viernes, 31 de julio de 2015

Cosas de Chigre: Chorizos y Pata Negra.



En la terraza del chigre, está sentado a "mi mesa" un pescador en traje de faena. Pantalón de aguas amarillo, de esos que llevan peto con tirantes, un  jersey azulón remangado hasta los codos, cuello vuelto, y las imprescindibles katiuskas. Conocido de poco más de un hola y adiós, me atrevo no obstante a preguntar si me puedo sentar a su lado. No hay objeción, sabe que es mi sitio habitual.

- ¿Esperando la hora de levantar? -pregunto.

- Si, haciendo un poco de tiempo.

- ¿Y como va la cosa?

- Jodida, marisco pequeño y poca venta.

- Es que la situación no está para comer centollo.

- Si no hubiera tanto chorizo con la pasta en Suiza, otro gallo nos cantara.

- Bueno, chorizos en este país siempre ha habido, aunque los de ahora parecen pata negra. Claro, que de esos, antes ni nos enterábamos siquiera. Se suben astronómicamente los sueldos, chupan subvenciones a porrillo y no contentos, organizan tramas para desfalcar y estafar sin pudor, paraíso de mafias, trabajo sumergido, facturas falsas, no se cobra el iva…

- Si, los de cuello blanco, trincar a espuertas, y los demás, a pillar lo que se puede.

- ¿Recuerdas aquél cuento de uno que trabajaba en la fabrica, y que todos los fines de semana salía por la puerta con una carretilla cargada de madera?

- Eso era, un cuento.

- Que no, coño, que fue verdad. Sacaba la madera de los palés viejos con la factura que le hacían en Almacenes Generales, el guardia la miraba y le dejaba pasar. Pero el jefe de los almacenes, cayó en la cuenta de que el material era demasiado barato vendiendo al menudeo y que no cubría el papeleo, entonces subió el precio. El tipo continuó pagando y saliendo con la mercancía, pero uno de los guardias, entró en sospecha ¿si antes pagaba cinco pesetas por la leña, cómo ahora pagaba cincuenta? Más barato le saldría en la carbonería. Allí había gato encerrado. Y le hizo descargar la madera para ver si encontraba algo más. Pero no había nada, Hasta que se fijó en que cada día salía con una carretilla distinta.

- Lo raro era que el guardia no participase en el negocio, ahora dicen que los vigilantes de las grandes superficies y los empleados, se llevan más que los rateros.

- Es que esto es de un ladronicio generalizado; se hace el contrabando a la inversa, es decir; los de 500 salen camino de Andorra, se llevan la pasta en bolsas de basura, tiran de las visas oro como si fueran suyas, el cobre de las farolas, en las oficinas, toda clase de material de escritorio, se juega con el ordenador "on lain"; en los ambulatorios hasta el papel higiénico y los flotadores de las cisternas, en los talleres haciendo chapuzas particulares y mangando herramienta, en todos los sitios igual...

- Hasta de los cementerios de llevan el latón de cruces, argollas y floreros. ¿Y los enchufes? Hermanos, primos, amigos de los cuñados, afiliados al partido o sindicato... Anda que no es viejo el tema. Con razón dice el refrán "el que tiene padrino, se bautiza…"  Me voy, que va siendo la hora.


martes, 28 de julio de 2015

El Cementerio de los Elefantes.



Hace años, había la creencia generalizada, basada en la mitología africana, de que los enfermos y viejos elefantes iban a morir a un lugar, que los que lo buscaban dieron en llamar "El cementerio de los elefantes". Se suponía este, un lugar hermoso por cuanto estaba lleno del valioso marfil, aunque las osamentas debían de darle un tono bastante siniestro. Altos farallones lo rodeaban, cayendo en cascada un río que alimentaba el lago. La vegetación lo ocultaba de la vista, por lo que fueron contados humanos que lo llegaron a hollar.

Mi padre, trabajador hasta la extenuación por alimentar esposa y cuatro hijos, le dijo un día a mi madre; "Luisa, me voy y no volveré. Ha llegado mi hora. Es mi deseo que no me busquéis, así se evitarán los gastos que se pudieran ocasionar. Te he querido como a nada en el mundo, bien lo sabes, y siento la posición en que te dejo, pero estoy enfermo, reventado por dentro y nada lo remedia ya. Adiós".

Y al igual que los elefantes, mi padre, que a la sazón contaba con cuarenta y dos años, echó un poco de vianda en el macuto y se fue. Apareció dos años después, esquelético ya, en una cueva desde donde se podía contemplar el valle por donde discurría el río y frente a otros montes cuajados de castaños y robles. Mi padre, como los elefantes, buscó un sitio hermoso donde morir, con el agua a la vista, en plena naturaleza y con la compañía del canto de los pájaros, sobre un cama de helechos y hojas de abedul, impregnado por su olor, y con las manos sobre el pecho cual aquellos prohombres tallados en sus sepulcros

A la partida de mi padre, contaba yo con once años, la siguiente sumaba uno, y así cada cual de las hermanas. Nuestra casa estaba a medio monte, no muy lejos de la reguera donde antaño se ubicara la fuente y el lavadero que abastecía a la aldea. Algo más arriba, en un terreno arrancado al monte, teníamos la huerta y, separado por una talanquera, el prado donde pastaba la Ratina.

