martes, 24 de febrero de 2015

El Cofre de los Seis Candados.

Mi Abuelo Juan, que fue marino, dejó escrito en su testamento, que tras su muerte, el primero de sus nietos en cumplir los dieciséis años, sería el poseedor del cofre que guardaba en el desván.

Los abuelos Juan y Juana, tuvieron tres hijos y dos hijas. Entre todos les dieron dieciséis nietos, de los que once fueron mujeres. Quiso la casualidad, que de entre ellos fuera Benjamín el agraciado en aquella lotería, pues los más se pasaron de edad, debido a la longevidad del abuelo, fallecido a los ochenta años. Para entonces, solamente tres estaban en posición de optar al cofre, y que dicho sea de paso, todos codiciaban, más por la intriga que por aquello que pudiera contener.

Nadie supo jamás el contenido del cofre, ni siquiera donde se guardaban las llaves de los seis candados que aseguraban la inviolabilidad de lo allí guardado. Cinco meses después del óbito, un día a mediados de julio, celebró Benjamín su cumpleaños con toda la familia reunida y esperando ansiosos por ver su regalo.

Cortó mí tío Benjamín los candados con una cizalla, y el hijo, con la teatralidad requerida para momento tan importante, se dispuso a abrir la tapa.

- No espero encontrar dinero, oro, o joyas. El abuelo no confiaría ese tesoro a un chico, tampoco a una chica, pero sí algo antiguo y maravilloso procedente de cualquier país que visitó. Sea lo que fuere, con vosotros lo compartiré siempre que sea posible.

Y el interior del cofre quedó al descubierto dejando ver: Un revólver Colt 45 con su canana y sus cartuchos, un quintante y un pergamino de paño. El arma y el artilugio causaron admiración, pero la impaciencia nos consumía por saber lo que el doblado pergamino contenía. ¡Seguro que es el mapa de un tesoro! Exclamó alguien. ¡Sí, sí!, decían los demás. ¡Ábrelo, ya, que queremos verlo!

Benjamín, al que llamábamos Jamo para diferenciarlo de su padre, con los dedos índice y pulgar sacó el revólver y lo depositó en la mesa, luego el quintante y la cartuchera, por último, y con ambas manos un tanto temblorosas, la hoja de papel. La desplegó con sumo cuidado, como si temiera romperla, y pudimos apreciar el dibujo bajo el que había la siguiente leyenda:

Nº 300346160359//16 Au.

Por tierra salvaje del color  del desierto caminar,
entre charranes, petreles y pardelas,
dueñas del agua cristalina que no has de tomar.
De piratas pata de palo tierra fue,
en la de fuera, la pequeña de las tres,
bajo una piedra has de buscar,
más no empeñes vida o hacienda por lo encontrar;
No merece la pena; no hay gloria, ni fama, ni oro,
pero si lo intentaras, recompensa tendrás.
Seas hombre o mujer,
de la misma oportunidad gozarás,
pues no es de recibo,
que no haya igualdad.
Mayo de 1933.

Aquella especie de acertijo, y gracias al dibujo, era fácil de adivinar. Incluso para mí, que tan solo tenía diez años. Otra cosa era averiguar la localización de lo que a todas luces era una isla.
Se desmenuzó el escrito palabra por palabra, pero muy poco se sacaba en consecuencia. Tal vez comparando el dibujo con las islas caribeñas, por aquello de los piratas, se diera con la situación. Y dicho y hecho. Se buscaron mapas, cartas náuticas, enciclopedias... cualquier cosa que pudiese mostrar la semejanza con el perfil del dibujo hecho a mano en aquel año. Era la búsqueda de la aguja en el pajar; Piratas ha habido en todos los mares de la tierra.

Lo más extraño del pergamino era aquél número. Alguien insinuó que era una copia numerada, cosa imposible, nadie hace millones de copias, y menos para entregar solo una, a una sola persona. Tenía que ser otra cosa. ¡Sí! Aquello podían ser coordenadas. Una situación disimulada por un número. Doce dígitos, seis para la latitud; dos para los grados, dos para minutos y dos para segundos. Otros tantos para la longitud.

De ser cierto aquello, la búsqueda había concluido. Los datos a comprobar serían: 30º 03´46´´ N (Norte, en correspondencia a la N de número) y 16º 03´59´´ O (Oeste, en correspondencia a la o volada de número). Del 16 Au nadie sacó nada en consecuencia.

