de los pueblos circundanteas, a pelar a los críos llenos de piojos que podían causar el tifus. Que instalara una guardarropía  donde los ricos hicieran entrega de sus prendas usadas para los pobres. Que acondicionara cualquier lugar para pudieran ducharse con agua caliente, por lo menos una vez a la semana.
El alcalde no daba crédito a lo que aquella mocosa de quince años le pedía, pero cedió sin resistencia. Tampoco era tanto.

Aurora se casó con mi abuelo con apenas diez y nueve años. Él, cuatro años mayor, la esculcaba ya desde pollita, y cuando cumplió los diez y seis, se le declaró sin haber intercambiado más de cuatro palabras.

Julio estudiaba para capataz, mientras trabajaba para la mina "La Abundosa", nombre de doble sentido, por el dueño; Abundio, y porque se presuponía que la hulla era abundante. Había pasado por todos los oficios de la mina; ayudante de caballista, rampleru, entibador y por fin picador. Terminados los estudios, pasó a ejercer el título, convirtiéndose en la mano derecha del ingeniero que tenía fobia a la oscuridad. Con el vigilante recorría los tajos, revisaban  las mampostas, la ventilación, las desviaciones de las vetas... Hasta de las mulas se preocupaba procurando que no sufrieran malos tratos. 
Dejó la mina a los sesenta por culpa de la silicosis, para aquel tiempo, ya la abuela comenzaba a olvidarse de las cosas, y a veces llamaba Abelardo a su marido, confundiéndolo con su padre ya fallecido.

Abelardo se murió de repente, casi sin enterarse, no como María la madre de Aurora a la que sacó cien canas. También Andrina, la mujer de Pablo le dio trabajo. Andrina tenía poca familia y mi abuela la recogió en casa cuando a Pablo lo mataron en Larache. Al parecer se volvió loca a raíz del suceso, no tenía hijos, dejó de hablar y vestía de luto riguroso. Dicen que paseaba sin tregua su esbelta figura, buscando por todas las habitaciones a su marido, que respondía a las preguntas ladeando la cabeza como diciendo, "lo que tú quieras". A veces, había que cebarla cuando con mirada perdida se sentaba a la mesa. Poco o nada hacía por sí, hasta que bañarla había, y un día en que Aurora salió del baño para atender algo, se ahogó. Supusieron que fue intencionado, que se dejó escurrir hasta que el agua cubrió su cabeza y que nada hizo por izarse.

El abuelo Julio pensó que un viaje le vendría bien a la abuela para olvidar tanta desdicha. Montaron en el tren, visitaron León donde vivía su hermano Senén, y Palencia. Luego fueron a Madrid, al Escorial y Aranjuez. Ocho días llevaban y a la abuela le parecía toda una vida; quiso volver, y así lo hicieron.

Mis abuelos solamente tuvieron un hijo; mi padre. Se casaron mis padres y vivieron con los abuelos. Yo nací en aquella casa cuando Aurora tenía cuarenta y seis años, diez años después, fue cuando la abuela empezó a olvidar.  A veces, cuando le leía aquellas novelas de Salgari, me pedía que le repitiera el último capítulo para saber donde habíamos quedado el día anterior. Con el paso de los meses fue olvidando quien era "el Tigre de Malasia" y quien era "Mariana".

Cuando comprendió que algo no iba bien en su cabeza, pidió se llamara a su hermano Senén. Senén vino desde León con su mujer Paulina. Con una simple y pequeña charla se apercibió de lo que tenía.


Mi abuela Aurora murió tres años después de aquella visita. Había perdido el poder de las sensaciones, y por tal, era incapaz de apreciar lo que recibía, de sentir cualquier emoción. Sin embargo, el mismo día en que cerró sus ojos para siempre, sentado en su cama y con una de sus flacas manos entre las mías, note un destello en sus ojos y una mueca que quiso ser una sonrisa. Su boca se abrió para articular una única palabra, un nexo de unión entre ambos: Kammamuri.



martes, 20 de enero de 2015

Matar es fácil; La Coartada.



El hombre entró en la comisaría con la mano en un chichón.

- Quiero denunciar un atraco.