Hasta entonces, la rutina era casi siempre la misma; Mi padre se iba al tajo sobre las seis de la mañana, llevaba la comida para recalentar a las doce, casi siempre patatas con arroz y chorizo, y debía salir a las cinco, pero a menudo se quedaba hasta las siete o las ocho.

Las hermanas iban a por agua, las mayores un caldero en la cabeza y una jarra la pequeña. Yo subía la vaca por la caleya, apañaba algo de leña, y a la vuelta, desayunábamos para ir a la escuela. Tres kilómetros andando. Mi madre ordeñaba, hacía la comida, remendaba, atendía la huerta y segaba para "estrar" (poner la cama a la vaca), limpiaba la cuadra apilando el cucho, para que los domingos bien de mañana mi padre lo subiera en carretillo a la huerta.

Pero todo cambió a partir de aquél momento. El dinero no entraba y los gastos eran necesarios; los garbanzos, lentejas o pescado, amén de otras minucias, no los daba la tierra. Mi madre, además de las tareas usuales, tuvo que ponerse a lavar ropas ajenas, mis hermanas dejaron de ir a coser para ayudar, a más, que había que pagar por la enseñanza, y yo me fui a la tejera a meter y sacar ladrillos del horno; dos pesetas por las ocho horas. 

Mi ma era muy llorera, echaba de menos a mi pa, y aunque hipaba bajito en las noches, yo la oía. También nosotros notábamos su falta; cuando bajábamos a la Villa por las fiestas, los globos que hacíamos con papel de envolver, o periódico, el engrudo y la baba de caracol, las romerías de tal o cual santo, los domingos a la tarde jugando a la lotería...

 Cuando lo encontraron, el médico decía que no era él, que aquellos huesos gastados eran de alguien mucho mayor, pero llevaba el escapulario que mi madre le cosiera en el forro de la chaqueta. No era muy católico, esperaba en el chigre a que saliéramos de misa, pero don Arsenio, el cura que los casó, siempre lo saludaba con respeto. Sabía que era un buen hombre. Por eso, él, de mísera sotana cosida y recosida, pagó de su bolsillo los diez duros para enterrar aquellos huesos y le dio un sitio en el cementerio, que pertenecía a la iglesia.

El tiempo fue pasando y yo ya tenía dieciocho. Una vez más encontré a mi madre llorosa cuando llegué del trabajo. Se abrazó a mí y no pudo reprimir el llanto a moco tendido. Mis hermanas también nos rodearon con sus brazos.

- ¡Que sucede? inquirí.
- Te llaman a filas. Estábamos a mediados del año 37.

Diez pesetas diarias, rancho, cama y equipamiento; una manta, una marmita, fusil y cartucheras, mono... quince días un dos, un dos, izquierda,  derecha, izquierda, derecha, media vuelta... apoya bien la culata en el hombro, y mira que, objetivo, punto de mira y alza estén en línea, entonces, dispara.

Nos subieron a unos camiones hasta llegar a una aldea a más de ochenta kilómetros. El grueso de la columna se quedó en el pueblo a la falda de un puerto. El resto, cinco aquí, cinco allá, nos fueron repartiendo por los riscos más elevados para vigilar la carretera. Una bandera roja para ondearla en caso de que el enemigo apareciera, un "buscar ramas para hacer un pequeño cobertizo", un ¡salud camaradas!... y ahí os quedáis.

Estábamos siete días en el monte y otros tantos en la aldea.  Todos los días se subía el rancho a los de arriba, la cosa estaba tranquila, el aburrimiento imperaba, y la única distracción consistía en oír graznar a los cuervos, el ¡uííuu... uííuu¡ de los milanos, o el esquilón en la lejanía de alguna yegua. Algún carretero iba o venía a León, pocos, y así fue pasando el verano, hasta que un día, el rancho no llegó. Esperamos a la noche, quizá la nieve, algún merodeador, alguna avanzadilla se lo había impedido y no querían delatarse. Pero al siguiente tampoco vinieron. No había agua, el hambre apretaba, se acordó en conciliábulo que bajaran dos a ver qué era lo que ocurría. Pero los que bajaron tampoco volvieron. A la noche otra reunión, y la nieve continuaba cayendo. El pánico imperaba y algunos optaron por enterrar las armas y marcharse a su casa, otros dos y yo juzgamos que aquello era deserción y que nos podían apiolar, mejor bajar y enterarnos en el pueblo de lo que sucedía. Y en el pueblo nos dijeron, que la tropa se había marchado a toda prisa por donde vinieran. Nos dieron de comer y nos fuimos cada cual por su lado. Años más tarde supe, que el sargento y el cabo encargados de recogernos, esperaron a que los otros camiones se hubieran ido, y entonces, lo pusieron en marcha y se fueron hacia Galicia.

Por montes y vericuetos, procurando soslayar las carreteras y caminos principales, llegué a casa, descalzo, roto, medio muerto de hambre y de frío. Los Nacionales habían llegado, Asturias estaba liberada, era noviembre del 37.


