miércoles, 25 de noviembre de 2015

El Difunto. (Sit tibi terra levis)



Llevaron a enterrar a Jacinto un día de primavera. Estaba anunciado un chubasco, y ya llevaba lloviendo dos días. Gruesas y rápidas gotas, que golpeaban como cantazos lanzados con un tirachinas, caían. Ni el señor cura quería subir al cementerio, y aunque solo estaba a menos de cien metros de la iglesia, lo tuvieron que empaquetar en el coche fúnebre para recorrer tan exigua distancia.

La fosa abierta en el suelo el día anterior, tenía medio metro de agua... y subiendo. Aquellas tierras arcillosas no eran capaces de absorber todo lo que caía. Media docena de paraguas, zapatos llenos de barro, y del montón que lo iba a cubrir, faltaba la buena tierra, esa que hace crecer la hierba, la que mullida hace que al muerto le sea liviano el peso.

La sensación de incomodidad en los asistentes era notoria, nadie hablaba, ni siquiera acompañaban al cura en su Padre Nuestro. Los pensamientos estaban concentrados en la visión que se les presentaría en unos segundos, con el amén.

¿Flotaría la caja en aquellas aguas oscuras? El difunto era un real de queso, una raspa de bacalao, solo pellejo sobre el hueso. Pero no. Tocó fondo, y el agua la cubrió. Comenzaron a salir pequeños gorgoritos distintos a los que las gotas en su caer formaban. Iván, su hermano, había  dejado la tapa sin echar el cierre y por la junta se colaba el agua. Arrojaron unas flores que quedaron flotando, y ya el enterrador se disponía a lanzar el barro, cuando la tapa se abrió de golpe. La escuálida figura, pugnando por sentarse, lanzó a viva voz unos improperios:

 ¡Cago nel mio mantu, non solo dibeis soterrame, tamién a afogame!


Y es que Jacinto padecía de catalepsia, bien lo sabía su médico de familia que con grandes letras mayúsculas lo tenía escrito en su informe. Pero estaba de vacaciones y el sustituto ni siquiera lo miró. Nadie lo sabía, excepto su mujer ya fallecida, y tampoco se percataron del cuadro que sobre la cama tenía esta inscripción:

¡Munchu güeyu, recordái que les  apariencies engañen y puedo tar dormíu!

¡Mucho ojo, recordad que las apariencias engañan y puedo estar dormido!



domingo, 22 de noviembre de 2015

La Torre de Papel.



Recordad por un momento el Génesis 11.9:  "Por esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra, y desde allí los esparció sobre la faz de toda la tierra"

Últimamente vengo pensando, que una vez más, y quizá con mayor énfasis, los lenguajes del pensamiento han sido confundidos, instalándose en ellos un libertinaje obsceno. Si bien el egoísmo y la malsana ambición, han estado siempre ahí, nunca como ahora han tenido tan graves consecuencias. A unos les lleva a la estafa material, mientras que a otros, si cabe la distinción, a una estafa moral que siempre es infinitamente más perjudicial.

Me asombra ese estafador, al que su Patria ha tratado de educar honestamente, y sin embargo, se convierte en un delincuente, maestro en arterías, confundiendo pensamientos ajenos que les conducirán a la muerte. Confundidos y confundidores, llegan a despreciar cualquier vida, incluso la propia, en virtud de las creencias inculcadas, de la notoriedad o el martirologio que esperan alcanzar. En ese momento, han pasado de ser estafadores a ser simplemente asesinos.

Me pregunto: ¿Cómo un estafador, puede confundir el pensamiento de una mujer, para que se convierta en mártir, o en el mejor de los casos, en barragana que entregará a sus hijos a la causa? No lo sé. Parece más comprensible en el hombre que busca emociones fuertes, pero no una mujer. Y sin embargo, hay (demasiados) quienes corren desafiando a la familia y a la sociedad, en busca de esa torre de papel, de la que quieren escalar su cima.


jueves, 5 de noviembre de 2015

Triángulos Amorosos.




Él tocaba el saxo y ella era la vocalista de aquel conjunto musical, al que dieron en llamar La Banda del Estraperlo. El nombrecito nació como consecuencia de las letras de las canciones, de las que a menudo, y en el mejor de los casos, cambiaban el orden de las palabras, es decir, hacían hipérbatos. Suponía esto, una intriga (de ahí la palabra estraperlo) graciosa para los oyentes, pues identificada la música, nunca sabían por donde iban a salir con la letra.
No parecía el invento muy comercial, y además, complicado de encajar con el tempo melódico y el poético, pero la banda tenía éxito.

La joven Mariela, se enamoró perdidamente de Blas, el saxofonista. Lo cierto es que nunca supe el motivo, él era un garrulo, y lo he llamado así, porque reunía todas las malas cualidades de la persona. Lo único en su descargo es que sabía tocar, muy bien por cierto, pero era feo, hasta para hombre, basto, como la lija del 30, grosero y zafio a no poder más, y, sobre todo, embaucador.

Ella, que cantaba en público desde los doce años, lo hacía de oído, no sabía música, lo que algunas veces ocasionaba que se perdiera con la letra en un bucle cuasi interminable. Blas la conoció con apenas dieciocho años. Se sintió atraído por aquella voz cálida, su bonita cara y mejor figura, y la candidez que irradiaba. No le costó demasiado convertirse en su mentor, en el Pigmalión que modeló, no su cuerpo, que no lo necesitaba, pero sí su interior, su yo. Era la adoración que por él sentía, rayana en la sumisión, y que solamente se podía entender, por el cambio radical que su vida había experimentado. De cantar en verbenas de barrio o pueblos míseros por cuatro perras, a alternar en clubs, salas de fiestas de renombre y eventos sociales de primer orden. No se daba cuenta de que el estudio, la constancia y el amor propio, era ella la que lo había puesto. Él, reproches sin cuento cuando se equivocaba, o desdén manifiesto cuando lo hacía bien. Nunca estaba satisfecho.