Se miraron las cartas, coincidiendo aquél punto -menor que la caca de un mosquito-  con un archipiélago formado por tres islas principales y varios islotes. Su nombre: "Islas Salvajes". "Tres" eran las principales, y fueron refugio de "Piratas". La más pequeña era la "Ilhéu de Fora" o "isla de Fuera". Al parecer sus "aguas eran cristalinas", las tierras ocres, salpicadas con algo de vegetación y donde anidaban cantidad de aves de distintas especies. Pero aún había algo más; estaban cerca de Canarias, ruta que el abuelo había hecho en numerosas ocasiones.



Benjamín dijo que iría, aunque no de inmediato. Debía acabar sus estudios y mejorar su condición física. Competía en regatas de traineras, pero estimó que no le vendría mal un curso de buceo y algo de escalada por si las moscas. Además, y vista la distancia a recorrer por mar, la licencia de navegación que estaba a punto de solicitar, no le servía. Debía tener más edad y título de Patrón.

A los veintiuno estaba preparado. Era el año 1985, y la aventura no parecía tan complicada como imaginara el abuelo; un viaje en avión hasta Tenerife, donde alquilaría una lancha a motor, y de vuelta a casa con aquello que fuera lo que estaba escondido. Pero visto más despacio, la cosa tenía su intríngulis, sobre todo la segunda parte.

Jamo no quería llevar en el barco a nadie extraño, algo comprensible en alguien que va a buscar un tesoro, lo que complicaba las cosas. Eran doscientas millas a recorrer, lo que significaba una media de diez nudos para veinte horas, solamente de navegación. No estaba mal para un solo hombre en medio de un océano con vientos, corrientes y tal vez mal tiempo. Su madre no lo consentiría.

Un contratiempo más grave había que añadir; el archipiélago estaba declarado Reserva Natural de las Islas Salvajes, siendo aguas territoriales y zona económica exclusiva de Portugal. Seguramente el abuelo no había encontrado tantas dificultades.

Dando vueltas a la madeja, alguien propuso un viaje de recreo para observar las aves. Buena disculpa, aunque restara protagonismo a Jamo, pero él aceptó.

Se hicieron los preparativos para los doce que se apuntaron, y se alquiló un barco para que nos llevara desde Tenerife. Yo iba con ellos, pues me sentía en cierto modo partícipe; de haber vivido el abuelo algo más, a mí me hubiera correspondido el cofre.

Ancló el yate a cierta distancia y se bajó la zodiac. La marea estaba baja. Maniobró Jamo hasta una pequeña playa, y la primera oleada de turistas armados de cámaras y tomavistas puso pie a tierra. Arreciaron las voces de las aves levantando algunas el vuelo, aunque la mayoría quedaban empollando. Era mediado julio y pronto nacerían los pollos. Procuramos caminar despacio, sin aspavientos, sorteando los petreles y patines que apenas si se movían, tratando de adivinar cuál sería aquella piedra que había que levantar.
Nos encaminamos a un pequeño promontorio. Una roca blanca por las deyecciones, nos llamó la atención. Estaba encajada sobre otras dos, y a su cobijo, varias aves a las que no hubo más remedio que espantar. Con gran algarabía por su parte y algún que otro picotazo lanzado en defensa de su huevo, Jamo y mi padre movieron no sin esfuerzo la piedra. Atisbé yo entre la tierra y algo de verdura, una botella. Rápidamente metí la mano y la saqué. Volvieron a su lugar la roca, los huevos y las pelágicas a continuar dando calor cada cual a su huevo.

La botella estaba lacrada, y a pesar de la tierra adherida y su color verdoso, se podía observar que en su interior había un papel. Directo a la mochila, y a disimular.

Aquella noche, tras la cena, se descorchó la botella. El papelito, doblado y redoblado, estaba escrito con estilográfica y la perfecta letra inglesa del abuelo Juan. ¡Inmejorable la idea de la botella!

 - "Me llamo Juan Sánchez Alonso. Si eres pariente mío, ¡enhorabuena, lo has conseguido! Si no lo eres, por favor, haz lo posible por dejar la botella donde estaba. Nada hay a lo que puedas sacar beneficio. Gracias.