Acabada la guerra, me mandaron a un batallón de trabajadores en Zaragoza donde hice el servicio militar. De todo aquello, saqué una conclusión; los militares no son de derechas ni de izquierdas, son eso, militares y les gusta dar órdenes. Algunas veces acatan la voluntad del pueblo y otras no. Que pueden morir en las guerras que ellos mismos o los políticos promueven, pero que ninguno de se va al cementerio de los elefantes. Eso queda para los pobres de solemnidad, que no tienen donde caerse muertos.

viernes, 24 de julio de 2015

De Ladrones y Refranes.


Cuando yo era chico, decía mi madre, "El mayor ladrón del mundo, comenzó robando un alfiler". Y yo me puse a cavilar en cómo debía de ser ese alfiler. No merecería la pena robar uno de esos de costurera, o los que prenden las dobleces de las camisas sin estrenar. Es más, ni siquiera llamaría la atención ni movería la avaricia del ladrón, es decir, que el ejemplo, queriendo resaltar la nimiedad del hecho primigenio, no era muy creíble.

Puesto a juzgar, determiné que aquél hombre, cuya imagen siempre me venía a la mente como el mal ladrón crucificado junto a Cristo, se lo habría llevado sin darse cuenta. Otra cosa sería, si el alfiler fuera de esos largos con cabeza de cristales de colores, que las chicas utilizaban para jugar, aunque el no va más, serían aquellos que sujetaban moños o mantillas. ¡Sí, esos ya eran otra cosa!

Dicen los entendidos, que toda acción suscita una reacción, lo que debe de ser verdad, puesto que tratando de alejarme de una tentación, que yo no había sentido, mi madre consiguió que me interesara por un cambio de lugar... de aquellas minucias que me interesaban.

Poco a poco me convertí en hábil ratero, y cuando fui mayor, a base de estudio y práctica, podía abrir las cajas de caudales que los ricachones ciudadanos tenían a bien colocar en sus casas.

Aunque dicho así parece fácil, la cosa no era tan sencilla. Se necesita una logística, es decir; medios (herramientas), métodos (forma de proceder), e información (conocimiento sobre la materia y sobre los hábitos del sujeto objeto del expolio) Esto, podía suponer la colaboración de un equipo de personas, en las cuales había que confiar. Aquello no me gustaba, mejor solo que acompañado de alguien que se fuera de la lengua, o al que pudieran seguir los pasos. Si caía, que fuera por mí mismo.

Lo interesante de un robo, junto con la planificación, es la emoción del robo en sí y el riesgo que suscita, quedando un tanto al margen el beneficio obtenido. Por ello, a veces, entraba en las casas cuando sus moradores dormían, abría la caja, y me marchaba sin llevarme nada. Tampoco es que lo hiciera a menudo, pero hay mucha diferencia entre un honrado comerciante, y el banquero que exprime a ese tendero, con créditos abusivos o intereses misérrimos.

Al final, no hay mal que por bien no venga; el tendero pondría una caja más decente, y el banquero, que no el banco, que es de esos accionistas, y que las más de las veces ni pingan ni asan,  sentiría en propia carne el escarnio al que somete a los demás.


Me gustaría decir, que todo me fue bien en la vida, pero no fue así. Llegó el día en que me enamoré, y a mí, que todo lo investigaba y planificaba al dedillo, ni siquiera se me pasó por la imaginación, que aquella mujer fuera capaz de hacerme lo que yo hacía a los demás. Roto el corazón, ni siquiera la perseguí, pues sabido es que; "El que roba a un ladrón, tiene cien años de perdón"


miércoles, 22 de julio de 2015

Las Latas de Membrillo.


Todo comenzó aquél día, en que mi madre creyó, que el dolor  que sentía era debido a la angina de pecho. Sintiendo la inmediatez de una muerte (que solo fue indigestión), comenzó a contarme una historia, mientras la píldora bajo la lengua, parecía liberar poco a poco un remedio que no necesitaba.

- José, en el último tramo de la escalera al desván, has de buscar un resorte que hay en las contrahuellas. Verás que son unos cajones disimulados que mi bisabuelo mandara construir para guardar armas y munición, tras la tercera Guerra Carlista y a la espera de que se dieran mejores condiciones que en las anteriores. Jamás se utilizaron, mi padre las entregó en su día a las autoridades. Sin embargo, el escondite me ha servido para guardar algo mucho más valioso. Allí, en latas de membrillo, guardo esas cartas por las que me has preguntado en alguna ocasión. Junto con ellas hay algo más que descubrirás, pero solo cuando me haya ido. No antes, promételo.

Y yo prometí que sus secretos serían eso, secretos hasta que ese día llegara.

No he conocido a mi padre, y mis abuelos maternos murieron en el 44 cuando tenía nueve años en un accidente de ferrocarril. Como cualquier crío ante una pérdida de esas, he guardado en un rincón oscuro de mi cerebro sus imágenes, las aviesas e inquisidoras miradas de él, y el amor que ella me prodigaba. Jamás supe de abuelos paternos, y en casa, ni una sola mención, al igual que de mi padre, se hacía. Tan solo supe de él, lo que el abuelo quiso; que había abandonado a mi madre antes de yo nacer.

