jueves, 25 de junio de 2015

Jamás conocí el amor.

 Estamos siempre inclinados a creer aquello que anhelamos.
Demóstenes.



Era pequeña, no llegaba al uno sesenta. Un poco cargada de espalda, quizá porque ya desde niña la habían enseñado a trabajar la huerta base de azadón. Una huerta rala y escasa donde los cachelos apenas medraban, las cebollas y ajos pugnaban por salir en aquella tierra dura, donde solo los grelos arraigaban bien, se expandían y ablandaban el terreno con su fuerte raíz y eran la base proteínica principal de aquella casa.  Tal vez esto sea un poco exagerado, pues de vez en cuando había conejo o pollo, los huevos no faltaban y tampoco la borona.
Aunque habitaba en una región, de la que tres de las cuatro provincias estaban bañadas por el mar, ella no lo conocía. Ni siquiera el tren al que nunca subió. Un tren, que, como el de la vida, se le iba marchando raudo, sin salir del terruño. Y así, a punto de cumplir los treinta y cinco, continuaba su existencia pensando si no habría un mundo mejor, un hombre del que enamorarse, una casa y unos hijos, que el destino parecía no tener en su haber.
Por eso, cuando aquella pariente suya volvió un día del lugar al que había ido a trabajar como asistenta, con marido y tres niños en un desvencijado cuatro-cuatro, empezó a soñar. ¿Que tenía su prima, que no tuviera ella? Era más guapa, de mejor figura y carácter, asistió a la escuela hasta los catorce años y le gustaba leer aquellas novelas de Corín Tellado que su madrina le regalaba los domingos de pascua.
Al ver a Remedios, decidió que debía poner los medios, para que aquellas ensoñaciones noveleras que trataba de quitarse de la cabeza, le sucedieran a ella; ¿Por qué no?

Sentadas en el atrio de la iglesia, la una contaba mientras la otra escuchaba y preguntaba, y en cierto momento, Remedios dio con la solución a aquella desazón que notaba en su prima.

- Juana, tengo un vecino que es dueño de una gran finca. Casona con cuadra en la que cobija quince o veinte vacas cada cual con su ternero, cerdos y aves, árboles frutales y buena tierra de sembrado. Está soltero y tiene como cuarenta. Es alto, moreno y delgado como mimbre. Habla poco, trabaja bien, vive de lo que produce, y te digo yo que es bastante. ¿Quieres que le hable de ti?

Y Juana se marchó a pasar una semana a casa de su prima. Cinco en aquél coche y las maletas en la baca, pero eran sus primeras vacaciones y no le importó ir apretujada y aguantando a los inquietos críos. De camino conoció el mar, incluso pisó la arena de una playa cualquiera. Sus ojos hambrientos de novedades no perdían detalle; ¡Qué distinta era la realidad, de aquella gris que veía en la pantalla del cine! ¡Qué minúscula su aldea en comparación con aquellos pueblos y ciudades por los que pasaban! ¡Cuánta gente tan bien vestida!

Venancio era en verdad como su prima lo dibujara; Barba cerrada en un rostro huesudo no muy agraciado, pero de ojos negros y profundos, parco de palabras, y, que cuando se arrancaba, las encadenaba tan seguido, que a duras penas podía entenderlo. Él sabía de su defecto, y para remediarlo, añadía otro más si cabe, cual era preguntar siempre; ¿Sabes?

- Enaquellacasilladeabojojuntoalríotengoelmolino. ¿Sabes? Paraelmaíz. ¿Sabes?

Y Venancio le enseñó a Juana todo lo que poseía; La casa, las cuadras, la finca grande, y la chica, al otro lado del río, le presentó al criado que vivía en el molino, y, para que supiese que estaba interesado en ella, allí, en la cocina y con Remedios delante, sacó las escrituras de propiedad que sus padres le legaran y la libreta de la Caja.
 - Estoesloquehay. Tuparientasiempremedecíaqueteníaunamujerparamí, ¿sabes? Yolotomabaabromaperoestabailusionado. ¿Sabes? Y haciendo un esfuerzo considerable, concluyó; Si estás de acuerdo en que nos conozcamos mejor antes de pasar a mayores, me gustaría mucho.

