domingo, 16 de agosto de 2015

La Casona.


Cinco kilómetros arriba de la desembocadura del río, hay un pequeño embalse de donde se alimenta la turbina para generar electricidad. Ya tiene demasiados años, poca altura, y por consiguiente, la producción no es suficiente para las necesidades actuales. Aunque sigue en funcionamiento, se ha construido una central termoeléctrica que quemará el carbón de las minas y aprovechará los gases de la siderurgia cercana. Hoy es la puesta en marcha con la presencia de políticos y gerifaltes de turno, correspondiendo el honor de apretar el botón de inicio, al más prominente de ellos.

Don Antonio, el director, está en un sinvivir y con ganas de que todos se vayan. Sabe que las visitas durante los próximos meses serán numerosas, pero sin duda más manejables. Él ansía que pronto deje de ser la novedad, y que les dejen trabajar a gusto.
Ha instalado su despacho de trabajo, en la última planta del edificio principal, casi tan alto como el gasómetro, desde donde puede contemplar la ría, el muelle, que robó espacio al pedrero frente a la playa y donde atracan los graneleros que desembarcan la mayor parte del carbón. Las cintas que lo transportan, y las dragas que lo acomodan en el parque donde también descargan el ferrocarril y los camiones, las torres de refrigeración... en fin, toda la planta y sus alrededores. Un despacho en un lugar, que a cualquiera le parecería extraño, de hecho, el oficial, está  en otro edifico bastantes metros más abajo, pero quería contemplar el paisaje, la ría, aunque está canalizada un buen trecho, las laderas que bordean el valle, la casona sobre el acantilado. Sí, sobre todo aquella casona que tanto le ha dado que pensar.

El pueblo está asentado en la margen izquierda, donde el río dejara otrora sus sedimentos formando una fértil vega, y pastando los ganados en las laderas. No hay muchas casas, treinta vecinos cuya vida transcurre apacible. Pero algo va a perturbar aquella tranquilidad. Se comenta, que un rico naviero ha comprado las tierras al norte, desde la salida del pueblo hasta el Cabo Blanco. Quiere construir allí una casa mirando al mar, a ese mar que tras una azarosa vida, le dio todo lo que posee.

Ha comenzado por levantar un muro de piedra de dos metros de alto, desde el bosquecillo en la parte baja, y que conforma una media luna. No necesita más, la pendiente comienza a ascender y el terreno, cortado a pico sobre la mar es suficiente garantía de que nadie pasará. Desde el centro de ese arco donde irá situada la puerta, el camino asciende formando una gran ese para suavizar la subida. Arriba, mirando a los cuatro puntos cardinales, el palacete.

Las obras no van demasiado rápidas a pesar de que multitud de obreros se afanan; hay que acarrear los sillares de piedra desde la cantera, y aunque los carreteros son bastantes, el andar de los bueyes lento y los caminos, de tierra.

Otra preocupación se va a añadir a las muchas que el dueño de la finca tiene; Dicen, que allá arriba, donde el cauce del río se estrecha y el agua cae en cascada, van a construir una presa. Adiós a la maravillosa vista hacia el sur, aumento de soldadas a carreteros y peones que venden su trabajo al mejor postor, aún así, la casona avanza.
Tres pisos sobre el terreno, con sus buhardillas, amplios ventanales, terrazas y una linterna de cristales azulones y rojos en medio del tejado a cuatro aguas, da luz a la escalera y semeja el faro que no es. El blanco de los marcos y el azul claro de las paredes, le da al edificio un aire de pureza, atenuado en parte por el gris de los sillares, esquineras y contrafuertes. Un puro gozo es el contemplar los relieves de los frisos bajo los canecillos; sirenas, ángeles, el rapto de Proserpina por Plutón. Relieves que se admiran por su belleza sin llegar a comprender el significado que el dueño quiso se plasmaran.