Ya llevaban tres años juntos, cuando una mañana le dijo que se pusiera guapa, que iban a un sitio. Bajaron caminando por la rambla, y antes de llegar al Ayuntamiento, le compró un ramillete de flores en un puesto. Loca de alegría por aquella deferencia, le preguntó por el motivo, pero él calló. Ante su asombro, y media hora después, salían del edificio; ella llevaba una alianza y había firmado unos papeles que la señalaban como esposa de Blas Menique Infante. Triste boda, pienso yo, sin amigos, invitados, ni banquete, ni viaje de bodas. Aquella tarde noche, había función en el Tropical.

Apenas una semana después, estando preparándose en su camerino, Mariela recibió una visita. Tras presentarse, los dos hombres le preguntaron si ya había decidido la respuesta a la oferta que a su representante le hicieran. Ella dijo desconocer tal cosa y, puesto que a su marido se habían dirigido, no veía la razón de que allí estuvieran. A Blas lo encontrarían en la barra, hablando con el grupo.

- ¿Se han casado? - preguntaron extrañados- Pensábamos que nos esquivaba. Tal vez por eso no hemos tenido noticias suyas, y como nuestra inmejorable oferta era solamente para usted, por eso estamos aquí.

Por más que insistieron en que conociera la propuesta, ella no quiso escucharla, los remitió a su marido.

Cuando Mariela le preguntó, Blas dijo que el negocio no les convenía... y allí acabó la cosa.

Los triángulos amorosos, pueden semejarse a los geométricos:

Equilátero; Generalmente, cuando dos hombres y una mujer, o dos mujeres y un hombre, con similares armas, luchan por conseguir aquello que desean; la mujer en el primer caso y el hombre en el segundo.

Isósceles; Cuando uno de los anteriores es más débil que los otros dos. Ya sea hombre, o mujer, se les conoce por cornudos.

Escaleno; Cuando la preponderancia de uno de ellos es superior a los otros dos. Si es hombre, el otro no mojará. Si es mujer, hará lo que le dé la gana.

Mucho lío para acabar diciendo que a Blas le salió un competidor por el amor de Mariela, y que como he explicado anteriormente, el triángulo a formar parecía un escaleno dada esa notoria preponderancia. Pero las apariencias pueden falsear la realidad.

El saxofonista, jefe de la banda, tenía sus fans, y, si había traicionado a su mujer con una boda, para evitar que ella tomara otros derroteros en busca de fama y dinero, no iba a dejar de engañarla con algunas de sus admiradoras. Estas actitudes, no pasaban desapercibidas para Mariela, que una cosa es ser sumisa y otra ser tonta. Así que un mal, o quizá buen día, se le ocurrió recriminarle sus andanzas. Él, creyendo que se le subía a las barbas, la empujó contra la mesa, la arrancó la ropa, y como las bestias toman a sus hembras, con fuerza la humilló. Ya tienes lo que querías - le dijo para remachar el clavo- mientras ella se limpiaba las piernas, y las lágrimas.

Mario era el batería. Con diez años menos que Blas, y dos más que Mariela, todos lo tenían por chalao, un mal que no se por qué se les achaca a muchos de los que hacen percusión. Sin embargo, la fachada suele ser a menudo simple apariencia bien calculada. Mario estaba enamorado de Mariela, deseaba probar la fruta prohibida, pero no se atrevía. El ogro, que podía dejarlo en la calle, por un lado, y el embobamiento que ella demostraba, por otro, lo frenaban. Sin embargo, por aquellos días, notó en la chica una tristeza inusitada, y como eran buenos compañeros y amigos, se atrevió a preguntar lo que le ocurría. Tampoco ella se lo iba a contar de buenas a primeras, pero para el buen entendedor, pocas palabras bastan, y más si el distanciamiento se percibe en el aire.

- Apóyate en mi hombro, que yo puedo ser el bálsamo que cure tus males. Mira que estoy loco por ti, que te puedo dar lo que nadie te ha dado, verás el pedestal en el que te tengo colocada.

Y poquito a poco, el triángulo se fue transformando de escaleno a equilátero.

Mariela se fue dando cuenta de la abismal diferencia entre los dos hombres; El uno; Haz, trae, quiero, dame, vete, ven... El otro; quieres qué, te gustaría, que te parece... En la comparación, llegados estos casos siempre se hace, su marido salía perdiendo por goleada. Tomó una determinación; comenzó a decir aquello que no quería, que no le gustaba, con lo que no era conforme... Y se armó la marimorena; El triángulo dejó de serlo.

A veces, la diosa Ocasión, mujer hermosa en su desnudez, con sus pies alados, de puntillas sobre la rueda y la frente de abundante cabellera, nos avisa que la ocasión que viene de cara, puede pasar rápidamente, que hay que cogerla por los pelos, pues una vez que pasa, es imposible; por detrás está calva.

Esto fue lo que le dijo Mario a Mariela, y ella se fue a ver a aquellos señores que la contrataron. Cambió al saxofonista por el batería, y con él y los hijos que tuvieron, vivió feliz, amada y respetada, en tanto que el otro, rumiaba una venganza que no llegó, produciéndole ansiedad, y por ende, salivación excesiva que le dificultaba tocar como antes.


Colorín colorado, este cuento, por fin se ha acabado.