Hoy tengo veinte años, mi madre treinta y siete, estamos en 1956 y ella lo es todo para mí. Ha suplido con creces la falta de un padre, y me ha sacado adelante, con el esfuerzo aumentado de una guerra fratricida de por medio. Pero ello no obsta, para que el gusanillo de la curiosidad, del interés y la impaciencia se haya adueñado de mí. Sé que faltaré a la palabra dada, pues pienso que en esas cartas, puede estar escondido el misterio de mi origen.

Mi abuelo se llamaba José Benítez Ulloa, mi abuela Amalia García Fernández, mi madre se llama Amalia Benítez García, yo, José Benítez Benítez, lo que me ha llevado a pensar, en el mejor de los casos, si mi padre no sería primo de mi madre, y que tal parentesco, fuera el desencadenante del ostracismo al que lo sometieron. Tal vez fuera un embarazo temprano y no deseado, una violación, no sé. Sea como fuere, el impedimento que pudieran suponer los abuelos ya no existe, más ella siempre responde - ya te contaré- cuando le pregunto. Quizá el amor, si lo hubo, murió. Tal vez mi abuelo... ¡No, eso no! ¿Pero es eso suficiente razón, para que siga sin saber quién me procreo? ¿Y las cartas? ¿Un amante platónico? ¿Mi padre? Aquel interrogante daba vueltas en mi cabeza, y lo que nunca me importó mucho, me importaba ahora.

A la muerte de mis abuelos, mi madre pasó a hacerse cargo del "Liceo Ulloa". Desconozco la importancia que pudo haber tenido antaño, pero ahora no era más que una simple academia donde se enseñaba secretariado, taquimecanografía, y cálculo. El negocio funcionaba según el ritmo de la economía, es decir, de forma harto inestable, tan pronto era boyante, como parecía que acabaría hundiéndose. Puesto que Amalia pasaba allí bastantes horas, no me resultaría difícil echar un vistazo a aquellos cajones y su arcano contenido.

Varias veces, agarrado a la barandilla de ese último tramo, me había detenido con esa duda que se tiene, cuando a la tentación se oponen los hábitos morales. Sin embargo esta vez no me detuve. Un ventanuco, que parecía una tronera, iluminaba la siniestra escalera. Tres peldaños, los últimos, descansaban en el suelo carcomidas las sujeciones por la polilla. Ningún cajón parecían contener. Tampoco el primer peldaño, pero sí el segundo. Apreté dos clavos de cabeza redonda que había en los extremos, sonaron los resortes, pero la tabla no se movió. Bajé a la cocina y cogí un cuchillo para introducirlo en la rendija que la separaba de la tabla superior. El escondrijo dejó ver lo que contenía; cuatro latas de membrillo de Puente Genil. El tercer peldaño contenía otras dos latas, el cuarto y sexto, también estaban trucados, pero vacíos.

Contuve la respiración y me dispuse a levantar la tapa de uno de los envases. Un momento de duda, las manos me tiemblan y tengo cargo de conciencia, pero lo abro. Dentro hay dos montones de sobres amarillos perfectamente colocados. Hay una cincuentena, mi madre los ha numerado; en el ángulo superior izquierdo de uno de los montones está el número 25 dentro de un circulo. El del otro montón, el 50.
Voy al del fondo, al número 1. La dirección está escrita a mano, matasellado en Manhattan con fecha noviembre de 1938. No hay remitente. No obstante, no lo abro, los voy pasando uno a uno cual si de un ritual se tratase. Veo los matasellos; varios del mismo lugar, luego, las ciudades se van sucediendo, parece que el remitente era en verdad muy viajero. De Estados Unidos salta a Guatemala, a Nicaragua o Cuba. En el 39 estaba en Alemania, en el 46 en Grecia, en el 48 en Israel. La última carta de una lata medio vacía, es del pasado junio del 55, parece que continúa en Israel.

Dejé aquellas excursiones por las estampillas de tierras diversas y abrí la carta que había dejado a un lado, la más antigua. Dentro de una simple cuartilla manuscrita, había tres billetes de cien dólares como recién salidos de la fábrica. Me arrimé al tragaluz y comencé a leer:

" Querida Amalia:
          Llevo tres años en Nueva York, si estás leyendo esto, perdona que no me comunicara antes contigo, pero temí que esta carta no llegara a tus manos. Sabré si puedo continuar escribiendo, cuando reciba tu respuesta.
          Espero que la guerra no os haya afectado en demasía, yo estoy bien, tengo un buen trabajo, y de ahí que mande ese dinero. Quisiera que esta misiva fuera de otra forma, pero sin saber la acogida que tendrá, no me atrevo a más. Un fuerte abrazo para todos y muchos besos de este que os quiere por siempre.
Te dejo la dirección donde debes enviar el correo."
53/4.6.21  397/COSMES  marzo/26

 ¿Qué dirección era aquella? me pregunté. Miré la hora, Amalia estaba a punto de volver, deje todo tal cual lo encontrara, y bajé.

Poco, por no decir nada, había sacado en consecuencia. Mientras Amalia trasteaba por la cocina, yo hacía que estudiaba. Lápiz en ristre echaba cuentas de lo material; el dinero. En dieciocho años, el desconocido había enviado doscientas treinta y nueve cartas, aproximadamente una al mes. Todas parecían tener la misma cantidad de billetes, lo que suponían unos setenta mil dólares, y que al cambio venían a ser casi tras millones de pesetas. Un tesoro que resultaba imposible poner en circulación. ¡A ver quién era el guapo que se iba al banco y ponía aquella cantidad sobre el mostrador... sin riesgo de ir a la cárcel!