- A ti, nieto o nieta, que tomaste parte en esta aventura: Has encontrado el tesoro que toda persona ansía: Fe; porque creíste en ti mismo y en los demás. Esperanza; la que pusiste en lograr el reto. Fortaleza; porque huyendo de la temeridad has vencido el temor. Porque has demostrado el vigor y la fuerza, no solo de tus brazos, también de tu carácter.

- Espero hayas aprendido, y sobre todo disfrutado de este loco proyecto, que si estás leyendo, ya ha tenido resolución. Solo falta una recompensa tangible, y esa la encontraras en mi casa. Busca sobre el tirante de la cercha central que sostiene el tejado.
Tu abuelo Juan 1930.

Aquellas fueron unas vacaciones inolvidables. Una semana en el barco recorriendo las Canarias me supo a poco, pero había que volver.

Nuevamente se reunió la familia en casa de los abuelos y que ahora era de mi tío Juan. Subimos al desván, Jamo colocó la escalera y tanteó la viga. Dieciséis monedas de oro de diversos países y valores, aparecieron en fila india y cubiertas por el polvo. Benjamín las repartió entre sus hermanos y primos. Rara casualidad aquella; 16 años, 16 nietos, 16 monedas.



jueves, 19 de febrero de 2015

Greda.



Greda.
(Del lat. crēta).

1. f. Arcilla arenosa, por lo común de color blanco azulado, usada principalmente para desengrasar los paños y quitar manchas.

A esta greda, se la denomina también como "tierra de batán", porque antiguamente se utilizaba  en los batanes para desengrasar las lanas. Un batán es una máquina destinada a enfurtir tejidos abiertos en otros más tupidos.

El proceso de confección de la tela comenzaba con los hiladores, que hacían el hilo en la rueca, luego los tejedores en el telar le daban forma con la trama y la urdimbre, los bataneros la enfurtían o apelmazaban en el batán, y los tundidores  cortaban e igualaban el pelo del paño.

El batán - a mediados del siglo XVII, había cerca de 200 batanes en Asturias- era accionado, generalmente, por una corriente de agua dirigida hacia la turbina que hacía girar el eje. En el eje estaban dispuestas unas paletas a modo de levas, que impulsaban los mazos y golpeaban el paño. Este se introducía previamente en una bañera con una solución jabonosa y de greda, con la finalidad de lavarlo y eliminar el aceite, cola o polvo,  haciéndolo compacto, resistente y suave.

La greda se utiliza también en alfarería. Hay un dicho sahariano, según el cual, después de que Alá creó el desierto y a los hombres que en el viven, solamente le quedaron dos terrones de greda.  Con ellos hizo el camello y la palmera para que el hombre pudiera sobrevivir en el Sahara.




lunes, 16 de febrero de 2015

El Canto de la Coruxa.



Tenía yo un amigo que una vez me dijo en un entierro: No me gustaría morir en verano, te pierdes este sol, la playa, las merendolas a la sombra...  En invierno está demasiado frío. En primavera, ¡ni pensarlo! Renace la vida con toda esa explosión de colores... Mejor en otoño, aunque, si lo piensas, la lluvia y esa humedad tan pringosa... ¡Fute! ¡Fute! Y con la mano trataba de espantar la idea como si fuese el gato.

Pero nada en la vida es eterno; ni siquiera la fama. Casi todo se olvida. Y a Manuel se le olvidó que aquella estación no le gustaba; murió una mañana de otoño.

La noche anterior, paseaba con mi perro; Fuerte, valiente y joven. El viento empujaba las nubes suavemente dejando jirones por donde se columbraban las estrellas, mientras que a lo lejos se apreciaba la contaminación lumínica de la ciudad. En el monte, cantó lúgubremente la coruxa. El bóxer se quedó quieto, expectante. Repite ella, y él se coloca detrás de mí con un quejido lastimero. Mete su hocico entre mis piernas, no quiere escuchar el sonido que por todo el valle se esparce. Ha presentido algo. Lo mismo que aquella vez, en que a eso del medio día, esperábamos en el camino para cruzar la carretera. Por la izquierda venía un camión, por la derecha, como a cincuenta metros, de la gasolinera salía un auto. El automóvil se fue arrimando al arcén a poca velocidad, hasta que cayó en la cuneta. El golpe no fue grande, el coche solamente un rayón, pero el hombre que lo conducía, no salía. Mi perro se puso detrás y lloró. ¿Acaso él también presintió, lo que la lechuza anunció la noche anterior? Posiblemente; el conductor había muerto, según dijeron las asistencias, de un infarto.