Trató de elevar la voz por encima de las protestas de varias prostitutas,  que entraron tras él, conducidas por los agentes que habían hecho la redada. Le explicó al funcionario, que tenía un negocio, una franquicia de esas dedicadas a reparaciones menudas; llaves, calzado etc. Que cerraba sobre las ocho, u algo más, pues siempre aparecía alguien a última hora. Esa tarde, noche ya, salió con la recaudación en el bolsillo y se fue a coger el coche para volver a su domicilio en el extrarradio. Cuando tenía la portezuela abierta, dos hombres, a los que apenas pudo distinguir, le dieron con la culata de una pistola en la cabeza. Le obligaron a sentarse en el lugar del acompañante, y mientras uno conducía, el otro, detrás, le colocó el arma en la nuca. Les dijo, que si era el dinero lo que buscaban, no hacía falta ni amenazas ni violencia, que lo llevaba en la mariconera y que apenas eran trescientos euros.

- Como quiera que yo no me callaba, apelando que tenía mujer, tres hijos pequeños y todo lo que se me ocurría, el de atrás retiró el arma. Aprecié entonces un olor como a disolvente, y que pronto iba a saborear, pues el individuo me colocó un pañuelo tapándome nariz y boca, impregnado en algo con lo que me relajaba a pesar de los esfuerzos que hacía por oponerme. Aquel olor me hizo sentir, que las luces de la calle y los escaparates tenían distintos sabores, a granada los rojos, a limón los amarillos, a nata los blancos... hasta que perdí la consciencia. Me desperté tirado en la caseta de una obra abandonada por la crisis, veía todo borroso y en mi mente se sucedían escenas dispares, como alucinaciones. Estuve allí sentado un buen rato, imposible saber cuánto, pues me habían despojado de todo lo que de valor tenía; teléfono, reloj, cadena, anillo, cartera... y coche. Pasados los efectos, vómitos incluidos, me puse a andar y aquí estoy.

El de uniforme lo dejó sentado mientras iba a hablar con uno de paisano. Convinieron ambos, en que la cosa era de lo más extraño, pues en toda su etapa policial, ninguno se había topado con caso semejante; atracos hay, y muchos, pero nunca los ladrones habían recurrido a anestesiar a alguien para robarle cuatro perras y un changarro de coche. Tal vez fuera, que la verborrea del tipo, los hartó.

La policía suele tener un olfato especial, así, que el de paisano mandó sentar al hombre ante sí, le pidió que nuevamente le contara a él lo sucedido, mientras manipulaba el ordenador comprobando, desde la iglesia en que fue bautizado, hasta la última vez en fue al dentista, sin olvidar el número que calzaba. ¡Limpio! El tipo estaba limpio, no tenía ni una multa de aparcamiento.

Le dijo que se fuera, que buscarían el coche por ver si lo iban a utilizar en un delito de más entidad, y que con cualquier novedad que hubiera por ambas partes, se pondrían en contacto.

El cerrajero entró en su piso extrañado de que las luces estuvieran apagadas. En la cocina, el rumor del calentador de gas y un leve resplandor que salía por el ventanuco. Buscó a su mujer y de inmediato descolgó el teléfono marcando el número de la tarjeta que aún llevaba en la mano.

- ¿Señor Fernández ? Soy Ramiro, el cerrajero. Necesito que vengan a mi casa, he encontrado muerta a mi mujer. Creo que se ha suicidado y no sé a ciencia cierta qué es lo que debo hacer.

María estaba sentada dentro de la bañera, la cabeza hacia atrás, las manos sobre los muslos, los ojos cerrados. El grifo dejaba salir un débil chorro de agua caliente, que rebosando, se perdía por el desagüe de desborde. Era un agua casi limpia, aunque la mayor parte del contenido de la bañera era sangre diluida. Una caja de Valium, una botella de anís matalahúva y una cuchilla de afeitar parecían los medios utilizados para llevar a término lo que se había propuesto.

Fernández pensó que allí estaba la explicación a la rocambolesca historia del cerrajero. No tenía duda de que él la había matado, ahora "solo" faltaba buscar el móvil, los tiempos y la manera en que lo había llevado a cabo.

Los vecinos atestiguaron que el matrimonio no tenía hijos, se llevaban bien, no había riñas, ni agobios monetarios, y eran agradables en el trato. En fin, una pareja corriente.

Con las claras del día, Fernández inspeccionó el solar donde Ramiro dijo lo habían dejado los atracadores. Mandó sacar moldes de las huellas del coche y de las pisadas aún frescas en el barro, pero a simple vista, nada raro encontró.

El forense no pudo datar con precisión la hora del fallecimiento, pues el agua había mantenido el cuerpo extinto de sangre, aún caliente, y se reservaba para la autopsia el dictamen sobre el contenido del estómago. Presuponía que la mujer había tomado el somnífero bebiendo a gollete el anís, y cuando comenzó a sentir sus efectos, se cortó las muñecas. La sangre fue fluyendo mansamente, pero sin pausa, ayudada por el agua que no dejó formar coágulos. Era un suicido "de libro".

