martes, 8 de noviembre de 2016

El Duende de los Ajos.


Hacía cuarenta años que no subía al desván. Desde los doce, cuando murió el abuelo y mi madre me pidió que la ayudara a subir aquellas sus pertenencias más preciadas que no podían ir a manos del trapero. Hoy he vuelto a subir la estrecha escalera. ¡Qué cosas! La recordaba más ancha, incluso el tragaluz es más pequeño ahora y menos diáfano, tanto, que subo a tientas, con una mano en la pared y la otra agarrando el pasamanos mientras trato de acostumbrar mi ojos a la penumbra. Subo nuevamente para cumplir su deseo: "Antes de que te vayas para Madrid, por favor hijo, bájame del desván aquel pequeño baúl donde mi padre guardaba los recuerdos de sus mayores". Subí sin prisas, aspirando el perfume de la noble madera. Sin encender la luz siquiera, iluminada mi imaginación con  imágenes de mi infancia; oscuro casi negro abajo, más claro cuanto más arriba. Con aquella desazón que causa el saber que el lugar al que iba, guardaba sobre todo complicidades y sensaciones adormiladas durante tanto tiempo. También aquellas cosas materiales, que a menudo, cuando melancólico recordaba, trataba de apartar de mi mente como si fuera incapaz aún de asimilar la falta del abuelo.
¡Cuántas veces estuve en ese desván con él! Hasta que un día me dijo que ya no podía subir más; "... que la reuma no me deja, que apenas puedo doblar las rodillas ni mover las caderas y la fatiga me acogota" Y se acabaron los cuentos, las fábulas, las leyendas que parecían aventuras reales. Aunque haciendo honor a la verdad, fueron a menos pero nunca me faltaron. Sin embargo, el ambiente ya no era igual. No es lo mismo contar un cuento a la puerta de casa y sentados en el escaño, que en el desván, recogidos en aquellas viejas mecedoras y rodeados de los cachivaches que trajera de Astrorga; El guacamayo de la abuela; murió, decía, de pena tres días después que ella. Disecado y colocado en su percha, parecía que aún estaba vivo, ladeada un poco la cabeza como si escuchara atento para coger alguna palabra bonita. Un baúl con libros, un arca con ropas maragatas, la cornucopia de latón con dos velones que cuando se encendían, de tal forma reverberaba la luz, que la imagen daba miedo. Al menos yo tuve esa impresión las primeras veces que me miré en él. Luego, pasado el tiempo, gustaba de poner caras y muecas que hacían reír al abuelo. El zurrón de piel de carnero que guardaba la zanfona, aquél maniquí que se ensanchaba dándole a una rueda, el globo terráqueo donde guardaba la cazalla...