A don Antonio le tiene intrigado el motivo por el que tapiaron puertas y ventanas de la casona. Quizá para que los ladrones no entrasen, tanto tiempo abandonada, más dicen los rumores, que no es para que nadie entre, si no para que lo que hay dentro, no salga. Hoy la pintura está desconchada, los aleros de madera y las cornisas bellamente talladas, han perdido el brillo que aún se adivina, y el tejado de tejas vidriadas y tonos iridiscentes, es lugar para que aniden las gaviotas.

El ingeniero, atraviesa a menudo el puente al salir de la central y se va hasta el otro lado de la ría, a la casa de la que está enamorado. Él interpreta en los frisos de los cuatro lados una historia que bien pudo ser realidad. Todo comienza en la entrada principal, la que mira al medio día. Allí arriba, está Venus diosa del amor, pidiendo a su hijo Cupido que lance una flecha a Plutón para que se enamore de Proserpina. Plutón, es el rey de los infiernos y de notoria fealdad, por lo que ninguna diosa quiere desposarse con él, entonces la rapta. En la fachada que da al este, hay sirenas, sinónimo de lujuria, codicia y falsedad. En la norte, el rapto de Proserpina por parte Plutón, y en la del oeste ángeles, que por contraposición al pecado de lujuria, quieren significar el alma que asciende al paraíso.

El pueblo ha crecido con el acicate de los puestos de trabajo en la central. Los aldeanos, han vendido terrenos y se ha edificado, buena carretera que comunica con la ciudad a diez minutos en coche, y ya hay bar donde se reúnen los vecinos, pero a don Antonio le interesa saber. Él traba amistad con los pueblerinos, algunos empleados suyos, hijos o nietos de aquellos que vieron o ayudaron a construir la casona, y son conocedores, aunque reticentes, a contar cosas pasadas de la historia que le interesa. Con ellos bebe una sidra casera y conversa bajo los hórreos o en las antojanas de las casas.
Poco a poco los va entrando y sabiendo cosas. Gaspar, que así se llamaba el amo, se vino a vivir desde Cuba, Filipinas u otro lugar de Centro América- le dicen- sin saber siquiera donde está Filipinas, Cuba o Puerto Rico. Al parecer, tenía barcos conseguidos con la fortuna que hizo a base de contrabando de armas en las guerras de por allá. Su mujer, veinte años más joven, parece que era hermosa. Gaspar era hombre rudo y con una cicatriz en la cara que le afeaba el rostro. Alguno insinuaba que la había "comprado" a su padre, de apellido Salazar, y que se jactaba de ser descendiente de aquél Salazar que fuera el primer niño nacido en Granada tras la expulsión de los moros. Era de lo único que se podía jactar, aunque nadie sabe a ciencia cierta si eso era verdad, pues pobre de necesidad, solamente tenía deudas, la pretendida hidalguía, y una hija muy bella a la que dieron en llamar "La India" por el color canela de la piel y sus vestidos multicolores. Eran sus ojos verdes y almendrados, y aunque tenía el pelo negrísimo y largo en coleta, todo hacía presuponer a cualquiera que supiera algo de pieles rojas, que el mote no le iba.
El feo Gaspar, sedujo al padre a base de dinero, y ambos dos, a la hija con halagos, zalamerías... y más dineros. Se casaron al fin, y vinieron a vivir a España a la casona que estaba acabando.

El amo, como lo conocían, dio empleo a cinco de las mujeres del pueblo para que atendieran el palacete, y a un solo hombre que estaría al cuidado de los jardines y las caballerizas. Doña Carlota, su mujer, se trajo consigo a su yaya, de parecido porte, y que ejercía como dama de compañía y gobernanta.

Por fin, Antnio dio con alguien que de primera mano le podía relatar la historia. Micaela, había nacido con el siglo, tenía pues casi ochenta años, y aunque en un principio se resistía a hablar, sabiendo que Antonio era el jefe de su hijo José, al que había empleado a pesar de sus  cincuenta años, accedió.

