martes, 6 de diciembre de 2016

Ernestina.


Era la vecina poco agraciada. Su cara de gallina Marcelina; flaca, nariz ganchuda, ojos pequeños y redondos, en nada desmerecía a su cuerpo. Era este, como el de Bob Esponja; sin curvas delanteras ni traseras, no tenía caderas donde poder asirse y las piernas delgadas y un tanto zambas. La voz chillona de parloteo continuo, cultura poca, o al menos no la demostraba.

Ya de pequeña, los padres pensaban sin duda alguna, que su hija profesaría la carrera de solterona, por lo que se afanaban en conseguir juntar cuanto más mejor, para darle una buena dote que sirviera de acicate al presunto novio.

Sin embargo, y para sorpresa de todos, antes de los quince ya metía en casa a dormir con ella a un futurible. El punto filipino, apenas un imberbe, no duró en aquella casa más de tres meses, y desde la distancia (vivimos en fincas colindantes) yo no pude saber si se marchó él, o lo echaron.
Cuatro novios más tuvo en el plazo de tres años, y los cuatro se fueron por donde vinieron. Pero el amor, a fuerza de probar y probar, acaba llegando, y al sexto, el último de la pandilla, con gafas culo vaso pero con la carrera de Historia, fue la vencida: Se casaron.

Ocurrió en este caso, algo similar a lo que le sucediera a Pigmalión, pues si este, se enamoró de la estatua Galatea que creara, y que por intervención de  Afrodita cobró vida, Ernestina que así se llamaba la joven de nuestra pequeña historieta, se transformó gracias al buen hacer de Luis su marido, en una mujer casi perfecta. Digamos para ser del todo sinceros, que en cuanto a lo físico, también tuvo mucho que ver un cierto cirujano plástico dotándola de lo que no tenía. Lo demás fue cosa de Luis, que a base de entrenamientos y lecciones de cultura, logró lo que Henry Higgins consiguió con Eliza.


Y entonces Ernestina volvió a las andadas. Celosa de que Luis pudiera arrogarse la paternidad de su transformación, le pidió el divorcio. ¿Para qué uno solo y feo, cuando ahora podía tener a cuantos quisiera?

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