El abuelo Cosme era pequeño y gordo como un botijo de esos bajos. Pantalones de pana en los que la cintura casi le llegaba a las tetillas, y que sin embargo le quedaban cortos de pata. Al abuelo le gustaban así. Por entonces aún calzaba botas de media caña de piel de becerro, pues gustaba fueran admiradas por sus repujados. Así, los sobrantes de las perneras iban como refuerzos en rodillas y culera en unos rectángulos parejos. Cuatro o cinco vueltas de faja, también negra, los sujetaban, y cuando dejó las botas, alpargatas de esparto reforzadas en la puntera. Camiseta de manga larga bajo el blusón de tratante y, para los días de diario; boina, que los domingos se calaba un chambergo con una cintilla, aunque ni a misa iba. Y eso que él se proclamaba como los antiguos; cristiano viejo, cosa que tenía a mucha honra, pues un antepasado suyo, vino desde Francia andando el Camino, aunque no lo terminó, pues una moza la más rica del pueblo de Astorga, le hizo tilín y allí acabó su viaje. Dicen, que ella era descendiente de cristianos nuevos, judíos conversos de veras, no marranos, y que contribuyeran a financiar el primer viaje de Colón, pero eso, si era cierto, lo callaba.
Siempre lo conocí de esta guisa, o al menos esos son mis recuerdos, como recuerdo el olor que consigo llevaba. Una vez le pregunté: "Abuelo, ¿por qué siempre hueles a ajo?" Y su respuesta fue; "Mete la mano en el bolsillo, y sin verlo, dime que tocas". Son dientes de ajo, respondí ufano y sonriente en la seguridad del acierto. Pero aquello explicaba solamente, que olía ajo, porque ajos llevaba en el bolsillo, pero yo quería saber el motivo de por qué los llevaba. Entonces me contó una creencia suya, que a mi modo de ver solamente funcionaba a medias.
- ¿Te has fijado, en la figurita de madera que tengo sobre la mesilla de noche?
- Pues no mi güelu, sabes que casi nunca entro en las habitaciones de los mayores.
- En la mía puedes hacerlo cuando gustes. A lo que vamos, yo tengo un duende de los ajos, como tu llevas al cuello esa figa de azabache. Lo mismo da, que da lo mismo, pues ambas cosas sirven por igual y todo depende de la región en que viva cada cual. El duende, que mi padre tallara para un bastón, fue encantado por una bruja, y viendo el interés que por él tenía, me lo regaló. Cuando me lo entregó, me dijo que servía contra el mal de ojo, esa cosa tan mala que produce la envidia y hace a la gente infeliz; A los envidiosos, porque deseando siempre lo de los demás, andan en un continuo sin vivir, y a los crédulos, porque cualquier cosa que les salga torcida, dirán que fue cosa del aojador y se volverán tarumba en busca de remedio. También sirve contra el reuma y los achaques todos de los huesos. Para que el duende cumpla bien su cometido, le pondremos como ofrenda, un diente de ajo cada día, luego en la noche, tomas el ajo y lo colocas bajo la cama. Por la mañana te lo guardas en el bolsillo y pones uno nuevo. A mí me ha dado buen resultado, ni envidio a nadie, ni creo que nadie me haya tenido envidia jamás.
- Sí güelu, entonces, ¿eres tú de los crédulos... que encontró remedio?
- No, ¡qué va! Ahora ya no. Pero sigo con la costumbre... la rutina.
- ¿Y de la reuma...?
- ¡Bah, bah, bah... la reuma, peor estaría si no llevase mis ajos!
Puede que yo no creyera el cuento, no sé. O quizá sí;  jamás he abandonado la figa que llevo al cuello, y tampoco olvidé por qué mi abuelo olía a ajo.