Quiso la casualidad, que encontraran el coche a treinta kilómetros y dentro, sobre el asiento trasero, un pañuelo que aún conservaba cierto perfume, y que resulto ser cloroformo. Las huellas del molde de escayola coincidían con los neumáticos, y las de las pisadas se correspondían con unos zapatos del cuarenta y cuatro, otras del treinta y nueve, y había marcas de haber arrastrado a alguien. Ramiro calzaba el cuarenta y dos.

Todo parecía indicar, que la coartada del marido era buena. Pero  a pesar de  todas las pruebas, Fernández seguía pensando de igual forma. Le importaba un pito que el cerrajero estuviera en su negocio a la hora, en que por fin, se fijo la muerte; sobre las cinco de la tarde, y que todo coincidiera a la perfección con lo relatado por Ramiro. Podía el criminal haber dispuesto la escena en la hora de la comida; administrarle el somnífero, que el médico la había recetado, con los alimentos, hacerla tragar la bebida, diluir en el agua una caja de aspirinas para evitar coagulaciones, y marchar a su trabajo como si tal cosa. Simular el atraco del aparcamiento, prefabricar las pisadas del solar cambiando de zapatos, dejar lejos el coche y volver en autobús o en una bicicleta plegable que llevara en el maletero.

Aunque Fernández estimó que esta patraña resultaba tan difícil de creer como la de Ramiro, su intuición le decía que podía ser cierta. El atraco pesaba demasiado. ¿Robar un coche solamente para desplazarse a otra ciudad? ¿Llevar cloroformo? ¿Para qué?

Ni una prueba tenía, y por tanto procedía dar un margen de verosimilitud a la historia inicial. Buscaron huellas en el coche, y en menos que canta un gallo, encontraron las de dos viejos conocidos, traficantes de cocaína. Aunque una vez detenidos, no se consiguió que confesaran, los de narcóticos dijeron que les venían siguiendo la pista; habían recibido una entrega de pasta de cocaína. Pudieron detenerlos allí mismo, pero esperando descubrir el laboratorio donde la refinaban y cortaban, les dieron esquinazo en el aparcamiento cambiando de coche; el de Ramiro. También quedaba explicado el motivo de que llevaran el cloroformo; lo utilizaban para el refinado. Fernández pensó que se había pasado de listo.

Tras el funeral, el cerrajero fue a ver al policía.

- Señor Fernández, no tendría que estar aquí, ni enseñarle lo que le enseñaré, pero como quiera que usted ha sospechado de mí desde el primer momento, deseo que lea esta nota que encontré pegada con un imán en la nevera.

- !" Permite, Ramiro, una nota de humor negro al modo de los antiguos suicidas:
No se culpe a nadie de mi muerte, que solamente yo, y sin intervención alguna, la he causado.

¿Por qué? Sencillo: Pura frustración que ha degenerado en continuas depresiones. Nada he conseguido en esta vida. Con la escusa de la muerte de mi padre, dejé unos estudios, que llevaba a trancas y barrancas, mientras mis amigas se convertían en abogadas, profesoras o sicólogas. Creyéndome más de lo que era, traté de buscar trabajo, desprecié algunos buenos, y cuando harta de no encontrar lo que creía digno de mí, volví, no los encontré. Pasé, si no hambre, gracias a mi madre, si necesidad. Me dejaron varios novios; todos decían que tenía demasiadas ínfulas. Por fin, y sin amor, tú lo sabes, me casé contigo. Solo te he causado mal, lo que más anhelabas; un par de hijos, tampoco fui capaz de proporcionártelos. ¡Ni para madre valía! ¡Para qué seguir en esta mierda de mundo!

Perdón Ramiro"


viernes, 16 de enero de 2015

Del Amanecer, a la No Inmortalidad.







Me senté en el sillón de mimbre de la galería. A pesar de estar en enero, no hacía frío en aquel amanecer presentido. Afuera nueve grados, nueve con cuatro para que el demonio no se ría de la mentira, y catorce dentro. Poco a poco se fue haciendo una claridad que se comió las estrellas. Solo la luna alumbraba en menguante. Desde mi atalaya dirigí la vista hacia el lugar en que la luz era más diáfana, calculo que allí abajo, muy abajo, debía de estar Castellón. Con el paso de los días, la tierra, en su girar y en su rotación, harían estos más largos, el sol aparecería algo más al norte, hasta que en pleno verano lo viera aparecer hacia Barcelona. Ahora se oculta en la raya, allá por Tuy, luego lo hará por Lugo, más o menos, simple intuición quizá equivocada.