- Yo entré a la casona como ayudanta de Adela, la cocinera. Tenía catorce años y era menuda de cuerpo, pero ello no era obstáculo para acarrear agua, o subir leña para las chimeneas. Fregaba, pelaba patatas, pollos, o despellejaba conejos. Me ganaba el sustento con maña, y parte de aquellas labores, me permitían conocer la casa entera. A veces, con la disculpa de recoger cenizas y preparar el fuego, me introducía en las chimeneas desde donde podía oír conversaciones de otras habitaciones. Así pude saber, que el amo ansiaba tener descendencia a quien dejar sus dineros. Las disputas entre marido y mujer eran continuas, ella se aburría, quería ir a fiestas, salir de aquella jaula de oro donde permanecía encerrada, tener amistades y lucir sus vestidos y joyas, que para eso los tenía. Las discusiones siempre terminaban igual; él le echaba la culpa a ella de su infertilidad, y ella le contestaba si no sería él el que no servía.
Queriendo demostrar Gaspar, que él no tenía ningún problema, o simplemente quizá, porque se prendara de la doncella Clarisa, la persiguió hasta convertirla en su amante. Para entonces Clarisa ya había declarado a su novio Narciso, el jardinero y caballerizo de la casona, que tenía dos faltas, y que si el amo se enteraba, posiblemente la pusiera de patitas en la calle.

- La avaricia conduce las más de las veces, a cometer actos reprobables que acaban por pagarse. Narciso y Clarisa, soñaron adueñarse del oro del amo por medio de aquél hijo. Llevarían la cosa con sigilo, y una vez que la preñez se notara, ella le diría al amo lo que había. En buena lógica, si su mujer no podía tener hijos, aquél sería una bendición. Sin duda que lo reconocería, los dineros serían suyos.

- Pero a Narciso, además de empinar algo el codo, le fastidiaba que el amo se trajinara  a la chica mientras él se quedaba las más de las veces a palo seco. No pudiendo reprimir su lascivia, desde las caballerizas donde tenía su aposento, allá abajo junto al bosque, hacía señales con un espejo para que Clarisa bajara.
Un día, estando podando un seto, vio a su novia por la ventana y le dijo que bajara a estar con él, pero ella escuetamente le respondió un no. La negativa se debía a que la Doña estaba allí. Tal vez también el amo oyó la conversación, y escamado por que le pudieran birlar a su amante, fraguó un plan. Me mandó le avisara de inmediato, que preparase el calesín para ir a la ciudad. Allá se fueron los dos, pero Narciso jamás volvió de aquel viaje.
Justo a los siete meses de iniciada la relación del amo con la doncella, ésta tuvo grandes dolores y llamaron al doctor.  Señor, le dijo, su esposa va a tener un mal parto. Procede tomar una decisión; salvar a la madre, a la criatura, o dejar que todo transcurra y arriesgarse a que suceda lo que ha de suceder. Y el amo, que no quiso deshacer el malentendido, optó por lo último. El niño nació perfectamente y Clarisa murió cuatro días después.

- Las trifulcas entre marido y mujer habían ido creciendo de tal modo, que no había minuto de sosiego en aquella casa. Doña Carlota quería que el infante fuera depositado en la inclusa, y llegó a decir, que aquel bastardo no era hijo suyo, que algo tendría que ver en el asunto, la desaparición de Narciso. Gaspar montó en cólera y sacando de la bota de montar la fusta, le propinó un golpe a su mujer. Ella, ni corta ni perezosa, se fue hasta el armero. Mosquetes, carabinas y escopetas de caza estaban alineados sobre una repisa dentro del armario, bajo esta, varios revólveres y pistolones. Cogió un "Pacificador", lo cargó y se lo puso en la frente a Gaspar. "Nunca más vuelvas a hacer lo que has hecho o te juro por Buluc Chabtan que serás sacrificado".