Juana, roja como la grana, le agradeció la deferencia, ponderó sinceramente lo que veía, mostró su sorpresa por la artera maniobra de Remedios, digna de la mejor celestina, y musitó una disculpa: -Pensaré en esas tus palabras... que no esperaba.

Juana no durmió bien aquella noche. Procuraba dejar a un lado la insistente premura de Remedios para que aceptara, sopesando con ecuanimidad aquella proposición. ¿Era aquello lo que anhelaba? En gran parte, sí. ¿Pero dónde quedaba el amor? ¿Y si nunca llegaba... y perdía la ocasión?.
El roce puede llegar a hacer cariño, Venancio parecía buena persona, clarito como el agua clara, y encandilado... ¿era suficiente? ¿No cambiaría el rabo por las orejas? En casa de sus padres era la burra de carga, ¿no le sucedería igual con Venancio? Salía de una aldea para ir a otra más o menos igual, de un trabajo y una responsabilidad, para hacerse cargo de otra similar.
Ya, pero aquí iba a ser la dueña, a gozar de ese otro amor que el cuerpo, si cabe, experimenta tanto como el alma, a tener hijos, a vivir una vida en la plenitud que le brindaba el mayor desahogo económico, a disfrutar de la cercanía de la ciudad...
Pensaba como Venancio hablaba, tan atropelladamente, que creyó que aquello era un nexo más de unión  con él. Sí, había mucho de coincidente en ellos.
Sin embargo, otra inquietud lacerante acongojaba su alma; sus padres. Él, invalido de guerra, medalla de hierro de segunda y primera clase, y subsidiado con una mísera paga, apenas podía echar una mano. De los dos hermanos de Juana, el pequeño se había quedado como mecánico naval en la marina a donde se fue voluntario, y el mayor venía los fines de semana para que le lavasen la ropa, y a entregar parte de lo ganado con la piedra de afilar con la que recorría pueblos y ciudades. ¿Podría su madre sola, con todo?


Juana se marchó sin dar la respuesta que Venancio esperaba, pero dejando el camino abierto a una remota posibilidad: Escríbeme y yo te responderé. Cuéntame cómo puede ser nuestra vida, tus afanes, lo que de mi deseas... y yo te contaré mis cuitas. Así, sosegadamente, sin premura, podremos saber, si estamos hechos el uno para el otro, si llegaremos a enamorarnos, o si solo la conveniencia mutua va a ser lo que prime en la relación.

El tiempo es algo misterioso; Parece que fue ayer y ha pasado un año, aquello ocurrió hace mucho tiempo, y solamente han transcurrido un par de semanas. Había pasado un mes y Juana no tenía noticias de Venancio, pero a ella se le antojaban meses los días, y los meses años. Tal era la añoranza que sentía.

Volvía aquella mañana del prado, botas de goma negra, vestido floreado de manga corta, pañuelo a la cabeza, en una mano la rebeca y en la otra la tridente con la que había amontonado la hierba ya seca, cuando lo vio hablando con su padre a la puerta de casa. Opciones contrapuestas parecieron chocar en su cerebro, la una escapar - "y yo con esta facha", pensamiento de mujer- la otra... la otra no era una opción, era un mandato irrefrenable que la impulsó a soltar la herramienta y correr hacia Venancio que hacía lo propio con los brazos abiertos. Se fundieron en uno mientras el padre le daba una voz a su mujer para que saliera a ver tamaña desfachatez.

- Juana, escribo peor de lo que hablo. No necesito conocerte más de lo que te conozco para decirte que eres mi pasión, mi todo en la vida, y que nunca me voy a separar ya de ti.
 - Venancio, jamás creí que llegaría a conocer el amor, aquella semana que pasamos juntos fue inolvidable, pero solamente me he dado cuenta de ello con el tiempo y la distancia.

lunes, 22 de junio de 2015

Genes, Algoritmos y Propiedad.


