viernes, 25 de septiembre de 2015

El Hombre Insensible.


De un tiempo a esta parte, el mundo me resultaba desconocido. Tan desconocido, que poco a poco dejé de interesarme por todo lo que no fuera ganarme el pan de cada día.

 Aparté a un lado los diarios y la televisión, las novelas y el cine, dejé de creer en las religiones, incluso en la que me enseñaron de pequeño y que dicen es la única verdadera. Me olvidé de los que se decían mis amigos, y sobre todo de mis enemigos, pues si el mejor amigo puede ser tu peor enemigo, ¡qué será el enemigo reconocido!

Me convertí en un ácrata en el más amplio sentido de la palabra; nada ni nadie me importaba, aunque respetaba las normas en evitación de todo mal. Me volví insensible al dolor, al sufrimiento ajeno, incluso a la alegría que algunos parecían sentir.

Lo mío era el trabajo de autómata en una prensa de metales. Varias veces me quisieron cambiar de puesto para mejorar el salario, pero lo rechacé, con nadie tenía que hablar, únicamente yo formaba el equipo. Así estaba conforme, vivía solo, gastaba lo necesario y me sobraba para mis acuarelas y pinceles. Pintaba obsesivamente la mar siempre cambiante, sin pensar siquiera en los fenómenos que la impulsan a ser como es; bonancible, tempestuosa azul, verde, gris, espumosa, con corrientes claramente definibles...

Cogía mis bártulos, los apalancaba en mi moto y me iba a un lugar desde donde podía ver una pequeña cala virgen de arena blanca. La mar entra en el terreno formando una herradura de paredes rocosas por los lados casi verticales. Al fondo, en la curva, se forma una depresión y la altura baja considerablemente, pero así y todo aún hay veinte metros hasta el fondo.  Algunos árbolillos y mucha zarza, han enraizado en esta pared que básicamente es de tierra, y que parece floja, propensa a los argayos.

Una mañana de sábado primaveral, estando plasmando una vista cien veces repetida, y cien veces con distintos matices, vi venir a una mochilera bordeando la cinta del pastor eléctrico del prado donde varios caballos suelen pastar. Me empezó a incomodar la visita que se avecinaba, pues si no se volvía antes, no tenía más remedio que pasar a mi lado; estábamos ambos entre la cinta y el barranco.

La joven, o eso me parecía, atisbaba cuidadosamente, acercándose al borde del despeñadero, bien aquí, bien allá, en busca sin duda de un camino inexistente para bajar a la playa. Llegó a mi altura, y tras un saludo trivial, aseveró lo obvio:

- No parce que haya camino para bajar.

- No, respondí escueto.

- Una pena.

Llegada a ese punto, echó un vistazo a mi trabajo y comenzó el interrogatorio que yo temía, dándome al principio un poco de coba y aseverando las más de las veces. Que si eres un artista, que si muy bonito, que si venía a menudo, que solo se podía llegar por mar...

Yo contestaba con monosílabos, tratando de hacerle notar, que si iba allí era porque quería estar solo. Pero ella erre que erre continuaba con su cuasi monólogo. Dejé la paleta y los pinceles en un claro ademán de que molestaba. Más no había forma.

Uno puede ser un solitario egoísta e insensible, asqueado de ese mundo  donde todo son guerras, fratricidios, canalla defraudadora, envidiosos, araneros y maldicientes, lo que no quita para tener un mínimo de educación... aunque sea sobrellevada a duras penas. Me resigné y le di algo de palique, cosa que aprovechó para sentarse sobre la hierba, abrir el macuto de donde sacó unos sándwich envueltos en papel aluminio y dos latas de cerveza que quiso repartir. Acabé por sentarme frente a ella y alargar la mano -soy Antonio-  y aceptando el tentempié.  Y yo Luisa.

De cerca era algo mayor que lo que su silueta y garbo daban a entender de lejos. Tendría unos cuarenta, cara agraciada sin llegar a ser bella, y de piel fina y tostada por el aire, ojos expresivos, nariz proporcionada, buen busto, sonriente, labios gordezuelos que dejaban ver una dentadura simétrica, y con mucho, mucho desparpajo.

