jueves, 1 de diciembre de 2016

Cosas de Chigre: Ella y Yo.


Por una vez, hoy no escucho a los demás en el chigre. Estoy ensimismado con esos pensamientos, que me causan una paz interior perdida por un tiempo.

Hoy me he vestido como antaño solía hacer. He cambiado mi gorra por un sombrero marrón de fieltro y ala ancha a juego con los pantalones, corbata y zapatos. Mostaza la chaqueta y camisa de un rosa muy pálido. No sé si estoy bien conjuntado, no importa, el caso es que me encuentro a gusto. Creo que he dejado atrás una depresión de caballo que casi me lleva a reposar en el campo santo.

 Todo empezó hace un par de semanas, lo de la recuperación, digo. Porque la depresión ya venía de largo, desde que se me murió la María sin ella darse cuenta, ni yo apercibirme.
 Aquél día, me levanté algo más temprano que de costumbre; tenía frío. Me eché la bata sobre el pijama y, mientras cubría a María con el edredón que siempre dejaba sobre la butaca, le recriminé que no pusiera de una puñetera vez la bolsa de agua caliente, que echara una manta más, o que dejara la calefacción puesta. Ella ni gurgutó. Mejor, así no habría lío. Siempre rácana con el gas, temerosa de un escape y con el "quita el edredón, que se estropea", para luego calentarse arrimándome los pies helados.
Desayune mi café con leche y las tostadas, lo poco que sé hacer en la cocina, y me fui al baño. Luego volví para vestirme y dar mi paseo matutino. La toqué el hombro  -María, que me voy - pero ella estaba más tiesa que la mojama. Se me paró el corazón, comencé a respirar con ansiedad y, tropezando en todos lados, levante la persiana, encendí la luz, corrí las cortinas, la puse boca arriba, le di friegas, masaje cardíaco, le insuflé aire... Todo a sabiendas de que no había remedio. Me senté en la butaca. Aquello era algo inaudito, delirante, monstruoso. Siempre habíamos dado por sentado, que yo era el pocho, el que iba a dar ortigas  primero. Yo y no ella, llena de vida, la que canturreaba por las mañanas mientras trajinaba, la que nada se le ponía por delante, la que planeaba y decidía la mayoría de las veces. No apartaba mis ojos de su cara esperando que tosiera la muerte de un momento a otro, y volver a la vida. Más aquél color blancuzco ya, los labios lívidos de sonrisa engañosa, me llevaban la contraria.

Dirás tú; "¡Qué falta de respeto! ¡Anda, que comparar a tu mujer muerta con la mojama...!" Ya. Pero yo estaba cabreado. Ella no tenía derecho a dejarme tan huérfano, tan vacío. Las horas de mis días, eran completas a su lado. Fui feliz, porque ella se empeñó en ello, y ahora... ¿Ahora qué?
Ni lo sabía, ni me importaba. Solo me importaba el recuerdo revivido de cada momento en esos treinta años. Con lágrimas en los ojos, moqueando y con una rabia infinita ante la injusticia y el ensañamiento del portador de la guadaña. ¿Quién eres maldito? ¿Quién eres para llevarte lo que más quería? Para hacer distingos... ahora ella, luego tú, el otro, aquél, aquella...

Sí. He vuelto al chigre. A tomar el café, la copa, y a fumar la faria, cosas poco convenientes ya que soy enfermo crónico y jubilado por ello.
Tal vez fueran ensoñaciones mías. Quizá, y muy en el fondo, yo no deseaba lo que parecía estaba dispuesto a hacer. Pero, una vez más, María hizo por mí lo que ninguna otra persona. Me habló, cuando hecho un guiñapo, fui al cementerio para decirle que me iba con ella. Allí mismo, en aquél momento. Y ante el nicho, su voz me llegó clara y nítida; "Julián, ¿qué vas a hacer? ¿Acaso crees que quitándote la vida, me querrás más? ¿Piensas, que de este lado se está mejor, que vamos a permanecer juntos? No. Ni siquiera hay otro lado. Podrán permanecer juntos nuestros huesos, pero nada más. Anda, vete a casa, vive lo que te quede y recuérdame con cariño, simplemente, sin alharacas, al igual que siempre llevamos nuestras vidas.