Murió también Aurelio, que era mayor, achacoso de solemnidad y decrépito en grado sumo, más todos en el pueblo habían comentado: Dos días van, que la que bebe el aceite de la iglesia, ronda la casa de Aurelio y lanza su silbido de aviso para que cavemos la fosa.

Mi mujer, mujer de pueblo que conoce tradiciones y ritos, no puede olvidar  esos malos agüeros: ¡Ya lo anunció la coruxa! Y yo le recrimino socarrón, como siempre; ¡Bien sabe entender la bruxa’l cantar de la coruxa! Pero a pesar de ello, entre perro y coruxa siembran en mí cierta prevención.

Cogí la escopeta de encima del armario. Una Sarasqueta  que me regaló el hermano de mi padre, aquél que se marchó a Cuba y vive en Miami desde que entró Fidel. Solamente una vez la utilicé. Salí al monte. Una pega en la rama, un disparo y el pájaro que se va a tierra. Toda la familia de urracas revolotean lanzando su voz tcha-tcha-tcha-tcha. Por fin se posan en el suelo dando saltitos alrededor de la compañera. Cuando comprenden que ha muerto, levantan el vuelo nuevamente y se vienen hacia mí dando amenazadoras pasadas como en aquella película de Hitchcock.

Tanto me impresionó la escena, que coloqué el arma sobre el armario y allí está. Quitar la vida, aunque solo sea un ave, no es lo mío. Hoy la he cogido de nuevo. Me voy al monte, allí entre castaños, robles y piornos, gasto una docena de cartuchos disparando al aire. Quiero que la coruxa se vaya a otras tierras, que su anuncio de muerte no recorra el valle, que mi mujer deje de darme la lata haciéndome pensar en que tal vez tenga razón.

La lechuza se asustó y abandonó el curuxeu, desde entonces, va más de dos años que no se muere nadie en la aldea, pero nada tiene que ver con el canto de aquella que nos libraba de ratones, topos o musarañas.  Tiene que ver con la gente que deja la ciudad y se instala en el campo. Ellos, además de jóvenes, son defensores a ultranza de esa naturaleza que no hace las cosas al tuntún. 

viernes, 13 de febrero de 2015

El Estocinador.

Los ojos eran grandes y de mirada tan perdida, que el hombre dudó por un instante. Pero se decidió.

El cuchillo entró por donde debía de estar el lagrimal, profundizó, giró y apalancó hacia arriba. El ojo salió entero colgando apenas el nervio óptico. Hizo lo mismo con el otro. Una vez fuera los dos, pinchó en el orificio urogenital y rajó hasta el cuello para pasar a extraer luego todas las vísceras. Procedió al lavado del interior, la sangre se diluyó con el agua que se perdió por sumidero. Aún le dio un par de tajos por ver si el cuerpo estaba bien sangrado y lo saló.


Si has pensado en un delito nefando, te diré que estás equivocado. El mini cuento va de la preparación básica del besugo - he omitido el escamado... para no escamar al personal - y solamente faltarían las patatas, el aceite, el limón, ajo, perejil y alguna otra cosilla. Todo a la fuente, y al horno.

Por si no lo sabías, los peces no tienen lagrimal: no lo necesitan en el medio en que viven. Tiempo atrás, cuando algunos de ellos abandonaron el medio acuático, dando origen a los anfibios, desarrollaron unas glándulas cuya secreción, las lágrimas, reproducía en muchos aspectos el medio líquido del que procedían, evitando así, que sus ojos se desecasen por la exposición al aire.

Estocinar se denomina por aquí, al acto de separar los tocinos de otras piezas del cerdo. Puede que el símil entre estocinador y limpiador de pescado de nuestro cuento, no sea muy apropiado, y que con toda seguridad, pegaría mejor "atocinar". Sinónimos de estocinar pueden ser: Partir, romper, destrozar descuartizar... mientras que atocinar sí puede ser asesinar o matar, lo que tal vez alguien pudiera pensar, estaba sucediendo.


martes, 10 de febrero de 2015

Checar.


No sé exactamente el motivo, supongo que es la globalización: Ese fenómeno a escala planetaria, económico, tecnológico, social, cultural, de comunicación y de dependencia reciproca, donde todo parece más cercano. Es una especie de efecto mariposa, donde cualquier cambio de situación atañe no solo al que la provoca, también a todos los demás.