 - Hay quien asegura, que el suicida lo es porque ya lo lleva escrito en sus genes. Estupidez semejante, jamás en la vida la escuché. ¿Quiere esto decir, que también las causas que motivaron tal hecho, venían impresas en ellos? ¿Si aquella persona, en vez de ser un paria baqueteado por todos, ninguneado, despreciado, harto de recibir palos, hubiera nacido en una rica familia, fuera persona influyente y apreciada, hubiera muerto del mismo modo?

- ¡Quién lo sabe Pedro! Hay quienes teniéndolo todo, hastiados de la vida pueden sentir ese impulso.

- Tu lo has dicho: ¡Un impulso! Que no es lo mismo que tener un gen, con información equivocada, que induzca a tal cosa.

- No sé. He oído en la tele, o en la radio, que no es lo mismo nacer en un mes o en otro. Que mientras los de octubre pueden padecer del hígado - no lo tomes al pie de la letra- los de mayo corren menos riesgos de tener enfermedades.

- Paparruchas, de astrólogos.

- Que no, Pedro, que no. Que es un estudio concienzudo de una universidad americana. Han hecho un programa- algoritmo me parece que le llaman- donde metiendo los datos de un número significativo de personas, dan esos resultados.

- Bah, simple estadística. Cualquiera sabe que los hijos engendrados en verano nacerán en primavera y, ambas son estaciones propicias; óvulos y espermatozoides están retozones, alegres, y traen la prole al mundo en días agradables y luminosos. El día en que ese gen pueda contar como un libro abierto lo que lleva dentro, entonces veremos si es verdad lo que solamente suponen. Bueno, me voy. Hoy no me quedo para la partida, me duele la barriga. Tendrás que buscarte otro compañero.

Y Pedro se fue para su casa.

Al subir por la carretera, en el camino a la llosa, descubrió medio escondido el coche de un vecino, y se preguntó que sería lo que allí hacía, pues nada en particular debía de atraerlo por aquellos pagos.

Encontró, cosa extraña, la puerta de su casa cerrada con llave, lo que solamente se hacía a la noche. Como quiera que su mujer no conducía, a ningún sitio podía haber ido, pues él era el que la llevaba en el coche, así que empezó a imaginar cosas.

Abrió silenciosamente. Cogió la escopeta que siempre tenía sobre el dintel de la puerta, la cargó con dos cartuchos para el jabalí y principió a subir las escalera hacia las habitaciones.

Tres muertos hubo aquél día en aquella casa. Dos en la cama por indigestión de plomo, y uno en la cuadra por el cáñamo de un nudo corredizo.

Para la Guardia Civil, la cosa estaba muy clara. Otra cosa es que no hubo estudiosos que pudieran discernir, si Pedro llevaba consigo en se gen maldito con información equivocada. Lo que sí que es cierto, es que Pedro padecía de un mal muy común en nuestra sociedad: La venganza tomada por propia mano para quienes roban lo que creen de su propiedad.

Nadie es dueño de nadie, ni siquiera de su propio destino.


miércoles, 17 de junio de 2015

Francisca.


El hipocorístico de Francisca/o, puede ser Paca/o. Se suele llamar también, tanto a hombres como a mujeres; Quica o Quico, con Q o con K, y varios diminutivos más. En mi tierra quica/o, se le llama a una gallina o gallo de pequeño tamaño.

Los significados que he encontrado; Abanderado, La que lleva la lanza, Francés... parece que poco tienen que ver con Francisca o Paca/o, y, si a mí me preguntaran que es una Paca, diría que es ese fardo que hacen las empacadoras. Paco, podría tener una connotación un tanto peyorativa, pues, por pacos se conocían a los francotiradores rifeños que lucharon contra la ocupación española del Rif. También se daba este nombre, a los francotiradores que actuaban en la guerra civil.

Pero el título de este panfletillo, es Francisca, y yo lo he traído aquí, porque Francisca es:

(Del b. lat. francisca, hacha de dos filos).
1. f. desus. Especie de hacha grande.