- Doña Carlota rumiaba su venganza, y un día cualquiera, pasado el tiempo, escuchó una conversación entre Adela y las otras doncellas. Ponían al amo a caer de un burro, y hubo quien comentó que la señora debía de ir "al preñador" para devolverle la jugada. Yo pregunté quién era ese hombre, pero se rieron de mí.

- Ya he dicho que en aquella casa todo se sabía, todo se oía, y la doña no echó en saco roto lo que oyera. - Adela, ordenó más que pidió, cuéntame de la conversación que manteníais el otro día. Y a mí me tocó ir a cierta casa, con un sobre en la mano, y en espera de respuesta. El hombre que la habitaba se vino conmigo.

- Don Gaspar, como de costumbre, estaba en la ciudad por unos asuntos, el hombre, la señora y la yaya subieron a la habitación, yo a la chimenea de la contigua. Él mandó a la señora que desnudara, que solamente se pusiera un camisón fino, o una sábana cubriendo el cuerpo. Yo creo que la tocó, luego le preguntó si tenía periodos regulares y que cuando había tenido el último. Después le dijo que a los cinco días se presentara en su casa - no era plato de gusto que el amo lo pillara en el palacete en semejante posición- y que todo se resolvería a su gusto.

- Tres meses más tarde, la señora lucía una hermosa tripita y no resistió la tentación de llamar cornudo e impotente a su marido. Una vez más el amo montó en cólera y trató de levantar su mano, pero ella sacó un derringer  del bolsillo de la bata. En el forcejeo se disparó el arma alcanzando en el corazón a la señora. Entonces Gaspar, subió la escalera y desde el último piso se lanzó. Creo que a pesar de todo la amaba.

- Al hijo de Clarisa y Narciso se lo llevaron las autoridades y no se supo más de él. Aunque Narciso apareció años después reclamándolo como hijo propio, nadie le creyó, todos pensamos que lo hacía por quedarse con la fortuna del amo. Por más que dijo que don Gaspar lo había invitado a beber, que dos hombres lo golpearon y que cuando despertó estaba en un barco en alta mar, y que lo dejaron en Brasil, nadie le creyó. El doctor aseguró que en el parto que atendió, la mujer del amo había muerto, y así constaba en la partida de defunción. Aquél niño estaba asentado como hijo suyo y de su esposa. Nada había que hacer, y si la yaya Guadalupe no abrió la boca, no sé el motivo, tampoco nosotros lo hicimos.

- La casona quedó vacía a la espera de que se encontrara al niño, los negocios del amo continuaron funcionando por un tiempo, pero los empleados robaron cuanto pudieron. Nadie quería entrar en esa casa donde dicen habitan los espectros, y para preservarla, la tapiaron. Narciso murió durante la guerra, las otras personas que pasaron por la casona también, solo quedo yo. Dicen que al chico, lo adoptaron dándole otros apellidos, pero pasaron tantas cosas en esos años posteriores, que todo el mundo lo echó al olvido.

Para no querer hablar, Micaela se había explayado bien. Tal vez se inventó algunas cosas, deformando en parte la realidad, para acoplarlas a su relato, quizá el paso de los años la llevara a cambiar algunas fechas o caer en contradicciones, pero el meollo de la historia era incuestionable.

Don Antonio se propuso buscar al dueño, si es que vivía, y que con toda seguridad era ajeno a la cuantiosa fortuna, que aunque no le correspondía por sangre, sí por ley. Habló con los abogados y estos comenzaron a trabajar con los datos que les proporcionó. Apenas transcurrido un mes obtuvieron resultados y le pidieron que se pasase por el despacho.

Antonio - le dijeron - ya sabemos quién es el heredero. Veamos: Don Gaspar Martínez Fernández, se casó en 1912 en Ciudad de Méjico, con Doña Carlota Salazar López. En 1914 fijan su residencia en España en la finca "Villa Carlota". En 1922, tienen un hijo, falleciendo la madre en el parto. En 1925, en una disputa entre don Gaspar y una amante suya, embarazada, y de nombre Clarisa, muere y él se suicida. Al no encontrar familiares del niño, a la sazón de tres años, se le interna en el hospicio en espera de la mayoría de edad en que podrá hacerse cargo de los bienes de sus padres. Ese mismo año, es adoptado por un matrimonio, al que nada se notifica sobre la herencia, le dan sus apellidos y jamás le dicen que fuera inclusero. El padre putativo cambia a menudo de domicilio debido a su trabajo. El hijo ahora se llama... Antonio Martín Berrocal.