Sí, había sacado algo en consecuencia; nadie envía tanto dinero, a no ser que tenga conciencia de que esa familia, la tuya, lo está pasando mal, o tratando de hacerse perdonar el mal causado. A cada minuto que pasaba me convencía de que el hombre sin rostro, sin nombre, era mi padre.

Me fui hasta la cocina, me coloqué frente a mi madre y la cogí por los brazos mirándola de frente, a los ojos. Madre, le espeté echándome un farol, mi padre vive, y sé quién es. A ella casi le da un vahído y tuve que sostenerla. Su rostro demudado y ojos llorosos, me convencieron de la inminente revelación que estaba esperando. Pero de su boca solamente salió un tembloroso; ¿Ha regresado?

Ahora fui yo el que dio un respingo. La emoción, el ansia de que se cumpliera aquél deseo suyo tantos años reprimido, me conturbó. Por un instante rehuí su mirada, comprendiendo ella, que él no estaba allí. Nos sentamos cogidos de las manos, entonces confesó su secreto.

Me dijo, que quien le enviaba las cartas, trabajaba para un organismo oficial de una nación extranjera y poderosa, por lo que a menudo viajaba de un país a otro. La precaución con que se manejaba era notoria; Siempre había que escribirle a un apartado de correos y con nombre falso, cambiando ambos de vez en cuando, según un código establecido de antemano. Las cartas que alguien se encargaba de enviar, provenían de lugares de los que ya se había marchado al menos entre cuatro y ocho días antes, para que un posible rastreador, pensara que en aquella fecha, aún estaba allí. En cada país por los que pasaba, había conflictos, conflictos que potenciar o tratar de suavizar, arrostrando o soslayando peligros, según conviniese a quien le pagaba.

El código para el nombre, prosiguió, hace referencia a un número de página y a las palabras que hay que contar, de cierto libro que me había regalado.  En él también está el apartado de correos y la ciudad, también en clave semejante.

Él, seis años mayor, era el amor de su vida, enamoramiento recíproco y que se remontaba a la infancia. El amor juega caprichosamente con las personas, hace que se avengan familias desde siempre enfrentadas, o todo lo contrario. Es un sentimiento que a veces obnubila la razón, que no entiende de bien o mal, de justicia o injusticia. Para el amor no cuentan aquellas palabras de la Biblia que imponen; "Habréis de cumplir mis leyes y guardaréis mis estatutos según ellos; yo soy el Señor vuestro Dios", y condenan; "Porque todo el que haga cualesquiera de estas abominaciones, aquellas personas que la hagan, serán cortadas de entre su pueblo".
Esa forma de pensar de los demás y de actuar en la vida desde tiempos pretéritos, causaba demasiado desasosiego en aquella relación, pero nuestros besos a escondidas, paliaban nuestros pesares hasta el punto de pensar que "ellos" estaban equivocados y nosotros no. El amor jamás será una aberración.

Ya sabes el motivo de nuestra impuesta separación, fue concluyendo. Mi abuelo paterno nació en 1854, tuvo cinco hijos; José, mi padre en 1885, Antonio en 1887,  Juana en 1889,  Reyes en 1900 y Jesús en 1912. Yo nací en 1918. Tú, que tanto entiendes de números, dime si es quien imaginabas, aquel que te dio el ser.

Algún día leeré las cartas guardadas en cajas de membrillo para conocer mejor a mi padre. Hubiera sido maravilloso que el amor que se profesaban tío y sobrina llegara a mejor puerto, pero mi madre jamás lo volvió a ver, y yo me quedé sin conocerlo; murió en noviembre del 56 en Hungría tratando de ayudar a mantener una libertad que no pudo ser.

Ahora ya conozco el título de los libros clave para descifrar los códigos de nombres y direcciones que mi madre le enviaba, y me hubiera gustado leerlas, pero supongo que él las quemaría para no ponernos en demasiado riesgo. 


sábado, 18 de julio de 2015

Donde las dan...




Digamos que se llamaba Julián, el nombre poco importa. Iba de simpático, y lo era, hasta que de tanto repetir las mismas bromas, resultaba cansino.

Solía apostar con los conocidos cosas estúpidas, como que pasaría un paso de peatones del brazo de cualquier moza de buen ver que ellos eligieran. Y unas veces se hacía el ciego y otras el tullido. Llevaba un bastón plegable, se colocaba junto a la elegida, y tanteando la acera indeciso, hacía ademán de pasar cuando el semáforo estaba en rojo. La muchacha solía picar y cedía el brazo para pasarlo al otro lado de la calle. Cuando iba de contrahecho, ponía manos y pies de esta forma, bamboleándose de tal manera, que siempre conseguía su propósito. Hasta que un día, la quiosquera de la esquina, salió de su negocio y desde el otro lado de la acera grito a la chica de turno:

- Ni se te ocurra cogerlo del brazo, ese rufián unas veces se hace el ciego, y otras el "retrepao" solo por el placer de reírse con sus amigos que esperan verlo palpar teta.

