lunes, 14 de noviembre de 2016

Los Cuentos de la Abuela.


Caminaba el otoño hacia el invierno, y en las largas anochecidas, bien fuera en las esfoyazas donde se deshojaba y enristraba el maíz al amor de la lumbre, o en cualquier ocasión para matar el tedio, una de mis abuelas solía contarnos algún cuento.
Todos tenían, como debe ser, su moraleja, tanto para mayores como para los chicos. No sé de dónde sacaba tantos, pues pocas veces se repetía, no así esta leyenda que os contaré tras un breve preámbulo.
Sabido es, que  las esfoyazas se hacían en comunidad, hoy en esta casa, mañana en la del vecino, acudiendo la mocedad toda. Después del trabajo, tortilla, boroña, jamón, queso, nueces, sidra... y algunas canciones. Calientes los ánimos, satisfechos y alegres, cada cual para su casa con el candil en la mano.
En prevención para aquellas que recorrieran el camino por  oscuras caleyas bordeadas de arbolado, fuera noche o día, la abuela recordaba una leyenda que, como hemos dicho, nadie sabe donde consiguió.

"Se cuenta, comenzaba, que el Trauco es un hombre pequeño, feo, que no llega al metro de altura y no tiene pies. En su afán por perseguir doncellas, aprovechará todas las oportunidades para utilizar su magia, evitando que nadie le vea. Se dice, que nunca atacará a una muchacha que ha tenido la precaución de ser acompañada por alguien.
A pesar de su fealdad, posee una mirada muy dulce y sensual, viste traje y sombrero confeccionado con una planta trepadora de flores amarillas o rojas, conocida como Coralito y usada para hacer canastos o escobas. Subido a la rama de un Tique, también llamado Olivillo por sus frutos parecidos a la aceituna, espera a su víctima. En su mano derecha lleva un hacha de piedra, desciende rápidamente del árbol al que da tres hachazos. Ramas que se desgajan transmitiendo su temblor a las colindantes, hojas que caen por doquier y gran confusión. La muchacha, aún sin recuperarse del susto, se encuentra con el Trauco a su lado, quien sopla suavemente el bastón que porta en la otra mano. La niña sin poder resistir el encanto del Trauco cae en un profundo sueño de amor, y al despertar del embrujo, regresa a su casa sin saber claramente lo sucedido. Nueve meses después, dará a luz al hijo de este misterioso espíritu del amor."


Las mozas tomaban buena cuenta del consejo, y las más medrosas, cuando habían de pasar por el bosque para ir a la fuente, llevar el ganado a abrevar, o a recoger leña para la lumbre, procuraban ir acompañadas de alguien de confianza. Otras hacían caso omiso, pareciendo desear el encuentro, pues a pesar de todo, siempre hay quienes encuentran más fascinante el placer, que el riesgo que supone.

1 comentario:

Alfredo dijo...

Tal vez, la abuela de nuestro cuento tenía parientes en Chile, pues según me dijo, el Trauco andaba por Chiloé, una provincia que abarca todo el archipiélago del mismo nombre.
Alfredo.