Mi madre revisó el baulillo, no más voluminoso que una maleta, apartó una caja metálica, revolvió en otra de madera sin tapa para enseñarme un par de relojes de bolsillo, de plata uno y de oro el otro y con ellos colgados en la mano, me preguntó si los quería.
- Madre, me voy por una semana, no para toda la vida, ya sabía dónde estaban y que son míos porque el abuelo me los dejó. Pero ahora no se llevan, están bien ahí por ahora.
Entonces perdió todo el interés sobre las demás cosas que contenía, y posó su mano sobre la caja de chapa.
- Ya. Bueno, aquí los dejo. Pero sobre esto tienes que indagar, no vayas a hacer lo que yo misma, tu padre y el mío hicimos. Tal vez en estos escritos esté la historia de la familia, mi padre me los enseñó una vez, pero como ninguno acertamos a leer una sola palabra, ahí se quedaron. O el misterio sobre este lienzo... y el fragmento que falta. ¡Quién sabe si sería el cuadro de un pintor famoso! Si a alguien se le antojó el pedazo que cortaron, o si hubo algún motivo oscuro... pasión... celos... despecho...
 - ¿Y por qué  me dices esto ahora? ¡Anda que no has tenido tiempo!
- No sé, un presentimiento... ¡Qué sé yo! ¿No va siendo hora, de saber lo que dicen?
- Bueno vale, les echaré un vistazo.
Hice unas fotos del lienzo para que mi madre viera que ponía interés, y le dije que trataría de hacer algunas preguntas. De los escritos de la caja, un legajo en prosa fechado en 1637, estaba a su vez dentro de un cartapacio de badana. Se los llevaría a un amigo filólogo a ver si podía sacar algo en consecuencia dada su antigüedad. Los otros, sin fecha, eran poemas y algunas partituras sueltas, distintas letras para la misma música a lo que parecía.
Y me fui para Madrid a ver unas máquinas que me podían resultar bien en el trabajo que comenzara mi padre, fallecido diez años atrás. En el tren, me dio por sacar las fotografías que llevaba en un sobre, y eso me sirvió para tratar de recordar lo poco que sabía de mis antepasados.
Nació mi abuelo Cosme en Astorga, él siempre decía que vino al mundo cuando moría el siglo, así que fue alrededor de 1900. Viudo por un mal parto en el que nació mi madre en 1927, no se volvió a casar, y de la abuela, casi nada sé. Casi siempre andaba malucho; los bronquios, la artritis, la artrosis... cosas de viejos según decía, pero apenas tenía cincuenta y cuatro años. Por aquél entonces, sobre el 54,  ya empezaba a andar yo, mi madre se pasaba los veranos en Astorga para atenderlo, y mi padre iba y venía los fines de semana del año entero en un BMW del año 40 que comprara de segunda mano. Tanto innecesario trajín ponía nervioso al abuelo, así que un día, después de la comida y cuando ya preparaban viaje de regreso, dice... "El médico me dijo que necesitaba un aire algo más húmedo, menos frío y menos calor, pues el de esta tierra me mata en invierno y me ahoga en verano".
Le puso en la mano a mi padre los cuartos, para que comprase una casa grande donde pudiéramos vivir juntos, y él se independizase del abuelo Fermín a sabiendas de que las aspiraciones del hijo no iban por los mismos derroteros que los del padre. Malvendió las tierras de Astorga, que durante muchas generaciones habían pertenecido a su familia, a sus aparceros. Solamente se quedó con la casa familiar a la que continuábamos yendo en primavera y que los guardeses siempre tenían a punto. Mi padre, que conoció a mi madre cuando por allí estaba haciendo el servicio militar, hizo lo que él le mandó; Compró un caserón que perteneciera un indiano, lo acondicionó a gusto de mi madre, y en la nave que fuera secadero de tabaco, colocó la instalación más moderna del mercado para el recauchutado de neumáticos, básicamente de camiones. Entonces Cosme se vino a vivir con nosotros cerca de Gijón, de donde era mi padre.
Con el abuelo Fermín y la abuela Felisa, tenía buen trato, me querían y yo a ellos, pero no tanto como para preocuparme en saber de su vida más que lo básico.
Dejé de pensar en la familia y me centré en las fotos que le hiciera al lienzo. Justo en la esquina superior izquierda, derecha para el que lo mirase de frente, faltaba un rectángulo de la pintura como de un metro cuadrado. El tema era campestre; un pequeño burgo al fondo, el cercado de una ermita y romeros a la puerta, de comida algunos, mientras otros danzaban. Allí faltaba sin duda lo primordial, y puesto que la procesión parecía haber terminado, lo que se echaba en falta eran los músicos. Eso es lo que había que buscar, el tambor, la dulzaina y quizás algún pandero. Mucho me pareció para tan exiguo trozo de lienzo cuya era firma ilegible para mí.