Tal vez estemos progresando hacia aquel camino, en que toda la Tierra tenía una misma lengua y usaba las mismas palabras. Aquel tiempo en que Yhavé, temeroso de ver la unión entre los hombres, como un solo pueblo capaz de llevar a cabo cualquier empresa, confundió su lenguaje para que no se entendieran los unos con los otros, y los dispersó por la faz de la tierra.

Hoy parece que estamos más cerca que ayer, para conseguir levantar la torre del entendimiento entre los hombres por medio del lenguaje; adoptamos e inventamos palabras nuevas haciéndolas comunes para todos. Aunque todo lleva su tiempo. Jamás desaparecerán los distintos idiomas, pero llegará el momento en que los hombres tengan una lengua común.

No digo que la palabra de hoy sea un ejemplo a escala planetaria, pero casi; El español está considerado como la tercera lengua hablada del mundo y la segunda por el número de personas que la tienen como materna. Ésta viene de Méjico, pero ya se oye por aquí tal cual. Cosas de la globalización.

Checar:
1. tr. Méx. chequear.
Chequear.
(Del ingl. to check, comprobar).
1. tr. Examinar, controlar, cotejar.
2. prnl. Hacerse un chequeo.


viernes, 6 de febrero de 2015

Tonino Machebello.


El hombre está leyendo sin más ropa que los calzoncillos. La ventana entreabierta, una suave brisa mece las cortinas. Son las dos de la mañana de una calurosa noche de septiembre.

El pequeño despacho en el que se halla, linda con la caja del ascensor. Durante el día, el ruido que transmite es apenas perceptible; Los niños en el parque, el tráfico en la calle... Pero en la noche silenciosa, hasta la pared parece que vibrara con el sube y baja.

No es normal que a esa hora, y aunque sea viernes, el ascensor esté en un funcionamiento continuo. El hombre necesita concentración y el dichoso ruido lo está poniendo nervioso. Por fin, parece que el elevador ha llegado a su destino; la séptima planta, justo la suya. Oye como la puerta se cierra y no hace falta el don de la adivinación para saber de quién se trata; la vecina que vive en el centro. No hay más que tres pisos por planta, y uno de ellos está vacío, y en venta.

Ha dejado de leer esperando que la inquilina cierre la puerta y vuelva de nuevo el silencio. Unos golpecitos con los nudillos lo sobresaltan, ¿por qué llama a mi puerta a estas horas? Se echa una bata encima y abre.

La vecina parece que viene de fiesta, está algo tomada y el tufillo que desprende a ginebra es notorio.

- Perdona la molestia Antonio, pero es que no acierto con el llavín - se disculpa-  es que desde abajo he visto luz en tu ventana... y no me quería quedar sentada en la escalera hasta que se me pasara el mareo.

Su voz, trastabilla, tartamudea incongruente, tratando de disimular el deplorable estado de embriaguez en que se encuentra. Lleva las llaves en la mano, ha dejado el bolso y los zapatos de tacón en el suelo, junto a la puerta. El cuerpo oscila adelante y atrás tratando de guardar el equilibrio.

- No te preocupes, dame la llave. Yo te ayudo.

 La ha rodeado con su brazo por la cintura, ha sentido el calor de aquel cuerpo, el leve respingo con el contacto, ha olido el perfume de su cabello tan distinto al de su boca.

- Pasa, por favor...

- ¡Oh, no! Toma el bolso y los zapatos, pero de aquí no paso, que las malas lenguas se pueden preguntar qué hago yo saliendo en bata de casa de una señorita.

- ¿A estas horas? ¿Te importaría a ti? A mí ni pizca. Treinta vecinos hay en el bloque, a nadie conozco después de cinco años, y nadie se preocupa lo más mínimo por conocer a los otros. Pasa, no seas tonto.

- Tampoco tu me conoces más que de un hola y adiós. ¿Quién te dice que no me aprovecharía de tu estado?

- ¿Que no te conozco, dices? Te llamas Antonio, pero te llaman Tonino, y han cambiado tu apellido Machiavelli por Machebello; ¡pero qué bello, bonito, guapo, hermoso! que todo sirve y es cierto. Eres italiano, enviudaste hace ocho años de una española a quien conociste en Venecia, trabajas en el Centro Médico como obstetra. Pediste te cambiaran la enfermera que atiende a tu lado, por una señora mayor y gorda, harto de que las jóvenes quisieran abrirse de piernas como tus clientas, y que tienes cuarenta y cinco años. ¿Entrarías si no estuviera borracha?