Por primera vez en cantidad de años, me sentí a gusto. Es más, me atraían en demasía aquellos labios, aquellos movimientos que sus palabras les daban. Me dijo que vendría otro día, que traería cuerda, mosquetones, clavijas, y una pala de zapador para abrir un camino. Me hablo de las gaviotas, los migratorios correlimos y los sedentarios cormoranes, buenos buceadores y que abren sus alas para secar sus plumas. Me contó que una de las yeguas iba a entrar en celo. Debí sonrojarme un poco, pero me atrevía preguntarle; 

- ¿Cómo lo sabes, y cuál es? 

Me respondió con sonrisa pícara:

- Aquella torda, ¿ves su comportamiento amigable? ¿cómo está con las orejas atentas, se queda quieta y huele al caballo?  Levanta la cola y expone la vulva. ¿Ves como orina? La salida de los olores que conlleva, le está indicando al macho que está receptiva, a la par que lubrica el órgano para la penetración.

Verdaderamente, yo no estaba a su altura. Aquel ostracismo que me había impuesto, me dejaba sin conversación. ¿De qué podía hablar, si no estaba al corriente de nada?

Fui sincero con ella, le confesé, cual si la conociera desde siempre, cómo era y el motivo que me impulsara a ser así. Un motivo, que según le iba explicando, se me antojaba ahora estúpido. Yo no era aquel insensible, al contrario, era demasiado sensible, cobarde tal vez, y por ese motivo trataba de enterrar mis emociones, de hacer oídos sordos a cuanto me rodeaba. Odiaba todo lo malo que hay en este mundo, pero, ¿acaso el mundo no ha sido siempre así?

Me sorprendí a mi mismo pensando cómo era posible que un bocadillo y unos labios rojos, en unas horas, me hicieran comprender lo vacío de mi existencia.


Desde aquél día tuve una "Henrietta Higgins" a mi lado que me ayudó a rehacer una vida que iba a ser plena a partir de aquel momento. Ella no me enseñó fonética y dicción como lo hiciera Higgins con Eliza Doolittle, pero me enseñó, que antes de huir, hay que combatir con los medios a nuestro alcance... lo que no es legítimo.



martes, 1 de septiembre de 2015

Ladrones de Tiritaña.



No hace mucho, una mujer descubrió un grupo de asaltantes que saqueaban su casa. Corrió en busca de un arma, apuntó y disparó dejando bastantes muertos y algunos, que renqueantes, trataban de huir sin conseguirlo.

La dependencia de la comunidad, de aquellos ladrones a la que pertenecían, era sumamente importante, por ello, al percatarse de que no regresaban, la máxima autoridad, envió exploradores a ver qué era lo que había ocurrido. Algunos volvieron, pero otros cayeron en el mismo lugar que los anteriores.

El tiempo era vital, y sin la colaboración de los fallecidos, la comunidad podía colapsar. Por ello, la reina decidió que los soldados dejaran su labor de vigilancia y se sumaran a los obreros para obtener el sustento. Ordenó que buscaran otras rutas menos peligrosas, procurando pasar desapercibidos. Gracias a esta arriesgada decisión de la reina, se pudo salvar el hormiguero.

Tiritaña.
(Del fr. tiretaine).
1. f. Tela endeble de seda.
2. f. coloq. Cosa de poca sustancia o entidad.


Hoy traigo una manera diferente de recordar o aprender una nueva palabra. Aunque lo que pueda robar una hormiga, parezca cosa de poca entidad, las hormigas han colonizado casi todas las tierras del planeta. Se calcula que existen entre mil billones y diez mil billones de hormigas organizadas socialmente, aprovechando los recursos de manera admirable. Su capacidad para dividir el trabajo, la defensa de su hábitat y la comunicación entre los individuos por medio de feromonas, hace que el hormiguero salga adelante. Estas feromonas, percibidas por las antenas, indican el rastro, la dirección que deben seguir en busca de alimento, el camino más corto para regresar marcado por la primera, y reforzado por las que la siguieron.


Un mundo el de las hormigas, que no es de Tiritaña