 Y la moza, ni corta ni perezosa, le atizó un mamporro en el coco, con un pequeño paraguas de esos plegables .

De pequeña estatura y feúcho de cara, tenía la facultad, si así se puede decir, de ponerse colorado cuando le venía en gana, recurso este que utilizaba cuando parodiaba al típico borrachín. Ese, que de vez en cuando aparece por el chigre a dar la tabarra. Se colocaba en la barra, pedía un anís y comenzaba a hablar solo. Al poco, tocaba el brazo de los más próximos  para preguntar cualquier cosa banal, y si le contestaban, estaban perdidos. Con la cara congestionada, los ojos vidriosos que no miraban a parte alguna, y voz gangosa, comenzaba pidiendo disculpas.

- Excuse, señoría: ¿No cree usted, que los desafucios son una cabronada?

- ¿Cómo dice?

- Verá usté, yo compre un piso, di una entrada y el resto con una hipotética  subogada, pendón, quiero decir que me lo surogaron. Diez años pagando, y ahora que no tengo trabajo, me desafucian por cuatro meses que no cumplo. Me quieren quitar la casa, y dicen que aún les debo sesientan mil del ala. ¿No es una cabronada?

- Una lástima, pero así están las cosas. Pero le voy a decir algo, ni yo soy juez, y mucho menos un pendón. Se lo digo por si acaso va en plan coña... o trata de armar trifulca: Soy capitán de la guardia civil, y si no tiene dineros ¿de dónde saca para pagarse los anisetes?

Julián se quedó mudo un instante, vio que las miradas de todos los parroquianos estaban puestas en él, y acojonado, posó un billete de cinco en el mostrador, se dio media vuelta y se fue bamboleándose con un "disculpe".

Cuando hubo salido por la puerta, el dueño del local tendió la mano al interlocutor de Julián...
- Gracias Antonio, ha sido una representación magnífica, este ya no vuelve más por aquí. Seguramente se acabaron las cenas de los sábados con sus amigos, pero lo prefiero, al final siempre quieren subir a las mesas a la camarera mientras ellos cantan y bailan en corro el Hava Nagila.


martes, 14 de julio de 2015

Frogar.


La palabra de hoy va de albañilería, una palabra que me resultaba desconocida y que ha dado unos cuantos vocablos referentes al tema.

Frogar.
(Del lat. fabricāre).
1. tr. Hacer la fábrica o pared de albañilería.

Por lo común, las paredes interiores de ladrillo, se suelen enfoscar.

Enfoscar sabemos que es:
(Del lat. infuscāre, oscurecer).
1. tr. Constr. Tapar los mechinales y otros agujeros que quedan en una pared después de labrada.
2. tr. Constr. Guarnecer con mortero un muro.

La segunda acepción, según mi entender, parece más común que la primera, pero ésta, aunque la descripción lo da a entender, nos proporciona una nueva palabra utilizada básicamente por el gremio: Mechinal.

Mechinal.
(Del mozár. y ár. hisp. mǧynr, y este del lat. machinālis, de la máquina, del andamio).
1. m. Agujero cuadrado que se deja en las paredes cuando se fabrica un edificio, para meter en él un palo horizontal del andamio.

Hoy los andamios no son lo que antiguamente eran, ni tampoco las casas suelen tener aquellos muros de piedra con sus mechinales al descubierto, que servían como refugio a palomas y otras aves.
Tras ser enfoscado el muro, se le puede hacer un fratasado, o frotasado que también le dicen, y que es:

Fratasar.
(De or. inc.).
1. tr. Igualar con el fratás la superficie de un muro enfoscado o jaharrado, a fin de dejarlo liso, sin hoyos ni asperezas.
2. intr. fraguar (endurecerse la cal, el yeso, etc.).

 Vemos por la descripción, que jaharrar es lo mismo que enfoscar, aunque este vocablo me parece que es menos utilizado.

Jaharrar.
(Der. del ár. hisp. ǧayyár, cal).
1. tr. Cubrir con una capa de yeso o mortero el paramento de una fábrica de albañilería

Para concluir con la palabra que nos ha llevado hasta aquí, ahí va la descripción de ese utensilio que hoy se comercializa en plástico, aunque también los hay de goma, corcho, placa de porexpan... en fin, que sirve cualquier cosa plana que se tenga a mano. 

Fratás.
(De fratasar).
1. m. Arq. Utensilio compuesto de una tabla pequeña y lisa, cuadrada o redonda, con un tarugo en medio para agarrarla. Sirve para alisar una superficie enfoscada, humedeciéndola primero.



jueves, 9 de julio de 2015

Raitana.