Y me fui. Con una duda... y una esperanza; Si me hablaste, es porque sí hay otro lado y allí nos encontraremos.


Cosas de chigre: Yo y la Otra.



El peruano que lleva el bar me ha servido como siempre. Es un tipo bien parecido. Los pantalones negros siempre con su raya a tiralíneas, los zapatos brillantes a pesar de que a veces se encarga él de echar la sidra. La camisa impolutamente blanca, remangada a medio brazo y con esas líneas verticales en la pechera remarcadas cual sheriff norteamericano, el mandilillo negro a la cintura. Sí, siempre me ha parecido majo. Majo y atento, educado y servicial. Y no porque yo fuese con María a cenar todos los sábados. Es así con todo el mundo. A los camareros casi ni los trata, una mirada suya y ellos ya saben lo que quiere, lo que le parece bien o mal.

Hoy no hay mucha gente. Me pregunta que tal voy, y yo le contesto con un "bien" circunstancial. De sobra sabemos ambos que estoy más solo que la una. Y entonces me habla de María, de su buen carácter y lo cariñosa que era, de lo mucho que se echaba de menos. Y era sincero, no lo hacía por el negocio.

- Oiga don Julián- me dice- Me gustaría hablar un rato con usted. Quiero hacerle una proposición.

Ni siquiera me deja que pregunte de qué se trata. Alarga el brazo, coge una silla de otra mesa y se sienta frente a mí, en esa que él coloca el cartel de reservado entre las dos y las cuatro.

- Don Julián, ya sé que lo ha pasado mal, que se encuentra solo. Es por ello que me atrevo a  proponerle algo que vengo pensando desde hace unas semanas: Tengo una prima que está haciendo medicina. Su padre le envía remesas desde Venezuela, pero últimamente la cosa no va bien por allá. ¿Estaría dispuesto a darle cobijo, a cambio de que le ayude en la casa?

Todo el tiempo pensando que era peruano y resulta que no era así.

- Mira Manél -le dije- mi casa era una cochiquera y no me importaba. Quería morirme, y a poco lo consigo, pero de asco por la dejadez y la lástima que sentía por mí mismo. Algo me impulsó a ir al cementerio y las cosas cambiaron. En mi demencia, había pensado cortarme el cuello a los pies de la tumba de María, más, estando allí, creí oír su voz hablándome quedo al oído y entré en razón. Ahora, la limpieza de la casa me la hace una compañía dos veces por semana. En cuanto a la comida soy bastante frugal, con cualquier cosa me conformo... No sé.

- Comprendo sus dudas don Julián, pero, ¿por qué no se la presento y hablan?

Y Yanila, me contó que le faltaban dos años para acabar la carrera, que estaba de alquiler, pues otras opciones no le habían salido bien, que ella llegaba de la universidad a la tarde, que solamente necesitaba una habitación donde estudiar y dormir, y que me ayudaría con la ropa, la comida, la compañía o aquello que necesitase y ella pudiera corresponder.
Se vino a vivir a mi casa, y fue un acierto. Ella se ahorraba casi seiscientos euros a cambio de buena conversación, camisas limpias y planchadas, haciendo desaparecer los platos del fregadero. Se acabaron las latas de sardinas para cenar o los bocadillos de queso y jamón. Pero lo más importante no era aquello. Lo más importante eran los rebusquinos que sentía por la espalda, la impaciencia esperando su llegada. Su sola presencia me quitó de un golpe los treinta  años que nos llevábamos, y en un momento dado, pensé lo tonto que era; fantaseaba, me estaba haciendo ilusiones. Pero, ¿quién no, con aquel monumento construido a lo largo de veintidós años? 

Desde hacía un tiempo, solíamos salir los sábados. Le enseñaba lugares que no conocía, comíamos y vuelta a casa. Aquella tarde de viernes, sentados en el salón, planificábamos a donde ir por la mañana. Ella, que me trataba de tú, pero me decía don Julián con aquel acento suyo, me dejó boquiabierto: - Oye, don Julián, ¿tú no vas a querer sexo conmigo?