Durante varios días me dediqué a aquello a lo que iba, y quiso la suerte, que una de las personas con las que hice negocio, me invitara a una cena donde me presentó a una joven restauradora de cierto museo. Aunque las fotos que llevaba eran de 20 x 30 cm. y las estuvo mirando y remirando con una lupa de joyero que llevaba al cuello pendiente de una cadena de oro, me dijo no estar segura y que necesitaba comprobar el lienzo. Pudiera ser que estuviéramos ante un gran descubrimiento, y ella creía saber, dónde estaba la parte que faltaba del lienzo. Quedé en volver a Madrid lo antes posible.

Mi amigo el filólogo, me dijo que los documentos que le había entregado era muy interesantes para él, puesto que estaban escritos en fráncico lorenés, dialecto que no dominaba. Pero también, y con distinta escritura,  había letras de canciones en francés, italiano y alemán.
A su entender, parte de los manuscritos correspondían a Armand Reverón, nacido en 1590 en el ducado de Lorena. Esto fue lo que sobre él me dijo: Es Armand un lutier que aparte de construir instrumentos, compone canciones. A la edad de 30 años, y como consecuencia de una enfermedad, se está quedando ciego. En poco tiempo, su vida, va a cambiar radicalmente. El fallecimiento de su mujer agrava la situación, pues le deja un hijo de de siete u ocho años. Se ve en la necesidad de mendigar. Tocando la zanfona en las escaleras de la iglesia de Lunéville, lo encuentra un tal Georges de La Tour que lo lleva a su casa por un tiempo. Él convencerá a Armand para que vaya a Montpellier, donde en la facultad de Medicina, trabajaban aquellos que seguían los pasos del maestro Nostradamus y cuyas curaciones se contaban por millares.
 Armand y su hijo han de atravesar toda Francia de norte a sur. Son tiempos complicados, el ducado de Lorena, independiente del reino de Francia, sufre continuas invasiones de los franceses. Más padre e hijo se ponen en camino, logran llegar a una Lyon prospera gracias al comercio de la seda, y de allí a Montpellier. Pero una vez en su destino, el grupo de cirujanos ha partido para hacer el Camino de Santiago, tratando de curar a cuantos peregrinos encuentren.
El ciego ha acabado la bolsa que La Tour le entregara. Han tasado el dinero, pasado fatigas, hambre y sed. Tocando y recitando, para tratar de reponer lo que de la bolsa salía, procuran componer canciones que narren alguna de las vicisitudes de las gentes de los pueblos por donde pasan. Hay que hacer atractiva esa narración para que aflojen la mosca.
Dos hombres la querían
ella a ninguno de los dos
que quiere a un viejo avaro
de buena condición.
Con él se casó
y pronto se dio cuenta, que,
no daba dinero, ni cariño, ni amor.
Solo sirvienta de balde quería,
y eso consiguió,
a fuerza de palos hasta que la domó.

Quien busca buen partido por pura ambición,
creyendo encontrar el bien futuro,
no piensa, que ni el presente está seguro.

En pos de los que le podían sanar, han llegado a Astorga. Una vez más la suerte les sonríe. Una señora y su doncella les escuchan con atención en el mercado. El chico, es un guapo mozo que recita a veces con deje italiano, otras francés, mientras el viejo da vueltas a la manivela y pulsando las teclas de su zanfoña. Ella les entrega suficientes monedas como para que vean que es persona importante, preguntándoles si tocarían en la fiesta que van a celebrar en su hacienda. Aunque los Armand barruntan buena comida y alojamiento por unos días, el ciego percibe no obstante la suficiencia de la señora, de nombre Rebeca. Armand tiene por entonces 42 en ese año de 1632, su hijo, también Armand, está a punto de cumplir 16.
Las sospechas del padre se cumplen ciento por ciento; Rebeca trata despóticamente a los criados y casi siempre está de mal humor. Ella es la que lleva las riendas de la casa, pues es la única heredera de su difunto padre, y su madre solo piensa en las musarañas. Difícil tarea en un tiempo de hombres. Sin embargo, a él le trata fina y educadamente, con mimo se pudiera decir, tal vez por lástima. Solo es un pobre ciego; pobre por su pobreza y pobre por su ceguera. Pero precisamente esa incapacidad, hace que nuestro hombre tenga más afinadas si cabe sus sensaciones, el tacto, la intuición, la percepción, el tono, ya sea afectivo o áspero... Esas sensaciones le llevan a indagar sobre Rebeca y su contradicción. La pesquisa no es exhaustiva, con cuatro preguntas aquí y allá ha comprendido la razón de su comportamiento; Rebeca tiene 33 años y está soltera. Los más piadosos dicen de ella que no es fea y que tiene buen cuerpo, que es ese malhumor constante lo que ahuyenta a los hombres. Sin embargo, los que se le acercaron buscaban solo la hacienda del padre. Eso la encorajinaba, y, a la par que su carácter se agriaba, sus facciones se endurecían. Además, ella ansiaba tener una descendencia que mantuviera la herencia de sus ancestros, y... su tiempo se le iba pasando.
En las largas conversaciones que mantenían, con las que Reverón aprende el idioma, ha conseguido que Rebeca se dulcifique. Que muestre su verdadero yo completamente contrario a lo apreciado en los primeros días. Así, ambos han caído en unas redes que al unísono tejieron. Ella ha permitido que Armand toque su cuerpo, pero no su cara, aún tiene miedo de que aprecie lo que a ella le devuelve el espejo. A él no le hace falta. Sabe que su belleza ha aflorado desde el interior, ya no es quién aparentaba ser.
Rebeca y Armand se casaron, el uno olvidó lo que con tanto ansia buscaba, y con su primer hijo, la otra se dejó acariciar. Ahora, sin miedo, fue ella la que quiso continuar con él el Camino en busca de la visión perdida. Le sirvió de lazarillo, manejando la carreta en la que viajaron hasta dar con los judíos, o moriscos, que nadie sabe lo que a ciencia cierta eran. Ellos le ayudaron por medio de una punción por la que aspiraron las cataratas, y para cuando Riverón se quitó la venda, otro hijo estaba en camino. Dos más vinieron, fue entonces que Armand hijo se volvió a Francia; tenía que buscar su propio destino, en su tierra.