Todas las mañanas me visita la raitana
todas las mañanas viene a mi ventana.
En la huerta, cuando cavando doblo la cerviz
a la espera de la lombriz,
aparece la raitana.
También vienes raitana
a comer el pienso de la Musaraña.
La Musaraña, esa gata vieja y gran maña.
¡Ten cuidado raitana!
que un día te cogerá
y ni siquiera miagará.
Mi temor, nada infundado
hoy se ha cumplido;
la gata, al vuelo, la ha cazado.
En la boca la lleva 
y aunque ayudarla he querido
vano ha sido mi intento
por evitar mal tan cruento.
Dos días han pasado
y la raitana ha vuelto a mi ventana.
¡Imposible! exclamo admirado
 que de sus dientes haya escapado.
Vigilo, no vaya a acontecer
lo mismo que anteayer.
Una pieza de pienso se lleva rauda
vuela hasta el peral y de allí la tuya
¿Será que tiene el nido,
entre el ramaje escondido?
Al sentirme alza el vuelo
entonces contemplo cinco, cinco polluelos.
Ahora he comprendido
que no fue a la raitana
a quien la gata se ha comido
que ha sido al raitán... su marido.
Una percha he construido
con un par de palos y dos pocillos
carne en uno, en otro alpiste y cardillo
lo cuelgo en un árbol cercano
así los viajes serán livianos
y sacarás adelante, pollos fuertes y sanos.





domingo, 5 de julio de 2015

Luisito, cabeza de melón, cabeza de sandía.


El barrio parece pobre. Lo mejor de él, son las casas que dan a la plaza, aunque a decir verdad, además de ser más antiguas que el andar a pie, están bastante viejas. De las que unidas unas a otras miran al sur, nos fijaremos en esa del portón sobre el que pende el cartel: "Garaje de bicicletas". Son letras grandes de color azul, aunque las de la leyenda debajo de ellas, siendo más pequeñas, resaltan mejor por su color rojo: "Reparación, venta y alquiler por horas".

Sobre el garaje está la vivienda. Peldaños de madera muy gastados por el uso, también por el asperón que raspa lo suyo aunque solo se friegue una vez al mes. Hoy huele a orines, más, cuanto más arriba. Uno tras otro, los quince peldaños nos conducirán en línea recta hasta un rellano, rellano en el que dos puertas nos invitan a pasar. Ambas hay que abrirlas desde  el anteúltimo escalón dada la estrechez del rellano. Si abrimos la de enfrente, comprobaremos el motivo del tufillo; hay un retrete... y mucho me temo, que no serviría para un narigón. Ya sabes, te sientas...  apoyas los codos... la puerta demasiado cerca...
Cerramos rápidamente y abrimos la de la vivienda. Franqueada la puerta, nos encontramos en mitad de un pasillo; hacia la derecha, la cocina, hacia la izquierda, las habitaciones. La cocina es apenas el mismo pasillo, ensanchado a base de quitar espacio a un hueco donde podemos ver un catre, una cómoda, una mesa camilla y cuatro banquetas. Un ventanuco bastante alto, mira al norte e ilumina la estancia que no tiene puerta. Otra ventana, algo más grande que la del lado contiguo, da luz a la cocina, y por ende al pasillo. Una pila de marmolina, una pequeña meseta, y una hornilla cuyos humos recoge una campana de mampostería. Junto a la pila hay una cortina que da paso a un oscuro tabuco utilizado como despensa y que está detrás del retrete. Estos son los dominios de María, la hermana mayor y soltera de doña Concha.

María nunca sale de casa, ni siquiera para ir a misa, y apenas si pisa el resto de la casa, que no le importa. Ella es la cocinera; las comidas a sus horas, las provisiones que no falten, y poco más. Sigue las novelas de la radio en su cuarto, u ojea las revistas que le deja su hermana, mientras impenitente fuma liado. De lavar la ropa se encarga la Engracia, que se la lleva los lunes.

Tres huecos más tiene la casa, dos de ellos habitaciones interiores. En la que está frente a la entrada hay dos literas. En ellas duermen los cuatro hijos mayores; Benito, el mayor, tiene el privilegio de dormir en la litera de arriba; está junto al tragaluz que da a la cuarto de la tía María, los otros son, Pedro, Miguel y Federico. Siguiendo el pasillo, pareciera que vas a entrar en el comedor; cuadro de la Última Cena, trinchero con juego de café y candeleros de plata, una bandeja sobre la que hay una jarra de jerez y seis vasitos es lo que se puede contemplar, pero una vez dentro, te llevas la sorpresa al ver otra litera arrimada a la pared frente a la del trinchero. Dos balcones a la plaza, en medio, reloj colgado, y una mesa cuadrada con sus cuatro sillas. Allí duermen y hacen sus deberes Manuel y Luis.

Los padres, doña Concha y el señor Benito, duermen en el último hueco; pared medianera con el de los hijos mayores y entrada por el comedormitorio por una puerta doble con cristales translucidos pintados a mano.

Doña Concha, es devota de San Judas Tadeo, catequista desde tiempo inmemorial, también preside el ropero parroquial. El señor Benito lleva el garaje  con sus hijos Benito y Pedro, ciclistas profesionales. Al mayor se le da bien la montaña y al segundo las contra reloj. Miguel y Federico estudian el bachillerato, Manuel y Luis van a la Nacional.

Dicen los que entienden, que la cabeza de los humanos, pesa en los recién nacidos sobre dos kilos y medio, y entre cinco y seis en el adulto. Luisito, el hijo de doña Concha y el señor Benito, nació con cabeza de adulto, lo que fue causa de un gran problema para su madre, y también para él que casi no lo cuenta. A él lo tuvieron que sacar con fórceps, y a ella, coser un buen desaguisado. Don Fernando, el médico, y la partera, querían hacer una cesárea dado el riesgo que entrañaba semejante cabeza, pero ella se negó; -"San Judas Tadeo, abogado de los imposibles, velará por nosotros" y añadió; "Esos métodos son contranaturales, esta dicho: Multiplicaré en gran manera tus dolores y tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos. Fin de la discusión".

