miércoles, 16 de noviembre de 2016

La princesa Enclaustrada.


Cuenta la leyenda, que hace muchos años, dos familias nobles y para mejor defender sus intereses, acordaron la boda de dos de sus hijos aún menores. Ella, Alfonsina, tenía nueve años, y él, Alonso, once. En juego estaba el comercio, la defensa contra una iglesia ávida de expansión territorial, o el combate a aquellos bandidos, desecho de las guerras, que trataban de vivir de gorra a cuenta de campesinos y figoneros, asaltando a los peregrinos del  Camino y a los recaudadores de impuestos.
Alfonsina, pariente del rey, en realidad no era princesa, aunque todos la trataran como a tal. Se continuaba así aquella vieja tradición visigótica, donde los gobernantes locales eran llamados príncipes por su derecho a elegir y a ser elegidos como Rey. Era la primera hija del conde de Albama, hombre belicoso que se rebelara en varias ocasiones contra su Rey y hermanastro, con la pretensión de destronarlo. La unión entre Alfonsina y Alonso, hijo del conde de Norniella, le daría mayor poder para conseguir lo que creía merecer como primogénito y que no tuvo dada su bastardía.
Pero los planes de Alfonsina, si es que a tan temprana edad se pueden forjar planes para el futuro, iban por otro camino. A ella lo que gustaba era escaparse al bosque en su caballo de regalo, ese del que tanto presumía y que debería guardar para el lucimiento, y la compañía de Pedro el palafrenero, artero en la búsqueda de ayalgas y xanas. ¡Cándidos infantes!
Pedro, que tenía doce años, ya estaba al servicio de la princesa desde los siete. La fama de ayalgueru, le venía por haber encontrado cierto día en el hueco de un árbol, varias ajorcas, zarcillos y una peinilla de oro, sin duda de alguna xana, que a la orilla del río peinara sus cabellos. Eso decía él, sin confesar que las picazas lo espiaban desde una rama, y que se lanzaron contra el ladronzuelo, al ver el saqueo de las joyas tan afanosamente conseguidas.
Por unas u otras razones, la boda de Alfonsina y Alonso se fue demorando, y mientras, los niños iban creciendo. Por fin Pedro encontró su gran tesoro... entre las piernas de Alfonsina, que quedó encinta. Cuando la situación fue notoria, el conde de Norniella deshizo su compromiso, recluyendo el de Albama a su hija en la torre del palacio de por vida. Entregó su nieto a alguien de su confianza para que lo criara en un lugar lejano, y a Pedro, suerte la suya el ser hijo de uno sus capitanes, lo condenó al destierro. Pasó este a engrosar como caballerizo, las filas de los que por orden del rey la guerra contra Portugal preparaban, y que tuvo la merced de tomarlo bajo su protección. No se sabe a ciencia cierta si lo acogió por chinchar a su hermano (cosa que le movió a risa), por el recibo de dos esplendidos caballos que el abuelo de Pedro criaba a las faldas del Sueve, o por simple conmiseración.