San Isidoro de Sevilla, denominó francisca a este arma, porque era típica de los francos, que la utilizaban a una sola mano para lanzarla antes del cuerpo a cuerpo, y que aunque no debía de ser muy efectiva ante los escudos, no por ello dejaba de imponer. La dirigían a las piernas, pues un combatiente en ellas herido, además de ser presa fácil, dificultaba  el paso, cuanto no la caída al suelo, de los que venían detrás.



jueves, 11 de junio de 2015

Los Demonios del Rencor.



Una mañana cualquiera, de un día cualquiera, murió mi padre. Mi mano en su mano, su mano en mi mano. Abrió los ojos, una mueca de su boca huérfana de dientes quiso simular una sonrisa, tomó su última bocanada de aire, y expiró. Intuí que sus demonios habían desaparecido en el mismo instante en que aquellos ojos, agradecidos, se habían abierto para darme el adiós definitivo.

Su padre, mi abuelo, fue una persona severa para con los demás. Jamás consintió réplica, él estaba en posesión de la verdad, y hay de aquél que lo dudara, sus posaderas se verían afectadas por el resquemor que produce una buena correa de cuero. Sin embargo, estaba lleno de prejuicios y contrariedades. Era mujeriego y racista, pero tenía queridas jóvenes, de color, asiáticas... en fin, de cualquier raza que le sirviera para presumir de la internacionalización de su cualidad masculina, sin percatarse de que si las tenía, era a base de dinero. Machista que menospreciaba y odiaba a las mujeres, mientras que para los suyos era agrio de carácter, trataba melifluamente, con buena cara y su mejor sonrisa, a las que entraban a buscar en su comercio las mejores telas y paños de la ciudad. Tal vez fuera por tener que doblar la cerviz ante ellas, el negocio es el negocio, que las odiaba.

Once veces preñó a mi abuela, que como buena y fuerte pueblerina, era para lo que servía, según su entender. Aquél carácter sumiso de ella, y el prepotente de él, hizo que sus hijos, seis hombres y cinco mujeres, fueran un fiel calco de su padre. Todos menos Oliva, que a los catorce años, y quizá para purgar pecados ajenos, se fue para un convento de clausura de donde jamás salió.

Suponía que mi padre cojeaba de la misma pata, al menos las refriegas que de vez en cuando sostenía con mi madre, eran de tono bastante elevado. Pero ella no se achicaba, era de otra pasta, más moderna y preparada que la abuela. Y él se bajaba para la fragua con los puños apretados y los nudillos blancos, sin querer dar el brazo a torcer aun a sabiendas de que estaba equivocado, a soltar mamporros a los hierros al rojo hasta la noche. En lo oscuro de la habitación, continuaba la pelea; jadeos, suspiros, y los muelles de la cama que no cesaban de chirriar, a la mañana, caritas melosas y piquitos relamidos. Se había hecho la paz. Alguien de fuera, podía haber pensado, que aquél matrimonio no hubiera durado muchos años de continuar con las mismas actitudes.

Dicen, que los polos del mismo signo se repelen, así que mi padre también se marchó de casa con catorce años como lo hiciera Oliva. Y para más fastidiar al viejo, se ofreció de pinche en un pequeño taller de forja, cuando los hermanos estudiaban buenas carreras. Atendía solícito el fuelle, mantenía el fuego o daba a la maza según las órdenes del patrón, y este, que veía la rabia con que batía el hierro, lo encauzó para que estudiara geometría, en la confianza de que el dibujo y el cálculo absorberían el rencor que llevaba dentro.

 Con el tiempo, las más artísticas rejas, celosías, balconadas y puertas salían de sus manos. Aunaba el hierro con latón, con chapa o con cristal de colores, siendo la geometría y la filigrana de tal puro gozo, que llevaron el taller a un reconocimiento internacional.