Lo complicado de la operación, aparte del volumen, radicaba en la forma, pues si esa forma hubiera sido cónica, el problema sería menor. Pero el niño tenía un melón como esos de Villaconejos, como un zepelín, o, dado que estuvo sumergido durante nueve meses en el liquido amniótico, como un submarino. Corrían el riesgo de desnucarlo.
Las preces de doña Concha, y la confianza en su santo favorito, ayudaron en el trance.

Lógicamente, el melón fue a más. Digo melón, pues es sabido que las melonas son más "achatadas por los polos", más redonditas, vamos, y la mollera de Luisito era un tanto puntiaguda por ambos lados. Le costó trabajo comenzar a andar, pues el peso le hacía bambolearse adelante y atrás, aterrizando a menudo y amortiguado el golpe por la chichonera.
El galeno recomendó que el niño visitase la piscina regularmente para mejorar el equilibrio, cosa que la madre tomó al pie de la letra. Todos los días acudían a primera hora a la piscina municipal, y aunque el crío casi se ahoga, pues se iba al fondo, pronto comenzó a "espatuxar" (sacudir las piernas en el agua) panza arriba. Aunque comenzó a nadar al poco, siempre lo hacía de espaldas para no tragar agua, solamente cumplidos los cinco años empezó a nadar a braza.

Cuando comenzó a la Escuela Nacional, sintió en propia carne la mofa de algunos sus compañeros, mofa que no habían consentido las monjas en el colegio de párvulos. En el barrio, aleccionados por sus padres, a ningún niño se le ocurriría llamarlo cabezón, dada la mejor posición del padre, el reconocimiento de la labor materna y la tutela de los hermanos. Pero a la nacional iban chicos de otros barrios, chicos mayores, guasones, malvados, picapleitos... Y así fue creciendo con gran complejo, que llegado a cuarto curso, don Rubén, el nuevo maestro, se encargó de eliminar.

- Hoy estudiaremos una de las partes del cuerpo; la cabeza humana.

Instintivamente los cuarenta chicos miraron a Luisito, y este, azorado, bajó la suya concentrándose en un libro del que apenas podía ver las letras.

- ¿Quien me puede decir las partes que la componen?

Casi todos levantaron la mano:

La cara y el pelo, afirmó uno. Y la calavera, dijo otro. Uno más arriesgado, se atrevió a decir las orejas y los sesos, pero casi todos pasaban por alto todo lo demás. Entonces el maestro les explicó que la cabeza sirve para algo más que para llevar el pelo. "En ella residen órganos sensoriales de suma importancia con los que se ve, se oye, se huele o se saborea". Así fue detallando, hasta llegar a la parte que le interesaba..."El cráneo, todo este hueso, protege  el cerebro, que es el órgano más complejo del cuerpo - apuntar complejo para buscarlo en el diccionario- él es quien ejerce el control sobre los demás órganos; hace funcionar el pensamiento, la memoria, la imaginación, el juicio, la decisión, las emociones o el lenguaje. Activa músculos para correr, masticar o levantar un peso... todo lo que hacemos, está gobernado por el cerebro. Para ello, está dotado de unas células -todos nosotros estamos formados por millones de células- llamadas neuronas. Las neuronas transmiten la información a una velocidad altísima, y están conectadas entre sí. Cuando las células del cerebro van muriendo, esa conexión falla, entonces alguna parte del cuerpo no responde como debiera. Es decir: Puede fallar el habla, la vista, quedar torcido, dejar de tragar... y hasta morir".

- ¿Porqué se mueren?

- Se mueren de soledad. ¿Extraño, eh?. Quiero decir, que se mueren por no utilizarlas, por eso hay que estar siempre aprendiendo, trabajando, haciendo deporte... cosas repetitivas y cosas nuevas. Tenemos millones y millones, y como digo, hay que hacerlas trabajar.

Por fin alguien se atrevió a hacer la pregunta que el maestro esperaba:

- ¿Y todos tenemos la misma cantidad de nuronas? 

- Neuronas, ne-u-ro-nas. Aproximadamente las mismas, eso no va en función de si tienes un cerebro de mayor tamaño... o más pequeño. Lo interesante es que cuanto más se comuniquen entre ellas, más vivirán, serás rápido de reflejos y en velocidad, también  en inteligencia.

Luis esperaba otra respuesta; a mayor cabeza, mayor cerebro, y por tanto él podría ser cabezón, pero el más listo. Como no era así, el único remedio para ser más inteligente, estaba en hacer todo lo que el maestro había dicho.
 Continuó la natación, y, aunque no llegó a ser campeón, parece que la mucha práctica le fue redondeando la cabeza. Pasados los años, la tenía de sandia, grande, pero redonda. Sin embargo, como fue aplicado, un día escribió un libro que causó gran revolución en el mundo científico, y que llevaba por título; "Ecuación de la relación entre tamaño y cantidad de neuronas del Córtex", donde demostraba que el tamaño siempre importa.