Desde mi sillón veo como aparece el sol, pronto comenzará a elevarse mientras se desplaza hacia el sur. Más no creo que esto sea cierto del todo, más bien creo que es nuestro planeta, que girando cual una peonza a una velocidad de 1200km/h en este lugar en que estoy, y trasladándose alrededor del sol a 107.000km/h, me hace creer lo que no es.

Todo gira alrededor de sí mismo o de algo, me pierdo en esta danza de astros y velocidades solo presentidas, que no percibidas, sin comprender el motivo de que mi sillón, mi casa, mi pueblo, gire a tal velocidad, tan distinta de  otro sillón, otra casa, otro pueblo mucho más al norte o al sur. He de recurrir de nuevo al peón, o a un peso atado a una cuerda que mi mano volteara, cada punto de la cuerda viajaría a una velocidad distinta en función de la distancia de ese punto a mi mano que sería el eje, como en el peón lo es el eje de la coronilla a la púa, la rueda del carro, que a mayor diámetro, mayor distancia recorrida.

Me gusta el amanecer. Mucho más que el ocaso, a pesar de que he visto puestas de sol maravillosas. Quizá sea que en el amanecer veo el comienzo, la vida, y lo contrario cuando las sombras comienzan. Tal vez, sea ese miedo atávico que representa todo lo malo que puede suceder durante la noche. Y es que, cada vez que se hace de noche y veo la luna, recuerdo aquella leyenda Masai, en que por una equivocación, dejamos de ser inmortales.

"Al principio del mundo no había muerte. Leeyio, el primer hombre puesto en la tierra por Naiteru-Kop, recibió de éste un día las siguientes instrucciones:
- Cuando un hombre muera, deberás preparar su cuerpo. Recuerda que siempre habrás de decir estas palabras: "muera el hombre, mas regresará; muera la luna y en lo remoto permanezca".
Pasó mucho tiempo antes de que nadie falleciera, pero un día la muerte llegó al hijo de un vecino. Avisaron a Leeyio para que preparase las honras fúnebres y él, mientras lo hacía, recitaba las palabras que le habían sido transmitidas. Pero cometió un error y dijo: Muera la luna, mas regresará; muera el hombre y en lo remoto permanezca".
Desde aquél día, nadie sobrevivió a su propia muerte. Un tiempo después, fue el hijo del mismo Leeyio el que murió. El entristecido padre, más meticuloso en esta ocasión, recitó con cuidado: "Muera el hombre, más regresará; muera la luna y en lo remoto permanezca".

Al escuchar estas palabras, respondió Naiteru-Kop: "Ya es demasiado tarde. El día que te confundiste nació la muerte entre vosotros". Desde entonces ningún humano regresa de la muerte. Desde entonces es la luna quien, tras desaparecer, regresa al mundo de los vivos".

martes, 13 de enero de 2015

Discusiones de Alcoba.


Él dijo:
- ¡Eres una vieja cómoda!

Ella respondió:
- Querrás decir que estoy chapada a la antigua, no como tú ¡palanganero modernista!

Una tercera intervino:
- Ya están discutiendo estos dos. ¡A ver, callaros, que no se puede dormir!

 Un cuarto entra en la discusión:
- ¡Saltó la alfombra! la que lame los pies al amo.
- ¡Y tú eres un muérgano al que  el amo utiliza a su antojo!

- ¡Esa sí que estuvo bien! Aplaude otra.
- Al menos sobre mí no pone sus posaderas cual putaca descendiente de los comanagotos.

- ¡Chitón, alguien se acerca!

Y la habitación queda en silencio.

Mucha gente parece para una alcoba, pero es que esta conversación se da entre los muebles, que no entre personas.
Así, el palanganero, uno de esos con jofaina y aguamanil, llama vieja a la cómoda, que ofendida responde en tono un tanto peyorativo. Recordemos que palanganero, en origen, se decía de la persona encargada de la tarea de cambiar el agua de lavarse en un prostíbulo, y que antiguamente se ponía en una palangana.

El cuarto, es un armario, al que la alfombra llama muérgano - objeto inútil, antigualla- con ánimo de ofender, aunque nada dijo este que no fuera verdad, pues ¿donde está la alfombra, si no, junto a la cama acariciando el pie descalzo?

Ante los aplausos de la última en intervenir, el armario responde a la butaca con una verdad irrefutable; butaca proviene del idioma comanagoto -putaca- una etnia de Manicuare, población ubicada en la parte meridional de la Península de Araya, en el estado Sucre, Venezuela.