La vida de Alfonsina transcurría monótona entre aquellas cuatro paredes. Acompañada solamente por su aya, un par de criados y media docena de soldados, languidecía por los amores frustrados con la única distracción  que le proporcionaba la admiración de un paisaje harto conocido, o la asistencia a los oficios desde una de las ventanas que en la capilla frente a la torre se daban. Mientras, las obligaciones a que Pedro estaba sometido, le hicieron olvidarse de la búsqueda de tesoros, pero no de la princesa, ni del hijo que entrambos hubieran.
Aquél año, en que Alfonsina cumplía veinte, y seis su hijo, del que tan poco sabía, se celebraba la romería de la Virgen de la O a quien estaba dedicada la ermita que su padre mandara construir frente a la torre. Multitud de romeros venían desde lejos a contemplar la imagen con el círculo en la tripa, divina esperanza pronta a nacer.
Tres días antes de la fiesta, llegaron varias carretas cargadas de pertrechos desde el palacio de Muravea, residencia habitual del conde Amaro de Albama. Descargaron y comenzaron la instalación de unas tiendas para la soldadesca que acompañaría al conde y que llegaría al día siguiente. El verano iba camino de acabar, por lo que las colocaron junto a la tapia del jardín que daba a poniente, donde Alfonsina cuidaba con esmero rosas y gladiolos, durante las dos horas que tenía permitido salir de la torre.  
Sus padres vinieron con sus otras tres hijas y escoltados por una treintena de soldados. Alfonsina estaba ávida de noticias y chismes de cualquier tipo, pero el distanciamiento con sus hermanas había ido a más con el tiempo y poco querían saber de ella. En seis años, no más de cuatro veces se habían visto, así que solamente un hola y adiós. Su padre estuvo con ella apenas unos minutos, por el contrario su madre, tratando de ocultar las lágrimas por aquella vida perdida, le puso al corriente de lo poco que sabía de las andanzas de aquél hijo, nieto suyo, cuyo retrato iba en el camafeo que la entregaba.
El mismo día de la romería, apostados a la vera de los tres caminos que convergían en la plaza de la ermita, vendedores de reliquias ofrecían su mercancía; Astillas de la Santa Cruz, limaduras de las cadenas con que San Pablo sufrió presidio, huesos, dientes, pelo, trozos de vestiduras de distintos santos... y que se presentaban en relicarios.
Asentados junto al atajadizo rectangular tras la capilla, un montón de pobres, tullidos algunos, tuertos o ciegos otros, mendigaban formando una fila, bien de pie o sentados y en silencio, para mejor mostrarse como los dignos representantes de Cristo. Estaban allí como mediadores en la salvación de los ricos, por medio de la limosna que con ellos ejercían. Y un poco más allá, en la pradera, los tenderetes de los vendedores que esperaban hacer mejores ventas que en el mejor día de mercado.
Monjes de diversas abadías, clérigos, músicos, trovadores y gentes devotas que ya bien temprano comenzaron llegar, esperaban al señor Obispo que oficiaría el acto religioso en el décimo aniversario de la ermita, tal vez por ello, honor hasta la fecha desconocido.
Alfonsina corría de una ventana a la otra, por mejor ver aquel continuo espectáculo que en derredor de su estancia se daba. Un bizarro mozo le llamó poderosamente la atención. Su dormido corazón, comenzó a latir hasta el punto del sofoco creyendo reconocer en él a su Pedro, que acompañado por un infante, miraba sin disimulo hacia la torre. - ¿Será aquél niño mi hijo, o tal vez solo un simple escudero? ¡Imposible! Demasiado tierno para el oficio - y así, retorciéndose las manos nerviosamente, hacía sus cábalas.
Una fanfarria anunció desde lejos la llegada de alguien importante. Algunos creyeron que era el obispo, más tal alarde sería inusual hasta en la capital. Efectivamente, pronto se corrió la voz de que el Rey llegaba. Enterado el conde de Albama, molesto y malhumorado, por tener que rendir la pleitesía a que se debía, mandó que a toda prisa colocaran un baldaquín y los mejores sillones de la casa, y tras formar a sus hombres, salió a recibir a su señor. El Rey saludaba condescendiente al pueblo que lo vitoreaba, mientras una sonrisa cínica asomaba a su rostro al pensar en la bofetada moral que le daba su hermano, en sus propios dominios. Bueno, al fin y a la postre, la mayor parte de ellos, eran suyos porque él generosamente se los había dado.
Alfonsina, aprovechando el momento que tal algarabía produjo, corrió escaleras abajo en busca del doncel, por constatar si era su amado y el hijo que le hurtaran. Llegada al patio, casi se da de bruces contra Pedro, que sin meditar las consecuencias que su acto pudiera tener, iba  a su vez en busca de Alfonsina. Quedáronse ambos parados, escrutándose mutuamente, y tratando de adivinar los sentimientos recíprocos. Apenas unos segundos bastaron, sus ojos decían bien a las claras del amor incombustible que los animaba. Ella desvió la mirada al niño. Pedro la siguió, y por un momento, estuvo a punto de decir lo que Jesús le dijo a su madre y a Juan cuando estaba en el Madero; "Mujer he ahí a tu hijo, hijo... " - pero eso le sonaba a blasfemia. Sí, le dijo, es nuestro hijo Alfonso. Y sin más miramientos, se fundieron en un apretado abrazo.
Pedro estaba dispuesto a acabar con aquella situación, y creyó, que presentándose los tres ante el rey para pedir su favor, el conde se ablandaría permitiendo la boda. Bastante había durado ya el castigo. Alfonsina temía que el plan no diera resultado, bien conocía a su padre, y pensaba que era motivo suficiente para no acceder a sus pretensiones, el verla en la calle contraviniendo sus órdenes, pero cedió.
A espaldas de la ermita, en el cercado de las celebraciones, había un altar. Sacarían en procesión a la Virgen rodeando el palacio y el pueblo entero, para depositar la imagen en el ara donde se celebraría la misa. El Rey Ramiro y el obispo pusieron pie a tierra donde los esperaba el conde, y, tras los saludos pertinentes, pasaron a orar brevemente continuando después hasta el cercado mientras la procesión comenzaba.
 Las dos centenas de soldados que el soberano traía, se colocaron en hilera protegiendo los flancos, doble a espaldas del baldaquino frente al altar. Mientras, los del conde hacían simple labor de policía fuera del cercado, desprovistos del honor de guardar al Rey. Durante la espera de los romeros que llegaban en pos de la Virgen entre cánticos y rezos, Ramiro departió con los nobles y prohombres que le rendían acatamiento. Pedro y Alfonsina, con su hijo en medio, se unieron a la fila para el besamanos, más, percatado Amaro de Albama de su presencia, y sabiendo bien quienes eran los acompañantes de su hija, a punto estuvo de ir en su busca para encararse con ellos. Sin embargo, aquello era imposible sin incomodar a su hermano, máxime, cuando él era el encargado de presentarle a aquellos a los que desconocía.
Llegado el turno de los dos "díscolos" jóvenes, el conde de Albama estaba congestionado por la ira, con la diestra amenazadora sobre el puñal que en la cintura llevaba, y sin acertar a balbucir palabra. Pero el rey conocía bien a Pedro, no en vano le surtía de esos duros ponis asturcones que por Piloña criaba su familia, y que tan fiables eran en trochas y vericuetos cuando iba de caza. El rey se lo puso en bandeja:
- ¿Acaso te has casado sin yo enterarme? le dijo en tono un tanto recriminatorio- Dime, quien es la dama...
- Señor, jamás se me ocurriría tal cosa sin pediros permiso, y eso es lo que os pido ahora: Deseo casarme con Alfonsina, hija del conde vuestro hermano, a quien os presento junto con nuestro hijo Alfonso.
- ¿Y es conforme el conde? ¿Habéis resuelto ya, aquella cuestión por la que te desterró y a ella encerró?
- Aun no, pero preguntadle a él, mi señor.
Y Ramiro, sin mediar palabra, miró a Amaro con una pregunta que llevaba implícita la respuesta.
- Soy conforme. - Contestó Amaro de mala gana y en la confianza de que una vez su hermanastro se fuera, podría castigar aquella insolencia. Pero le salió torda.
- Pues no se hable más, hoy mismo, en este lugar, y al amparo de Nuestra Señora de la Merced, seréis oficialmente marido y mujer. Como padrino de bodas, yo te dotaré convenientemente, sobrina.