Con todos aquellos datos y el lienzo bajo el brazo, me volví para Madrid. Sabido aquello, Adela, la restauradora, comenzó a dar saltitos de alegría, y sin decirme otra cosa, me agarró del brazo, cogimos un taxi y me llevó al Museo del Prado. No fuimos a tiro fijo, recorrimos las galerías hasta que  en una de ellas, un retrato me llamó poderosamente la atención. Sin duda tenía un gran parecido con mi abuelo, aunque este era ciego, con barba, y tocaba la zanfona.
Este es tu antepasado -me dijo- y la parte que le falta al lienzo que tú tienes.
Todo coincidía; la historia que desentrañara mi amigo, el instrumento guardado en el desván, el encaje del "retal" en el lienzo y el semblante igual a aquel que tenía un duende, al que todos los días le ponía un ajo.


Georges de La Tour 1593-1652 Pintor de Luis XIII
Museo Nacional del Prado; Ciego tocando la zanfona, zanfoña o zanfonía.

Oleo sobre lienzo de 86x 62.5 cm.

4 comentarios:

Alfredo dijo...

Hace ahora casi un año que no publico, podía decir que me tomé un año sabático, pero es cierto a medias: He estado malucho.
Volveré a visitar a mis amigos, y poco a poco comenzaré a escribir si es que aún me quedan ideas.
Agradezco a todos lo que por mi se preocuparon, les doy las gracias y pido perdón por la desconsideración por no responder a tiempo; hasta hoy no he entrado en el blog y hasta la contraseña tenía olvidada.

Cronista Imaginario dijo...

Me alegro de volver a leerte, Alfredo, yo la salud ya la perdí hace tiempo, sé lo que se siente, Bienvenido y ánimo.

Elda dijo...

Me alegro mucho de tu vuelta Alfredo. Cuando alguien falta tanto tiempo pueden ser muchas causas, malas, o simplemente que se cansa uno de hacer lo mismo, pues al final resulta una rutina. Lo mejor de todo que te encuentres mejor y con ganas de seguir.
Una historia estupenda la que nos dejas que me ha tenido muy entretenida para ver como terminaba la cuestión del lienzo. Ya veo que sigues elaborando cuentos con mucho arte.
Un placer volver a leerte.
Un abrazo

Alfredo dijo...

Gracias Elda. Bueno, iremos poco a poco en espera de una inspiración adormecida.
Salu2.