No abras tanto la boca Antonio, tú eres ese niño y tuya es la herencia. Aquí está toda la documentación.

Antonio reclamó la herencia, y con el dinero que había en los bancos, arregló la casona y la entregó a la municipalidad, para que en ella instalaran un museo dada la calidad y variedad de muebles, pinturas y objetos recogidos en todo el mundo por el amo. De los barcos u otras propiedades, nadie sabía nada.

Nunca nadie vio o sintió los fantasmas de aquellos que murieron de forma violenta, pero la historia que Micaela le contara, estuvo presente para siempre en la mente de Antonio. Una mente, que le hacía creer, que recordaba cuando con tres años correteaba por la casa. De ahí el apego que sentía por ella.



jueves, 6 de agosto de 2015

De James Dean a Rhett Butler.


Allá por los años sesenta, erase un apuesto mozo que le gustaba usar pantalones Levi Strauss de talle bajo, ajustaditos a la culera y hasta media pierna, cayendo luego en eso que se dio en llamar pata de elefante. Cinto ancho con hebilla vistosa, y botas, no, no voy a decir tejanas aunque alguien lo de por sentado, y botas, decía, camperas, que son algo diferentes  como bien se sabe. ¿Alguien está recordando a James Dean? Pues algo parecido.

El problema que tienen los vaqueros, son los bolsillos traseros, y más de uno, acostumbrado a guardar allí la cartera, la ha perdido al sentarse. Pues bien, un día, el buen mozo se fue al cine, solo, y allí dejó la suya, Como quiera que no se dio cuenta hasta que llegó a casa, fue a la taquilla del cine a ver si alguien de la sesión anterior la había encontrado, pero nadie lo había hecho. La taquillera, muy amable, mandó al acomodador que la buscara, pero sin éxito.

Quiso la casualidad, que al día siguiente, un compañero de facultad le preguntara:
- Oye, fulano, ¿perderías algo ayer?

Y al mozo se le alegró la pestaña, creyendo que en un segundo iba a recuperar el dichoso billetero.

- Mira, le dijo el compañero, yo estoy de patrona en casa de una parienta de mi madre, y se da la circunstancia, que anoche durante la cena, la hija de la patrona, enseñó una cartera que encontró en ese cine al que dices fuiste. Es cierto que tiene varios carnés, algo menos de veinte duros y un par de fotos. Si quieres se la pido y mañana te la entrego.
- Mejor será - dijo Miguel, que así se llamaba- que vaya yo a por ella para agradecer su devolución. Me parece más correcto.
Y Miguel, a la tarde, se fue hasta la dirección que el otro le diera, llamó al timbre y salió una señora que nada más verlo supo a lo que iba. A voces llamó a su hija, y mientras esta se presentaba, dieron un rato de palique en el pasillo.
Cuando se presentó la moza, la madre se retiró dejándolos solos. Era la niña como de quince o dieciséis. Gorda como una pipa de sidra, feucha y con un olor a pachuli, impregnado a toda prisa, que apenas podía disimular el olor sobaquero,  que hacía mella en aquellas carnes, todo sea dicho, por aquel caluroso día de junio.
La mocita, de nombre Isabel, con sonrisa de oreja a oreja, le ponía ojos, y queriendo prolongar tan agradable momento, comenzó a interrogarle; Como te llamas... cuantos años tienes...  que dinero llevabas... de quien son las fotos...
- Me llamó Miguel, bien lo sabes y también mi edad, has visto los carnés y la foto que en ellos hay es la mía, aunque de hace un par de años.