Y aquí se acaba la historia del enclaustramiento de la princesa. Mediada la tarde, el rey Ramiro ordenó a los suyos levantar el campo, habían de llegar a la capital, para, a la mañana siguiente, proseguir ruta hacia el oeste. Iba contento. El obispo celebró la boda, cantaron los monjes como si en la catedral estuvieran, y al conde Amaro, le vaciaron la bolsa, la despensa y el corral para aumentar dote y banquete. Los pobres, saciados con aquellos manjares y llenos los macutos de abundantes sobras, lanzaban vítores a su señor, que no podía pedir más. Pero el agudo rey, como no se fiaba de quien tantas veces le hiciera frente, se llevó consigo a los recién casados, que felices vivieron, aunque no se sabe a ciencia cierta, si comiendo perdices.

3 comentarios:

Elda dijo...

Muy bueno el cuento Alfredo, con el final feliz como los tebeos de hadas que leía yo, jajaja.
Desde luego no te falta imaginación, y además lo cuentas muy bien.
Disfrute de ello.
Un abrazo.

Elda dijo...

Muy bueno el cuento Alfredo, con el final feliz como los tebeos de hadas que leía yo, jajaja.
Desde luego no te falta imaginación, y además lo cuentas muy bien.
Disfrute de ello.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Gracias por el comentario Elda. De eso se trata, de pasar unos minutos entretenidos.
Salu2.