Mi madre murió joven, a los treinta y seis. Era la hija del dueño del taller a quien mi padre conoció cuando usaba calcetines y peinaba coletas. Por entonces yo tenía quince años y fue la única vez en que vi llorar a mi padre que se lamentaba: "María, ¿con quién voy a discutir ahora?" Durante el tiempo en que duró su enfermedad, él fue su enfermero y creo que hasta su guía espiritual. La alimentaba, limpiaba, bañaba, leía, se acostaba vestido junto a ella y le hablaba y hablaba mirando al techo explicándole aquel proyecto suyo del molino de viento que generaba corriente eléctrica.
Si alguna duda había tenido yo sobre aquellas pretéritas actitudes, se disipó. Su amor y el respeto mutuo, a pesar de alguna trifulca, era verdadero, y los demonios del rencor, solo eran para con su padre, y para consigo mismo que creía llevar de nacimiento aquel estigma.

Pero mi abuelo no era ni más ni menos distinto a la mayoría de los varones de su generación. Se creían muy machos, en el más amplio sentido del concepto, y trataban de demostrarlo con su comportamiento y forma de pensar. Aquello no hubiera sido posible sin la complicidad de infinidad de mujeres para las que su "carrera" era hacer un buen matrimonio. Ese era el burka bajo el que se guarecían, mientras otras, más aguerridas, luchaban por los derechos que se les negaban.

Mi padre nunca se volvió a casar, el proyecto quedó aparcado para siempre, y ya solo se dedicaba, sin demasiado entusiasmo, a plasmar en el papel los diseños que sus operarios llevaban a buen fin. Se marchó tranquilo esperando el reencuentro con su esposa, y en la seguridad de que yo había comprendido, que él no fue como su padre.


miércoles, 3 de junio de 2015

¡Hasta pronto, Nela!





Soy de los que quiere creer, que cuando abandonamos este mundo, encontraremos, allá donde quiera que fuéremos, a nuestros seres queridos; abuelos, padres, tíos o mascotas. Por eso he titulado así mi relato. Porque espero encontrarme a mi perra Nela que hoy ha muerto.

Trece años pasaron desde que la encontré vagando sin rumbo fijo, con hambre, nunca mejor dicho, canina. Pulgas a cientos, lanas que arrastraba por el suelo, y mierda de caballo, que cual si fuera fijador impregnaba su pelo.

Me la traje para casa, corté sus greñas, la bañé y desinfecté, con la intención de que viéndola reluciente, alguien tuviera a bien quedarse con ella. Ya teníamos tres perros, dos de ellos también recogidos.

Un vecino, aquél que la espantaba porque le comía los huevos que las gallinas escondían en los bardiales, me dijo que un tipo la llevaba en el remolque de los caballos. La aldea es lugar propicio para aquellos que quieren deshacerse de los perros que les estorban, que ya no son los cachorros con los que los críos juegan. Eso fue lo que hizo aquel hombre; abrió la puerta, bajó la perra, cerró y se marchó.

Cuando el hambre aprieta y nada hay que llevarse a la boca, cada cual se busca sustento como puede, y Nela, buscando, buscando, encontró en las agudas gallinas que salían a la quintana, los huevos que no ponían en el ponedero, de donde su dueño se los robaba.

Ni que decir tiene, que nunca le buscamos quien la acogiera; se quedó con nosotros. Creo que ha sido muy querida y feliz a pesar de los malos tragos que ha pasado; le tuvieron que extirpar el bazo, y un angiosarcoma con pérdida de dos mamas. El pronóstico no era bueno, no más de dos años de vida aplicando quimioterapia, pero decidimos no hacerla sufrir. Acertamos; ha vivido tres veces más de lo que pronosticaron. También tuvo una operación para quitarle el útero y otra de rodilla. Tal parece como si el individuo que la abandonó, intuyera los problemas que se avecinaban.


Ha sido una fiel y callada compañera, nunca ha querido pendencias, en todo momento ha buscado la caricia con esos preciosos ojos, nublados a última hora por las cataratas, y nos ha merecido la pena lo poco que le dimos, a cambio de todo lo que nos dio.