- Si.

- Pues entonces, pasa. Todo ha sido un truco; vi luz en el gabinete, supuse que estudiabas, hice varios viajes en el ascensor para llamar tu atención. En mi bolso llevaba un botellín de ginebra, me enjuagué bien la boca y eché un poco por el canalillo. Entonces llamé. Estoy enamorada y llevo tiempo tratando de hacerme la encontradiza, pero tú siempre impasible, siempre correcto.

- Pasemos pues, de momento solo es el deseo el que me mueve, pero quién sabe...




lunes, 2 de febrero de 2015

Aurora: La Familia. (Continuación de Aurora y Kammamuri)


Con la muerte de Aurora en el 45, mi abuelo Julio quedó sumamente abatido. Él siempre supuso, que aquellos pulmones, a los que de vez en cuando la tos arrancaba algo de carbón, le llevarían a la tumba el primero. También lo deseaba, pues no concebía la vida sin la presencia y el abnegado amor de su mujer. Se volvió taciturno, y no se oyeron ya por la casa, aquellas risas silbantes y jocosas que le producían el contar sus propios chistes.

Por medio habían sucedido muchas cosas.

Mi padre nació en 1907. Un año más tarde, moriría su suegro Abelardo. En 1911 pasaron a mejor vida su mujer María, y unos meses después, en una de las numerosas revueltas, extendidas a la zona española tras la ocupación por el ejército francés de la ciudad de Fez, el capitán de infantería Pablo.

Las huelgas en la industria y la minería se sucedían con mayor o menor frecuencia, y Aurora, con aquella preocupación por la población infantil, continuaba pinchando a los ediles. Consiguió que el ayuntamiento hiciera un sábado de chocolatada. El único requisito era que cada niño llevara su tazón.


A las cinco de la tarde del primer sábado del mes, diez ollas calentadas por hornillos estaban preparadas en el parque al lado de las escuelas. Dos mujeres con mandiles y pañoleta de impoluto blanco, atendían cada puesto; una repartía rebanadas de pan de hogaza y la otra el espeso chocolate.

En las colas que se formaron frente a los peroles, tras los niños, se agolparon unos cuantos ancianos que fueron imitados por los mirones al ver que nadie les ponía impedimento. Fue un éxito de propaganda, tanto para la fábrica de chocolate como para el ayuntamiento, por lo que Aurora propuso al alcalde otros eventos. Una fábrica de embutidos proporcionó chorizos, con los que los panaderos hicieron "bollos preñaos", así, y con el concurso de gaitas y tambores, se armaba un poco de "folixa" el primer y último sábado de cada mes, coincidiendo con el mercado.

Aquello, lo de "todo de balde" no duró mucho tiempo, pues Manolo el de los sifones, que comenzó regalando botellines de orange, y otros avispados comerciantes, se adueñaron del festín. Lo que en un principio fue una promoción caritativa, pasó a ser una romería más donde se vendían desde rifas para la "xata", hasta madreñas.

Hubo unos años bastante buenos coincidiendo con la guerra europea en la que España no participaba. Mejoró la situación económica por el suministro de productos industriales y agrarios a las partes en conflicto. Se triplicó el precio del carbón, las minas aumentaron la mano de obra ante aquella demanda, subieron los salarios, y las ganancias. Pero los precios comenzaron a subir poco a poco hasta que ya ni siquiera se podía decir "lo comido por lo servido", pues en el desfase entre el presupuesto familiar y el salario, siempre salía perdiendo el presupuesto. Por ello, muchos de los mineros que trabajaban con mi abuelo, faltando al trabajo, se agarraban a las labores del terruño que siempre había sido su método de subsistencia; unos días para la hierba, otros para el sembrado... Hasta que la Compañía Minera, le compró aquella mina de montaña a Abundio. Entonces se acabó el tomar días para asuntos particulares, o decir que tenían unas tercianas. La dirección modernizó la instalación abriendo un pozo que erigía su flamante castillete de vigas de acero unidas por roblones. Hasta trescientos metros bajaron, mientras la maquinilla de vapor subía a toda velocidad las vagonetas cargadas de mineral...  bajaron los sueldos y hubo despidos.