- ¡Puedo ser tu padre, niña! Y recalqué lo de niña para que viese la distancia, lo decrépito que yo era, y la hermosa y joven mujer que era ella.

- Y eso, ¿qué importa? ¿Acaso no tienes necesidades, acaso no te gusto? Mira don Julián, antes de yo venir aquí, me tuve que buscar la vida de aquella manera, aunque solo cuando necesitaba plata para seguir. ¿Por qué no voy a hacer ahora, lo que deseo por puro placer, sin plata de por medio?  

Confundido, halagado, temeroso, con remordimientos, sin pensar en el mañana, pero ardiendo de deseo, me dejé llevar. Había días en los que yo la buscaba -menos de los que quisiera- y días en que ella hacía lo propio. Tal vez solo quería liberar tensiones, y harta de estudiar, buscaba el desahogo, o quizá, era la forma de pagarme. Me apenaría si así fuera, sin cariño siquiera por su parte. Más ella se mostraba además de meliflua, alegre y dicharachera.  Mis dudas persistían - solo sobre el bien o el mal de la cuestión- y a pesar de decir para mí, que aquél era el último día, volvía a caer en la tentación.

Sin embargo, lo que acabó con aquello fue un mequetrefe que se metió de por medio. Un día me dice; Oye  Julián - ¡coño, pensé yo, hoy me ha quitado el don! - he conocido a alguien. Y mi mundo se vino abajo.
A pesar de la vida que llevara anteriormente, ella no era de las que juegan con dos barajas, Yo tampoco. Continuó en casa, pero ya no era lo de antes. Cortamos ambos, hasta que un día, llegó algo más tarde de costumbre, me dio las buenas noches y se introdujo en su cuarto rápidamente. Luego, la oí como hipaba. A la mañana siguiente, un moratón adornaba una de sus mejillas. Nada le dije, pero comencé a investigar.

El niño pijo, tenía una moto de esas que parecen agresivas por lo grande, la forma y los colores. Parecía un chuleta tan agresivo como su moto, el gallito del corral que dominaba de malos modos a hombres y mujeres y contra el que había que actuar. Pero no acertaba cómo. Tener unas palabras con él de nada servirían y tal vez fueran contraproducentes... y peligrosas.

Me fui al bar. Manél me vio triste y trató de sonsacarme. No hacía falta, deseaba explayarme, buscar consejo, una vía, un camino para arreglar aquello sin que ella se enterase. Y él me dijo: Déjelo de mi cuenta.

Una semana después, salió una noticia en la prensa; Fallece un motorista en accidente de tráfico al derrapar la moto en la cuesta de La Peruyal. ¡Y oh casualidad, era el mequetrefe!

Volví al bar a hablar con Manél. Quería saber si había tenido algo que ver. Me dijo que no sabía nada del asunto, pero mientras hablábamos, sacó del bolsillo del mandil unas tijeras y un rollo de cuerda de nailon,  de esas que los pescadores utilizan apara amarrar las nasas. Va a hacer viento, dijo mientras una a una iba atando las sombrillas.
Tal vez fuera pura casualidad, pero recordé las películas donde se utiliza  el truco del cable o similar atado a un árbol, y que tensado desde el otro extremo, hacen caer a caballos, bicicletas, o motos, que por allí pasen.


Me gustaría decir aquello de, "aquí paz y después gloria" pues sería el colofón, pero yo ando con mis sospechas, ella no se decide ni a irse, ni a quedarse, si continuar o dejarlo, y Manél... Manél continua como siempre; Impoluto, amable y servicial.


2 comentarios:

Elda dijo...

No sé que tal quedará el color mostaza de la chaqueta con la camisa rosa claro, pero me parece que no muy bien, jajaja.
Alfredo me ha encantado la historia, lo mismo la primera parte con su puntito de ternura y de gracia, que la segunda donde el protagonista es feliz por un tiempo... y un final muy jugoso, y además llevaba muy bien con la pericia de tu pluma.
Me ha gustado mucho.
Un abrazo.

Alfredo dijo...

Para que veas la falta le hacía la mujer. ¡Es que solos, somos un desastre!
Ahí he dejado un puntito de duda... por si más tarde vuelven a encontrar lo que parece perdido.
Gracias por el comentario Elda.
Salu2.