Para ella aquél era su momento, y debía buscar la forma de engatusarlo -¡vana ilusión!- así que continuó con el interrogatorio a pesar de que él le hizo notar que tenía prisa.

- ¿Es tu novia? -preguntó con una de las fotografías en la mano- No. Es mi hermana. Entonces, ¿no tienes novia? No. No me puedo permitir el lujo, tengo mucho que estudiar. Sí, pero para ir al cine sí que tienes tiempo... Voy de vez en cuando, a veces es preciso desconectar un rato para volver con más brío. Bueno, estoy conforme, eres tú, te voy a devolver la cartera, pero con una condición... Quédate el dinero si quieres... No, no, que va... la única recompensa que quiero es que me lleves al cine, a mí también me gusta mucho. Vale, pero cuando acabe el curso, ya te he dicho que ahora tengo mucho trabajo.

Y así se quedó la cosa hasta que una  tarde a mediados de julio, Isabel se presentó en casa de Miguel.

- Buenas, soy Isabel, quería, si no es mucha molestia, hablar con Miguel, señora.
- Pasa, pasa, no te quedes a la puerta, que ahora voy a buscarlo.

Y la chica se quedó en el recibidor contemplándose en la cornucopia. Se soltó un botón de la camisa blanca para enseñar algo de canalillo, atusó la falda escocesa hacia las rotundas caderas, y dejó caer un mechón de rubio pelo hacia un lado tapando un ojo al estilo mujer fatal.  Estaba pero que muy bien, eso al menos fue lo que creyó.
Aguzó el oído cuando le pareció que en una habitación lejana, la madre recriminaba al hijo. Pero él, tozudo le respondía; ¡Que no, que no salgo! ¡Dile que estoy en la biblioteca, que no sabes lo pesada que es!
Para cuando la señora se fue a decir a la chica que su hijo no estaba, Isabel ya se había marchado dejando la puerta abierta.

Han pasado seis años. Por la puerta de urgencias del hospital entra una mujer vestida de amazona, a la que todos miran sin disimulo. Se va cogiendo el brazo derecho, ha tenido una caída del caballo y teme que esté roto. El médico que la atiende, maniobra con habilidad, sin duda ha sido una luxación de codo, la manda a rayos, y a la vista de la radiografía, procede a colocar una férula. El dolor ha remitido por los efectos del calmante, entonces la joven, con voz pausada y cariñosa pregunta al doctor...
- ¿Me quedará bien, Miguel?

A Miguel le sonaba aquella cara y ahora le suena su voz. Él conoce a aquella mujer, pero no sabe de qué. Y ella, en el mismo tono, vuelve a preguntar sin dar tiempo a que responda a la primera pregunta, y mucho menos a que él se centre en sus pensamientos.

- ¿No me reconoces, verdad?

Él está acabando ya con el yeso, la mira de frente, a los ojos y sigue cavilando.

- ¿Recordarías si te dijera, que aún espero que cumplas la promesa de llevarme al cine?

Entonces, el guapo mozo cayo de la burra. Recordó. Recordó lo mal que la había tratado, como se había reído de ella cuando le dijo que estudiaba idiomas; Alfa, Beta, Gamma, Épsilon  ¡vetis  dakis un paseakis al Partenón!.

Y la moza, de espléndida belleza y mejor figura, le dijo que a pesar de todo, le había hecho mucho bien. Que gracias a él había corregido su indolencia y desgana por el estudio, y que ahora hablaba cuatro idiomas con prácticas en los respectivos países, uno de los cuales la había llevado a darse aquel paseo por el Partenón. A propósito, terminó, si quieres te enseñaré griego y no aquella patraña que te inventaste.

Isabel quedó perfectamente de su caída, y un día, la promesa se cumplió; fueron a ver "Lo que el viento se llevó". Desde entonces viven la vida con la pasión de Scarlett O´hara y Rhett Butler, pero con un final más feliz.