En el 23, Primo de Rivera dio un golpe de Estado, en el 25 murió Andrina, en el 31 se proclamó la segunda República, luego vino la Revolución del 34 y la Guerra Civil del 36. Años duros, muy duros, pero que a pesar de los conflictos, la familia había conseguido soslayar casi todos los peligros.

Evaristo, el padre de mi abuelo Julio, murió joven dejando viuda y dos hijos; Julio y Amanda. Muy aficionado a la caza, recibió accidentalmente un disparo de un compañero de cuadrilla y de trabajo, pues ambos se dedicaban a montar centrales hidráulicas por los ríos.

La viuda Amanda agotó sus recursos y estaba dispuesta a vender un par de fincas, pero Julio, que a la sazón contaba con doce años, no se lo permitió.  Con gran disgusto de su madre, dejó la escuela y se puso a trabajar en la mina, motivos ambos para que la Patria le eximiera de cumplir con ella. Con lo él que ganaba y la venta de los gorrinos que criaban, fueron saliendo adelante.


De las dos fincas de mi abuelo, una era un castañar, que si no quitó el hambre, sí ayudó a paliarla en aquellos años duros de huelgas y revueltas. Castañas "mayucas" o pilongas, harina de castañas o castañas asadas, alimentaron a los humanos y a los animales. La otra, la plantó con una semilla nueva de la que nacía un árbol de rápido crecimiento, y que se emplearía en el entibado de las minas en sustitución del pino, más escaso y de crecimiento más lento; el eucalipto. Para cuando se casó, ya ganaba sus buenas pesetas como picador, la tala de la madera se había vendido un par de veces, y las dos Amanda decidieron, en la creencia de que había más seguridad, ir a vivir a Oviedo donde Julio les puso una mercería.

Mi padre entró a trabajar en la fábrica de aceros como facultativo de minas. Se cortaba el pelo una vez al mes, y todos los domingos por la mañana, acudía para que le afeitaran y arreglaran el cuello en la barbería de Genarón.
Genarón era un indiano que montó el "Gran Salón de Coiffure", con los caudales que trajo de La Habana, y unos secadores eléctricos para el pelo que consiguió en los Estados Unidos.  El bajo daba a dos calles; en el de las cristaleras que miraban hacia el Ayuntamiento, montaba seis sillones para las señoras, y frente a la calle secundaria, cuatro para los caballeros y uno más para el limpia, Allí conoció a mi madre que trabajaba como cajera, y que era quien llevaba el peso del negocio, pues Genaro se pasaba los días en la cafetería. Se llevó un gran disgusto cuando mi madre lo dejó para casarse.

Yo nací en el 32, y desde siempre vi pasar por aquella casa a muchos de los parientes, pues en aquellos tiempos, era cosa corriente el visitar a la familia y estar un tiempo con ellos. Aunque la casa era grande, y la alternancia entre vacas flacas y vacas gordas era el pan nuestro de cada día, jamás faltó un colchón, o un plato de cocido, para los que con nosotros vivían, y los que tenían a bien visitarnos.

Ya desde el tiempo de la abuela María, había una o dos sirvientas en la casa. Sus madres, deseosas de quitarse una boca, las ofrecían con tal vehemencia, que era imposible rechazarlas. Aquello, y aunque no había sueldo, traía aparejado la compra de unos zapatos, una rebeca o unos reales para alguna fiesta, llegando en algunos momentos a resultar oneroso. Mas ellas siempre fueron tratadas como de la familia, procurando Aurora que hicieran buenas bodas.

Senén y Paulina se pasaban más a menudo desde que Aurora comenzó a olvidar. Pedro venía desde Sevilla una vez al año, al igual que Antonio desde Madrid. Armando, y su mujer Josefina, se escapaban desde Gijón donde trabajaba para el macelo un domingo sí y otro no. Valeriano, venía cuando atracaba en Gijón. Por entonces se dedicaba al cabotaje, luego se embarcó en un petrolero griego que fue hundido por los alemanes en el 42, y, se acabaron las novelas de Salgari o Julio Verne que me traía. A Gonzalo, el cura, lo conocí cuando vino desde Lugo al entierro de su hermana. Nunca volvió. Murió en el 56 dejándome en herencia un pequeño paquete de acciones de Fenosa.


Mi abuelo murió en el 58. Con él se esfumó aquel hálito suave y apacible, aquel perfume intangible de lo añejo que siempre recordaré con cariño.