lunes, 28 de noviembre de 2016

Fabricio, Bunilde, Rodolfo y el Oso



Erase una vez... el Rey de un pequeño pueblo. Todos los jueves, de todas las semanas, de todos los meses, hiciera frío o calor, lluvia o nieve, salía al bosque a cazar.

Su joven esposa lo despedía lanzándole besos con la mano, algunas veces desde la torre y las más desde el adarve del castillo. Salía él a caballo, acompañado de sus principales, con su venablo cuando practicaba el arte venatorio tras el jabalí, el oso y venado, o portando el ave de presa en su mano izquierda cuando de palomas, tórtolas y similares se trataba. 

Diestro en el manejo de armas y halcones, y dada la numerosa fauna existente, aprovisionaba de viandas las despensas del castillo, encargándose sus criados de transportarlas. Este esparcimiento, servía además como práctica y adiestramiento para la guerra, porque el rastreo, persecución acoso y muerte de la presa, incluía en sí una estrategia de la operación, preparada como si de una acción bélica se tratara.

Aquél día Fabricio se internó en el reino del espíritu del bosque; El Busgosu, esa criatura mitad humana, de cuernos retorcidos y patas de cabra que acompaña a los pastores y es fiel protector de árboles y animales. El recorrido transcurre entre robles, hayas, acebos y tejos que se reparten entre zonas sombrías y solanas, mientras que, bordeando el río, el fresno y el álamo se mezclan con el avellano, el serbal y el boj.

Pronto los monteros, ayudados por sus perros, descubren una presa. El rey se lanza tras la jauría de rastreros, sabuesos, o alanos. Ha dejado atrás, consciente del peligro, a batidores y acompañantes, aunque maldito si le importan los zurriagazos que las ramas bajas le propinan. ¡Ha de ser el primero en alcanzar su trofeo!

Tal pareciera que el Busgosu había preparado la celada, pues bien se sabe, que es enemigo mortal de los cazadores. Aunque así no fue, él cargó con la culpa de lo que iba a suceder.

¡Aquí mi rey, aquí! Grita su primo Rodolfo tratando de desviarlo de su camino, hacia el otro lado de la maleza por donde los suyos cerraban el cerco.Y Fabricio lanza su caballo.  De pronto, el asturcón que monta se para, resuella echando espumarajos por los ollares. Y, cuando la fiera aparece, despavorido se encabrita, levanta las manos cual si fuera a corvetear y lanza a nuestro rey al suelo, que se lleva una gran costalada. Huye el caballo, Fabricio se levanta raudo a pesar del doble aturdimiento, (por el golpetazo y por el error creyendo perseguía un ciervo) bien sabe que su vida pende de ello. El pardo oso se asienta sobre sus patas traseras, gruñe y manotea el aire lanzándose a por aquél que invade sus dominios y es causa de su mal. El rey ha perdido su venablo, echa mano al cinto y saca la daga, el plantígrado ya lo abraza, y muerde. De varias puñaladas ha herido de muerte al animal, más un bocado en el cuello casi descabeza a Fabricio, cayendo ambos abrazados mientras piernas y patas se mueven en los agónicos estertores de sus vidas.

La comitiva llega al castillo. Los dos sobre parihuelas, el uno para mostrarlo públicamente y el otro para ser enterrado con el boato que le corresponde.

Aún caliente el cuerpo del rey, Rodolfo insta a la joven Brunilde para que se case con él. El reino no puede quedar huérfano y es a él, como pariente más próximo, al que pertenece la corona. La boda legitimará aún más el título.

Pero hete aquí, como se suele decir en los cuentos, que el capitán de la guardia ha estado contemplando el oso. En la sospecha de que se ha fraguado un malvado plan, habla, interroga e incluso amenaza a los sirvientes. Entonces varios de ellos confiesan: Varias semanas ha que Rodolfo y sus acólitos han logrado atrapar un oso vivo. Lo han dejado en el bosque encadenado hasta esperar la ocasión propicia. Llegado el momento, lo sueltan... y el drama se representa según lo previsto.

El capitán Arnaldo ha averiguado quiénes y cuántos son los confabulados, y en un momento dado, con la reina, dignatarios y guardia a su favor, los detiene. Solamente queda juzgarlos, mostrando como prueba las marcas que los grilletes dejaron en la fiera, en su afán por liberarse. 

Rodolfo ha sido ajusticiado, su cuerpo desmembrado, esparcido y abandonado a merced de las alimañas.
La reina ha llorado a su marido por un tiempo, más ya se sabe aquello de; "El muerto al hoyo y el vivo al bollo". Cuando se es joven, la sangre arde, el cuerpo exige y la voluntad flaquea. Hora ha llegado de dar un heredero al trono, pues sabido es también, que;  "A Rey muerto Rey puesto"





2 comentarios:

Elda dijo...

Un bonito e interesante cuento, donde como en la vida misma, no hay que fiarse de casi nadie, jajaja. Muy buena la terminación tirando del refranero español tan sabio en sus dichos.
Me gusto mucho leerlo Alfredo.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Cortito y trivial. Para no dar mucho que pensar.
Estoy pensando uno algo más largo. Seguramente lo suba el jueves o viernes si me dá tiempo.
Gracias Elda.
Salu2.